La crisis del imperialismo: los Estados Unidos y la guerra contra Irak Los Estados Unidos se lanza al torbellino

14 May 2003

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David North, presidente del Comité de Redacción de la World Socialist Web Site y secretario nacional del Partido Socialista por la Igualdad, presentó el discurso que abajo publicamos el 29 de marzo del presente durante la conferencia de ambas organizaciones que tuvo lugar durante el 29 y 30 de marzo. La conferencia se celebró en la ciudad de Ann Arbor, estado de Michigan, con el título "El socialismo y la lucha contra el imperialismo y la guerra".

Al examinar los primeros diez días de la "guerra preferida" que el gobierno de los Estados Unidos ha lanzado contra Irak, recuerdo los subtítulos que el historiador británico Ian Kershaw le dio a los dos tomos de su biografía sobre Adolfo Hitler. El primer tomo, que sigue la carrera del dirigente fascista hasta la segunda entrada triunfalista de las tropas alemanas en la zona desmilitarizada del Rhin en 1936, se subtitula Hubris, que el autor define como "aquella arrogancia presuntuosa que corteja el desastre". El segundo tomo examina la manera en que el reino "milenario" de Hitler se precipita hacia la catástrofe que finalmente lo engulle. Se subtitula Némesis, por la diosa griega que castigaba a los culpables de hubris.

Durante el mes previo a la invasión de Irak, la arrogancia del gobierno de Bush no conocía límites. Insultando y amenazando a todo el que dudara que Estados Unidos tenía el derecho de dictarle al mundo, Bush y sus compinches prometieron enseñarle a Irak y a todos los demás una lección inolvidable. Pero las cosas no han resultado como el gobierno esperaba. Durante la Guerra de Vietnam, hace ya casi cuatro décadas, fue necesario que pasaran varios años antes de percibir los grandes sofismas sobre los que se basaba la estrategia política y militar de la invasión estadounidense. Pero en esta ocasión, el fracaso total del proyecto se ha sabido en una semana.

Los diez días de guerra han dado un golpe terrible al aura de invencibilidad de los Estados Unidos que los medios de comunicación habían cultivado con tanto esfuerzo. De repente, vemos a Donald Rumsfeld decrépito y malhumorado con gotas perlando su labio superior. ¿Qué queda de las predicciones del gobierno de Bush, de los expertos militares y de los medios de comunicación de masas acerca de que Irak sería "vapuleado y anonado" hasta quedar vencido? ¿Qué el régimen iraquí, debido a su aislamiento total, se derrumbaría al primer envite? ¿Qué las fuerzas armadas iraquíes eran incapaces de luchar? ¿Qué el bombardeo de los centros de "mando y control" paralizarían la capacidad de Irak para organizar operaciones militares? ¿Y sobretodo que las fuerzas estadounidenses y británicas serían bienvenidas como libertadores y redentores?

Antes de comenzar la guerra, Kenneth Adelman—estrategas derechistas que había abogado por la invasión de Irak durante diez años—escribió en el Washington Post: "Creo que la destrucción del poderío militar de Hussein y la liberación de Irak será tan fácil como quitarle el dulce a un niño". Richard Perle, otro de los instigadores más vociferantes de la guerra, declaró en la cadena de televisión MSNBC: "Puede que haya sectores que resistan, pero son pocos los iraquíes que van a pelear para defender a Hussein".

Los medios de prensa aceptaron estas aseveraciones por completo. Despacharon a sus corresponsales "estrellas" a Kuwait para ser "incrustados" (en realidad "encamados") en las fuerzas militares estadounidenses. Todos quedaron hipnotizados con la posibilidad de participar en la gloriosa carrera hacia la victoria en Bagdad.

Los informes periodísticos no hicieron la menor crítica (ni, por descontado, un análisis profundo) a las afirmaciones del gobierno de Bush. El último año ha presenciado la completa degeneración del periodismo oficial, que se ha convertido en altavoz de la propaganda que emana de la Casa Blanca y el Pentágono. No han hecho el menor esfuerzo por distinguir los hechos de la información falsa, las mentiras de la pura ficción. Los medios informativos aceptaron alborozados su integración al militarismo como instrumento de operaciones psicológicas. Recordemos varios de los informes que CNN, MSNB,c FOX y otras cadenas de televisión anunciaron durante las últimas dos semanas: que los Guardias Republicanos habían negociado, por medio de correo electrónico, las condiciones de su capitulación; que el primer ministro asistente, Tariq Aziz, había desertado; que Saddam Hussein había sido muerto; que el pueblo iraquí de Bagdad le había dado una calurosa bienvenida a las tropas estadounidenses; y, la última noticia: que se propagaba una rebelión en Basra.

Los medios informativos de masas aceptaron y diseminaron todas estas aseveraciones, burda y estúpidamente tramadas por el Pentágono, como si hubieran sido hechos verídicos. Y para el domingo pasado, el Washington Post publicó un editorial que imaginaba la siguiente fantasía: "familias con sus niños... paradas en las aceras de las calles próximas a la sureña Basra, ciudad al sur, saludando y vitoreando a las fuerzas estadounidenses y británicas a medida que éstas pasaban rugiendo hacia el norte..." Criticó despiadadamente a los "diplomáticos obstruccionistas y a muchos de los manifestantes contra la guerra" que habían quedado "ciegos ante la amenaza de Saddam Hussein y su régimen de terror". Con altanería, el Post aleccionó a los adversarios de la guerra para que se "fijaran en los iraquíes que reciben a los marines como libertadores".

Los medios de masa se intoxicaron con su propia propaganda. Lo anticiparon todo menos la resistencia iraquí. Proyectaron sobre 23 millones de iraquíes su propia postración ante el poderío militar de los estados Unidos. Su servilismo al estado los dejó completamente desprevenidos para comprender las dificultades y los fracasos de los invasores. Es más, este auto engaño continuó aún cuando las dificultades de las fuerzas militares estadounidenses aumentaban. Nada de lo anunciado por los medios de prensa durante los días iniciales de la guerra le dio a entender al público hasta que punto habían llegado los errores logísticos, tácticos y estratégicos del gobierno de Bush. Los medios se referían con entusiasmo a la "columna de acero" que vertiginosamente rodaba hacia el norte, a la tierra que temblaba bajo el peso de los neumáticos de los poderosos tanques de guerra que inexorablemente seguían avanzando.

Pero ya para el jueves las mentiras mordían el polvo El Washington Post escribió un informe que revelaba como los militares comenzaban a mostrar su desazón debido a la estrategia del Pentágono:

"La combinación de la inclemencia del tiempo, las líneas de abastecimientos largas e inseguras, y un enemigo que rehusa postrarse ante el poderío militar de los Estados Unidos ha conducido a los militares de alto rango a reconsiderar sus planes y las oportunidades que se ofrecen. La posibilidad de una dura resistencia que haga necesario del despliegue de más fuerzas, y una guerra más prolongada y difícil de lo que se creía una semana antes, se abría camino entre los funcionarios del Pentágono y en las salas de conferencia.

‘Díganme como va a acabar esto', dijo un oficial militar de antigüedad".

Ahora el Pentágono se ve forzado a confrontarse con las consecuencias de sus propias ilusiones. Decenas de miles de tropas adicionales están siendo enviadas a Iraq, no sólo para reforzar el ataque contra Bagdad, sino para proteger los vulnerables convoyes de abastecimientos agotados.

Con un cinismo que no conoce límites, el gobierno de Bush ha llamado a esta guerra "Operación para la liberación de Irak". A medida que se enfrenta a mayor resistencia de las masas, la lógica de su objetivo—la conquista de Bagdad y su transformación en protectorado colonial—empujará a los Estados Unidos a mayores represalias violentas contra el pueblo iraquí. Los Estados Unidos tratará de "liberar" al pueblo iraquí sitiando Bagdad y bombardeándolo, para no decir hacerlo morir de hambre. Bush repetidamente ha declarado que esta no va a ser una guerra a medias. Y al menos que a menos que se ponga límite a la acción del gobierno, esta guerra inevitablemente degenerará en una masacre.

Una historia de bestialidad sin límites

Es algo aceptado el hecho que la oposición popular contra la guerra excede, antes de su inicio, el tamaño alcanzado por el movimiento contra la guerra de Vietnam, incluso en su momento de apogeo. Las manifestaciones que ocurrieron antes de estallar la guerra fueron las mayores de toda la historia. Las que tomaron lugar el 15 y el 16 de febrero no tienen precedente, ni cualitativa ni cuantitativamente. Nunca antes ha ocurrido semejante oposición internacional a la guerra. Ni siquiera durante los días más gloriosos de la Segunda Internacional o antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914, había sido posible organizar un movimiento contra la guerra tan bien coordinado a nivel internacional. Un movimiento en el que participan millones de personas de todos los rincones del mundo ha de tener un significado objetivo muy profundo. Y más profundo cuando se considera su notable grado de espontaneidad. Por razones que luego trataré de explicar en este informe, las manifestaciones de masas marcan el comienzo de una nueva etapa en la lucha contra el imperialismo.

Sin embargo, es necesario ante todo reconocer que las manifestaciones de las masas no pudieron evitar la guerra. Para que el movimiento contra la guerra se convierta en una fuerza social poderosa se requiere un nivel mayor de consciencia política. Se necesita un programa y una perspectiva sobre los cuales debe basarse la lucha de las masas contra el imperialismo.

El mayor error sería menospreciar la tenacidad y crueldad de la clase gobernante. La enorme experiencia histórica que ha acumulado durante guerras incontables contra enemigos en el extranjero y en amargas luchas contra la oposición en el interior, ha estimulado a la clase dirigente a reaccionar con bestialidad desenfrenada a todo el que desafíe sus intereses clasistas. Que el Fiscal General de la nación, John Ashcroft, haya pisoteado burdamente los principios democráticos tiene muchos precedentes en la historia de la clase gobernante estadounidense: Las Redadas Palmer de 1919-20; la Masacre del Día en Memoria de los Soldados Muertos, 1937; las persecuciones de McCarthy a principios de la década del 50; la sangrienta represión de las rebeliones de los barrios negros en Newark, Detroit y otras ciudades durante la década del 60; la matanza, en mayo, 1970, de cuatro estudiantes de la Universidad de Kent que se manifestaban contra la guerra de Vietnam; la masacre de los reos en la prisión de Attica en septiembre, 1971...hasta la incineración de más de 80 hombres, mujeres y niños, tratados indistintamente, y políticamente inofensivos, en Waco, estado de Texas, en abril, 1993.

Es apropiado recordar estas experiencias históricas porque la lucha contra la guerra tiene que basarse en un conocimiento, detallado y profundo, de la evolución histórica del imperialismo estadounidense y del sistema capitalista mundial, del cual es el elemento más decisivo. La guerra contra Irak se puede comprender mejor si la consideramos de dos maneras: como culminación y como punto decisivo de un proceso histórico complejo y prolongado. Aunque es cierto que ha instigado esta guerra y tiene toda la responsabilidad política y moral de sus consecuencias, el gobierno de Bush es mucho menos actor de la historia que instrumento de poderosos procesos objetivos que apenas puede comprender. Como sucediera en 1914 con la explosión de la Primera Guerra Mundial y luego en 1939, con el comienzo de la Segunda, la explosión de guerra en 2003 surge de contradicciones de enorme calado en el sistema capitalista mundial. Si las podemos comprender dentro del contexto histórico más amplio posible, las contradicciones que han ocasionado esta guerra son, en su esencia, las mismas que produjeron las guerras mundiales previas. Otra vez la guerra surge del conflicto básico entre el desarrollo económico de carácter fundamentalmente mundial y el carácter anacrónico del sistema de estados nacionales.

Los planes hegemónicos que el gobierno de Bush ha proclamado—de la manera más abierta en el documento de la Estrategia para la Seguridad Nacional publicado en septiembre, 2002—representan el esfuerzo por subordinar todos los inmensos recursos de la economía mundial a las necesidades e intereses de los Estados Unidos. O, para ser más preciso, de la clase gobernante que rige el país. Todos los conflictos acerca del acceso a, o la utilización de, las materias primas entre las naciones capitalistas, siendo el petróleo la más importante, han de ser resueltos por el más poderoso de estos estados nacionales: los Estados Unidos. La resolución de estos conflictos no sirve para satisfacer las verdaderas necesidades humanas, sino para satisfacer los beneficios/ganancias de los accionistas principales de las empresas internacionales controladas por los Estados Unidos.

Las raíces históricas de la guerra contra Irak

Les suplico que, lejos de esa tendencia pragmática que domina el pensamiento estadounidense, valoren el análisis histórico como recurso necesario para la comprensión y resolución de los problemas actuales. Esa perspectiva histórica es imprescindible a medida que nos acercamos al clímax sangriento del imperialismo estadounidense. De forma extraña, y hasta cierto punto inconsciente, varios representantes del gobierno de Bush (incluido Rumsfeld), han aludido a esa historia. Afirmas que los Estados Unidos no tiene voluntad colonial, ni ambiciones sobre las materias primas y el territorio de Irak. Como siempre (y aquí se citan los casos de los vencidos Alemania o Japón, o el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial), Estados Unidos sólo pretende liberar a los pueblos oprimidos de los países que invade y vence: por esta razón los manifestantes contra la guerra son, en esencia, "antiyanquis" que sólo muestran ignorancia, amnesia y, sobre todo, ingratitud. Según este concepto, tan falaz como infantil, los únicos reproches que se le podría hacer a este "imperio benigno" serían su torpeza y arrogancia, así como su ventajismo en los intercambios comerciales.

Ningún otro país imperialista, ha ocultado, con tanta insistencia y éxito, sus bárbaras hazañas bajo el manto de la retórica del idealismo democrático. Es posible atribuir este éxito a los orígenes revolucionarios de los Estados Unidos. Cuando vio la luz del día, proclamó los derechos no enajenables a la vida, la libertad y la felicidad. Que estas bendiciones fueran negadas a tres millones de esclavos que se mataban trabajando fue una contradicción que los padres de la patria y sus descendientes directos trataron de tapar. Pero aún cuando los Estados Unidos promulgaba su doctrina sobre el "Destino Manifiesto" para asegurarse el control sobre todo el continente, el tema irresuelto de la esclavitud dividió al país en dos y condujo a la Guerra Civil en 1861. Bajo la presidencia de Abraham Lincoln, la defensa de la Unión asumió una importancia revolucionaria. Las bases económicas de la Confederación [los estados esclavistas] fueron destruidas y la propiedad, valorada en $4 billones (calculada en esclavos, fue confiscada.

Pero el desarrollo de los Estados Unidos después de la Guerra Civil transcurrió por un camino muy diferente al que Lincoln había imaginado. La destrucción del régimen esclavista y la conservación de la Unión no produjeron "un nuevo amanecer de la libertad"; más bien el capitalismo industrial se consolidó en el continente norteamericano. Este proceso económico inevitable no resultó en un gobierno del, por y para el pueblo, sino en uno del, por y para la nueva plutocracia capitalista. Todos los obstáculos a la expansión del capitalismo y a la hegemonía indisputable del sistema de beneficios/ganancias fueron despiadadamente destruidos o suprimidos. Los vestigios de la sociedad y la cultura indígena—que había resistido la asimilación a un sistema económico basado en la propiedad privada de la tierra y la industria—fueron destruidos en cuestión de treinta años. Simultáneamente, la burguesía estadounidense suprimió bestialmente las primeras grandes luchas de la clase obrera naciente: la huelga nacional contra las empresas de ferrocarriles en 1877; la lucha por la jornada de ocho horas durante la década de los 80; la huelga por los trabajadores del acero contra Homestead Steel en 1892; y la huelga Pullman de 1894. Estas fueron sólo las explosiones más famosas de la lucha de clases.

La consolidación nacional del capitalismo estadounidense le abrió campo a su expansión extraterritorial. El comienzo de la guerra contra España en 1898 fue el principio de los Estados Unidos como potencia imperialista profesional. Proclamó que su misión era liberar los pueblos oprimidos y celebró su victoria sobre España subyugando a Cuba y Puerto Rizo en el Caribe y las Filipinas en el Pacífico. La "liberación" de ese archipiélago del Pacífico exigió la supresión bestial de una sublevación nacional democrática que terminó en la muerte de 200,000 filipinos.

El surgimiento de los Estados Unidos como potencia mundial a fines del Siglo XIX se inscribe en un proceso mundial. Aunque las razones políticas y económicas que impulsaron la expansión inicial del colonialismo fueron bastante variadas, ya para fines de siglo éste se había llegado a convertirse en un sistema imperialista caracterizado por luchas cada vez más feroces—entre las naciones capitalistas más poderosas—por los mercados y las esferas de influencia. Fue a través de estas luchas que estas potencias trataron de asegurar una posición dominante en la economía mundial.

La guerra europea y la Revolución Rusa

Los amargos conflictos entre las potencias imperialistas principales de Europa por fin terminaron en la explosión de guerra en agosto, 1914. El marxista ruso, León Trotsky, explicó brillantemente las causas históricas de esta guerra:

"A nivel más profundo, la guerra representa la rebelión de las fuerzas productivas contra el estado nacional, el cual se ha derrumbado como unidad económica independiente...El significado objetivo verdadero de la Guerra es que los ejes económicos nacionales se han desplomado para ser reemplazados por la economía mundial. Pero la manera en que los gobiernos plantean la resolución del problema del imperialismo no es la cooperación, organizada e inteligente, de todos los productores de la humanidad, sino la explotación del sistema económico mundial por la clase capitalista del país victorioso; país que esta Guerra ha de transformar de Gran Potencia a Potencia Mundial".

La guerra, pues, era la manera en que las clases dominantes de los países capitalistas principales trataron de resolver, bajo el prisma exclusivo del interés nacional, los problemas que la evolución mundial de las fuerzas productivas planteaban. ¿Había otra solución a este problema? Sí, la había. Existía no sólo la reacción burguesa a los problemas creados por la contradicción entre la economía mundial y el sistema de estados nacionales. También existía la posibilidad de una solución obrera al mismo problema; es decir, el derrocamiento de todo el sistema de estados nacionales y la integración armoniosa de los componentes nacionales de la economía mundial por medio de la revolución social mundial. Las mismas contradicciones que empujaban a la burguesía hacia la guerra también empujaban a la clase obrera internacional hacia la revolución socialista.

Cuando estalla la Revolución Rusa en 1917, esta aguda percepción de la dinámica del desarrollo mundial histórico quedó confirmada.

El comienzo de la guerra europea en 1914 y la Revolución Rusa en 1917 reservaba para Estados Unidos consecuencias de mayor alcance histórico. Aunque Estados Unidos ya era en 1914, al menos en términos estrictamente económicos, la economía mayor y más productiva del mundo, su entrada tardía en el teatro mundial lo mantenía bajo la sombra del vasto Imperio Británico. Pero la masacre europea, que había devastado a Europa y dejado a la Gran Bretaña sin gran parte de su riqueza acumulada, transformó el equilibrio del poder entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Su posición como la mayor potencia capitalista ya estaba asegurada cuando los Estados Unidos entró en guerra en 1917. Sin embargo, al mismo tiempo que Estados Unidos surgía como potencia mundial sin precedentes, la victoria de la revolución socialista en Rusia y el establecimiento de la Unión Soviética le plantearon a todo el sistema imperialista mundial un dilema histórico sin precedente: como sobrevivir.

Los Estados Unidos reaccionó a la amenaza tratando de derrocar el nuevo gobierno revolucionario. El presidente Wilson envió tropas para reforzar los esfuerzos de las fuerzas contrarrevolucionarias encabezadas por ex dirigentes zaristas, pero estos planes fracasaron y los Estados Unidos se vio obligado a retirar su fuerza expedicionaria. Pero negó a la Rusia Soviética reconocimiento diplomático (castigo que no alteró hasta 1933) y lanzó una feroz persecución interna de partidarios radicales y socialistas que simpatizaban con la revolución.

Es evidente la imposibilidad de repasar, en los límites impuestos por este informe, las vicisitudes de la historia mundial durante el Siglo XX. Pero podemos hacer la siguiente generalización: la existencia de la Unión Soviética proyectó una sombra intensa sobre la evolución del imperialismo estadounidense durante la mayor parte del Siglo XX. Desde principios de su carrera internacional como mayor potencia imperialista, los Estados Unidos contempló a la Unión Soviética como una amenaza esencialmente distinta a la planteada por cualquier otro rival imperialista. La existencia de la Unión Soviética puso en duda la legitimidad histórica del dominio burgués y de todo el sistema capitalista mundial. Inspirado por el dilema del estado soviético, este temor jugó un papel extraordinario en la diseminación del anticomunismo que se apoderó de la vida política cotidiana de los Estados Unidos.

Tenemos que resaltar el hecho que la índole del estado soviético experimentara una degeneración enorme y desastrosa. Los principios del internacionalismo revolucionario sobre los cuales se había fundado la Revolución de Octubre fueron sistemáticamente traicionados por completo, comenzando con la derrota política de Trotsky y la Oposición de Izquierda entre el 1923 y 1927, y prosiguiendo con la consolidación de la dictadura establecida por la burocracia estalinista. En la Unión Soviética no quedó nada del marxismo, excepto la fraseología estéril que sólo sirvió para fosilizar el pensamiento revolucionario vivo y justificar la política del régimen burocrático parasitario.

El hecho que la Unión Soviética bloqueara durante gran parte del Siglo XX el establecimiento de la propiedad capitalista en una parte sustancial de la superficie terrestre, significó un obstáculo para las ambiciones de los Estados Unidos. Esto, unido al hecho de representar una alternativa—una posibilidad distinta a la sociedad capitalista—provocó la enemistad implacable de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial

Estados Unidos salió del caos de la Segunda Guerra Mundial como árbitro indisputable de los asuntos del capitalismo mundial. Todos sus previos rivales imperialistas de Europa y Asia se postraron ante él. Ni Gran Bretaña ni Francia estaban en condiciones de quedarse con sus viejos imperios y, desde el punto de vista de la lógica política, los Estados Unidos no iba a aceptar que las viejas relaciones imperiales, que bloqueaban su acceso a las materias primas y los mercados, se perpetuaran. Fueron obligados a aceptar a Estados Unidos como líder mundial.

Pero la situación mundial no permitió a los Estados Unidos ejercer su poderío militar con desenfreno, por lo que tuvo que reducir sus aspiraciones hegemónicas. En primer lugar, la Unión Soviética se convirtió en potencia mundial, consecuencia de su papel decisivo en la derrota de la Alemania nazi. Segundo, la respuesta de las masas a la derrota del fascismo y al consiguiente debilitamiento de los antiguos poderes imperiales europeos fue un movimiento revolucionario sin precedentes contra el colonialismo, que se extendió por todo lo que se llamaría posteriormente el tercer Mundo. Tercero, las exigencias planteadas por la clase obrera en los Estados Unidos y en otros países capitalistas desarrollados de mejoras en su nivel de vida tras dos décadas de depresión y guerra, no permitían que se impusiera el sacrificio personal necesario para librar una guerra contra la URSS y contra las masas insurgentes de todo el Tercer Mundo. Además, una vez que la URSS adquirió armas nucleares, el peligro que planteaba una tercera guerra mundial era superior a lo aceptable para todos los sectores sensatos de la clase gobernante.

Sin embargo, la dirección que tomó la política de los Estados Unidos con el fin de la Segunda Guerra Mundial no era totalmente clara. Sectores importantes y poderosos de la clase gobernante abogaban por una ofensiva total contra la Unión Soviética; es decir, una política de "hacer retroceder" para alcanzar nuevamente la supremacía indiscutible del sistema capitalista mundial con los Estados Unidos a la cabeza. Pero la expansión general de la economía internacional después de la Segunda Guerra Mundial fortaleció a los sectores de la clase dominante estadounidense que preferían cierto nivel de acuerdo con la Unión Soviética. George F. Kennan, el diplomático más famoso de los Estados Unidos, elaboró el carácter de este arreglo con la política de "contención". Los Estados Unidos trataría de evitar el conflicto militar directo con la Unión Soviética y toleraría no sólo su existencia, sino la esfera de influencia soviética en Europa Oriental. Pero también trataría de ponerle freno a la expansión de la influencia soviética en el resto de las regiones del mundo. Definió la "influencia soviética" como toda manifestación de sentimiento socialista o antiimperialista que supusiera una potencial amenaza sobre los intereses capitalistas de los Estados Unidos en cualquier rincón del mundo.

Pero, ¿hasta que punto podía los Estados Unidos seguir la política de "contención"? Justamente hasta el punto en que las amenazas de guerra contra la URSS, y luego contra China, podían desembocar en el peligro del apocalipsis nuclear. En el conflicto de Corea (1950-1953), los Estados Unidos intervino en apoyo del gobierno títere de Corea del Sur. China entró en la guerra cuando el general McArthur decidió cruzar el Paralelo 38 (línea divisoria al final de la guerra mundial), pero el gobierno de Truman destituyó al general y rechazó su temeraria exigencia de que los Estados Unidos respondiera utilizando armas nucleares.

Durante las décadas de los 50 y 60, tuvo lugar una enconada en el seno de la clase dominante estadounidense acerca de hasta que punto el arreglo (la "coexistencia pacífica", la "distención") con la Unión Soviética y China—e indirectamente las luchas anticolonialistas y antiimperialistas—se podía tolerar. La clase dominante siempre contó con sectores importantes que favorecían la aplicación sin restricciones del poderío militar—incluso el uso de armas nucleares—contra países que disgustaran o entraran en conflicto con algún interés importante de los Estados Unidos.

Siempre que la supremacía mundial estadounidense no se cuestionara y continuara expandiéndose después de la guerra, los estrategas del imperialismo estadounidense aconsejaban la política de ‘contener", si es que se pude utilizar esa palabra para definir una política que permitió la matanza de 3 millones de vietnamitas durante una guerra que duró diez años; la organización de incontables golpes de estado financiados por la CIA, entre ellos el derrocamiento del régimen nacionalista persa del primer ministro Mossadegh en 1953 y el de Arbenz en Guatemala en 1954; el de Lumumba en el Congo en 1960 (en el cual también fue asesinado); los esfuerzos incontables para destruir el régimen de Castro en Cuba; el derrocamiento del gobierno de Goulart en Brasil en 1964; la organización de la contrarrevolución indonesia que llevó a Suharto al poder en 1965 y de la rebelión derechista de los coroneles griegos en 1967; y el derrocamiento y asesinato del presidente chileno, Salvador Allende, en 1973. Esa era la línea política moderada. Resulta difícil imaginar lo que habría supuesto adoptar la línea dura.

Ya para fines de la década del 60, se notaron claros indicios de que la posición dominante de los Estados Unidos en el capitalismo mundial se desvanecía. La reconstrucción de las economías europeas y el resurgir de Japón condujeron inevitablemente a una bajada en los indicadores estadísticos de la superioridad de la economía estadounidense. El deterioro de la balanza de pagos del país, que en comparación con los rivales europeos y asiáticos reflejaba la debilidad relativa de sus industrias basadas en la exportación, puso en marcha una crisis prolongada del sistema financiero internacional que significativamente se basaba en el dólar como divisa mundial. En 1971, los Estados Unidos se vio obligado a renunciar a la piedra angular del sistema económico establecido tras la guerra: la convertibilidad garantizada del dólar en oro. Eso puso fin al período de expansión económica que tuvo lugar tras la guerra y marcó el comienzo de la crisis de larga duración que azota el sistema capitalista mundial.

Todos los aspectos de la política interna y externa estadounidense bajo los Demócratas y Republicanos pueden comprenderse mejor si se les considera como reacción a los problemas que surgen de las contradicciones crecientes del capitalismo como sistema mundial y del deterioro de la ubicación de los estados Unidos dentro de ese sistema. En su política interior, la reacción de la clase gobernante a la crisis internacional fue abandonar toda apariencia de reformismo y lanzar la agresión sostenida contra las condiciones de vida de todos los sectores de la clase trabajadora. La política exterior de la burguesía estadounidense adoptó una postura crecientemente belicosa hacia todos sus rivales.

La intervención en Afganistán en 1979, que pusiera en movimiento los procesos que culminaron en la tragedia del 11 de septiembre, 2001, tenía como objetivo la desestabilización y el colapso de la URSS. Toda la política del gobierno de Reagan se dirigió en su totalidad a exacerbar los problemas del sistema soviético autárquico y causar, por medio de la presión militar, política y económica, el colapso de la URSS.

Los esfuerzos de los Estados Unidos al tomar esta dirección fueron, para asombro del gobierno de Reagan, socavados por la decisión de la burocracia soviética, bajo la dirección de Gorbachov, de liquidar la Unión Soviética y fomentar la restauración del capitalismo.

Las causas de este desplome fueron complejas. Pero esencialmente este colapso fue consecuencia de la prolongada traición al internacionalismo. La opción nacionalista y autárquica de la política económica de la URSS, desvinculada de los recursos de la economía mundial, la rindieron completamente inoperante.

Los Estados Unidos interpretó el colapso de la Unión Soviética como oportunidad para establecer su hegemonía mundial indiscutible. Por primera vez desde 1917, no existía ninguna restricción internacional conocida que frenara al poderío militar de los Estados Unidos para lograr sus objetivos mundiales. Este fue el significado de la declaración del primer presidente Bush; la desaparición de la Unión Soviética abrió el camino para establecer un "nuevo orden mundial". Aunque no definiera con precisión lo que este nuevo orden sería, la intención de los Estados Unidos pronto se hizo evidente: explotar el vacío que la desaparición de la Unión Soviética había creado y así recomponer al mundo de acuerdo a los intereses globales del capitalismo estadounidense.

Casi 60 años antes, León Trotsky había advertido que el dinamismo del capitalismo estadounidense era demasiado enorme para aceptar las restricciones que las fronteras nacionales le habían impuesto a sus ambiciones económicas mundiales. Escribió Trotsky: "El capitalismo de los Estados Unidos se ha topado con los mismos problemas que en 1914 empujaron a Alemania a la guerra. ¿Ya el mundo está dividido? Bueno, pues hay que dividirlo de nuevo. Para Alemania era cuestión de ‘organizar a Europa'. Pero los estados Unidos tiene que ‘organizar' al mundo. La historia está llevando a la humanidad a enfrentarse cara a cara con el imperialismo de los Estados Unidos".

Esta predicción se convierte ahora en realidad. La estrategia del imperialismo estadounidense consiste en utilizar su enorme poderío militar para establecer su hegemonía indiscutible del mundo y subordinar los recursos de la economía mundial a sus propios intereses.

¿Qué hacer ahora?

La guerra contra Iraq representa un momento culminante en el intento de resolver, desde los intereses del imperialismo, el principal problema histórico de alcance global: la contradicción entre el carácter mundial de las fuerzas productivas y el arcaico sistema de estados nacionales. Los Estados Unidos propone resolver este problema auto instalándose como estado nacional non plus ultra, árbitro único del destino del mundo que dictaminará sobre el reparto de los recursos de la economía mundial tras quedarse con la mayor parte de ellos. Pero si este modelo para solucionar las contradicciones fundamentales del capitalismo mundial ya era totalmente reaccionario en 1914, no ha mejorado con los años. Más bien, el enorme desarrollo de la economía mundial durante el Siglo XX le da a semejante proyecto imperialista un claro matiz de locura. Cualquier esfuerzo para establecer la supremacía de un estado nacional único es incompatible con el extraordinario nivel de la integración internacional de la económica. El carácter profundamente reaccionario del proyecto se expresa en los bárbaros métodos que requiere para su realización.

A pesar de todas las tragedias, el Siglo XX no se vivió en vano. Durante su transcurso, las condiciones objetivas maduraron hasta tal punto que la unificación armoniosa de la humanidad es posible. Aún dentro de los parámetros establecidos por el capitalismo, el surgimiento de las empresas transnacionales significa el triunfo de la integración internacional de la economía sobre el nacionalismo. El estado nacional ya no es, en ningún sentido significativo de la palabra, la unidad básica de la vida económica. Todo el proceso de producción se articula sobre una asombrosa integración de la producción internacional. El nivel y la rapidez de las transacciones financieras que alientan este proceso no pueden ser controladas por ningún sistema de reglamentos nacionales.

Todo esfuerzo por parte de un estado nacional para subordinar este vasto proceso a su propio dominio hegemónico es reaccionario e irracional. Nada muestra esto mejor que la lucha por el petróleo, el cual, como todos sabemos, juega un papel tan central en la guerra actual. La batalla implacable por el dominio sobre el,petróleo no puede alterar su carácter esencial de recurso limitado. Ni aún alcanzando el control, por medio de la conquista militar, de todas las fuentes de petróleo disponibles, podría los Estados Unidos ampliar los recursos energéticos disponibles para la expansión duradera de la economía mundial.

El sistema capitalista se enfrenta a un horizonte de insostenibilidad.

La guerra actual nos muestra el fracaso total del sistema capitalista mundial. Otra vez amenaza a la humanidad con llevarla al abismo. El mundo entero está siendo empujado hacia ese remolino en expansión de destrucción y muerte. Ayer, Rumsfeld le mostró su puño a Irán y a Siria. Hoy, el New York Times ha notificado a Rusia que los Estados Unidos no va a tolerar que le preste ayuda clandestina a Irak. ¿Cuántos países más serán empujados a la catástrofe antes de que todo termine?

Pero la historia nunca plantea ningún problema sin darnos también la solución. La respuesta depredadora del imperialismo a los problemas del desarrollo económico mundial no es la única.. Objetivamente ubicado en estos procesos mundiales se encuentra la posibilidad de la solución a nivel internacional. Y aquí llegamos al significado histórico de las enormes manifestaciones que han ocurrido por todo el mundo durante el último mes. Estas manifestaciones, que surgieron casi espontáneamente, fueron independientes de—y en oposición a—todas las fuerzas políticas tradicionales de los ámbitos burgueses.

Sólo pueden comprenderse como la expresión preliminar del surgimiento de una reacción socialista e internacionalista a la crisis del sistema capitalista mundial. No son solamente los elementos materiales de las fuerzas productivas los que han sido internacionalizados. El significado objetivo de todas las formas arcaicas de la identidad humana—tribal, étnica, religiosa, y nacional—ha retrocedido dramáticamente. El proceso inherente al desarrollo económico mundial trabaja a favor del nacimiento de una identidad humana internacional.

El hecho que la juventud, en este contexto, ha estado a la cabeza de las manifestaciones contra la guerra en todo el mundo es una señal de lo avanzado que está este cambio.

Pero lo que todavía es un proceso inconsciente de evolución social tiene que transformarse en uno de consciencia política. Esta es la labor a la cual la World Socialist Web Site—voz del Comité Internacional de la Cuarta Internacional—se ha dedicado. Este es el único movimiento político que, de acuerdo a la naturaleza objetiva de la clase obrera, funciona a nivel internacional. Su publicación diaria es consecuencia de un nivel extraordinario de colaboración internacional basada en una concepción única de los desarrollos mundiales.

La World Socialist Web Site es el capital histórico que ha asimilado de las lecciones de la vasta experiencia estratégica revolucionaria del Siglo XX.

Al convocar esta conferencia, estamos echando las bases para la enorme expansión de la labor del Comité Internacional de la Cuarta Internacional y la World Socialist Web Site.

Las manifestaciones de masas nos plantean una cuestión: ¿qué hacer ahora? La lucha contra la guerra no puede consistir únicamente en organizar una manifestación tras otra.

La guerra ha desvelado el enorme abismo que existe entre las amplias masas del pueblo trabajador y todos los antiguos partidos burgueses establecidos. Ninguna de estas organizaciones decrépitas le puede ofrecer nada a las masas. El movimiento de masas que surge necesita un programa y una perspectiva. Nuestro movimiento no pretende ocultar la difícil realidad: no existe ninguna respuesta simple o fácil a los grandes problemas de nuestra época. Estos problemas, después de todo, son consecuencia de complejos procesos históricos. El mundo tal como existe hoy proviene de las trágicas experiencias del Siglo XX, de las oportunidades para el cambio revolucionario que terminaron en fracaso y de las derrotas de la clase obrera. Las lecciones de estos acontecimientos históricos forman las bases del análisis de los eventos contemporáneos que aparecen a diario en la World Socialist Web Site.

La influencia de la World Socialist Web Site crece rápidamente. Pero dejemos bien claro un aspecto: el objetivo de nuestro movimiento no es simplemente organizar manifestaciones contra este o aquel aspecto del sistema capitalista. Nuestro objetivo consiste en que la clase obrera tome el poder. A fin de cuentas, la lucha efectiva contra guerra no es cuestión de manifestaciones, sino de que la clase obrera alcance el poder y establezca las bases de una sociedad socialista.

A menudo recibimos preguntas acerca de la definición de la clase obrera. Los cambios en los procesos fabricación, la revolución en las metodologías de la información y la comunicación, y la aparición de industrias y formas de empleo completamente nuevas, tienen un impacto de largo alcance en lo que la clase obrera es. El hecho es que se trata de un sector de la población mucho más numeroso y diverso que el antiguo proletariado de a mediados del siglo pasado. Si en nuestra definición de la clase obrera incluimos a todos aquellos que dependen principalmente de sus salarios semanales para vivir, entonces la gran mayoría de la población de los Estados Unidos forma parte de la clase obrera. Además, el impacto de la mundialización y la transformación económica sobre regiones enormes del mundo que hace 30o años no estaban desarrolladas, sobretodo en Asia, han creado nuevas capas obreras.

En todo el mundo. El horror y sufrimiento entrañan el verdadero significado de la guerra. Ninguno de los inmensos problemas de la sociedad capitalista en los Estados Unidos se resolverá con la guerrea. Están presentes todas las condiciones para una enorme progresión de la conciencia política de la clase obrera. Nuestro objetivo es desarrollar la World Socialist Web Site como centro intelectual y político de un nuevo movimiento socialista internacional; presentar la orientación, el análisis y el programa necesarios para todos los que se incorporan a la lucha contra las guerras imperialistas, contra toda forma de explotación e injusticia social, y por la igualdad social. Esperamos que esta conferencia marque un paso importante en el establecimiento de este nuevo movimiento internacional.

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