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El Talibán, Los Estados Unidos y los recursos del Asia
Central
Por Peter Symonds
14 Noviembre 2001
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el autor
El blanco de la más reciente agresión militar
estadounidense en Afganistán es el Talibán. Pero
por más que leamos la gran cantidad de artículos
de prensa acerca de la guerra contra el terrorismo
y por más que busquemos una explicación coherente
de los orígenes, la base social e ideológica de
esta organización islámica extremista y de la manera
en que ésta llegó al poder, no vamos a lograrlo.
Esta omisión no es nada inocente. Cualquier análisis
serio del Talibán revela la culpabilidad que Washington
tiene en el establecimiento de este régimen teocrático
en Kabul.
El gobierno de Bush se queja a gritos del Talibán porque
éste le ha dado asilo al extremista Osama bin Laden y a
su organización, Al Qaeda. Pero a través de la década
de los 1980, con tal de socavar a la Unión Soviética,
gobiernos estadounidenses sucesivos gastaron billones de dólares
financiando la guerra santa de los guerreros mujahiddin contra
el régimen en Kabul que los sovietas respaldaban. Además,
hasta finales de la década de los 1990, Los Estados Unidos
se hizo ciego ante el fundamentalismo islámico y la política
reaccionaria del Talibán, que gozaba del apoyo y dinero
de dos de los aliados mas acérrimos de Washington: Arabia
Saudita y Pakistán.
El factor más importante que ha determinado los zigzags
del enfoque de Washington hacia Afganistán no ha sido la
amenaza que el extremismo islámico presenta, sino la manera
de como explotar las nuevas oportunidades que aparecieron en el
Asia Central luego del colapso de la Unión Soviética
en 1991. Durante toda la última década, Los Estados
Unidos ha estado compitiendo con Rusia, Japón y otros poderes
europeos para establecer su influencia política en esta
región estratégica clave y apoderarse del derecho
a explotar las reservas de petróleo y de gas natural mayores
del mundo, las cuales se encuentran en las nuevas repúblicas
del Asia Central: Turkmenistán, Kazajstán, Uzbekistán,
Tadzhikisdtán y Kirguizistán.

La clave a la posibilidad de enormes ganancias en Asia Central
era la distribución: como transportar el petróleo
y el gas de esta región aislada, subdesarrollada y sin
salida al mar a los principales mercados de energía del
mundo. Los únicos oleoconductos en existencia pertenecían
a la antigua cadena soviética de distribución por
toda Rusia. A medida que la carrera confusa por los recursos de
la región se intensificaba, los objetivos de Los Estados
Unidos se hicieron bien claros. Éste quería socavar
el monopolio económico ruso y a la misma vez asegurar que
sus rivales no se unieran a la carrera. Por lo tanto, el oleoconducto
tenía que atravesar por países sobre los cuales
Los Estados Unidos podía ejercer bastante influencia política,
lo cual excluía a China y a Irán.
Las repúblicas del Asia Central habían formado
anteriormente parte de la Unión Soviética y tenían
largas fronteras con China e Irán. Por consiguiente, un
oleoconducto que excluía a Rusia, China e Irán presentaba
dos alternativas. La primera era la complicada ruta bajo el Mar
Caspio a través de las Montañas del Cáucaso
vía Azerbaiján y Georgia y luego a través
de Turquía. La segunda, a través de Afganistán
y Pakistán, era más corta, pero inmediatamente plantaba
cuestiones políticas bien difíciles. ¿Con
quién se iba a negociar en Afganistán? ¿Con
quién se podía negociar en Afganistán y cómo
se podía garantizar la estabilidad política necesaria
para construir y cuidar los oleoconductos?
Después del colapso del régimen de Mohammad Najibulah
en 1992éste había gozado el respaldo de la
Unión SoviéticaKabul se convirtió en
campo de batalla para las milicias mujahiddin que competían
entre sí. El dirigente nominal del gobierno era el Profesor
Burhanuddin Rabbani, quien presidía sobre una coalición
bastante inestable y maleable principalmente basada en los Tajiks
y los Uzbeks, grupos étnicos en el norte de Afganistán.
La milicia rival, Hizb-e-Islami, cuyos miembros provenían
principalmente del grupo mayoritario Pashtun en el sur, también
había echado raíces en los suburbios de Kabul. Con
Gulbuddin Hikmetyar a la cabeza, ésta avasallaba las posiciones
del gobierno con un asalto de cohetes teledirigibles.
Otras milicias, que reflejaban las innúmeras divisiones
étnicas y religiosas, también eran contrincantes
en el conflicto que reducía a la capital en añicos
y producía ola tras ola de refugiados. Las rivalidades
reflejaban no solo las enemistades locales, sino también
los intereses de las varias naciones auspiciadoras, cada una de
las cuales buscaba cementar su dominio. Pakistán apoyaba
a Hikmetyar, Irán a los Hazaras shiítas, y Arabia
Saudita financiaba a varios grupos, sobretodo a los que simpatizaban
con su Islámismo, que era el Wahabismo. Las repúblicas
del Asia Central tenían vínculos con los grupos
étnicos en el norte de Afganistán. Detrás
de las cortinas se encontraban India, Rusia y Los Estados Unidos.
Todos buscaban como meter las manos en los asuntos políticos
afganos.
La situación en Kabul era un microcosmo de todo el país.
El gobierno de Rabbani no ejercía ninguna autoridad, por
lo menos en las zonas más allá de su control militar.
El país estaba dividido entre las milicias rivales, la
economía estaba en ruinas y la fábrica social era
un trapo. Durante la década de los 1980, más de
un millón de personas habían muerto en la guerra
contra el régimen respaldado por los soviéticos.
Muchos más habían quedado refugiados. Ya para mediados
de los 1990, el promedio de vida sólo llegaba a los 43-44
años de edad y una cuarta parte de todos los niños
morían antes de llegar a los cinco. Sólo 25% del
pueblo podía recibir atención médica y sólo
el 12% consumía agua potable.
Las zonas Pashtun en el sur, de donde surgió el Talibán
en 1994, eran de las más caóticas. Kandahar, la
segunda ciudad mayor del país, fue dividida entre tres
caciques guerreros rivales. Las zonas de los alrededores eran
sujetas a la tiranía arbitraria y déspota de docenas
de comandantes que pertenecían a las milicias. La regióncuya
economía era de las menos desarrolladas y más conservadoras
del paístradicionalmente había proporcionado
los vástagos reales. Los resentimientos locales hacia los
nuevos dirigentes, que pertenecían a los grupos étnicos
Tajik y Uzbek, provenían de la desesperación que
las condiciones económicas y sociales tan intolerables
producían.
El sur de Afganistán era, sin embargo, la ruta preferida
para cierta cantidad de oleoconductos que iban a correr de Turkmenistán
a Pakistán. Una corporación argentina, Bridas, fue
la primera que entró a la carrera. La compañía
obtuvo los derechos de Turkmenistán en 1992 y 1993 para
explorar y explotar los campos de gas natural y, en 1994, comenzó
negociaciones con los gobiernos de estos dos países para
la construcción de un conducto para el gas. Esta movida
llevaría a un pacto firmado cuyas provisiones dictaban
que en 1995 se haría un estudio de las posibilidades. Inicialmente,
Bridas trató de lograr que la gigante compañía
energética estadounidense, Unocal, participara en el proyecto.
Unocal tenía sus propios planes y luego ese mismo año
firmó un acuerdo por separado sobre el oleoconducto, ocasionando
una acérrima competencia y batalla jurídica entre
las dos corporaciones.
Todos los planes acerca del oleoconducto presumieron que se
podía encontrar una solución política a las
condiciones caóticas que existían en la vía
por donde el oleoconducto iba a atravesar. A otros intereses comerciales
menos importantes también les interesaba muchísimo
barrer con los caciques y las pequeñas milicias que carecían
de importancia. La carretera de Quetta en Pakistán, a través
de Kandahar y Herat al Turkemenistán, ofrecía la
única ruta de transporte alterna a la carretera norteña
que se dirigía al Asia Central a través de la embatallada
capital de Kabul. Las compañías de transporte y
los dueños de los camiones que participaban en el beneficioso
comercio del Asia Central, en el fraude organizado y el contrabando
fueron obligados a pagar altos impuestos al comandante de cada
milicia a medida que sus camiones atravesaban por su terreno.
Era una situación que querían parar.
Los orígenes del Talibán
En medio de todos estos debates, el movimiento del Talibán
parecía ser una posible solución. Eso no quiere
decir que el Talibánestudiantes o talibs
reclutados de las escuelas islámicas o madrasasera
únicamente la creación de gobiernos e intereses
comerciales. El surgimiento repentino de este nuevo movimiento
en 1994 y la rapidez de su expansión y éxito se
debió a dos factores: primero, el pantano socio-político
que produjo un abastecimiento de reclutas ya listos; y, segundo,
la ayuda del exterior, consistiendo de fondos, armas y consejeros,
por parte de Pakistán, Arabia Saudita y, en toda probabilidad,
Los Estados Unidos.
Aunque varios dirigentes del Talibán habían luchado
en la guerra santa auspiciada por Los Estados Unidos contra la
Unión Soviética, el movimiento en sí no fue
consecuencia de una ruptura con otras facciones de los mujahiddin
o siquiera de una amalgamación entre ellas. En gran parte
se basaba en una nueva generación que no había participado
directamente en las luchas de la década de los 1980. Eran
hostiles hacia lo que consideraban el gobierno corrupto de los
pequeños déspotas muyajedines, quienes no habían
hecho otra cosa más que causar la miseria en las vidas
de los afganos ordinarios luego de la caída de los muyajedines.
Sus propias vidas habían sido desgarradas por la guerra.
Muchos habían crecido en campamentos de refugiados en Pakistán
y recibido su capacitación rudimentaria en las escuelas
bajo el control de varios partidos extremistas islámicos
de Pakistán.
Un autor ha dado la siguiente descripción: Estos
jóvenes eran un mundo aparte de los muyajedines que llegué
a conocer durante la década de los 1980. Éstos eran
hombres que podían relatar el linaje de sus tribus y clanes
en la historia afgana. Estos jóvenes pertenecían
a una generación que nunca habían conocido la paz
en su propio paísa un Afganistán sin guerras
contra invasores y contra sí mismo.... Eran literalmente
huérfanos de la guerra, desarraigados, desasosegados, sin
trabajo, económicamente privados y con poco conocimiento
de su propia existencia...
Su simple creencia en una religión islámica
mesiánica y puritánica que los mulahs de las aldeas
le habían metido en la cabeza era lo único que les
ofrecía apoyo y les daba significado a sus vidas. Sin capacitación
para nada, aún para los oficios de sus antepasados, tales
como el cultivo, el pastoreo de ganado o la artesanía,
eran lo que Karl Marx habría llamado el lumpen proletariado
( El Talibán: la religión islámica, el
petróleo y el gran juego nuevo en Asia central de Ahmed
Rashid, I.B. Tauris, 2000, p. 32).
La ideología del Talibán era un revoltillo de
ideas que había evolucionado para atraer a estas capas
sociales. El movimiento, profundamente reaccionario desde sus
principios, dirigía la vista hacia el pasado para resolver
sus problemas sociales, hacia un pasado mítico en el que
los preceptos del profeta Mahoma tenían que ser obedecidos
rigurosamente. Estaba saturado de un anticomunismo virulento,
consecuencia de la bestialidad y represión impuestas por
los regímenes sucesivos en Kabul, respaldados por la Unión
Soviética, que habían gobernado falsamente bajo
la insignia del socialismo.
Como los Khmer Rouge en Camboya, el Talibán reflejaba
la desconfianza y hostilidad de las capas rurales oprimidas hacia
la vida urbana, la erudición, la cultura y la tecnología.
Sus dirigentes eran mulahs de pueblo semi analfabetos alfabetos,
no sabios islámicos que conocían las sagradas escrituras
y los escritos religiosos. Eran hostiles hacia otras sectas islámicas,
en particular los Shias y los grupos étnicos no pashtunis.
El código social tan reaccionario del Talibán era
tan informado de las leyes tribales pashtuniso el pashtunwalicomo
de cualquier tradición islámica. Si su ideología
tenía base, ésta era el Deobandismomovimiento
reformista del Siglo XIX de influenciapero con todo el contenido
progresista evicerado.
El Talibán surgió de un Afganistán destrozado
por la guerra con cierto tipo de clérigo fascista. Reflejaba
la desesperación y la desesperanza de los sectores de la
pequeña-burguesía rural que habían perdido
sus raíces y que no se afianzaban a ninguna clase social.
Eran los hijos de los mulahs, de los pequeños funcionarios,
de los comerciantes y granjeros que no veían ninguna alternativa
a los tantos males sociales de Afganistán si no era a través
de la imposición de un régimen islámico dictatorial.
La manera en que los miembros del Talibán se consideran
a sí mismos nos da cierta idea por qué se hizo popular.
En julio de 1994, el dirigente principal de la organización,
Mohamad Omar, en ese entonces mulah de una aldea, respondió
a las súplicas por asistencia para librar a dos chicas
que habían sido raptadas y violadas sexualmente por el
comandante de una de las milicias locales. Omar, quien había
luchado como miembro de una de las organizaciones muyajedines,
juntó a varios de sus partidarios entre los estudiantes
de las escuelas locales. Armados con un puñado de rifles,
el grupo liberó a las jóvenes, capturó al
comandante, y lo colgaron del cañón de su tanque.
Sea o no sea veraz este relato, el Talibán se presentaba
a sí mismo como policía de la religión, intento
en rectificar los males que habían sido infligidos contra
el pueblo común. Sus dirigentes insistían que el
movimiento era diferente a las organizaciones muyajedines, que
no era partido político y que no quería formar ningún
gobierno. Sostenía que sólo le estaba abriendo el
paso a un verdadero gobierno islámico y a base de ello
exigían enormes sacrificios de sus reclutas, a quienes
no se le pagaba sueldo, pero se les remuneraba con armas y comida.
La asistencia paquistani
Pero siempre existió un abismo entre la imagen y la
realidad. Si el Talibán había de convertirse en
algo más que un grupo de fanáticos religiosos practicantes
del guerrillerismo, el movimiento requería grandes cantidades
de dinero, armas, municiones y tenía que adquirir bastante
pericia técnica y militar, cosas que sus empobrecidos reclutas
no podían proveerle.
Desde el principio, el defensor más prominente del Talibán
fue Pakistán. La poderosa organización de espionaje
de Pakistán, la Inteligencia entre los Servicios (ISI),
que había servido como conducto principal del dinero, las
armas y la pericia estadounidense a los grupos muyajedines a través
de la década de los 1980, estaba profundamente ligada en
la política afgana. Para 1994, el gobierno de Benazir Bhutto
había llevado a cabo negociaciones con la compañía
argentina Bridas, pero todavía no lograba crear la ruta
a través del sur del país. El primer aliado de Pakistán,
Hikmetyar, se encontraba apabullado por la lucha en Kabul y no
era probable que ofreciera solución.
A Naseerulah Babar, Ministro del Interior del gobierno de Bhutto,
se le ocurrió la idea de usar al Talibán. En septiembre
de 1994, organizó un equipo de inspectores y funcionarios
de ISI para llevar a cabo una investigación sobre la carretera
a través de Kandahar y Herat hacia Turkmenistán.
El mes siguiente, Bhutto voló a Turkmenistán, donde
aseguró el respaldo de los caciques guerreros de importancia:
Rashid Dostum, quien controlaba zonas de afganos cerca de la frontera
con Turkmenistán; e Ismael Khan, quien gobernaba a Herat.
En un esfuerzo para conseguir apoyo económico internacional,
Pakistán le prestó ayuda aérea a ciertos
diplómatas basados en Islamabad para que viajaran a Kandahar
y Herat.
Luego de conseguir apoyo para su plan, el Ministro del Interior,
el Sr. Babar, organizó un experimento con un convoy de
treinta camiones, manejados por ex choferes del ejército
bajo el mando de un oficial del ISI. De rango ya avanzado por
sus muchos años de servicio, éste iba bajo la protección
de los guerreros del Talibán. Los camiones emprendieron
su viaje el 29 de octubre y, cuando encontraron el paso cerrado,
el Talibán se hizo cargo de la milicia que había
sido responsable del bloqueo. Para el 5 de noviembre, el Talibán
no sólo había librado la carretera, sino que, con
casi sin lucha armada, se había apoderado de Kandahar.
Durante los próximos tres meses, el Talibán tomó
control de 12 de las 31 provincias de Afganistán. Por lo
menos varias de sus victorias fueron consecuencias
de haber sobornado a los comandantes locales de las milicias.
Luego de sufrir varias reversas militares a mediados del 1995,
el Talibán se reorganizó y armó de nuevo
con la ayuda de Pakistán. En septiembre de 1995, entró
en Herat, efectivamente abriéndole paso a la carretera
que iba desde Pakistán al Asia Central. Al mes siguiente,
Unocal había firmado su pacto con Turkmenistaán
en cuanto al oleoconducto para el petróleo.
Pakistán siempre se había mostrado resbaladizo
en admitir que le daba ayuda directa al Talibán, pero los
vínculos siempre han sido bastante obvios. El Talibán
tiene relaciones bastante íntimas con el Jamia-e-Ulema
Islám (JUI), partido extremista islámico con base
en Pakistán que controlara sus propias madrasas en las
zonas cerca de las fronteras con Pakistán. El JUI le ha
proporcionado al Talibán grandes cantidades de reclutas
provenientes de esas madrasas, así como también
medios de comunicación directos a las capas más
altas de los militares paquistanis y del ISI.
La prueba más obvia de la participación de poderes
extranjeros fueron los éxitos militares del Talibán.
En poco más de un año, había crecido de un
puñado de estudiantes a una milicia bien organizada que
podía contar con 20,000 guerrerosrespaldados por
tanques, artillería y apoyo aéreoy controlar
grandes regiones de Afganistán en el sur y el oeste.
Como observara un escritor: En inconcebible que una fuerza
compuesta, en gran parte, por ex guerrilleros y estudiantes amateur,
pudiera haber funcionado con la capacidad y organización
que el Talibán demostrara desde el comienzo de sus actividades.
No hay duda que ex miembros de las fuerzas armadas de Afganistán
pertenecían a la organización, pero la rapidez y
sofisticación con que condujeron sus ofensivas, además
de la calidad de sus medios de comunicación, apoyo aéreo
y bombardeos de artillería, conducen a la conclusión
ineludible que tienen que haberle debido mucho a la presencia
militar pakistán, o por lo menos a algún tipo de
asistencia profesional . [ Afganistán:
una nueva historia, Martin Ewers, Curzon, 2001, p. 182-83].
Pakistán no fue la única fuente de ayuda. Arabia
Saudita también brindó bastante ayuda material y
económica. Poco después del Talibán apoderarse
de Kandahar, el jefe de JUI, Maulana Fazlur Rehman, comenzó
a organizar viajes de caza a beneficio de las familias
reales sauditas y de otros estados del Golfo. Para mediados de
1996, Arabia Saudita ya enviaba fondos, vehículos y combustible
para asistir a la campaña del Talibán contra Kabul.
La razón por ésto era doble: en el plano político,
la ideología fundamentalista del Talibán se parecía
bastante a la de los sauditas, el Wahabbismo. Era hostil a la
secta Shiíta y, por lo tanto, también hostil al
rival principal de la región: Irán. A un nivel más
prosáico, Petróleo Delta, la compañía
saudita de petróleo, era socia de Unocal en la construcción
del oleoconducto y ponía sus esperanzas en la victoria
del Talibán para comenzar el proyecto.
Los Estados Unidos y el Talibán
Igual que Pakistán y Arabia Saudita, Los Estados Unidos
repetidamente ha negado que alguna vez le brindara alguna asistencia
al Talibán. Pero dada la íntima colaboración
entre la CIA y Pakistán con la ISI durante toda la década
de los 1980, sin embargo, casi no tiene razón que Washington
no supiera los planes que el gobierno de Bhutto tenía para
el Talibán y que no les diera su apoyo tácito. El
apoyo de Pakistán al Talibán era secreto abierto;
sin embargo, no fue hasta fines de los 1990 que Los EstadosUnidos
comenzá a ponerle presión a Islamabad acerca de
sus relaciones con el régimen.
Pruebas indirectas adicionales de las relaciones que existían
entre EE.UU. y el Talibán provienen de Dana Rohrabacher,
miembro de la Cámara de Diputados del Congreso nacional.
Como miembro del Comité sobre las Relaciones Exteriores
de dicha cámara, esta señora había tratado
de obtener acceso a documentos federales oficiales relacionados
con Afganistán desde que se formara el Talibán.
Rohrabacher, partidiaria del rey afgano, tenía suficiente
motivo para querer arreglárselas con el gobierno de Clinton.
Pero la reacción a sus exigencias fue bastante significativa.
Después de dos años de presión constante,
el Departamento de Estado por fin le entregó casi más
de mil expedientes que cubrían el período después
de 1996, pero testarudamente le negó todo documento que
tuviera que ver con el período anterior..
Aunque detalles de las primeras comunicaciones que Los Estados
Unidos tuvo con el Táliban o sus interlocutores paquistanis
no se saben, la actitud de Washington era bien clara. El autor
Ahmed Rashid comenta: El gobierno de Clinton era evidentemente
simpatizante del Talibán, pues este seguía la línea
anti persa de Washington y era muy importante que cualquier oleoducto
en la zona del sur (que proviniera de Asia Central) esquivara
a Irán. El Congreso estadounidense había autorizado
un presupuesto de $20 millones para que la CIA desestabilizara
a Irán. Por su parte, Irán había acusado
a Washington de canalizar parte de estos fondos al Talibán,
acusación que Washington siempre negó ( El
Talibán: la religión islámica, el petróleo
y el gran juego nuevo en Asia Central, p. 46).
De hecho, el período entre 1994 y 1997 coincidió
con un crecimiento de la actividad diplomática estadounidense,
cuyo objetivo era asegurar apoyo al oleoducto Unocal. En marzo
de 1996, el prominente senador estadounidense Hank Brown, promotor
del projecto Unocal, visitó Kabul y otras ciudades afganas.
Se reunió con el Talibán y lo invitó a que
enviaran delegados a la conferencia sobre Afganistán celebrada
en los EE.UU. auspiciada por Unocal. Ese mismo mes, EE.UU. también
ejerció presión sobre el gobierno paquistani para
que violara sus acuerdos con Bridas y apoyara en su lugar a la
compañía estadounidense.
El próximo mes, Robin Raphael asistente del Secretario
de Estado de EE.UU. en el Sur de Asia, visitó Afganistán,
Pakistán y Asia Central para recomendar una solución
política al conflicto. A nosotros también
nos preocupa perder las oportunidades económicas si no
se restaura la estabilidad política, declaró
ante la prensa. Raphael no habló con los líderes
del Talibán, ni ofreció ninguna seña de apoyo
official. Pero tampoco EE.UU. criticó la postura del Talibán
sobre los derechos de las mujeres, las drogas y el terrorismo,
que luego formarían, a fines de la década de los
1990, la base del ultimatum al régimen.. La evidencia que
existía acerca de estos tres puntos era abundante, al menos
que uno eligiera ignorarla.
* Desde la toma de Kandahar, quedó de manifiesto que
el Talibán no tenía ninguna intención de
respetar ni los derechos democráticos más básicos.
A las niñas se les prohibió asistir a la escuela
y a las mujeres a trabajar; medidas que creaban enormes privaciones.
Se le impuso un código estricto y absurdo de vestimenta
a los hombres y a las mujeres, y se prohibió también
casi toda formade diversión, desde videocintass y televisión
hasta volar cometas. La policía religiosa se encargaba
de imponer el código social, usando arbitrariamente la
justicia callejera contra los que violaban el código. Ejecuciones
públicas se llevaron a cabo por toda una serie de delitos,
incluyendo el adulterio y la homosexualidad. El propósito
de todo el sistema de represión era aterrar a la población
para que aceptara la dictadura autocrática del Talibán
en la cual nadie, excepto sus mulahs, podía decir nada..
Aún las decisions de éstos estaban sujetas al veto
del Mulah Omar en Kandahar.
* En cuanto a la enorme industria de la heroina afgani, EE.UU.
jugó un papel principal en expandirla.. Durante toda la
década de los 1980, los grupos mujadines y sus compinches
paquistanis explotaron las líneas secretas de abastecimientos,
que habían sido puestas en acción con la ayuda de
la CIA con tal de hacer llegar armas a Afganistán, y así
exportar grandes contrabandos de opio fuera del pais. La CIA ignoró
el tráfico de drogas a cambio de conducir la guerra contra
el ejército soviético. A principios de la década
de los 1990, Afganistán era rival de Burma como el mayor
productor de opio. EE.UU. adoptó la misma actitud hacia
el Talibán, el cual inicialmente había prometido
prohibir el cultivo de opio. No obstante, éste rápidamente
cambió de parecer cuando se dio cuenta que no habían
muchas alternativas de ingresos económicos en Afganistán
y que tal decisión podría llevar al país
a la ruina. Después que el Talibán se apoderara
de Kandahar, la producción de opio en las provincias aledañas
aumentó 50%. Conforme sus fuerzas se movían hacia
el norte, se ha calculado que la producción de opio en
el país aumentó a 2,800 toneladas en 1997; o sea,
un aumento de por lo menos 25% desde 1995. Nada de esto provocó
a Washington a hacer censuras públicas.
* La actitud de Los Estados Unidos frente a la amenaza del
extremismo islámico era igualmente hipócrita. Durante
la década de los 1980, EE.UU. no sólo apoyó
a los mujahiddin en general, sino que en 1986 también aprobó
un plan específico paquistani para reclutar a combatientes
a nivel internacional y así mostrar que todo el mundo musulmán
apoyaba la guerra anti soviética. Bajo este plan, se calcula
que 35,000 militantes islámicos del Medio Oriente, Asia
Central, Africa y las Filipinas fueron adiestrados y armados para
luchar en Afganistán. Prominente entre los árabes
afganos, como se les llegó a llamar, se encontraba Osama
bin Laden, hijo de un rico magnate en el comercio de la construcción
y nativo de Yemén, que desde 1980 había estado en
Pakistán construyendo carreteras y bases para los mujadines.
Bin Laden colaboró con la CIA en 1986 para construir el
enorme sistema los túneles Khost como centro de adiestramiento
y almacenamiento de armas. Luego pasó a construir su propio
campo de adiestramiento. En 1989 formó Al Qaeda (La base)
para árabes afganos.
La caída de Kabul
A mediados de los 1990, la actitud de EE.UU. hacia el Talibán
no había sido determinada por bin Laden, las drogas o los
derechos democráticos. Si el funcionario estadounidense
Robin Raphael se mostraba ambivalente en cuanto a aceptar al Talibán
en 1996, fue porque Washington no tenía la seguridad que
los luchadores Talibán eran capaces de derrotar a sus enemigos
y de crear un clima político estable para el proyecto Unocal.
Después de la captura de Herat en 1995, el Talibán
decidió cambiar el enfoque de su ataque con mira hacia
Kabul. Todos los contrincantes comenzaron a armar a sus aliados
en Afganistán para el asalto final que se anticipaba. Pakistán
y Arabia Saudita asistían al Talibán, con ayuda
material, reconstruyeron el aeropuerto de Kandahar, y construyeron
una nueva cadena telefónica y de radio. Rusia e Irán
le proporcionaron armas, municiones y petróleo al régimen
de Rabbani y a sus aliados por medio de la base aérea de
Bagram, al norte de Kabul. India ayudó indirectamente a
Rabbini, refortaleciendo la línea nacional aérea
afgana y proporcionándole dinero.
Los intentos de la ONU, EE.UU. y otros países para mediar
un acuerdo entre Rabbani y el Talibán fracasaron. En agosto
de 1996, las tropas del Talibán ocuparon Jalabad en la
frontera con Pakistán y al próximo mes finalmente
lograron que las fuerzas de la oposición se fueran de retaguardia
y salieran de Kabul. Entre los primeros actos que cometieron fue
la tortura y el asesinato bestiales de Najibullah y su hermano,
quienes desde 1992 habían vivido bajo la protección
de inmunidad diplomática en cuartel de la ONU en la capital.
Sus cuerpos mutilados fueron colgados en la calle. La reacción
de Washington fue descrita de la siguiente manera:
A las pocas horas de la captura de Kabul por el Talibán,
el Departamento de Estado de EE.UU. anunció que establecería
relaciones diplomáticas con el Talibán al enviar
un representante a Kabul; anuncio que retractó rápidamente.
El vocero del Departamento de Estado, Glyn Davies, dijo que EE.UU.
no había encontrado nada impugnable' en los pasos
que el Talibán había tomado para imponer la ley
islámica. Dijo que el Talibán era antimodernista,
no anti Occidente. Los congresistas estadounidenses anunciaron
su apoyo al Talibán. Lo bueno que ha ocurrido es
que por lo menos una de las facciones parece capaz de desarrollar
un gobierno en Afganistán,' dijo el senador Hank Brown,
simpatizante del proyecto Unocal (p.166).
La respuesta de Unocal fue casi idéntica. Chris Taggert,
vocero de la compañía, le extendió la bienvenida
a la victoria del Talibán y explicó que ahora sería
más fácil completar el proyecto del oleoducto, pero
rápidamente retractó la declaración. El significado
era obvio. EE.UU. vio en el Talibán la mejor manera de
asegurar la estabilidad que el proyecto Unocal requería,
pero no estaba preparado a darle su apoyo hasta que el Talibán
controlara al país.
Hablando en una sesión a puertas cerradas ante la ONU
en noviembre de 1996, Raphael explicó: El Talibán
controla mas de dos tercios del país, es afgano, oriundo,
y ha demostrado que son capaces de mantener el poder. La verdadera
fuente de su éxito ha sido el deseo de muchos afganos,
particularmente Pashtuns, de cambiar la lucha sin fin y el caos
por medidas de paz y seguridad, aun cuando el precio de las restricciones
sociales sea alto. Ni a los afganos ni a nosotros nos interesa
que el Talibán quede aislado.
Por su parte, Unocal, con el apoyo de Washington, continuó
alabando a los líderes del Talibán que, en un esfuerzo
para obtener el contrato más lucrativo, estaban jugando
a contraponer la compañía estadounidense a su competidor
Bridas. Unocal proporcionó casi $1 millón para instalar
el Centro de Estudios Afganos en la Universidad de Omaha, como
frente para ayudar a Kandahar bajo el control del Talibán.
El resultado principal de la ayuda de la compañía
fue la escuela para capacitar a los electricistas, carpinteros
y plomeros que se necesitarían para la construcción
del oleoducto. En noviembre de 1997, una delegación del
Talibán fue agasajada por Unocal en Houston, Texas, y se
reunieron con funcionarios del Departamento de Estado.
El cambio político de Washington
Pero los vientos políticos ya estaban cambiando. El
momento clave de cambio llegó en mayo de 1997, cuando el
Talibán capturó la ciudad principal del norte, Mazar-e-Sharif,
e intentó imponerle sus restricciones religiosas y sociales
a las poblaciones hostiles de Uzbeks, Tajiks y los Hazaras Shiítas.
Sus acciones provocaron una revuelta en que quedaron muertos aproximadamente
600 combatientes del Talibán en feroces luchas en la ciudad.
Por lo menos mil más fueron capturados y supuestamente
masacrados mientras intentaban escapar.. Durante los próximos
dos meses, el Talibán fue forzado a irse de retaguardia
en todos los frentes del norte, lo cual fue su peor derrota militar.
En 10 semanas de combate, sufrieron más de 3,000 muertos
y heridos, y más de 3,600 combatientes fueron tomados prisioneros.
Mazar-e-Sharif no fue un simple revés militar. El Talibán
se reagrupó y retomó la ciudad en agosto de 1998,
masacrando a miles de hazaras shiítashombres, mujeres
y niñosy casi provoca una guerra con Irán
por haber asesinado a 11 funcionarios iranís y a un periodista.
Sin embargo, los sucesos de mayo de 1997 revelaron el profundo
rencor de la población de origen no-pashtun hacia el Talibán.
Este rencor significaba que la guerra civil sería inevitablemente
prolongada y, aun cuando el Talibán lograra tomar las fortalezas
de la oposición en el norte, lo más probable era
que rebeliones y una inestabilidad política mayor ocurrieran.
Inmediatamente luego de la debacle de Mazar-e-Sharif, Washington
tomó varias decisiones cruciales. En Julio de 1997, en
un brusco cambio de política, el gobierno de Clinton concluyó
su oposición a que el oleoducto de Turkmenistán-Turquía
pasara por Irán. Al mes siguiente, una asociación
de compañías europeas, incluyendo la Royal Dutch
Shell, anunció los planes para este proyecto. Un acuerdo
por separado de la compañía australiana BHP Petroleum
propuso otro oleoducto que correría de Irán a Pakistán
y eventualmente a la India.
En el mismo período, Turquía y los EE.UU. conjuntamente
auspiciaron la idea de un corredor de transporte,
que contemplaba un oleoducto importantísimo desde Baku
en Azerbaiján a través de Georgia, hasta llegar
al Puerto turco de Ceyhan en el Mediterráneo. Washington
empezó a presionar a Turkmenistán y Kazajstán
para que participaran en el plan para construir el oleoducto de
petróleo y gas natural, respectivamente, bajo el Mar Caspio,
y luego a lo largo del corredor.
Los planes de Unocal para construir el oleoducto desde Turjmenistán
ahora se enfrentaban a la competencia. Además, las propuestas
rivales cruzaban rutas que prometían ser, por lo menos
a corto plazo, más estables desde el punto de vista político.
Tanto Bridas como Unocal prosiguieron con sus planes en el sur
de Afganistán, pero las posibilidades se hacían
cada vez más distantes. A fines de 1997, el vicepresidente
de Unocal, Marty Millar, comentó: Es incierto cuando
va a empezar este proyecto. Depende de la paz en Afganistán
y de un gobierno con el que podamos colaborar. Puede que esto
suceda a fines de año, el año próximo o dentro
de tres años, o puede que esto resulte en hueco seco si
la lucha sigue.
En ese momento también empezó a darse un cambio
paralelo en la retórica política de Washington.
En noviembre de 1977, la Secretaria de Estado de los EE.UU., Madeleine
Albright, dio la nueva pauta durante su visita a Pakistán.
Se aprovechó de la oportunidad para atacar la política
del Talibán hacia las mujeres, llamándola odiable,
y para advertirle escarpadamente a Pakistán que éste
corría el riesgo de ser aislado internacionalmente.
Washington empezó a ejercer presión en Pakistán
sobre la participación del Talibán en el comercio
de la heroína y los riesgos del terrorismo islámico.
El cambio en la política estadounidense quedó
completo cuando, luego del bombardeo contra las embajadas estadounidenses
en Kenya y Tanzania en agosto de 1998, el gobierno de Clinton
atacó con cohetes teledirigidos los campos de adiestramiento
de Osama bin Laden en Khost, Afganistán. Bin Laden había
retornado a Afganistán en mayo de 1996 después de
una ausencia de seis años. Durante ese tiempo se había
desilusionado con el papel que EE.UU. había jugado en el
Golfo Persa y el Medio Oriente. Empezó a emitir llamados
públicos por una jihad [guerra santa] contra
EE.UU. en agosto de 1996. Pero fue sólo después
de los bombardeos en Africa que Washington empezó a exigir,
sin presentar ninguna prueba, que el Talibán lo entregara
Unocal suspendió el proyecto del oleoducto y sacó
a todo su personal de Kandahar e Islamabad. El último clavo
se le martilló al ataúd a fines de 1998, cuando
los precios del petróleo fueron reducidos a la mitad: de
$25 a $13 por barril, lo cual destruyó la viabilidad económica
del proyecto Unocal, por lo menos a corto plazo. Al mismo tiempo,
las exigencias del gobierno de Clinton para que entregaran a bin
Laden, y también para que se tomara acción contra
las drogas y a favor de los derechos humanos, se convirtió
en la base para que la ONU impusiera toda una serie de sanciones
punitivas contra el Talibán en 1999.
A pesar de la fuerte presión ejercida sobre el Talibány
Pakistán tambiénninguna de las exigencias
del gobierno estadounidense quedó satisfecha. En 1998 y
1999, el Talibán lanzó una nueva ofensiva militar
y extendió su control, obligando a sus oponentes a refugiarse
en pequeñas regiones del nordeste. Pero la guerra civil
estaba lejos de terminar, con Rusia e Irán siguiendo abasteciendo
a los oponentes del Talibán con armas. Las sanciones de
la ONU tuvieron el efecto de prevenir a que todo rival de Washington
sacara ventaja en Afganistán, pero tampoco logró
que los EE.UU. fortaleciera una posición firme en la región.
Ahora, el gobierno federal estadounidense se ha valido de la
oportunidad que el ataque del 11 de septiembre en Nueva York y
Washington para proseguir con sus planes de largo plazo en Asia
Central. Sin presentar pruebas, Bush inmediatamente responsabilizó
a bin Laden por el desastre en los EE.UU. y emitió varios
ultimátum contra el régimen Talibán, que
tenía que entregar a bin Laden, el desmantelar las instalaciones
de Al Qaeda y permitirle entrada a EE.UU. en los campamentos
para la capacitación de terroristas. Cuando el Talibán
rechazó estas exigencias sin restricciones, Bush le dio
la señal a sus generales para que lanzaran miles de bombas
y cohetes teledirigidos a Afganistán, con el objetivo de
derrocar al gobierno.
Si al gobierno de Bush y a la prensa internacional se les creyera,
el único propósito de esta costosa y prolongada
guerra contra uno de los países más subdesarrollados
del mundo es apresar a bin Laden y destruir la red Al Qaeda. Pero
como este análisis histórico muestra, el temor al
terrorismo o las cuestiones de los derechos humanos no determinan
los objetivos de Washington en Afganistán. Por primera
vez, EE.UU. ha establecido una presencia militar en las repúblicas
del Asia Central con tropas en Uzbekistán, y su campaña
militar asegura que dictará los términos para cualquier
régimen que siga al Talibán. Aun si bin Laden mañana
fuera muerto y su organización fuera destruida, Washington
no tiene la menor intención de ponerle paro a estos primeros
pasos para dominar esta región estratégica, clave
y de vastos recursos energéticos.
Referencias:
1. Taliban: El islamismo, el petróleo
y el gran juego nuevo en el Asia Central, Ahmed Rashid, I.B Tauris,
2000
2. Afghanistan: Una historia nueva, Martin Ewers, Curzon, 2001
3. La cosecha del remolino: El movimiento del Talibán en
Afganistán, Michael Griffin, Pluto Press, 2001
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