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: Español
Cuarto Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos
AiresSegunda parte
Las películas del director taiwanés, Hou Hsiao-hsien,
y varios documentales
Por David Walsh
25 Junio 2002
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el autor
El director de películas Hou Hsiao-hsien, de Taiwán,
es una figura muy respetada en el cine independiente, y con razón.
Su obra durante los últimos veinte años no tiene
paralelo. El festival de cine de Buenos Aires presentó
once de sus películas de largo metraje (1983-2001) que
se consideran productos de su madurez como artista.
A través de obras autobiográficas, piezas históricas
y dramas de la vida contemporánea, Hou (nacido en China
en 1947) ha tratado de formar una visión acerca de toda
una sociedad y época: Taiwan después de la Segunda
Guerra Mundial. Es bastante difícil recordar un director
de otra parte del mundo que haya creado, durante las últimas
décadas, una visión tan completa y compleja.
Hou es artista serio, lo cual significa que puede poner en
marcha todos sus recursos objetivos y subjetivo. Ha expresado
que las cuestiones sociales le interesan menos que el destino
de las familias y los individuos. Y en realidad no hay razón
para dudarle, pero como es artista sincero y honesto evidentemente
ha descubierto que es imprescindible trazar las raíces
del comportamiento irracional del individuo a elementos históricos
de mayor amplitud.
Fue el primer director de Taiwan que examinó el terror
anticomunista, así como también los cuarenta años
de represión y ley marcial que siguieron y las consecuencias
emocionales y psicológicas que el régimen de Chiang
Kai-shek, apoyado por los Estados Unidos, lanzara en 1947. Ha
examinado, con cierta simpatía, las vidas y destinos de
los oponentes izquierdistas de la política de la Guerra
Fría por la cual su gobierno abogaba.
Si se pudiera usar el adjetivo Shakespeareano para
describir de la manera más simple a cierto tipo de artistaes
decir, a la persona que acepta la realidad, que no le teme y que
tampoco la reduce a moralejas, pues que la considera de la manera
más objetiva (claro, sin sugerir que el dicho artista posee
el genio de Shakespeare)entonces ese término bien
se podría aplicársele a Hou.
Dotado con poderes extraordinarios de observación, Hou
ha tratado de integrar el análisis de grandes cuestiones
históricas y sociales con las historias y vidas de gente
ordinaria, gente de su propia generación y de las generaciones
que siguieron, gente que lucha con las vicisitudes del amor, el
sexo, la juventud, el envejecimiento y la muerte. Se podría
decir que Hou posee profundos sentimientos por la vida, que se
interesa en sus elementos dinámicos e inmutables, los cuales
son tan vitales para el artista y los cuales tantos de nuestros
contemporáneos carecen.
Que sus obras más recientes ( Flores de Shanghai,
Mambo del Milenio) no sean tan interesantes como las anteriores
sólo comprueba que la capacidad de observación no
es el único requisito para que a un director de cine se
le pueda considerar serio. En esta época tan complicada
también se necesita una capacidad extraordinaria para analizar
la sociedad. Es posible que su falta de interés en cuestiones
sociales se haya apoderado de él. Parece que la situación
actual de Taiwany presuntamente la de China tambiénlo
han dejado tan perplejo y abrumado como a los personajes jóvenes
de Mambo del Milenio, quienes se muestran relativamente
poco compasivos.
De las cuatro películas de Hou que vi en Buenos Aires,
dos son mayormente autobiográficas y dos son históricas.
Los muchachos de Fengkuei (1983) es una de sus películas
más extraordinarias y, en mi opinión, una de sus
mejores. Un grupo de muchachos que viven en un pueblo playero
pasan su tiempo haciéndole bromas a la gente, luciéndose
ante las chicas y peleando con sus rivales. Cuando las cosas comienzan
a complicarse un poco, se mudan a una ciudad mayor, Kaohsiung
(importante centro industrial de Taiwan, al sur de la isla), antes
de entrar en el servicio militar obligatorio.
Encuentran empleos en una fábrica; la hermana de uno
de ellos es prostituta. Uno de los muchachos, Ah Ching, se enamora
de la novia de uno de los vecinos. Cuando el vecino se va de viaje
por mar, Ah Ching concluye que su amor es una fácil conquista.
Pero la muchacha se va a Taipei y lo deja con el corazón
destrozado. Eventualmente se sobrepondrá al profundo dolor
que esta experiencia le deja, pero las emociones devastadoras
formarán partes integrantes de su personalidad.
La espontaneidad y los sentimientos que esta película
expresa por la vida son extraordinarios. Su punto de vista (y
su propia sensibilidad) es el de la juventud de la clase obrera
o de la clase media baja: iracunda, vulnerable y burda; inconforme
con las autoridades que los abusan; ansiosa con deseo y ambiciones;
afanada en progresar. El joven que desempeña el papel de
Ah Ching comunica la vulgaridad e inocencia del joven a quien,
mientras anda las calles, se le puede engañar acerca con
una película pornográfica (¡ En colores
y pantalla grande!) en cartelera que no existe. Comunica,
además, la astucia y sensibilidad de un joven que ya comienza
a tramar contra el mundo para obtener las cosas más simples,
tales como el cariño y la calidez humana.
Pero, ¿qué nos ofrece la película? Un
drama acerca de la adolescencia y la madurez, de las consecuencias
de la urbanización y de la realidad de las relaciones entre
las clases sociales.
Verano en la casa de abuelo (1984), cuyo guión
es de Chu T'ien-wen, es una obra más pulida acerca de un
joven y su hermanita que, cuando su madre se enferma, pasan sus
vacaciones en el campo con los abuelos. El abuelo es médico
y un poco severo. El ambiente social es más alto en esta
película y la obra por lo general es menos áspera,
por no decir idílica. El hermano y la hermana hacen amigos
y tienen sus aventuras durante todo el verano. A la misma vez
se desenlazan otros tramas: el abuelo le prohíbe al tío
de los niños, quien es la oveja negra de la familia, que
se case con su novia. Violan a la loca del pueblo,
Han-tzu, y ésta, quien en un momento le había salvado
la vida a la niña, sufre un aborto.
El fin de la película amenaza con ser bien nítido
y benigno: la mama se cura, los niños regresan a su hogar
y se resuelve el drama del tío (más o menos), pero
a último momento Hou muestra su humanidad y profundidad.
Vemos a la empobrecida y atormentada Han-tzu caminando con su
parasol en la lejanía de la carretera. Cuando la niña
le llama, Han-tzu no responde. Es un fin conmovedor y trágico.
Nos hace recordar a El globo blanco, del iraní
Jafar Panahi y basada en un guión de Abbas Kiarostami.
Esa película, que también trata la niñez,
también corre el riesgo de llegar a un final demasiado
fácil. La última imagen de la película, sin
embargo, es del pobre vendedor de globos, quien hasta ese punto
de la trama es un personaje casi sin importancia y cuya situación
es bastante desesperada. En un instante, el director es conscientey
obliga al público a ser conscienteque hay circunstancias
más trágicas y de mayor interés que a las
que se enfrentan los personajes principales.
Ciudad de la tristeza (1989) es la película que
puso a Hou en el mapa internacional. Recibió grandes elogios
en el Festival de Venecia, y de mayor importancia aún,
quebró el silencio acerca de uno los más trágicos
acontecimientos de la época después de la Segunda
Guerra Mundial. La masacre del 28 de febrero, 1947en la
cual las tropas nacionalistas de Chiang-Kai-chek asesinaron entre
18,000 y 28,000 personas nacidas en Taiwan (según el informe
de un comité investigativo del gobierno)juega un
papel prominente, aunque algo indirecto, en la película.
Esta película examina la historia de la familia Lin,
y trata, con mucha ambición, interpretar la historia en
términos dramáticos y poéticos. Merece, pues,
que se le estudie bien. Contiene secuencias extraordinarias. Hou
muestra las actividades de los oposicionistas izquierdistas del
régimen nacionalista, destinados a caer pisados por el
sistema. Como siempre, Hou crea unas inolvidables caracterizaciones
de gángsteres y de la vida baja. Las escenas de represión
política hielan la sangre.
No obstante, esta película y El gran titiritero (1993)acerca
de la vida y obra a Li Tienhu, gran titiritero durante la primera
mitad del Siglo XXno parece tan exitosa como las obras más
espontáneas y autobiográficas ( Los muchachos
de Fengkuei, Tiempo para vivir y tiempo para morir
[1985] y Polvo al viento [1987]).
En primer lugar, cuando Hou torna a la historia en consideración,
y en particular a los izquierdistas que sufrieron a finales del
'40 y a principios del 50, se convierte en director bastante reverente
y "correcto. Simplemente, parece que las escenas carecen
de vida, aunque hayan sido preparadas y filmadas escrupulosa y
meticulosamente. Por lo general no son memorables.
Hace ya mucho que los marxistas observan que cuando el artista
imaginativo abandona lo que sabe o conoce bienes decir,
las relaciones personales y las emociones que surgen de ellasy
se vira hacia la esfera de los problemas políticos e históricos
objetivos, casi siempre la calidad artística cae, por lo
menos al principio. El artista, como ser racional, se anticípa
a sí mismo en la esfera de lo que él percibe y siente
inconscientemente. Claro, esto no significa una refutación
de estos esfuerzos, que se necesitan más que nunca, pero
sí hay que reconocer las trampas y contradicciones inherentes
en el proceso.
Y también se puede percibir otra tendencia en el caso
de Hou Hsiao-hsien. ¿Con qué frecuencia nos damos
cuenta que, una vez que el artista llega a dominar formalmente
la técnica, el elemento espontáneo y vital de su
obra disminuye? En cuanto a la carrera de muchos artistas, sería
interesante dibujar una gráfica donde dos líneas
representan, respectivamente, la técnica y la vitalidad
artística. ¿En cuál punto se cruzan? ¿Dónde
se apartan?
La solución a este problema no se encuentra principalmente
en la estética. En su mayor parte está vinculado
a procesos sociales. La trayectoria del artista individual dentro
de la sociedad capitalista a menudo sigue la línea establecida
por cierta escuela o tendencia artística: primero la rebelión,
los hábitos infantiles, el exceso, la aspereza, la sinceridad;
luego, el reconocimiento que el status quo le brinda, el descubrimiento
del estilo clásico, el sistema cultural que
lo absorbe, la perdida de energía y, por último,
la incapacidad de ofender. Sólo aquellas figuras que son
verdaderamente excepcionales pueden escapar esta evolución.
Pero con Hou, sin embargo, además de los peligros inevitables
inherentes a su profesión, hay que considerar factores
históricos adicionales. La forma de esto se presenta en
la aparente dificultad que tiene en crear un puente entre sus
personajes contemporáneos y ordinarios, que son vivaces
y listos para cualquier cosa, y sus taiwaneses históricos,
que son austeramente izquierdistas o demasiado dispuestos a obedecer
y a someterse a toda y cualquier tipo de autoridad. Y es aquí
donde el ingrediente que le faltala perspectiva política
e históricajuega un importante papel. El punto de
vista de Hou en cuanto a la historia de Taiwan es esencialmente
trágico y pesimista (y por lo tanto laborioso desde el
punto de vista dramático y, además, estático
visualmente). Para él, el terror blanco de
la década del 50 no tiene sentido; sólo puede echarle
la culpa al pueblo por aguantarlo. Y tampoco se explica la cultura
materialista y vacía actual sin culpar a la juventud que
la absorber. (Los que admiran a Hou sin crítica quizás
se engañen a sí mismos, pero Mambo del milenio
es bastante hostil hacia sus personajes centrales, que quizás
se lo merezcan.)
Para comprender las dificultades ideológicas y morales
de los taiwaneses habría que comenzar por lo menos con
un análisis de la Revolución China y del régimen
maoísta para hacer reventar las presunciones comunistas
de ambos y así desenmascarar el papel que el estalinismo
jugara en la traición, decepción y confusión
de las masas de la región. Sería verdaderamente
desmoralizante si estuviéramos convencidos que solamente
existen alternativas: por una parte el capitalismo rapaz tipo
estadounidense, y por otra el comunismo estatal burocrático
y represivo.
Los documentales
Algunos alumbran el camino, otros no tanto.
Le profit et rien autre [ ¡Las ganancias y
nada más qué!], del director Raoul Peck ( Lumumba),
parece ser más o menos producto secundario del movimiento
antimundialización, igual que otra cierta cantidad de documentales
( Gerentes y salvajes, Vida y deuda, No para
venta, Mujeres trabajadoras del mundo, Viajes en
camiseta). Peck examina la miseria de Haití, su país
natal, y entrevista a varias figuras académicas francesas,
así como también al radical estadounidense, Immanuel
Wallerstein. Es un esfuerzo para establecer la injusticia y desigualdad
que reinan en la sociedad capitalista contemporánea.
Las imágenes de Haití y parte del material que
Peck presenta tienen su valor, pero el tono general y la intención
de la película son extremadamente débiles y equivocados.
El capital ha triunfado; ha logrado convencernos que sólo
él constituye la verdad, que sólo éste es
moral, que sólo éste sabe como hacer política.
Más aun, nos ha convencido que ya la política no
se necesita, dice la narración del director. Pero,
¿quién es el convencido?
Todas las figuras académicas, sin excepción,
que se presentan en el documental firmemente creen en la omnipotencia
del orden social en existencia y la capacidad que éste
tiene para regularse a sí mismo y suprimir o integrar a
toda oposición. Wallerstein declara que la lucha
de clases no ha desaparecido, pero el error de los oponentes
del capitalismo durante los últimos 200 años
ha sido la fe en la inevitabilidad de la historia.
Pero la verdad es que los marxistas nunca han dependido de la
inevitabilidad de los procesos históricos; siempre han
insistido en el papel determinante de la conciencia.
Y tampoco han hecho un fetiche de la inevitabilidad
como suelen hacerlo los observadores intelectuales de la lucha
de clases, quienes se quieren fortalecer contra mayores decepciones.
Peck se pregunta a sí mismo: ¿Por qué
fabricar imágenes? Lo hemos hecho todo, pero el mundo no
ha cambiado...¿Por qué filmar películas?
El documental más o menos termina en esta nota desmoralizada
y llena de auto lástima. Dejando a un lado las imágenes
visuales, la película consiste esencialmente de banalidades
y truismos y de un tono moralizante que no va a alentar a nadie
que quiera luchar contra las condiciones que tan enfáticamente
critica.
Suits and Savages (Dylan Howitt, Zoe Young) desenmascara
un proyecto del Banco Mundial en una remota región de la
India, aparentemente con el fin de conservar el medio ambiente
y el tigre, que corre peligro de ser extinto. Los realizadores
de esta película fácilmente demuestran, que el programa,
administrado por las Instalaciones Globales para el Ambiente,
no hace nada por el ambiente, por los residentes locales o por
los animales. Sólo los poderosos de la aldea sacan
beneficios, explica un residente. Dicen que harán
cosas para nosotros, pero nunca es verdad. Un funcionario
o tipo similar declara: El Banco Mundial tiene que ser obligado
a ser responsable. Y desgraciadamente ese parece ser el
mensaje general del documental.
L'Affaire Sofri (Jean-Louis Comolli, antiguo escritor
de la revista cineasta francesa, Cahiers du Cinema) es
una obra inteligente y útil. En 1988 de repente se apareció
un testigo ocular declarando que tres dirigentes del grupo izquierdista
italiano, Lotta Continua, inclusive Adriano Sofri, habían
sido responsables, en 1971, del asesinato de un inspector de policía
milanés. Este inspector había sido acusado por la
izquierda de haber sido culpable de, o por lo menos de haber sido
cómplice en, la muerte del anarquista Giuseppe Pinelli,
quien en 1969 había saltado por una ventana
de los cuarteles de la policía y quedado muerto.
La película esencialmente es un monólogo del
académico Carlo Ginzburg, quien escrupulosamente ha desenmascarado
el caso contra Sofri. En octubre del 2,000, un tribunal de Venecia
había sostenido la sentencia del ex dirigente izquierdista
a 22 años de cárcel. Ginzburg, conocido de Sofri,
declara: Yo estaba convencido de su inocencia. Explica
que el enjuiciamiento de los ex dirigentes de Lotta Continua había
sido una persecución política, un acto de venganza
tramado en los altos niveles del gobierno italiano. Compara la
conducta arrepentida del testigo, Leonardo Marino,
ex miembro de Lotta Continua, a las reacciones de prisioneros
y testigos durante la Inquisición.
Ginzburg muestra que muy lejos de Marino repentinamente aparecerse
en los cuarteles de la policía un día en 1988 (tal
como se sostenía) para ofrecer su sorprendente confesión,
había tenido vínculos con la policía, incluyendo
conversaciones nocturnas, durante semanas enteras. Habían
sido las autoridades que habían buscado a Marino, no vice
versa. Es aparente de las contradicciones entre el testimonio
de Marino y otros testigos oculares que Marino ni siquiera había
estado presente en el lugar de la matanza. ¿Por qué
había mentido? Ginzburg no nos da una respuesta definitiva.
Marino evidentemente había sufrido una crisis moral
y religiosa, dándole la espalda a la izquierda y
a su propio pasado.
Existen otros hechos: gran parte de la evidencia, inclusive
la bala fatal, ha desaparecido o sido destruida bajo custodia
de la policía. Hay una peste que huele a maquinación.
El mismo Sofri, en una videocinta filmada durante uno de sus
juicios, deshecha la idea de un complot a alto niveles. Pero Ginzburg
no está tan seguro al notar que Las confabulaciones
sí existen. Intrigantemente indica que el periódico
(diario) La Republica acaba de publicar una entrevista
con un tal Maletti, hombre clave en el servicio secreto italiano
durante la década del 70, quien sostiene que fuerzas de
espionaje estadounidenses estaban detrás de los bombardeos
terroristas de la época. Frente a la radicalización
de los estudiantes y de los trabajadores en 1969, los círculos
gobernantes italianos y sus aliados estadounidenses habían
tratado de crear las condiciones para alcanzar una solución
griega; es decir, un golpe de estado por elementos
internos de las fuerzas armadas.
No se aprende mucho de Agosto: el momento antes de la explosión
(Avi Mograbi), pero lo que se llega a saber no es muy halagador
de la sociedad israelita. Mograbi tiene un estilo irritante, quizás
porque se basa su estilo en el del italiano Nanni Moretti ( Estimado
diario, Abril), el cual coloca la personalidad y las
observaciones del directorque en realidad no son nada extraordinariasen
el mismo centro de sus documentales.
Mograbi toma su cámara por todo Israel en el abrasador
y sofocante mes de agosto y descubre una sociedad al borde de
la violencia perpetua. Las muchedumbres en los juegos de fútbol,
los circunstantes durante arrestos, y grupos de personas comprando
en los centros comerciales se muestran tensas, iracundas y usualmente
racistas. Un grupo de niños estudiantes judíos en
un vecindario bastante acaudalado le dicen que a los árabes
deberían quemarlos. Mogravi entrevista a un grupo
de obreros árabes quienes, a su vez, culpan a los inmigrantesnegrazos
que nos roban los empleosde causar el desempleo. En
este documental nadie sale bien.
Declara Mograbi: Esta es Israel. Dónde quiera
que una vaya, todo lo asociado con la vida privada o la vida pública
está sobrecargado con la violencia, como si estuviéramos
enfrentándonos a un desastre inevitable, a un desastre
imprevisto. Pero ya el desastre ha llegado con suficiente
aviso.
Punto ciego: la secretaria de Hitler (André Heller,
Othmar Schmiderer) es uno de esos extraños documentales
acerca de los cuales no se sabe que decir. Consiste de entrevistas
con Traudl Junge, quien en realidad fue la secretaria de Hitler
entre 1942 y el fin de la guerra.
Luego de 56 años de silencio, Junge decidió contar
su historia en 2001 (ya ha fallecido). En cierta manera lo que
tiene que decir es iluminante, pero su comprensión de los
eventos es muy limitada, y los realizadores de la película
prueban que son incapaces de rebasar esos límites. Quizás
sea porque están consagrados al cinema verité
que se limitan solamente a las palabrasy nada más
que a las palabrasde ella, pero estas auto restricciones
son contraproducentes. El documental habría sido mucho
más iluminante si sus realizadores hubieran ofrecido su
propio análisis del nazismo y de aquellos que lo apoyaron.
Junge empezó a trabajar para Hitler por casualidad cuando,
crease o no, ganó un concurso de mecanografía en
las oficinas del gobierno alemán donde ofrecía sus
servicios. Dice ella que en aquella época era tan
ignorante. A principios se defiende, diciendo que ella era
sólo una de los millones que no veían
y muy servil y sumisa a una figura que servía de
padre. Su propio padre era completamente apolítico,
pero su abuelo era general. Dan ganas de saber más acerca
de esta familia, cuyo ambiente ella llama increíblemente
conformista.
Junge observa que Hitler creía que a él lo guiaban
grandes objetivos y grandes ideas, los cuales ella
ahora considera primitivos. Asevera que él
nunca se expresó con el lenguaje antisemita, pero declara
que sin él el Occidente no habría podido resistir
el bolchevismo. La secretaria explica, además, que
Hitler se refirió varias veces a este tema y lo cita: Es
imposible que el bolchevismo triunfe. Soy el único que
lo puede prevenir. Cuando una visitante se quejó
de haber visto a judíos en Austria apretados como sardinas
en un tren, Hitler se puso iracundo y le hizo caso omiso a la
inquietud.
La segunda mitad de la película tiene que ver con los
últimos días de Hitler en un barracón. Junge
se encontraba presente. El colapso ignominioso del régimen
más asqueroso y barbárico que el mundo haya conocido
fue una pesadilla.
Junge declara que por años había justificado
su comportamiento debido a su juventud e ignorancia. Un día,
explica ella, se encontró ante un monumento a una joven
que se había convertido en mártir luchando por la
causa antifascista, joven de la misma edad de Junge cuando ésta
se había ido a trabajar para Hitler. Evidentemente abochornada
por profundos sentimientos de culpa que la avergüenzan, Junge
le dice a la cámara: Ser tan joven no es excusa.
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