Las bases históricas e internacionales del Partido Socialista por la Igualdad

Parte 6

20 marzo 2010

El Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.) sigue hoy con la publicación de Las bases históricas e internacionales del Partido Socialista por la Igualdad. El documento se debatió extensamente y fue adoptado unánimemente en el Congreso de Fundación del PSI, celebrado del 3 al 9 de agosto del 2008. Durante dos semanas el WSWS publicará en partes el texto publicado en este sitio en su inglés original del 29 de septiembre al 10 de octubre del 2008. (Oprima aquí para leer las partes 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11)

El WSWS ya ha publicado en castellano la Declaración de Principios del Partido Socialista por la Igualdad, la cual también fue adoptada por el Congreso de Fundación, la cual también fue adoptada por el Congreso de Fundación en agosto del 2008.

El origen del revisionismo pablista

110. La reestabilización general de la evolución capitalista le dio un carácter contradictorio a las luchas sociales después de la guerra. El fin de ésta trajo consigo una ola de levantamientos antiimperialistas en los países coloniales y de luchas de clase en los países desarrollados. Sin embargo, la estabilización económica expandió enormemente el campo de actividades de los movimientos nacionalistas burgueses, de los estalinistas, de los burócratas sindicalistas y de las varias tendencias pequeño burguesas que terminaron por dirigir esas luchas. De una manera u otra, la función objetiva de esas organizaciones fue promover y conseguir una base de apoyo en capas mayores de la clase trabajadora y de las masas oprimidas y así proteger el sistema capitalista mundial. Sembraron ilusiones de que se podían conseguir concesiones permanentes por medio de una política de reformas nacionales que habían adquirido una nueva vigencia después de la guerra.

111. Las complejidades del período después de la guerra se expresaron en la aparición de una tendencia revisionista dentro del movimiento trotskista que se adaptó a las organizaciones burguesas y pequeño burguesas. Los revisionistas llegaron a considerar que las tendencias estalinistas y socialdemócratas, así como también los movimientos pequeñoburgueses nacionalistas y radicales, ya no eran obstáculos políticos a la movilización independiente de la clase trabajadora, sino más bien instrumentos alternativos para realizar el socialismo. Por lo tanto, ya no era asunto de oponerse a esas organizaciones con la perspectiva independiente de la Cuarta Internacional, sino transformar a la Cuarta Internacional en un grupo que le pondría presión a la dirigencia de la clase trabajadora que existía en esos momentos y a los líderes de los movimientos nacionalistas. Los revisionistas dotaron a los estalinistas y a los burgueses nacionalistas con un papel histórico progresista y rechazaron la intransigencia de Trotsky que estas organizaciones eran completamente contrarrevolucionarias. Dos figuras importantes en la dirigencia del movimiento trotskista después de la guerra, Michel Pablo y Ernest Mandel, inicialmente presentaron las revisiones de las perspectivas sobre las cuales se había basado la fundación de la Cuarta Internacional.

112. Las revisiones de Pablo fueron una reacción impresionista a los cambios políticos de Europa Oriental. La reacción inicial de la Cuarta Internacional hacia la creación de los regímenes dominados por los estalinistas se basaba en conceptos de Trotsky. No obstante los “éxitos” políticos de los estalinistas, la Cuarta Internacional insistió que el papel de estos era esencialmente contrarrevolucionario y declaró lo siguiente en 1946:

“Las traiciones indescriptibles, la supresión de los levantamientos de las masas, el terrorismo contrarrevolucionario, los pillajes y los saqueos, han desacreditado, ante los ojos de los trabajadores, la palabra —la idea misma del— comunismo. ¿De qué valen las nacionalizaciones en la Europa Oriental cuando se les compara con los crímenes de Stalin contra la clase trabajadora? Las aventuras contrarrevolucionarias estalinistas en Europa Oriental, en vez de darle a la burocracia un aire de misión progresista en la historia, han hecho más urgente la necesidad de aplastar a este sangriento demonio y prevenir que siga causando más daño de lo que ya ha causado en contra de la clase trabajadora mundial y su lucha por la emancipación.

“La ceguera del estalinismo —su carácter indescifrablemente reaccionario y su fracaso histórico— se reveló de la manera más obvia especialmente en Europa Oriental. A cambio de un mísero botín, a cambio de las pocas monedas que las reparaciones de guerra ofrecían —completamente sumas insignificantes para resolver los problemas económicos de la URSS— el Kremlin erigió contra sí mismo una muralla de odio por toda Europa Oriental y el mundo entero. A cambio de ejercer control militar sobre los países empobrecidos y en bancarrota de los Balcanes, el Kremlin ha ayudado a los imperialistas ingleses y estadounidenses a aplastar la revolución y brindado su asistencia para sostener al capitalismo en estado de putrefacción”. [69]

113. En abril de 1949, el Comité Ejecutivo de la Cuarta Internacional escribió:

“No se puede criticar al estalinismo en base de los resultados locales de su política. Más bien la crítica debe proceder de la totalidad de sus acciones a nivel mundial. Cuando consideramos el estado de putrefacción que el capitalismo muestra aún hoy día cuatro años después de acabarse la guerra, y cuando consideramos la situación concreta de 1943 a 1945, no hay duda que el estalinismo a nivel mundial apareció como el factor decisivo en prevenir un repentino y simultáneo colapso del orden capitalista en Europa y Asia. En este sentido, los éxitos logrados por la burocracia en la zona de los países tapones constituyen, a lo máximo, el precio que el imperialismo pagó por los servicios que la burocracia le rindió en el campo mundial; precio que constantemente hay que poner en duda con cada etapa que se rebasa.

Desde el punto de vista mundial, las reformas que la burocracia soviética realizó —en el sentido de que la URSS asimiló a los países tapones— son incomparablemente menos importantes que los golpes con que agredió a la concienciación del proletariado mundial, sobre todo en dichos países; un proletariado que su política desmoraliza, desorienta y paraliza y a quien, por lo tanto y hasta cierto punto, rinde susceptible a la campaña imperialista para emprender las preparaciones de guerra. Aún desde el punto de vista de la misma URSS, las derrotas y la desmoralización del proletariado mundial causadas por el estalinismo constituyen un peligro incomparablemente peor que la consolidación de la zona tapón como línea de defensa”. [70]

Pablo rechaza el trotskismo

114. Pero en el transcurso de 1949 ya había indicios que Pablo cambiaba su postura política. Comenzó a escribir acerca de la transición del capitalismo al socialismo como un proceso que tomaría lugar durante “siglos” de “estados obreros deformados” tipo estalinistas. En 1951, el Comité Ejecutivo de la Cuarta Internacional aprobó una resolución que apoyaba la teoría de “guerra revolución”. Esta teoría sostenía que el estallido de guerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética asumiría la forma de una guerra civil mundial en la cual la Unión Soviética se vería obligada a funcionar como partera de revoluciones sociales. Ese mismo año, Pablo publicó un documento en el que razonaba de la siguiente manera: “Para nuestro movimiento la realidad social objetiva consiste del régimen capitalista y el mundo estalinista”. [71]

115. El análisis de Pablo rechazó el conflicto entre las clases, los intereses independientes de la clase trabajadora y, por consiguiente, la necesidad histórica de la Cuarta Internacional. Para él, la misión de la Cuarta Internacional consistía en funcionar como un grupo para hacer presión interna en las organizaciones estalinistas. El pablismo extendió las falsas aseveraciones hechas en nombre de la burocracia estalinista a los movimientos nacionalistas burgueses de los países semi coloniales y en desarrollo. En vez de un análisis clasista, Pablo habló de “integrarse al verdadero movimiento de las masas”. En un informe que presentó ante el Tercer Congreso Mundial de la CI entre agosto y septiembre de 1951, Pablo llegó a la conclusión de esa perspectiva y declaró: “No existe hoy ni siquiera una organización trotskista que, por lo general o parcialmente, no comprenda seria, concreta y profundamente la necesidad de subordinar todas las consideraciones organizacionales, inclusive la independencia formal o de cualquier otro tipo, a una verdadera integración al movimiento de las masas donde quiera que éste se exprese en cada país, o a integrarse a una corriente importante de este movimiento sobre la cual podamos influir”. [72]

116. El pablismo basaba sus teorías en un método objetivista que rechazaba el énfasis que el movimiento marxista le había dado al papel del partido en el desarrollo de la revolución mundial. Tal como se explicara luego:

“El punto de vista del objetivismo consiste más en la contemplación que en la actividad práctica revolucionaria; en la observación más que en la lucha. En vez de explicar lo que se debe hacer, justifica lo que sucede. Este método ofrecía la piedra angular teórica de una perspectiva en la cual el trotskismo ya no se consideraba una doctrina para guiar las actividades prácticas del partido con tal de conquistar el poder y cambiar la trayectoria de la historia, sino más bien como una interpretación generalizada del proceso histórico en que el socialismo a fin de cuentas se realizaría bajo la dirección de fuerzas no proletarias y hostiles a la Cuarta Internacional. En tanto que al trotskismo se le diera un papel directo en el curso de los acontecimientos, éste sería simplemente un proceso psíquico subliminal para guiar, inconscientemente, las actividades de los estalinistas, los neo-estalinistas, los semi estalinistas y, desde luego, de los nacionalistas pequeñoburgueses de todo tipo.

En ese sentido, el pablismo fue mucho más allá de los análisis incorrectos, los pronósticos falsos y las revisiones programáticas. Atacó todas las fundaciones del socialismo científico y repudió las lecciones esenciales que los marxistas habían aprendido del desarrollo de la lucha de clases durante todo un siglo. Pablo socavó el mayor éxito de la teoría marxista en el Siglo XX —el concepto leninista del partido— cuando puso en tela de juicio la necesidad del elemento consciente en la lucha del proletariado y en la realización histórica de la dictadura del proletariado. Para Pablo y sus partidarios, no había ninguna necesidad de educar teóricamente a la clase trabajadora y hacerla consciente de su misión histórica. No había necesidad de llevar a cabo una lucha por el marxismo en contra del dominio que la ideología burguesa ejercía sobre el movimiento espontáneo de la clase trabajadora...

La adaptación al estalinismo fue una de las características principales de la nueva perspectiva pablista, pero sería un error creer que creer que ésta era su característica fundamental. El pablismo significaba (y todavía lo es) la liquidación total; es decir, el repudio de la hegemonía del proletariado en la revolución socialista y la existencia verdaderamente independiente de la Cuarta Internacional como la expresión consciente del papel histórico de la clase trabajadora...

La actividad práctica del movimiento trotskista ya no tenía como objetivo principal la educación del proletariado, de hacerlo consciente de su misión histórica y establecer incondicionalmente su independencia programática y organizacional de todas las otras fuerzas clasistas. Ni tampoco debería basarse esta actividad en un análisis científico de las relaciones sociales de producción y de las fuerzas clasistas; análisis basado en una confianza, amoldada por la historia, en el papel revolucionario único del proletariado. Más bien, la labor del partido tenía que reducirse a la baratija de tácticas convenientes. De ese modo se podían claudicar las posturas principistas establecidas durante décadas de lucha con la inútil esperanza de influir sobre los dirigentes estalinistas, socialdemócratas y de las organizaciones nacionalistas burguesas para empujarlos hacia la izquierda”. [73]

117. Basándose en esta perspectiva, y con el apoyo de Mandel, Pablo intentó aprovecharse de su puesto como Secretario Internacional de la Cuarta Internacional para obligar a secciones nacionales enteras a liquidarse a sí mismas como organizaciones independientes e ingresar a las filas de los partidos estalinistas; táctica que llamaron entrada sui géneris. Los revisionistas concluyeron que el énfasis que se le había dado al establecimiento de las secciones de la Cuarta Internacional en todos los países había sido un error. Esta postura se convirtió en la característica más notable de una desastrosa perspectiva que llegaría a repetirse muchas veces, inclusive por incontables tendencias oportunistas de hoy día. Estas concluyen que, puesto que es imposible establecer partidos revolucionarios, hay que buscar otras fuerzas que dirigen, en algún momento determinado, organizaciones de masas. La historia, el programa, y su orientación clasista no importan para nada.

118. La tendencia pablista en los Estados Unidos estaba dirigida por Bert Cochran, quien encontró apoyo principalmente en un sector de trabajadores sindicalistas dentro del SWP, lo cual reflejaba las presiones del anticomunismo en la clase trabajadora y el desarrollo de una capa de trabajadores más conservadora que se beneficiaba de un mejoramiento del nivel de vida. Los cochranitas querían evitar todo debate acerca de la escisión entre el estalinismo y el trotskismo, postura que expresaron en su infame eslogan, “A la basura con el viejo trotskismo”. Oponiéndose al principio básico que la conciencia socialista es conciencia histórica, Cochran escribió en 1951:

“Aunque Trotsky fuera, en el sentido inmediato y más directo de la palabra, el maestro y líder de nuestro movimiento, de ninguna manera se saca de estas dos proposiciones que vamos a tener mucho éxito atrayendo trabajadores a nuestra bandera mediante la clarificación de las justicias e injusticias de la lucha entre Stalin y Trotsky, la cual ya ha pasado a la historia”. [74] Este llamamiento a que la historia se olvide en realidad significaba un rechazo a la perspectiva y a los principios que esa historia representaba. La mayoría de los cochranitas eventualmente llevaron esta perspectiva liquidacionista a su conclusión lógica cuando optaron por tomar el sendero hacia la burocracia sindicalista y el Partido Demócrata.

La Carta Abierta: se establece el Comité Internacional

119. La lucha facciosa que se desarrolló en la Cuarta Internacional culminó en noviembre de 1953, cuando se publicó una Carta Abierta escrita por Cannon y dirigida a los trotskistas de todo el mundo. Esta carta formó la base programática para la creación del Comité Internacional de la Cuarta Internacional. Las circunstancias a las cuales el movimiento mundial se enfrentaba absolutamente justificó la acción de Cannon, apoyada por las organizaciones trotskistas en Inglaterra y Francia. En juego estaba no solo la defensa de los principios fundamentales sobre los cuales se había basado la creación de la Cuarta Internacional, sino también su supervivencia como organización revolucionaria independiente. Al explicar por qué no se podía llegar a un acuerdo con el pablismo, Cannon hizo un resumen de estos principios:

“1. La agonía mortal del sistema capitalista amenaza con destruir la civilización al hacer cada vez peores las depresiones, las guerras mundiales y las manifestaciones de barbarie tales como el fascismo. El desarrollo de las armas atómicas pone en relieve el peligro del modo más grave posible.

“2. La caída al abismo se puede evitar sólo reemplazando al capitalismo con la economía planificada socialista a nivel mundial y reanudando la espiral de progreso iniciada por el capitalismo en sus épocas tempranas.

“3. Esto sólo se puede lograr bajo la dirigencia de la clase obrera de la sociedad. Pero la misma clase obrera se enfrenta a una crisis de dirección, a pesar de que las relaciones mundiales de las fuerzas sociales nunca fueron tan favorables como hoy para que los obreros emprendan el rumbo al poder.

“4. Para organizarse a sí misma con el fin de cumplir esta misión histórica mundial, la clase obrera de cada país tiene que establecer un partido socialista revolucionario basado en los criterios desarrollados por Lenín; es decir, un partido de combate capaz de combinar dialécticamente la democracia y el centralismo: democracia para tomar decisiones, centralismo para cumplirlas. Ha de ser una dirigencia bajo el control de su militancia y capaz de avanzar disciplinadamente bajo fuego.

“5. El obstáculo principal a esto es el estalinismo, el cual explota el prestigio de la Revolución Rusa de Octubre de 1917 para atraer a los obreros y luego traicionar su confianza, lanzándolos ya sea en los brazos de la socialdemocracia, de la apatía o a la renovación de ilusiones en el capitalismo. Las consecuencias de estas traiciones las paga la clase obrera con la consolidación de las fuerzas fascistas o monárquicas y nuevas explosiones de guerras fomentadas y preparadas por el capitalismo. Desde sus inicios, la Cuarta Internacional se planteó la derrota revolucionaria del estalinismo dentro y fuera de la URSS como una de sus misiones principales.

“6. La necesidad de tácticas flexibles que afrontan muchas secciones de la Cuarta Internacional —y los partidos o grupos que simpatizan con su programa— hacen más imperante que, sin capitular al estalinismo, sepan cómo luchar contra el imperialismo y todos sus agentes pequeñoburgueses (tales como las tendencias nacionalistas o las burocracias sindicalistas); y, a la inversa, sepan cómo derrotar al estalinismo (que, a fin de cuentas es un agente pequeño burgués del imperialismo) sin capitular ante el imperialismo.” [75]

120. La Carta Abierta indicó que Pablo había rechazado todos estos principios:

“Pablo ha abandonado estos principios. Considera que, en vez de hacer resaltar el peligro de una nueva barbarie, el camino al socialismo es ‘irreversible'; sin embargo, no cree que el socialismo sea producto de esta generación o de las venideras. Al contrario; ha desarrollado el concepto de una ola ‘avasalladora' de revoluciones que sólo dan origen a estados obreros ‘deformados'; es decir, de tipo estalinista que durarán por ‘siglos'.

“Esto revela el mayor pesimismo en cuanto a la capacidad de la clase obrera; pesimismo totalmente acorde con la manera en que él ridiculiza la lucha por establecer partidos socialistas revolucionarios independientes. En vez de seguir la línea principal de establecer partidos revolucionarios independientes valiéndose de todas las tácticas posibles, Pablo considera que el estalinismo —o uno de sus sectores decisivos— es capaz de cambiar bajo la presión de las masas hasta llegar a aceptar las ‘ideas' y el ‘programa' del trotskismo.” [76]

121. La carta de Cannon terminó con una advertencia y una llamada a la acción:

“En resumen: La brecha que separa al revisionismo pablista del trotskismo ortodoxo es tan profunda que no existe la menor posibilidad de un acuerdo político u organizacional. La facción de Pablo ha mostrado que no permitirá que se llegue a decisiones democráticas que verdaderamente reflejen la opinión de la mayoría. Exige que esta se doblegue totalmente a su política criminal. Está decidida a eliminar de la Cuarta Internacional a todos los trotskistas ortodoxos; a amordazarlos y esposarles...

“Si se nos permite darle un consejo a las secciones de la Cuarta Internacional desde la posición que hemos sido forzados a adoptar fuera de las bases [77], consideramos que ha llegado el momento de actuar resueltamente. Ha llegado el momento para la mayoría ortodoxa de la Cuarta Internacional reafirmar su voluntad contra la usurpación de autoridad por parte de Pablo”. [78]

La teoría de Lenín y Trotsky sobre el partido

122. Después de la escisión, Cannon elaboró los principistas esenciales que habían surgido de la lucha. Hizo hincapié a la oposición irreconciliable del marxismo a los conceptos sobre la espontaneidad promulgados por Pablo y Mandel:

“Nosotros somos los únicos que incondicionalmente se adhieren a la teoría del partido, elaborada por Lenín y Trotsky, acerca de la vanguardia consciente y su papel como dirigente de la lucha revolucionaria. Esta teoría adquiere una realidad ardiente y domina a todas las otras en la época actual.

“El problema de liderazgo de hoy día no se limita a las manifestaciones espontáneas de la lucha de clases en un prolongado proceso, ni tampoco a la conquista del poder en todo país en que el capitalismo es especialmente débil. Ello es cuestión del desarrollo de la revolución internacional y de la transformación socialista de la sociedad. Admitir que esto puede suceder automáticamente significa, en efecto, abandonar completamente el marxismo. No; este proceso sólo puede constar de una actividad consciente que requiere la dirigencia indispensable del partido marxista, el cual representa el elemento consciente en el proceso histórico. Es inconcebible que otra tendencia en el movimiento de los trabajadores pueda reemplazarlo satisfactoriamente. Por esa razón, nuestra actitud hacia todos los otros partidos y tendencias es irreconciliablemente hostil.

“Si la relación de fuerzas requiere que los cuadros de las organizaciones de vanguardia se adapten a tales tendencias —estalinistas, socialdemócratas y centristas— entonces esa adaptación en todo momento debe considerarse una táctica para facilitar la lucha contra ellas y no para efectuar la reconciliación. A estas tendencias nunca se les puede ceder el papel histórico decisivo, con los marxistas relegados al papel insignificante de ofrecer consejos cordiales y críticas ‘leales'...”. [79]

El estalinismo en crisis

123. La lucha en el interior de la Cuarta Internacional al mismo tiempo reflejaba y anticipaba cambios en la situación mundial. Incluso durante la escisión, el Kremlin se encontraba asediado por una crisis. Los sangrientos juicios purgadores en Europa Oriental y los infames arrestos de médicos judíos en la Unión Soviética dejaron bien claro, aún entre los acólitos de Stalin, que la furiosa paranoia del dictador obstaculizaba toda política coherente con la cual responder a la crisis que azotó a la sociedad soviética después de la guerra. Cuando Stalin murió repentinamente en marzo de 1953 bajo circunstancias turbias, se creó la oportunidad para cambiar la política. Después de una breve discordia facciosa en el Politburó, Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta de Stalin, fue destituido y ejecutado. Con este acto, la burocracia, que debía su poder a que Stalin había destruido todos los cuadros revolucionarios del Partido Bolchevique, expresó el deseo de disfrutar sus privilegios sin el peligro perenne de las purgas, los arrestos y las ejecuciones. Pero el control de la burocracia sobre sus privilegios se topó con un peligro aún mayor: el descontento creciente de la clase trabajadora en la Unión Soviética y en Europa Oriental. En junio de 1953, los trabajadores de Alemania Oriental se levantaron contra la burocracia estalinista, pero fueron suprimidos por las fuerzas militares soviéticas. En febrero de 1956, Nikita Khrushchev, pronunció su “discurso secreto” ante el Vigésimo Congreso del Partido Comunista por medio del cual reveló varios de los crímenes de Stalin, pero intencionalmente excluyó de la lista de víctimas a los lideres trotskistas de la Oposición de Izquierda y a los que fueron condenados a pena de muerte por los Juicios de Moscú. Como líder de la burocracia estalinista, Khrushchev no era capaz de ofrecer una explicación de los orígenes de los crímenes de Stalin y recurrió a una disculpa simplista: los secuaces de Stalin en la burocracia y toda la población soviética se habían convertido en esclavos del “culto a la personalidad”. Ese mismo año, la clase trabajadora húngara se sublevó y estableció concilios obreros, los cuales eran la forma embrionaria de la revolución política. Khrushchev envió tanques a Budapest y la rebelión fue aplastada brutalmente. Esta acción mostró una vez más el carácter completamente contrarrevolucionario del estalinismo. La muerte de Stalin no había cambiado para nada la oposición implacable del estalinismo a todo movimiento revolucionario de la clase trabajadora.

124. La crisis del estalinismo creó una verdadera posibilidad para aclarar cuestiones políticas fundamentales. Los trotskistas británicos, bajo la dirigencia de Gerry Healy, enfatizaron la importancia de clarificar los grandes temas que formaban las bases de la lucha de Trotsky contra el estalinismo. Esto suponía la necesidad de profundizar la lucha contra los pablistas, quienes interpretaban todas las maniobras política estalinistas como ejemplos de “auto reforma” progresista burocrática. Fue precisamente en ese momento, sin embargo, que la dirigencia del SWP comenzó a abandonar la irreconciliable oposición al pablismo por la cual Cannon había abogado tan enérgicamente entre 1953 y 1954. Ya para 1957, Cannon comenzaba a expresar interés en la posibilidad de reunificación con los pablistas basándose en una falsa premisa: que las diferencias entre el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y el Secretariado pablista habían disminuido a través de los años. Este cambio de actitud hacia los pablistas por parte del SWP reflejaba un cambio definitivo hacia la derecha en la línea política general del partido. Hacia finales de los años 1950, el SWP mostró interés en participar en la “reagrupación” de varias tendencias radicales. La vuelta hacia los pablistas expresó un cambio en el eje clasista del SWP, el cual se alejó de su “orientación proletaria” y se movió hacia alianzas con los representantes políticos de capas radicales de la pequeña burguesía.

El castrismo y el SWP vuelven a Pablo

125. La ascensión de Castro al poder en junio de 1959, se convirtió en el instrumento perfecto de una creciente facción oportunista en el SWP para reorientar el partido hacia el ambiente del radicalismo pequeño burgués estadounidense. El gobierno de Castro había llegado al poder con un programa burgués nacionalista por medio del guerrillerismo basado en el campesinado. El carácter nacionalista del movimiento y sus esfuerzos iniciales para poner en práctica reformas sociales lo llevó al conflicto con el imperialismo estadounidense. Castro reaccionó a las amenazas de Estados Unidos buscando el apoyo de la Unión Soviética. Fue sólo en ese momento que el régimen se declaró “comunista”.

126. Aunque había definido al régimen de Castro inicialmente como burgués nacionalista, el SWP, ahora bajo la dirección de Joseph Hansen, cambió su postura durante el transcurso de 1960. Este cambio recibió su impulso principal del hecho que el SWP ahora participaba intensamente —y desde un de punto de vista político inexplicable— en el sospechoso “Comité de Justicia para Cuba” (Fair Play Committee for Cuba). Para diciembre de 1960, el SWP ya declaraba que Cuba se había convertido en un estado obrero. Hansen defendió esta postura basándose en el principio crudamente empirista de que la nacionalización de la propiedad privada había tomado lugar, aparentemente ignorante de que la nacionalización de las tierras —como Lenín había frecuentemente señalado en sus escritos sobre la cuestión agrícola en Rusia— es esencialmente una medida democrático-burguesa. Hansen tampoco trató de relacionar el análisis del desarrollo de Cuba a los problemas teóricos históricos —inclusive la base clasista del régimen y la ausencia de organizaciones independientes de la clase trabajadora— que habían consternado al SWP en los debates acerca de Europa Oriental y China. Además, analizó los desarrollos en Cuba como si hubieran sucedido aislados de la situación internacional y ajenos a toda cuestión pertinente a la perspectiva mundial. El SWP sostenía que el “hecho” que Castro había llevado a cabo la nacionalizaciones era prueba de que una revolución se podía lograr con un “instrumento desafilado” dirigido por “marxistas inconscientes”, quienes establecerían el socialismo debido a las presiones de las necesidades objetivas y sin la participación activa de la clase trabajadora misma.

127. La postura política del SWP, la cual era casi un espejo de la lógica pablista y cercana a los argumentos de los pablistas, repudió los principios esbozados por Cannon en su Carta Abierta. Si se podían establecer estados obreros por medio de las acciones de dirigentes guerrilleros pequeñoburgueses basados en el campesinado y bajo condiciones en la que no existían organizaciones de un gobierno obrero que se pudieran identificar, entonces, ¿cuál era el propósito de la Cuarta Internacional? ¿Qué necesidad había de organizar a la clase trabajadora políticamente en base de un programa socialista? La manera en que el SWP adulaba al castrismo y a las guerrillas en Latinoamérica representaba un rechazo a la perspectiva revolucionaria para la clase trabajadora de Estados Unidos e internacional. Su postura en cuanto a Cuba iba mano a mano con la adaptación del partido cada vez mayor a la política de protesta de la clase media de los Estados Unidos.

La Liga Laborista Socialista (Socialist Labor League, SLL) defiende el trotskismo

128. Esos desarrollos intensificaron el conflicto político dentro del Comité Internacional. En una carta fechada 2 de enero de 1961, la Socialist Labour League (SLL), sección británica del CICI, escribió a los dirigentes del SWP:

“El mayor peligro al cual se enfrenta el movimiento revolucionario es el liquidacionismo, el cual proviene de la capitulación al imperialismo o a la burocracia sindicalista del movimiento obrero o a ambos. El pablismo representa, aún más claramente hoy que en 1953, esta tendencia liquidacionista en el movimiento marxista internacional...

“Todo intento de escapar la estrategia de la independencia política de la clase trabajadora y el establecimiento de partidos revolucionarios sería una tremenda metida de pata por parte del movimiento trotskista con insinuaciones históricas y mundiales...

“Es debido a la magnitud de las oportunidades que ahora se presentan al trotskismo —y por lo tanto la necesidad de una claridad política y teórica—, que instamos con toda urgencia trazar la línea límite contra el revisionismo en todas sus formas. Es hora de cerrar las puertas al período en que al revisionismo pablista se le consideraba una tendencia dentro del trotskismo. A menos que hagamos eso, no podemos prepararnos para las luchas revolucionarias que ahora comienzan ahora”. [80]

129. En mayo de 1961, la SLL extendió su crítica al SWP y a su abandono del trotskismo. También criticó su adaptación, cada vez más pronunciada, a una multitud de tendencias nacionalistas burguesas y pequeño burguesas que dominaban a los movimientos contemporáneos anticoloniales y antiimperialistas. La línea política del SWP, según estableció el documento de la SLL, representaba un repudio a los conceptos que Trotsky había elaborado en su Teoría de la revolución permanente:

“Un elemento esencial del marxismo revolucionario de esta época es la teoría de que la burguesía nacional en los países en desarrollo es incapaz de derrotar al imperialismo y establecer un estado nacional independiente. Esta clase social está vinculada al imperialismo y, claro, es incapaz de poner en marcha un desarrollo capitalista independiente, pues forma parte del mercado mundial capitalista y no puede competir con los productos de los países capitalistas más avanzados...

“Aunque es verdad que la etapa de ‘independencia' lograda por ciertos países, tales como Ghana, y los movimientos de independencia nacionales dirigidos por hombres tales como Mboya en Kenia funcionan como estimulantes para los movimientos de liberación nacional de otros países, el hecho es que Nkrumah, Mboya, Nasser, Kassem, Nehru, Sukarno y otros tales todavía representan a la burguesía nacional de sus propios países. Los que predominantemente fabricantes de la política imperialista que predominan en Estados Unidos y en Inglaterra bien reconocen que sólo entregando la ‘independencia' política a los dirigentes de esa índole, o aceptando la victoria de éstos sobre elementos feudales tales como Faruk y Nuries Said, pueden protegerse los intereses del capital internacional y las alianzas estratégicas en Asia, África y Latinoamérica...

“No es la labor de los trotskistas estimular el papel de semejantes dirigentes nacionalistas. Ellos pueden contar con el apoyo de las masas sólo por las traiciones de los dirigentes de la socialdemocracia y sobre todo del estalinismo, y de ese modo se convierten en intermediarios entre el imperialismo y las masas trabajadoras y campesinas. La posibilidad de ayuda económica por parte de la Unión Soviética a menudo les permite negociar de manera más exigente con los imperialistas, y hasta le permite a los elementos más radicales entre los dirigentes burgueses y pequeñoburgueses atacar las propiedades imperialistas y así obtener mayor apoyo de las masas. Pero para nosotros la cuestión vital en todo caso es que la clase trabajadora de estos países obtenga su independencia política por medio de un partido marxista que dirija a los campesinos a establecer consejos revolucionarios (soviets) y a reconocer los vínculos necesarios con la revolución internacional socialista. Somos de la opinión que en ningún momento deberían los trotskistas sustituir ese proceso con la esperanza de que los dirigentes nacionalistas deberían convertirse en socialistas. La emancipación de la clase trabajadora es la misión de los trabajadores mismos” [81].

130. En cuanto al problema de Cuba, la SLL añadió:

“Parece que gran parte de los debates actuales sobre Cuba proceden de la manera siguiente: Las masas cubanas apoyan a Castro, Castro comenzó como un pequeño burgués pero se ha convertido en socialista, la obvia presión de la agresión imperialista y de la lucha popular pueden convertirlo en marxista, y a las tareas que confronta al defender los éxitos de la revolución le han llevado ‘naturalmente' a adoptar posturas indistinguibles del trotskismo. Este enfoque pisotea los fundamentales del marxismo. Tenemos que valorar las tendencias políticas en base de un análisis clasista, en términos de la manera en que se desarrollan en la lucha relacionada con el movimiento de las clases sociales durante largos períodos. Un partido proletario, para no mencionar la revolución proletaria, no puede suceder en los países en desarrollo por medio de la conversión [al marxismo] de nacionalistas pequeñoburgueses que se tropiezan ‘natural' y ‘casualmente' con la importancia de los trabajadores y campesinos”. [82]

La reunificación pablista y la traición en Ceilán

131. En junio de 1963, el SWP y los pablistas europeos organizaron un Congreso de Unificación y formaron un nuevo “Secretariado Unido”. Lo que le confirió a este congreso su característica reaccionaria y carente de principios fue que se negó rotundamente a examinar las cuestiones que terminaron en la escisión de 1953. Las repetidas aseveraciones que las diferencias pertenecían al pasado, que ya no eran pertinentes en el contexto de una “nueva realidad mundial”, escondían las peligrosas y muy reales insinuaciones de la política pablista. Cuando los trotskistas británicos rehusaron participar en la farsa reaccionaria del “Congreso de Reunificación”, mostraron una gran valentía política.

132. En menos de un año quedó bien claro lo que había estado en juego. En junio de 1964, una importantísima sección de la Internacional pablista, el Lanka Sama Samaja Party (Partido por una Sociedad de Igualdad de Ceylón. Siglas: LSSP), aceptó la invitación de la Primer Ministro de Ceilán, Madama Sirimavo Bandaranaike, para integrarse a su nuevo gobierno de coalición burgués. Esta fue la primera vez en la historia de la Cuarta Internacional que un partido trotskista había traicionado de manera tan grotesca los principios socialistas. Esta traición se había preparado durante muchos años de recaídas políticas del LSSP, pero los pablistas bloquearon el debate sobre la degeneración del LSSP. Ahora, justo un año después de la reunificación, la Internacional pablista (con la ayuda crítica del SWP funcionaba como partera de una traición que condujo a una guerra civil que ha destrozado la sociedad de Sri Lanka y costado casi 10.000 vidas. La condena que el Comité Internacional emitió acerca del el papel que el pablismo jugara en la catástrofe ceilanesa ha resistido la prueba del tiempo:

“La entrada de los militantes del LSSP en la coalición de Bandaranaike marca el final de toda una época evolucionaria de la Cuarta Internacional. Es en el servicio directo al imperialismo y en la preparación de una derrota de la clase trabajadora que el revisionismo en el movimiento trotskista mundial ha encontrado su expresión”. [83]

Notas:

69. Fourth International, November 1946, p. 345.

70. David North, The Heritage We Defend, pp. 158-9.

71. Cited in Ibid., p. 185.

72. Cited in Ibid., p 193.

73. Ibid., pp. 188-91.

74. Cited in Ibid., p. 204.

75. “La Carta Abierta del Socialist Workers Party, 16 de noviembre, 1953,” en: Trotskyism Versus Revisionism, Volume One (London: New Park, 1974) p. 299-300. (El Texto en español: http://www.wsws.org/es/articles/2009/sep2009/es-1953.shtml)

76. Ibid., p. 301.

77. Desde los 1940, a los trotskistas de Estados Unidos no se le permite afiliarse formalmente con la Cuarta Internacional debido a las disposiciones de la reaccionaria Acta Voorhis.

78. Ibid., pp. 312-13.

79. Carta de Cannon a George Breitman, 1ro. de marzo, 1954, en Trotskyism Versus Revisionism, Volume Two (London: New Park, 1974) p. 65.

80. Carta del Comité Nacional de la Socialist Labour League al Comité Nacional del Socialist Workers Party, 2 de enero, 1961, en Trotskyism Versus Revisionism Volume Three (London: New Park, 1974) pp. 48-49.

81. The Heritage We Defend, op. cit., pp. 377-9.

82. Ibid., p. 379.

83. The Heritage We Defend, op. cit., p. 402.