Raza, clase social y matanzas policíacas en Estados Unidos

18 julio 2016

Como secuela del tiroteo en masa de oficiales de policía en Dallas, Texas en la noche del jueves 7 de julio, los medios de comunicación y el sistema político estadounidense han tratado de presentar las matanzas a manos de la policía de gente no armada y las extendidas manifestaciones contra la violencia policial como evidencia de la profundización de divisiones raciales irreconciliables en Estados Unidos.

Según la narración de los medios de comunicación, las acciones homicidas de la policía a lo largo del país son una manera con que la “gente blanca” expresa su odio racial, elemental y colectivo, hacia los afroamericanos.

El New York Post, por ejemplo, publicó un gran titular proclamando “guerra civil”, mientras que el New York Times encabezó su sección de comentarios el domingo 10 de julio con una columna titulada "Divididos por la raza, unidos por el dolor.”

Esa representación esta grotescamente en desacuerdo con la realidad. Lo que sucede en Estados Unidos no es una guerra racial, sino una protesta pública contra la violencia policial en un país en el cual más de mil personas al año son ejecutadas sin juicio por fuerzas policiales fuera de control.

Por supuesto que el racismo existe y puede ser un factor en muchas matanzas a manos de la policía. Los negros son víctimas de los ataques policíacos en números desproporcionados a su proporción de la población. Pero las mismas estadísticas demuestran que el azote de la violencia y asesinato a manos de la policía no están limitados a los negros o a las minorías, sino que se extienden a la gente trabajadora y a los jóvenes de todas las razas e identidades étnicas, particularmente los sectores más pobres y vulnerables de la clase obrera.

Según una base de datos compilada por el diario londinense Guardian, desde el primero de enero hasta el 9 de julio de este año, la policía asesinó a 571 personas fueron asesinadas por la policía EE.UU. Entre los muertos hay 88 hispanos y 138 afroamericanos pero casi la mitad —281 personas— eran blancos. El año pasado, 1,146 personas fueron asesinadas por la policía, de las cuales la mayoría, 586, eran blancas.

Muchos de los policías que llevan a acabo estas matanzas son ellos mismos miembros de grupos minoritarios. Son afroamericanos tres de los seis oficiales acusados de la matanza de Freddie Gray en Baltimore en abril del 2015, un escándalo que desató protestas nacionales. En esa ciudad, como en muchas otras donde la brutalidad policial esta fuera de control, tanto el alcalde como el jefe de policía eran afroamericanos.

Hasta el mismo gobierno parece incapaz de ponerle las riendas a la policía. Cuando el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, hizo comentarios que fueron considerados favorables a las protestas contra la violencia policial después de la matanza a manos de la policía de Eric Garner en el suburbio de Staten Island, tuvo que dar frente a casi una insurrección de la policía de la ciudad de Nueva York.

La declaración, hecha sin fundamento fáctico o explicación histórica, de que Estados Unidos se encuentra repentinamente convulsionado por un odio sectario, es una falsedad que no resiste un análisis serio. Se está promoviendo como parte de una narrativa que sirve intereses políticos definidos.

Esta representación oculta la naturaleza del Estado y distrae la atención de las cuestiones fundamentales de clase social que están a la raíz del implacable uso de la brutalidad policial y el asesinato. La oleada de violencia estatal se lleva a cabo bajo condiciones específicas: Una profunda crisis económica y social, un inmenso crecimiento de la desigualdad social, los indicios de un resurgimiento de la lucha de clases y el proceso de amplia radicalización política dentro de la clase obrera estadounidense.

El número de días perdidos por paros laborales en EE.UU. en el 2015 es casi cuatro veces mayor que en el 2014, y este año, con la huelga de un mes de los trabajadores de Verizon, esté número crecerá. Aún más preocupante para la clase dirigente es que hay crecientes indicios —incluyendo la casi rebelión el año pasado por los trabajadores de la industria automotora— de que la burocracia sindical está perdiendo su control sobre la clase obrera. El enorme apoyo de los trabajadores y especialmente de los jóvenes hacia la campaña de Bernie Sanders, quien se describe a sí mismo como un socialista y habla de una "revolución política" contra la "clase megamillonaria", ha revelado un amplio crecimiento del sentimiento anticapitalista, para el horror de la élite gobernante.

El objetivo de la campaña para inundar al público con una narrativa racista con respecto a la violencia policial y todos los demás aspectos de la sociedad estadounidense es desviar la atención del propio sistema capitalista y virar el desarrollo de lo que más teme la clase gobernante —un movimiento extendido y popular para unir a la clase obrera en la lucha contra este sistema económico.

Esto requiere que se distorsionen gravemente las actitudes populares hacia la raza. De hecho, han habido grandes cambios —por lo general de un carácter sano—desde el apogeo de la segregación de Jim Crow en el Sur y la discriminación racial generalizada en el Norte. En Estados Unidos de los años 1930 y 1940, los linchamientos de negros eran prácticamente un hecho cotidiano. La gran masa de los afroamericanos en el Sur no tenía acceso al voto, y prácticamente no habían representantes políticos negros.

Hace cincuenta años, en 1966, Edward Brooke fue elegido como senador de Massachusetts, convirtiéndose en el primer afroamericano elegido por el voto popular al Senado estadounidense. Las fuerzas policíacas de todo el país eran exclusivamente blancas, y el matrimonio interracial entre los negros y los blancos era casi totalmente desconocido.

El auge de luchas durante treinta años de la clase obrera, entre 1934 y 1964, transformó radicalmente aquellas circunstancias; rompió la espalda de la segregación en el Sur; derivó en la integración racial de las instituciones estatales, incluyendo la policía y todos los niveles del gobierno. Estados Unidos, después de todo, eligió a un presidente afroamericano en el 2008 y en el 2012.

Hoy en día, 87 por ciento de los estadounidenses, incluyendo el 84 por ciento de los blancos, dicen que están a favor del matrimonio interracial, comparado con un 4 por ciento en 1958. Quince por ciento de todos los nuevos matrimonios en el 2010 fueron interraciales, más del doble del porcentaje en 1980.

¿Qué sucedió en realidad la semana pasada? Las matanzas de dos hombres negros, Alton B. Sterling y Philando Castile, capturadas en video, detonaron enojo e indignación a través de Estados Unidos y del mundo. Menos diseminado pero no menos aterrador fue un video publicado por un medio de comunicación local mostrando la ejecución policial de Dylan Noble, un hombre blanco de 19 años en Fresno, California, cuando se encontraba postrado e inmóvil en el suelo. Las enormes manifestaciones de gente de todas las identidades étnicas por todo el país han sido reprimidas con la detención de cientos de manifestantes, llevados a cabo por una policía altamente militarizada que actúa, y se considera a sí misma, como una fuerza de ocupación.

En cuanto a las acciones de Micah Johnson, el francotirador de Dallas, el hecho que a él lo hayan asesinado con un robot que traía una bomba —el primer instante de la guerra con drones dentro de las fronteras de Estados Unidos— hace difícil determinar cuales fueron sus motivos particulares.

Mientras que parece que sus acciones estuvieron en cierto grado motivadas por las matanzas de afroamericanos a manos de la policía, también es el caso que fue veterano militar que pasó casi un año en Afganistán. Sus acciones siguen el patrón de docenas de tiroteos en masa, muchos por veteranos militares, que ocurren cada año en Estados Unidos.

Impulsar la ideología de sectas es algo aceptado por políticos y académicos con un profundo e investido interés en la política racial. En general éstos no tienen nada más que elogios para el Presidente Obama, quien ha presidido sobre ocho años de guerra interminable, creciente pobreza y desigualdad social y el armamento de los departamentos de policía con armas de grado militar por todo el país. Estos agentes de política racial son indiferentes al malestar social de amplios sectores de la clase obrera y no poseen ninguna propuesta para mejorar su situación.

Les urgimos a todos los trabajares y jóvenes rechazar la narrativa reaccionaria y racista que los medios de comunicación y el sistema político esparcen. La lucha contra la violencia policial, como todas las grandes cuestiones sociales, requiere unir a todas las secciones de la clase obrera en una lucha común contra el sistema capitalista.

Comité de Redacción del World Socialist Web Site