La base socioeconómica de la política de identidad: desigualdad y la élite afroamericana

3 septiembre 2016

A juzgar por lo informado por la prensa y las declaraciones de líderes políticos en Estados Unidos, la raza es un tema central en las elecciones del 2016.

En este momento, en el que los estadounidenses son más tolerantes en sus puntos de vista sociales que en cualquier momento anterior en la historia, se reporta diariamente que EE.UU. está a rebosar de odios raciales y étnicos, junto con violencia machista y homofóbica.

El Partido Demócrata, apoyado por todas las diversas tendencias de seudoizquierda y liberales izquierdistas, es particularmente agresivo y expresivo al respecto. La política de identidad, una obsesión egocéntrica de la clase media alta con raza, género e identidad sexual, se ha convertido en uno de los pilares principales de dicho partido.

A diferencia de los períodos anteriores, hoy la cuestión de raza no está asociada ni con los derechos civiles, ni con un programa significativo de reforma social, ni con mejoras en las condiciones sociales de la clase obrera en su conjunto ni con el socialismo. El debate sobre raza en gran medida se construye alrededor de la demanda por sectores de la pequeña burguesía negra de mayores recursos económicos. Existe una marcada y notable ausencia de reivindicaciones y sentimientos democráticos en las cúpulas de esos movimientos de la clase media alta.

El carácter de las campañas actuales, incluyendo el tono ceñido y vicioso en gran parte de su retórica sobre raza, puede ser explicado si uno examina un sólo hecho: el fuerte crecimiento de la desigualdad social dentro de la población afroamericana.

Los datos sugieren que mientras que los afroamericanos aún desempeñan un papel muy limitado en lo alto de la jerarquía corporativa, hay una capa muy importante e influyente que ha salido ganando enormemente durante las últimas décadas. Estas personas viven en otro universo, profundamente distanciado de las capas socioeconómicas más amplias, y de la clase obrera negra, la cual ha sufrido un empobrecimiento sostenido.

Desde el gobierno de Richard Nixon en adelante, la política de la clase dominante estadounidense ha sido generar una clase media alta negra que se mantenga leal al status quo. A cambio, esta capa llegó a abandonar su conexión a las luchas de masas, la protesta social y la oposición al capitalismo. Esto ayuda a explicar por qué no hay ningún protagonista afroamericano, en ningún campo de acción, que hoy habla por y para las amplias masas del pueblo.

Los hechos y las cifras son impresionantes.

Nielsen, la empresa de medios e información a nivel global, elaboró un informe en el 2015 llamado “Cada vez más próspero, educado y diverso” (“Increasingly Affluent, Educated and Diverse \”), el cual “se enfoca específicamente en un segmento de afroamericanos que son pasados por alto a menudo, aquellos con ingresos anuales de $75.000 o más. Su tamaño y su influencia crecen con mayor rapidez que las de los blancos no hispanos en todos los niveles de ingresos mayores a $60.000”. (Los datos provienen de la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense del 2014, de la Oficina del Censo.)

De hecho, las familias negras que ganan más de $75.000 son el grupo de ingresos que ha crecido más rápidamente en el país. Según Nielsen, “En los años 2005-2013, la categoría de ingresos para familias negras con el mayor aumento se produjo en los hogares que ganan más de $200.000, con un aumento de 138 por ciento, en comparación con un aumento de 74 por ciento en la población total”.

En 1960, en la época cuando E. Franklin Frazier escribió su trabajo pionero, La burguesía negra, había un estimado de 25 millonarios negros en Estados Unidos. Ese número ha aumentado a 1.400 veces. Hoy en día hay alrededor de 35.000 millonarios negros.

La concentración de la riqueza entre los afroamericanos es extrema. Según la encuesta del Pew Research Center, 35 por ciento de las familias negras tienen un patrimonio neto negativo o nulo. Otro 15 por ciento tiene menos de $6.000 en total. En otras palabras, casi 7 millones del total de 14 millones de hogares negros tienen poco o nada.

El comentarista, Antonio Moore señaló en el Huffington Post en mayo que la diferencia en la riqueza de una familia negra en el 1 por ciento y el promedio de hogares negros era varias veces mayor que entre los hogares blancos comparables.

“La mediana de riqueza neta en los pocos hogares negros en el 1 por ciento fue de $1,2 millones de dólares, mientras que, según el censo, la mediana de riqueza neta para todas las familias negras fue alrededor de $6.000 en total. Una familia en el 1 por ciento tiene 200 veces la riqueza de una familia negra promedio. Si EE.UU. negro fuera un país, seríamos uno de los más estratificados en riqueza en el mundo”.

“La segregación de ingresos”, es decir, la tendencia de la gente a vivir en barrios pobres o bien en barrios pudientes, ha aumentado considerablemente en las familias negras desde 1970. “La segregación por ingresos entre familias negras era menor que entre las familias blancas en 1970, pero se multiplicó cuatro veces entre 1970 y el 2009. En el 2009, la segregación de ingresos entre familias negras fue 65 por ciento mayor que entre las familias blancas”. (Segregación residencial por renta, 1970-2009, Residential Segregation by Income, 1970-2009, por Kendra Bischoff de la Universidad de Cornell y Sean F. Reardon de Stanford)

Según el Washington Post en el 2013, la clase media negra, medida por el número de familias con ingresos de al menos $100.000 al año, se ha multiplicado cinco veces en los últimos 50 años. Aproximadamente una de cada diez familias negras se encuentra en esa categoría de ingresos. Entre 1970 y 1990, se duplicó el porcentaje de médicos, abogados e ingenieros negros. De 1990 al 2013, hubo un aumento de 30 por ciento en la proporción de directivos y ejecutivos empresariales negros y un aumento de 38 por ciento en la proporción de abogados e ingenieros negros.

Las décadas del movimiento “capitalismo negro” y acción afirmativa han beneficiado a una capa estrecha pero todavía sustancial de la población afroamericana. Este es el elemento social que persigue más agresivamente hoy la riqueza y las ventajas económicas. No puede ser mera coincidencia que la figura central de las protestas en la Universidad de Missouri en noviembre del 2015, Jonathan Butler, con sus huelgas de hambre, provenga de este grupo social. Su padre, Eric Butler, es el vicepresidente ejecutivo de marketing y ventas de la corporación Union Pacific y recibió $2,9 millones en remuneraciones en el 2015.

Es importante que los afroamericanos hayan conseguido una paridad de ingresos con los blancos en los niveles profesionales altos. Para el 2004, los negros con un doctorado tenían una renta mediana de $74.207, ligeramente más alta que la de los blancos con doctorado, de $73.993. (La revista académica Journal of Blacks in Higher Education)

Como lo nota un informe reciente llamado “Cerrando la brecha racial: mitigando el desempleo en jóvenes afroamericanos a través de la educación” (“Closing the Race Gap: Alleviating Young African American Unemployment Trough Education”), “Los afroamericanos y blancos tienen probabilidades casi iguales de empleo con altos grados de educación”.

¿Cuáles son las consecuencias de esta paridad relativa?

La obsesión con la raza y el género implica la lucha por privilegios por una capa de profesionales negros y mujeres, decididos a forjarse carreras e ingresos — bajo condiciones de un “mercado” intensamente competitivo—a expensas de sus contrapartes blancas o masculinas. La estridencia y la falsedad en las actuales campañas sobre raza y violencia sexual tienen mucho que ver con la necesidad, ante el hecho de que no hay una diferencia racial o de género significativa en el ingreso de las capas sociales ya acomodadas, de aprovechar los crímenes y las injusticias del pasado y exagerar las condiciones actuales, para justificar sus privilegios sostenidos o en crecimiento. Este es un conflicto amargo dentro del 5 al 10 por ciento de los estadounidenses más pudientes (con aproximadamente $190.000 a $130.000 en ingresos anuales).

No hay nada “progresista” o “de izquierda” sobre estas campañas y conflictos. Que el presidente de Estados Unidos sea un hombre o una mujer, o que el gerente de un banco o una corporación sea blanco o negro no es de interés alguno para la clase obrera. E. Franklin Frazier observó hace medio siglo que los intereses empresariales y políticos negros habían “explotado a las masas negras tan despiadadamente como los blancos”.

Los socialistas rechazan la política racial en cualquiera de sus formas. En el contexto de las elecciones del 2016, esto significa repudiar la inmundicia racialista y nacionalista promulgada por los demócratas y los republicanos y todos aquellos que orbitan alrededor de la política burguesa. Solamente la campaña electoral del Partido Socialista por la Igualdad representa los intereses políticos e históricos independientes de la clase obrera.

David Walsh