La devastación del huracán en Haití: Una tragedia enraizada en la opresión capitalista

17 octubre 2016

Ha pasado una semana desde que el huracán Matthew golpeó la costa sur de Haití; y comienzan revelarse las dimensiones de la devastación infligida sobre el pueblo de la empobrecida nación caribeña.

Más de mil personas han muerto, según cifras no oficiales. Hay decenas de miles de heridos que no tienen manera de recibir asistencia médica por las condiciones graves en las que quedaron los hospitales y clínicas y por la falta de suministros básicos como analgésicos y antibióticos, ni mencionar la electricidad y el agua potable. Las Naciones Unidas (ONU) estima que alrededor de 2,1 millones de haitianos —más del 20 por ciento de la población— fueron afectados por la tormenta; 1,4 millones de ellos necesitan urgente ayuda humanitaria.

Lo que está por venir seguramente será peor. Los cultivos de la costa sur de Haití han sido arrasados y hay probabilidades de hambruna. Los casos de cólera están otra vez en aumento, epidemia que ya mató a unos diez mil haitianos luego de haber sido reintroducida esa enfermedad por tropas militares de la ONU.

La tormenta que causa este inmenso sufrimiento ocurrió menos de siete años después del devastador terremoto del 2010, que costó 230.000 muertes; dejó 300.000 heridos y a más de 1,5 millones sin techo. En aquel momento, escribimos que el pueblo de Haití era “...víctima no sólo de una catástrofe natural. Factores determinantes de esa tragedia son la falta de infraestructura, la mala calidad de las construcciones en Puerto Príncipe y la impotencia del gobierno haitiano para responder”.

“Estas condiciones sociales son el producto de una relación prolongada entre Haití y Estados Unidos. Desde que esa nación fue invadida en 1915 por tropas de los marinos estadounidenses, que la ocuparon durante 20 años, ha sido tratada como un protectorado colonial”.

Este amargo legado de opresión imperialista sigue siendo el factor principal del terrible impacto que han tenido los desastres naturales como el huracán Matthew.

Después de terremoto del 2010, donantes internacionales prometieron $10,4 mil millones para Haití; Estados Unidos prometió $3,9 mil millones. La figura principal supervisando estos esfuerzos fue el presidente Bill Clinton. Éste ya le había “regalado” al pueblo de Haití un tratado comercial que eliminó los aranceles sobre las importaciones de arroz subsidiado por el gobierno estadounidense, dejando en la quiebra a los productores de arroz en Haití y negándole al país la capacidad de alimentarse a sí mismo.

Aprovechando en ese entonces de la muerte y destrucción causadas por el terremoto, una verdadera oportunidad para generar mayores lucros capitalistas, el expresidente, del Partido Demócrata, aseguró que las donaciones harían posible a Haití “reconstruirse mejor”. Casi siete años después, todos los haitianos se preguntan: “¿Qué pasó con todo ese dinero?”

Hoy, al igual que en el 2010, Haití es el país más pobre y con mayor desigualdad del hemisferio occidental. Mientras que las masas haitianas seguían sumidas en la pobreza, tomaba vuelo la fortuna del expresidente de Estados Unidos y de su esposa Hillary, la actual candidata presidencial del Partido Demócrata; ésta ha crecido aproximadamente $230 millones desde que Bill Clinton dejó la Casa Blanca.

Los Clinton recibieron una fabulosa recompensa por una vida supuestamente dedicada al “servicio público”: La entrada a la estratosfera de la riqueza estadounidense. Sus ingresos los colocan dentro del 0.1 por ciento más rico. La fuente de esta enorme riqueza ha sido una empresa política que bien podría ser rebautizada “Clinton, SA”, que es un verdadero proyecto de lavado de dinero. La gran patronal apoya a las ambiciones políticas y a la fortuna personal de los Clinton de la siguiente manera: Dan discursos extremadamente bien remunerados en Wall Street y en las empresas Fortune 500; y también reciben contribuciones patronales a sus campañas y donaciones a la dizque filantrópica Clinton Foundation.

Esa fundación desempeñó un papel clave en Haití después del terremoto del 2010. Su legado más visible es una maquiladora textil con sueldos de hambre, administrada por una empresa surcoreana, infame por tratar a los obreros con violencia e intimidación. Además, se construyó un par de hoteles de lujo para hospedar a empresarios buscando oportunidades para extraer ganancias de la superexplotación de la clase obrera haitiana.

En una investigación sobre las actividades de la fundación en Haití, ABC News encontró que la fábrica de ropa “nunca creó los puestos de trabajo proyectados”. También informó que “Los trabajadores haitianos acusan a la gerencia de intimidación y acoso sexual. Y…después de haber abierto su fábrica en el parque industrial haitiano —construido con $400 millones de la ayuda global— la misma empresa coreana se convierte en donante de la Clinton Foundation y su dueño invierte en una empresa nueva del quien había sido la mano derecha de Hillary Clinton”.

El informe de ABC News deja claro que la operación de ayuda humanitaria hizo más por los “amigos de Bill” que por las masas haitianas, y que aquellos que inundan con dinero a la Clinton Foundation son premiados con jugosas oportunidades en Haití.

Además del alto ejecutivo de Hillary en el Departamento de Estado, el hermano menor de la candidata del Partido Demócrata, Tony Rodham, también sacó partida de sus lazos familiares en Haití; entre otras cosas fue el consejero de la primera compañía estadounidense en cincuenta años a la que se le permitió minar oro. Posteriormente, el Senado haitiano suspendió el polémico permiso.

La Clinton Foundation es un caso emblemático del “humanitarismo” imperialista. En Haití, ha servido para consolidar la dominación semicolonial de Washington bajo condiciones en las que su hegemonía imperialista ha sido debilitada por el crecimiento de los lazos comerciales e inversiones chinas en el hemisferio. Mientras que, en Siria, la fundación ha participado en la elaboración de pretextos para una guerra indirecta en la que han muerto cientos de miles de personas.

La relación verdadera de los Clinton con Haití fue develada de forma aún más explícita por la decisión del secretario del Departamento de Seguridad Nacional de continuar la deportación de refugiados haitianos. Aunque han sido suspendidas temporalmente por el huracán, las deportaciones van a proseguir cuanto antes. Mientras tanto, los refugiados están siendo encarcelados en campos de detención.

Mientras que el gobierno de Obama había justificado volver a las deportaciones, alegando que ha habido mejoras en las condiciones en Haití, esta acción fue llevada a cabo como resultado de condiciones que ejemplifican lo contrario: los miles de refugiados haitianos que están llegando a la frontera entre México y Estados Unidos. La decisión también fue tomada en gran parte por miedo a que dejarlos ingresar podría socavar la candidatura presidencial de Hillary Clinton.

El enojo por las condiciones en Haití va en aumento. El Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon advirtió el lunes 10 de octubre, “Las tensiones se agravan mientras las personas esperan ayuda”. Una de los primeros actos de las Naciones Unidas fue extender por seis meses el mandato de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (MINUSTAH), la presencia de fuerzas armadas de “pacificación” en el país. Por su parte, Estados Unidos ya ha enviado tropas de marinos, supuestamente para asistir a la policía nacional en contra de “saqueadores”.

Superar esta herencia de opresión imperialista en Haití sólo es posible a través de la lucha revolucionaria de los trabajadores haitianos, unidos a los trabajadores en Estados Unidos e del resto del mundo, para poner fin al sistema capitalista.

Bill Van Auken