La pesadilla electoral en Estados Unidos llega tambaleando a su final

12 noviembre 2016

A medida que millones de estadounidenses van a las urnas el día de hoy, un sentimiento de enojo y frustración prevalecen en el país.

El domingo antes de las elecciones, el noticiero 60 minutos en CBS organizó una discusión sobre el balotaje, donde el encuestador Frank Luntz les preguntó a los invitados por la palabra que mejor describe cómo se sienten después de un año y medio de campaña electoral. Los participantes respondieron: “aterrorizados”, “exasperados”, “horrorizados”, “asqueados” y “de pesadilla”.

Innumerables encuestas han comprobado que ambos candidatos, la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump, son los más despreciados en la historia de las elecciones presidenciales. Este disgusto, sin embargo, refleja una alienación generalizada hacia todo el sistema político capitalista.

La prensa y los candidatos han hecho caso omiso a los problemas sociales, económicos y políticos que conciernen a la gran mayoría de la población, mientras que los “debates”, llenos de insultos y acusaciones contra la criminalidad del otro, avergonzaron al electorado. Aunque de distintas maneras, Clinton y Trump personifican el carácter reaccionario y corrupto del sistema político.

¿Cuál es la opción que se le ha dado al pueblo estadounidense? Cuesta definir cuál candidato es más derechista; la diferencia es más de estilo que de contenido. Mientras que el demagogo de Trump busca canalizar el descontento social en una dirección fascista, Clinton está utilizando la narrativa cínica de las diferencias raciales y de género para darle un frente “progresista” a su agenda de guerra y la continuación de políticas que han garantizado el flujo sin fin de dinero a los bolsillos de los ultra-ricos.

La preferencia de Wall Street a una Casa Blanca Clinton quedó demostrada con la respuesta de la bolsa de valores ante el anuncio del director del FBI, James Comey, que no presentarán cargos criminales contra Clinton sobre su uso de un correo electrónico privado. El índice bursátil estadounidense Dow Jones subió 371 puntos. Clinton también ha conseguido el apoyo de muchos líderes republicanos, incluyendo a los neoconservadores que diseñaron la invasión de Iraq en el 2003.

Reconociendo la impopularidad de su candidata, el Partido Demócrata y sus apologistas han optado por utilizar el chantaje político más desgastado que existe al insistir que Hillary Clinton es “el mal menor”. Argumentan que, por lo mala que sea Clinton, hay que votar por ella para evitar el desastre que ocasionaría una presidencia de Trump.

El problema con votar por el “mal menor” es que conduce a un resultado mucho peor que el que se esperaba prevenir, sea con un candidato o el otro.

El decir que Trump es terrible no explica nada. La nominación de este obsceno y absurdo fanfarrón es en sí el resultado de la crisis que atraviesa la sociedad estadounidense, el equivalente político a la diseminación metastásica de un tumor primario y mortal. Trump es el producto de una cultura política dominada por las corporaciones, las cuales han promovido la reacción y la decadencia social por los últimos 40 años.

Sin embargo, es muy sencillo culpar a Fox News, a los programas de radio y a las leyes de financiamiento electoral por Trump. La respuesta de masas que han recibido las consignas demagógicas de Trump refleja una angustia social auténtica y generalizada. Muchos trabajadores que planeaban votar por el precandidato demócrata Bernie Sanders ahora planean votar por Trump. Una de las tantas consecuencias de los esfuerzos de Sanders para que sus seguidores y su “revolución política” se unieran a la campaña de Clinton fue garantizar que el vasto enojo y la hostilidad hacia el statu quo se identificaran con la derecha política.

En última instancia, el surgimiento de Trump es un producto de la bancarrota política del Partido Demócrata.

Al ser incapaz de presentar un mensaje político positivo para las masas, Clinton emprendió una campaña basada en ataques contra Trump de la índole más insidiosa y reaccionaria. En primer lugar, su campaña y sus apologistas mediáticos han acusado a Trump sin ningún fundamento de ser un agente del presidente ruso, Vladimir Putin, a quien denuncian de intentar influenciar las elecciones a través de la infiltración de correos electrónicos del Partido Demócrata. Esta campaña de hostigamiento macartista, sustituyendo a Rusia con la Unión Soviética, pretende distraer al público del contenido de los correos electrónicos difundidos por WikiLeaks.

Más peligrosamente, la implacable campaña propagandística contra Putin ha sido empleada para buscar legitimar una escalada militar en Siria y contra Rusia para después de las elecciones. El grave peligro de una guerra mundial, ignorado a través de toda la carrera presidencial, fue resaltado con el anuncio del lunes previo a las elecciones que la OTAN ha puesto a 300.000 tropas en estado de alerta supuestamente en caso de agresión rusa.

En segundo lugar, a medida que las elecciones llegaban a su final, los demócratas aumentaron sus acusaciones histéricas de que los partidarios de Trump son trabajadores blancos “privilegiados” motivados por el deseo racista de regresar a los tiempos cuando controlaban el país. Clinton ha centrado su campaña en esta perspectiva racialista que ignora el profundo enojo social que sienten los trabajadores de todas las razas.

En materia de políticas sociales, Clinton se ha comprometido a continuar la masiva transferencia de riqueza a manos de los más ricos llevada a cabo por el gobierno de Obama y de alcanzar los niveles alarmantes de desigualdad social de las primeras décadas del siglo XX. En los días previos a las elecciones, fue anunciado que la prima del seguro médico de millones de trabajadores va a subir en un promedio de 25 por ciento el año siguiente, el resultado de una de las principales iniciativas domésticas de Obama, la mal llamada Ley del Cuidado de Salud Asequible (Affordable Care Act).

Gane quien gane, la votación no va a resolver nada: ni aumentar los niveles de vida, ni solucionar los graves problemas sociales que afectan a la clase trabajadora, ni reducir el peligro de una guerra mundial. Solamente establecerá el marco de la siguiente etapa de la crisis política en Estados Unidos.

Las consecuencias de esta crisis política alcanzarán un plano global y prologando. El seguimiento de las elecciones por la prensa internacional ha estado caracterizado por una mezcla de shock y horror. Escribiendo para el periódico británico Financial Times, Edward Luce ejemplifica esta inquietud en un artículo publicado el domingo bajo el título, “La prueba más ardua de la democracia americana” (American democracy’s gravest trial). Ahí indica que el sistema político se “tambalea, sin importar cuál sea el resultado de las elecciones estadounidenses”.

Luce les pide a sus lectores imaginarse “dos tipos de amenaza: la de un oso [Trump] que busca entrar en tu cabina y la de termitas que se la están comiendo desde adentro”. Lo bueno de un oso, escribe, “es que lo puedes ver venir”. En cambio, “las termitas son invisibles. Es difícil precisar cuándo es que comenzaron a comerse los cimientos. ¿Cuándo y por qué es que los estadounidenses perdieron la fe en su sistema?”

El reaccionario espectáculo de estas elecciones es el producto de una descomposición prolongada. Hace veinticinco años, los ideólogos del capitalismo estadounidense proclamaron que el colapso de la Unión Soviética marcaba el “fin de la historia”, y que la indiscutible potencia mundial de EE.UU. garantizaría la expansión de la democracia liberal alrededor de todo el mundo. Si no había pasado todavía, estas elecciones sepultarán esta fantasía reaccionaria para siempre.

La crisis en Estados Unidos no es menos profunda que la que le dio la estocada final a la Unión Soviética hace tan sólo un cuarto de siglo. Tras cuatro décadas de deterioro en los niveles de vida y de aumento en la desigualdad social, un cuarto de siglo de guerra y 15 años de la “guerra contra el terrorismo”, acompañados por un aumento enorme en la capacidad de los aparatos militares y de inteligencia, estás son las presiones que están despedazando los cimientos democráticos.

Esta crisis no es exclusiva a Estados Unidos; más bien, es paralela a sobresaltos internacionales tales como el referéndum británico a favor de salir de la Unión Europea o brexit, el surgimiento de movimientos de la extrema derecha y fascistas en toda Europa y el desprestigio general de las instituciones políticas en todo el mundo.

A todo esto, lo subyace una crisis del capitalismo global que se manifiesta de forma más marcada en la expansión de la guerra imperialista que amenaza al planeta entero y la intensificación de la lucha de clases a nivel global, la cual representa la base objetiva para la revolución socialista.

El tiempo para las políticas pragmáticas del “mal menor” pasó hace mucho tiempo. La necesidad más urgente es la construcción de un partido de la clase obrera, que una a los trabajadores de toda raza, género, nacionalidad y etnicidad bajo un programa que represente sus intereses de clase. Este partido es el Partido Socialista por la Igualdad. Durante la campaña electoral del PSI, sus candidatos, Jerry White para presidente y Niles Niemuth para vicepresidente, han avanzado un programa revolucionario, internacionalista y socialista para la clase obrera.

El World Socialist Web Site hace un llamado a todos sus lectores en EE.UU. para que voten por los candidatos del PSI, White y Niemuth. Debido a las leyes antidemocráticas de acceso a las papeletas, el PSI aparece solamente en las papeletas del estado de Luisiana, pero sus candidatos pudieron ser ingresados por escrito en los otros estados.

La tarea más fundamental es la construcción de una dirección revolucionaria para las luchas que se están desarrollando y se intensificarán después de las elecciones. Únete al PSI y a su movimiento juvenil, los Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la Igualdad Social (IYSSE, por sus siglas en inglés) para hacer que la influencia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el partido de la revolución socialista mundial, llegue a cada escuela, campus universitario, fábrica y lugar de trabajo del mundo.

Joe Kishore y David North