La pronta confrontación de Trump con China

9 enero 2017

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, se está preparando para recrudecer dramáticamente las confrontaciones de Washington con Beijing en todos los ámbitos, el diplomático, el económico y el militar, mediante políticas imprudentes que amenazan con desencadenar tanto una guerra comercial como una militar. Sus agresivas amenazas económicas contra China durante la campaña electoral han sido continuadas a través de provocadores tweets, empeorando las ya existentes tensiones con el gobierno chino en algunos de los focos de conflicto más peligrosos del mundo: Taiwán, la península de Corea y el mar de China Meridional.

La postura beligerante de Trump hacia China está vinculada con el intenso conflicto entre diferentes intereses dentro de la clase política estadounidense, particularmente sobre el futuro del país en cuestiones de política exterior y militar. Después de sufrir los desastres en Siria, Irak, Libia y Afganistán, la interrogante que apremia a los círculos gobernantes es, ¿cómo utilizar lo que queda de la supremacía militar de EE.UU. para garantizar su hegemonía mundial y contra cuál rival hacerlo, Rusia o China?

Una facción de la burguesía está aprovechando las acusaciones infundadas de ciberataques rusos contra las elecciones estadounidenses para exagerar la amenaza que representa Moscú y socavar al gobierno entrante. En cambio, Trump representa a una capa de la élite corporativa, política y militar que considera el surgimiento de China, la segunda economía más grande del mundo, como un peligro mayor para los intereses de EE.UU.

En declaraciones al New York Times hechas antes de una reunión con altos funcionarios de inteligencia, Trump volvió a intentar restarle importancia a las acusaciones de hacking o ciberataques rusos con el propósito de arremeter contra China. “Hace relativamente poco tiempo, China filtró información de 20 millones de funcionarios del gobierno”, dijo refiriéndose al supuesto ataque informático contra los ordenadores de la Oficina de Administración de Personal hace dos años. “¿Cómo es que nadie habla de esto? Se trata de una caza de brujas política”.

A pesar de la intensidad de las luchas internas, las divisiones son tácticas. El ultranacionalismo de Trump, bajo la consigna de “EE.UU. ante todo”, deja claro que no tolerará ningún desafío al poder hegemónico de Estados Unidos de parte de ninguno de sus rivales, incluyendo a Rusia.

Trump ha indicado que, a partir de su primer día en la Casa Blanca, va a poner fin a la participación de EE.UU. en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (conocido como TPP por sus siglas en inglés). Este tratado ha sido la principal arma económica del “pivote hacia Asia” de Obama, destinado a subordinar a China ante los intereses estadounidenses. El propósito de descartar el TPP es intentar saltar a medidas comerciales mucho más agresivas. Por ejemplo, Trump ha amenazado con designar a China como un manipulador de divisas e imponerles aranceles de hasta 45 por ciento a sus productos.

Trump ha nombrado a un grupo marcadamente antichino de nacionalistas económicos para implementar su política comercial, incluyendo a Wilbur Ross como secretario de comercio, a Robert Lighthizer como principal representante comercial y a Peter Navarro para dirigir el nuevo Consejo Nacional de Comercio. La actual secretaria de comercio, Penny Pritzker, le indicó el viernes pasado al Financial Times que varios altos funcionarios chinos le advirtieron que Beijing tomaría represalias en caso de nuevos aranceles estadounidenses. Alertó, además, que existe “una tenue línea entre ser duro y una guerra comercial”.

Las amenazas de Trump de iniciar una guerra comercial son un intento desesperado por revertir el declive de la posición económica de Estados Unidos. Ross, Navarro y Lighthizer son ideólogos que acusan a China de violar leyes comerciales y robar empleos estadounidenses.

Mientras que el porcentaje de las exportaciones globales provenientes de China se ha multiplicado tres veces desde que se unió a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el 2001, la participación de EE.UU. ha disminuido un 30 por ciento. Sin embargo, el verdadero impulso detrás de este cambio dramático es el surgimiento de China como la mayor fábrica del mundo, sobre todo para las transnacionales globales, incluyendo a muchas de las corporaciones más grandes de Estados Unidos.

Sean ciertas o no las acusaciones de prácticas comerciales ilegales, Trump está planeando utilizarlas para tomar medidas sancionadoras contra la economía china. La erupción de una guerra comercial entre EE.UU. y China repercutiría en todo el mundo, particularmente en los países que han construido lazos económicos estrechos con China. El comercio mundial sufriría severamente.

Sin la fuerza suficiente para imponer las reglas comerciales alrededor del mundo, Estados Unidos está recurriendo a una escalada militar en Asia para reafirmar su poder, independientemente de que pueda desencadenar una guerra contra China.

Trump y sus asesores no han criticado el objetivo central del “pivote” de Obama, sino más bien su ineficacia. Abogan por métodos mucho más agresivos. Como parte de esta estrategia, Trump se ha comprometido a ampliar el ejército estadounidense con 90.000 nuevos soldados y a incrementar los buques de la marina de 40 a 350. Esta expansión naval está dirigida sobre todo contra China. El asesor de Trump, Rudy Giuliani, alardeó en noviembre que, “Con 350, China no puede competir con nosotros en el Pacífico”.

Trump ya ha dejado claro que Corea del Norte será una prioridad en su agenda de política exterior. La semana pasada, Trump respondió a un anuncio hecho por Corea del Norte sobre sus preparaciones para probar un misil balístico intercontinental capaz de alcanzar a EE.UU. con un rotundo, “No pasará”. Poco después, criticó en Twitter a China por no “ayudar con Corea del Norte” —en otras palabras, por no intimidar a Pyongyang económicamente para que acate las órdenes de Washington de desmantelar su arsenal nuclear. Al amenazar a Corea del Norte con una acción que no especifica, Trump también está mandándole una advertencia al único aliado de Pyongyang, o sea China.

Algo incluso más fundamental es que Trump ha amenazado con socavar las relaciones entre EE.UU. y China desde 1979 al poner en duda la política de “Una sola China”, bajo la cual Washington reconoce a Beijing como el único gobernante legítimo de toda China, incluyendo a Taiwán. El mes pasado, Trump aceptó tomar una llamada de la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, el primer contacto entre los líderes de Taiwán y EE.UU. en casi cuatro décadas, lo cual enfureció a Beijing.

Además de poner en duda la política de “Una sola China” y arremeter contra China en cuestiones de comercio y relaciones con Corea del Norte, Trump denunció a Beijing por “construir una fortaleza enorme en medio del mar de China Meridional, algo que no deberían estar haciendo”. Esta es una señal de que buscará confrontar a China más directamente en este estratégico pasaje marítimo. Por su parte, Obama arriesgó incendiar un enfrentamiento naval al enviar buques de guerra estadounidenses en aguas territoriales reclamadas por China, como parte de las llamadas operaciones de libertad de navegación.

Si aún quedan dudas sobre las preparaciones bélicas del presidente electo, su declaración en Twitter de que EE.UU. “tiene que fortalecer y expandir su capacidad nuclear” debe de servir como una advertencia sobre el alto grado de militarismo e imprudencia de sus intenciones. La agenda de Trump y su gabinete de una guerra comercial es inevitablemente una receta para una guerra entre dos potencias nucleares. La única fuerza social capaz de detener esta campaña hacia la guerra es la clase obrera internacional, unida con base en una perspectiva socialista para acabar con el orden social que origina las guerras—el capitalismo y su división ya obsoleta del mundo en Estados nacionales rivales.

Peter Symonds