Revelación de encuentro con abogada rusa agrava crisis política en Washington

17 julio 2017

La revelación de un encuentro en junio del 2016 entre Donald Trump Jr. y una abogada de Moscú, vinculada al gobierno de Putin y a oligarcas rusos, se ha convertido en el centro de una nueva escalada de la guerra política en Washington.

Por la forma en la que han respondido los demócratas y los medios de comunicación, se podría pensar que el hijo mayor de Trump planeó el encuentro para entregarle los códigos nucleares de EE. UU. al Kremlin. En cambio, parece que Trump Jr., entonces asesor de campaña para su padre, se reunió con Natalia Veselnitskaya para obtener información perjudicial sobre Hillary Clinton.

Este tipo de “excavación” no es nada extraño en la política estadounidense. En marzo del 2016, personas de la campaña de Clinton presuntamente se reunieron con funcionarios del gobierno ucraniano en busca de información que tiñera al jefe de campaña de Trump, Paul Manafort. Clinton tiene conexiones con gobiernos y agencias de inteligencia en todo el mundo, que sin duda busco aprovechar en la carrera electoral contra Trump.

De cualquier modo, el torpe contacto de Trump Jr. con la abogada rusa no le llega ni a los talones a los esfuerzos de Nixon, durante la campaña presidencial de 1968, para sabotear las Negociaciones de Paz de París y prevenir que un repentino final de la guerra de Vietnam le costara votos; o a cómo Reagan intentó convencer al régimen iraní de que no liberara a rehenes estadounidenses antes del día de las elecciones en 1980.

Sin embargo, la reunión en Trump Tower se ha vuelto un factor explosivo contra el trasfondo de la feroz riña política en Washington, con líderes demócratas y republicanos llamando el encuentro una “pistola humeante” en las investigaciones en marcha sobre las conexiones de Trump con Rusia. El senador Tim Kaine, el excompañero de fórmula de Clinton, declaró que, “ahora vamos más allá de la obstrucción de la justicia” hacia cargos de “perjurio, declaraciones falsas y potencialmente incluso traición”.

Una traición —según la legislación estadounidense que la define en términos de librar una guerra contra Estados Unidos o de apoyar o facilitar “ayuda o consuelo” a sus “enemigos”— es una ofensa capital. De tomar literalmente las palabras del último candidato demócrata a vicepresidente, el hijo del actual presidente y, por ende, el propio presidente, estarían enfrentándose a acusaciones que podrían conducir a sus ejecuciones.

Cabe retomar cuál fue la cuestión que desencadenó estas luchas políticas tan encarnizadas. Ni los demócratas ni sus aliados en la prensa han mostrado tal histeria hacia la terrible destrucción y pérdida de vidas en la ciudad iraquí de Mosul, hacia los planes en curso para negarle el acceso a la salud a millones de estadounidenses, hacia el arresto masivo y deportación de miles de inmigrantes ni hacia la pasmosa concentración de riqueza y desigualdad social en Estados Unidos.

El conflicto en Washington se ha enfocado, en cambio, en temas de política exterior. De hecho, los opositores de Trump en el Partido Demócrata y en los medios capitalistas más influyentes (como el New York Times, Washington Post y CNN) están siendo atípicamente agresivos porque cuentan con el respaldo de amplios sectores del aparato militar y de inteligencia.

Estos opositores del presidente de tendencias fascistas no creen del todo que sea un agente de Rusia o de cualquier otra potencia extranjera. Pero temen —y con algo de legitimidad— que la obsesión de Trump con su imperio empresarial y su fortuna personal minen la imperativa agenda del imperialismo norteamericano.

Estados Unidos es gobernado por una oligarquía financiera y corporativa. Pero el gobierno de Trump es un gobierno oligárquico con una predisposición cleptocrática y nepotista . El grado de enredo, profundo e impenetrable, entre los negocios de Trump y los de otros miembros multimillonarios de su gabinete y administración han generado sospechas de que esta colección de oligarcas esté subordinando los intereses estratégicos y básicos del imperialismo a sus esquemas personales de lucro.

Es por esta razón que las relaciones de Trump con Rusia y el papel de los diferentes miembros de su familia se han perfilado de tal forma en este conflicto. Dado el hecho de que Rusia es vista como una potencia hostil, que interfiere con múltiples intereses geoestratégicos de EE. UU., cualquier señal de que Trump está siendo “suave con Putin” genera un alto grado de alarma.

Pero incluso estas divisiones en la política hacia Rusia no explican completamente tan asombroso nivel de conflicto dentro de la élite gobernante. Es más que una crisis política. Es una crisis de dominio burgués, enraizada en los insuperables problemas económicos, políticos y sociales que enfrenta el imperialismo norteamericano.

Las décadas de erosión de su posición hegemónica se atenuaron temporalmente con la disolución de la Unión Soviética, acompañada por proclamas triunfalistas del “fin de la historia” y un “momento unipolar” de incontestable dominio estadounidense. Sin embargo, un cuarto de siglo guerras interminables y cada vez más extensas principalmente en Oriente Medio y Asia Central no ha podido evitar la aparición de nuevos contendientes. Esta lucha por mantener su control sobre regiones geoestratégicamente claves ha llevado a EE. UU. a entrar en conflictos más y más directos con sus competidores más grandes.

La reunión del G-20 en Hamburgo la semana pasada dejo en claro que EE. UU. está siendo directa y abiertamente desafiado. Las reuniones de la canciller alemana, Angela Merkel, con el presidente chino, Xi Jinping, junto con la insistencia de Merkel de que Alemania tiene que avanzar una política exterior independiente, han puesto de relieve la menguante influencia de EE. UU. internacionalmente.

La inquietud de los críticos de Trump dentro de los grupos de poder es que sus acciones vayan a intensificar la crisis política estadounidense. Lawrence Summers, secretario del Tesoro bajo Bill Clinton y asesor económico de Obama, expresó estas preocupaciones en una columna de opinión publicada el fin de semana. Trump está socavando “la idea de que EE. UU. debe liderar el desarrollo de la comunidad internacional”, el cual ha sido “un principio central de la política exterior estadounidense desde que terminó la Segunda Guerra Mundial”. Su “errático” comportamiento, por ende, confirma “los temores de quienes creen que su conducta es actualmente la mayor amenaza para la seguridad nacional estadounidense”.

La clase dirigente no tiene una manera simple de salir de su crisis. Sin duda, se discute tras bastidores quitar a Trump e instalar al vicepresidente Mike Pence, quien ha dedicado las últimas semanas a reunirse con importantes donantes republicanos, u otras opciones. Aun si sus oponentes en la élite política logran destituirlo mediante algún tipo de golpe palaciego, no podrán cambiar la tendencia subyacente de decadencia y descomposición. Podrían incluso terminar lamentando el desencadenamiento de lo que hagan.

El problema más fundamental de la burguesía es que carece de un programa político capaz de atraer a una capa mayor al diez por ciento más pudiente de la población. Los dos partidos son ferozmente hostiles a cualquier medida que pueda redireccionar la actual distribución de la riqueza. El último medio siglo de contrarrevolución social ha socavado toda legitimidad popular de las instituciones del Estado, mientras que las maniobras de máxima corrupción e inmundicia de una u otra facción del Estado contra la otra sólo profundizarán la hostilidad popular.

La historia demuestra que este tipo de conflictos dentro de la clase gobernante siempre viene acompañado de una crisis revolucionaria. Las preocupaciones reales de las masas obreras son totalmente distintas y opuestas a las que están dividiendo a la élite gobernante. Millones están enfadados por la guerra, los ataques contra el acceso a la salud, la destrucción de las pensiones, el estancamiento de los salarios, la caída de la esperanza de vida y la violencia policial. Estas son precisamente las cuestiones que impulsarán a millones a entrar en lucha.

Es urgente que la clase obrera intervenga con su propio programa. No puede esperar pasivamente por una resolución dentro de la clase gobernante. En cambio, los trabajadores tienen que avanzar sus propios intereses y su propia solución. El mes pasado, en la perspectiva “Un golpe palaciego o la lucha de clases: la crisis política en Washington y la estrategia de la clase obrera”, escribimos:

Se avecinan luchas de masas en EE.UU. Las protestas, las huelgas y las manifestaciones comenzarán a adquirir un carácter más amplio a nivel nacional. La conclusión política que fluye de este análisis es que la lucha de la clase obrera contra Trump y todo lo que él representa volverá cada vez más urgente la construcción de un movimiento político de masas, independiente de y hostil hacia los republicanos y los demócratas, contra el sistema capitalista y su Estado. Esta tendencia objetiva debe ser transformada en una estrategia consciente de lucha de la clase obrera. La tarea de vincular las luchas contra las deplorables condiciones sociales de vida bajo el capitalismo con la lucha política contra Trump y los dos partidos corporativos, una basada en un programa socialista, tiene que ser abarcada y discutida dentro de fábricas, los lugares de trabajo, las comunidades de clase obrera y en los centros educativos de todo el país.

La tarea de preparación, de la construcción de un liderazgo político en secciones claves de la clase obrera, de la construcción de una vanguardia revolucionaria, esa es la cuestión decisiva. Instamos a todos los lectores y seguidores del World Socialist Web Site y del Partido Socialista por la Igualdad a unirse a esta lucha.

Joseph Kishore y David North