Las sanciones de Washington contra Venezuela y el callejón sin salida del chavismo

por Eric London
4 agosto 2017

El lunes, el gobierno de Donald Trump congeló los bienes del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y amenazó con otras sanciones económicas contra su gobierno y el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) como respuesta a la cuestionada elección de la asamblea constituyente el día anterior.

“La ilegítima votación de ayer confirma que Maduro es un dictador que ignora la voluntad del pueblo venezolano”, declaró el secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, cuando anunció las sanciones. Maduro es ahora parte de una lista de mandatarios que EE. UU. ha penalizado personalmente que incluye a Sadam Huseín de Irak, Muamar Gadafi de Libia, Bashar al Asad de Siria y Kim Jong-Un de Corea del Norte. En el no muy sutil lenguaje del imperialismo norteamericano, el mensaje es claro: Huseín y Gadafi están muertos, mientras que Asad y Kim han recibido amenazas de golpes de Estado y muerte.

Las sanciones del lunes fueron más limitadas de lo que esperaban algunos observadores. Su objetivo es enviarles un mensaje a secciones del PSUV y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) de que EE. UU. va continuar aumentando la presión hasta que Maduro deje las riendas.

Los funcionarios del gobierno estadounidense acompañaron el anuncio el lunes con amenazas de imponer sanciones económicas al petróleo venezolano que van de prohibirle a la empresa estatal Petróleos de Venezuela, S.A., (PDVSA) comerciar en dólares a bloquear todas las importaciones del crudo a EE. UU.

Tales medidas golpearían fuertemente la economía venezolana y hundiría al PSVSA a una situación de impago. Venezuela depende profundamente de este comercio, exportando 740 000 barriles de crudo al día a EE. UU. en el 2016. El país también importa petróleo crudo liviano de EE. UU. para diluirlo en el crudo pesado para refinarlo.

La imposición de dichas sanciones conllevaría a un empobrecimiento brutal para la clase obrera de Venezuela. Un default del PSUV podría acelerar la inflación, la cual ya está prevista en 4000 por ciento para el 2020, y aplastaría la habilidad del país para importar productos básicos como comida y medicina. El 75 por ciento de los venezolanos reportaron haber perdido un promedio de 8 kilos debido a la generalizada escasez de comida.

El imperialismo estadounidense ve al empobrecido pueblo venezolano como baza para asegurar que sus corporaciones petroleras puedan extraer el crudo del país. La lucha por controlar el petróleo y el Estado en Venezuela se vuelto un componente central del “giro hacia América Latina” de EE. UU. y su desafío de la influencia rusa y china en la región.

La Cancillería de Rusia respondió al voto del domingo con un llamado un tanto disimulado a EE. UU. para que deje de apoyar las manifestaciones y los actos de violencia dirigidos por la oposición de derecha que conforma la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Denunció “los esfuerzos de actores externos para implementar fórmulas y escenarios como los de las revoluciones de colores en Venezuela”. La declaración rusa también expresa su apoyo a la asamblea constituyente, catalogándola como fuerza “para establecer la situación política nacional”.

El diario Financial Times ( FT ) denota que una de las primeras medidas que tome la constituyente será eliminar la disposición constitucional que prohíbe la explotación extranjera del petróleo venezolano para permitirle a las compañías rusas su extracción. En semanas recientes, la agencia Reuters reportó que la corporación rusa Rosneft está “negociando con PDVSA para intercambiar sus acciones en CITGO [la refinería venezolana en EE. UU.] por otros activos, incluyendo participación en los yacimientos petrolíferos venezolanos y el derecho de vender el petróleo venezolano directamente en vez de a través de PDVSA”. Estas acciones, “requerirían cambios en la constitución venezolana”, agrega el FT .

Es a raíz de esto que el imperialismo estadounidense se muestra tan preocupado por la “democracia” y los derechos del pueblo venezolano.

La poco desarrollada Franja Petrolífera del Orinoco contiene una de las reservas de petróleo no explotadas más grande del mundo, lo que ha llevado a las corporaciones estadounidenses y rusas a engancharse en un conflicto feroz por controlar el trillón de barriles de petróleo bajo sus suelos. La lucha entre la Asamblea Nacional controlada por la oposición y la asamblea constituyente del PSUV es un reflejo político de este conflicto, el cual ha generado una crisis constitucional de tal magnitud que atenta con resultar en un violento conflicto civil.

Mientras que las compañías rusas se benefician del hecho que Maduro se ha aferrado al poder, EE. UU. maneja toda una constelación de bases militares alrededor de la nación sudamericana y ejerce un dominio político, militar y económico que supera ampliamente las inversiones que Rusia y China tienen en la región. En los más de 125 años de explotación imperialista, EE. UU. ha invadido más de la mitad de todos los países latinoamericanos, respaldado dictaduras y escuadrones de la muerte y causado la muerte de millones de personas como parte de sus esfuerzos para asegurar que la región sea una plataforma de explotación para los bancos y las corporaciones estadounidenses.

El hecho de que las sanciones del lunes fueron impuestas pocas horas después de que Trump nombrara a su secretario de Seguridad Nacional, el general retirado John Kelly, como su jefe de personal indica que el imperialismo estadounidense tiene a América Latina cada vez más en la mira. Entre el 2012 y el 2016, Kelly presidió las operaciones imperialistas de EE. UU. en América Latina como jefe del Comando Sur. Por su parte, Rex Tillerson, antes de convertirse en secretario de Estado, era el CEO de ExxonMobil, una compañía que había controlado el petróleo venezolano desde 1921 y que ha buscado retomar su dominio desde que sus últimos bienes en el país fueron nacionalizados en el 2007.

Casi dos décadas desde que llegó Chávez al poder como parte de la “Marea rosada” de gobiernos burgueses de izquierda en América Latina, Venezuela sigue estando tan aislada y vulnerable a los dictados del imperialismo estadounidenses como antes. A pesar de toda la invectiva de Chávez y Maduro contra el “imperialismo yanqui”, Venezuela es hoy, bajo el mandato del PSUV, aun más dependiente de sus exportaciones de crudo y sus lazos comerciales con EE. UU.

Durante los últimos veinte años, la proporción del producto interno bruto de Venezuela que proviene de sus exportaciones de petróleo ha aumentado. El FT indica que las políticas del PSUV han “vuelto al gobierno de Maduro dependiente del comercio petrolero con EE. UU. para su supervivencia económica”. El artículo cita al banquero Russ Dallen, quien, con tono burlista, señala que “a la gente le sorprendería saber que EE. UU. ha estado financiando al gobierno de Maduro”.

Este no es el resultado de errores o un planeamiento económico deficiente: los gobiernos de Chávez y Maduro profundizaron la subordinación económica de Venezuela a las corporaciones petroleras de EE. UU. porque era el camino más corto para enriquecer a las secciones de la burguesía venezolana que representa el PSUV.

La “Marea rosa” es una de las experiencias más cruciales de los últimos 25 años. Esta red de gobiernos, que proclamaron ser “socialistas” e “izquierdistas”, llegaron al poder con promesas populistas de que iban a mejorar las condiciones de las masas empobrecidas de América Latina, pero actualmente sigue siendo la región más desigual del mundo con la mayoría de sus 500 millones de habitantes relegados a la pobreza.

Los partidos de pseudoizquierda que aclamaron el periodo de la “Marea rosa” como la llegada del “Socialismo del Siglo XXI” ahora se encuentran divididos. Algunos, como Marea Socialista en Venezuela, han abandonado su apoyo previo al chavismo y ahora llaman a apoyar las protestas de la derecha. Otros, como lo hace la revista Jacobin, todavía defienden al oficialismo, insistiendo en que “se puede construir una alternativa socialista real junto al gobierno de Maduro”.

La pobreza y desigualdad que siguen reinando en América Latina son el resultado del desarme político de la clase obrera que llevaron a cabo distintas corrientes de radicalismo pequeñoburgués.

La tendencia pablista, la cual se desarrolló dentro de la Cuarta Internacional a partir del rechazo del papel revolucionario de la clase obrera, desempeñó un rol clave en este despojamiento político. Tomó la iniciativa de liquidar al trotskismo en el estalinismo, peronismo, y otras tendencias nacionalistas burguesas, mientras que trabajó para encauzar a toda una generación de jóvenes y trabajadores radicalizados hacia el callejón sin salida del foquismo guevarista.

Aquellos que buscan desarrollar seriamente un movimiento revolucionario socialista en América Latina deben familiarizarse con la lucha del Comité Internacional de la Cuarta Internacional contra el pablismo. Un extenso expediente sobre esta historia se puede encontrar en los documentos Cómo el WRP traicionó al trotskismo y El legado que defendemos .