Crisis saudí atenta con desencadenar una guerra más amplia en Oriente Medio

14 noviembre 2017

Los arrestos masivos en Arabia Saudita, junto con el secuestro del primero ministro libanés, la escalada de la guerra en Yemen y la acusación de Riad de que tanto Irán y Líbano le han “declarado la guerra” son señales de una inmensa crisis regional que atenta con detonar un conflicto más amplio.

Después de más de un cuarto de siglo de ininterrumpidas guerras de agresión, ocupaciones y operaciones de cambio de régimen por parte de Estados Unidos, actos que han cobrado más de un millón de vidas y obligado a millones más a huir de sus hogares, Oriente Medio es un barril de pólvora.

Sociedades enteras han quedado decimadas por estas intervenciones, de Irak y Libia a Siria y Yemen. Este inmenso baño de sangre fue perpetrado por el imperialismo estadounidense principalmente como una serie de esfuerzos para resistir el declive relativo de su dominio sobre el orden capitalista mundial por medio de la fuerza militar, particularmente por medio del afianzamiento de su hegemonía en la región rica en petróleo de Oriente Medio.

Pese al inmenso poder destructivo de los medios que emplean, han fracasado en alcanzar los objetivos de Washington. Después de derrochar alrededor de dos billones de dólares en recursos, sacrificar la vida de más de 4400 tropas estadounidenses en Irak y devolver a casa a decenas de miles seriamente heridos, Estados Unidos no ha logrado cumplir con sus objetivos de indisputable dominio en la región. En Irak, Siria y en el resto de la región, EUA se encara a Irán como un rival regional significativo, mientras que Rusia y China también desafían al capitalismo estadounidense por el control de mercados y recursos energético.

La respuesta de EUA ha sido fomentar conflictos mayores, los cuales atentan con arrastrar a la región entera a la guerra y con involucrar a las principales potencias nucleares del mundo.

El Gobierno de Trump ha buscado provocar un conflicto directo con Irán negándose a certificar su cumplimiento del acuerdo nuclear negociado con la Administración Obama y otras de las grandes potencias en el 2015. Las acusaciones insensatas de que Irán no está acatando el “espíritu” del acuerdo, lo que quiere decir que no están sometiéndose a las demandas estadounidenses de desarmarse y subordinarse completamente ante los intereses de EUA en Oriente Medio, han recrudecido las tensiones con Teherán y están preparando el escenario de un conflicto militar directo.

Con su viaje a Riad en mayo, Trump sentó las bases para una alianza sunita sectaria contra Irán basada en los jeques petroleros reaccionarios del Golfo Pérsico y encabezada por Arabia Saudita. Esta política estadounidense le ha dado efectivamente un cheque en blanco al régimen saudí para emprender una fuerte represión en el país y escalar la violencia y las provocaciones militares a través de la región.

Esta orientación ha sido confirmada por la reacción de la Casa Blanca a la enorme depuración librada por el príncipe heredero de la corona, Mohamed bin Salman, incluyendo el arresto de algunas de las figuras más poderosas del reino como docenas de príncipes, ministros actuales y pasados y a uno de los multimillonarios más ricos del país, todo bajo el pretexto de combatir la “corrupción”. La realidad es que esta purga, la cual ha ido acompañada por la colocación de los aliados del príncipe en puestos claves, es parte de una consolidación del poder en manos de la facción más belicistas e antiiraní del régimen.

Además, el régimen saudí citó al primer ministro libanés, Saad Hariri, en Riad, de donde no ha regresado. Reportes creíbles indican que cuando arribó a la capital saudí, su avión fue rodeado por la policía, su celular fue confiscado y lo detuvieron hasta que diera un discurso ante la prensa estatal saudí, en el cual renunció a su cargo y denunció a Irán y al movimiento libanés chiíta de Hezbolá. La monarquía saudí aparentemente decidió que Hariri, un sunita con ciudadanía saudí-libanesa, tenía que ser depuesto por no haber adoptado una política de romper con Hezbolá, que forma una parte importante de su Gobierno. Él y su familia parece que siguen como rehenes de la Casa de Saúd.

La respuesta inicial del Gobierno de Trump y de la prensa corporativa a estos eventos extraordinarios fue hacer eco de lo que dijese Riad, aclamando a bin Salman como todo un “reformador”.

“Confío mucho en el rey Salman y en el príncipe heredero de Arabia Saudita; saben exactamente lo que hacen”, tuiteó Trump respondiendo a los arrestos.

De forma similar, la Administración Trump respaldó incondicionalmente las acusaciones infundadas de que un cohete disparado desde Yemen y dirigido al aeropuerto internacional de Riad había sido proveído por Irán. La respuesta saudí, también con el apoyo absoluto de Washington, ha sido escalar la guerra cuasigenocida contra el pueblo yemení, aumentando los bombardeos y bloqueando que entren provisiones de ayuda en las fronteras y puertos del país. Las Naciones Unidas ha advertido que este endurecimiento del bloqueo respaldado por EUA amenaza con provocar una hambruna de proporciones históricas que podría cobrar millones de vidas.

Mientras que ha podido asesinar a 12 000 yemenís y asolar la sociedad más pobre del mundo árabe, el ejército saudí ha demostrado ser incapaz de conquistar el país. Este fracaso es consistente con su inhabilidad para imponerse ante Qatar por medio de un bloqueo y con la desintegración de los “rebeldes” asociados con Al Qaeda que promocionó en Siria. Su respuesta ha sido subir sus apuestas con amenazas bélicas contra Irán.

En días recientes, secciones de la burguesía y la prensa estadounidenses han comenzado a expresar sus inquietudes respecto a estos eventos, en gran parte desde el punto de vista de que el reajuste en Riad y las provocaciones saudíes en la región podrían exponer a la Casa de Saúd como un castillo de naipes. Mientras que procura consolidar el poder en sus manos, bin Salman arriesga desestabilizar el régimen y desencadenar una revuelta desde abajo en uno de los países más desiguales del planeta que además se encuentra sumido en crisis económicas, sociales y políticas cada vez más profundas provocadas por la caída en los precios del crudo.

A esto se debe que el diario New York Times haya publicado un editorial señalando que, si Irán estuviese llevando a cabo acciones como las del régimen saudí, Trump, el Congreso estadounidense y otros estarían expresando su desconcierto. Sin embargo, el Times añade inmediatamente: “Hay una gran diferencia, por su puesto, entre Arabia Saudita e Irán; el primero es un aliado de EUA y el segundo es un antagonista”. Esto evoca el recuerdo de la explicación que dio Franklin Delano Roosevelt del apoyo de EUA a la sangrienta dictadura nicaragüense del general Somoza: “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

El Washington Post, por su parte, traza paralelos entre la Casa de Saúd y la Casa de Trump, con respecto a su “desdén hacia las cortes y la prensa” y “desprecio de las normas éticas”. Además, se refiere al viaje del yerno de Trump, Jared Kushner, a Riad poco antes de los arrestos.

En la medida que estas expresiones bastante aplacadas de preocupación reflejan desacuerdos dentro de los círculos gobernantes de EUA, son desacuerdos de carácter puramente táctico. Pasados Gobiernos, tanto demócratas como republicanos, han apoyado a la monarquía saudí, uno de los regímenes más reaccionarios en el planeta, considerándola por más de siete décadas una pieza esencial de la política estadounidense en Oriente Medio y armándola hasta los dientes.

Dichas diferencias conciernen la inquietud que esta acelerada marcha hacia una guerra regional en Oriente Medio socave los intereses más amplios de Estados Unidos respecto a sus confrontaciones con China y Rusia. También amenaza provocar un conflicto con los antiguos aliados europeos de Washington en la OTAN, quienes se han mostrado renuentes a seguir el trecho marcado por Washington hacia una guerra con Irán, un país en el cual buscan encontrar mercados e inversiones lucrativas.

Sean cuales fueren las diferencias tácticas, el giro de acontecimientos en Oriente Medio, incluyendo el secuestro de un primer ministro, las declaraciones incitadoras sobre “declaraciones de guerra” y, desde luego, la procura de intereses diametralmente opuestos por parte de EUA y Rusia en Siria por medios militares, se asemeja cada vez más a los conflictos regionales, particularmente en los Balcanes, que desencadenaron la Primera Guerra Mundial.

La amenaza para la humanidad de ser arrastrada a una Tercera Guerra Mundial, esta vez con armas nucleares, puede ser contrarrestada solo por la clase obrera internacional, movilizando su fuerza independiente con base en un programa sociales que esté dirigido a poner fin al capitalismo, el origen de las guerras y de la desigualdad social.

Bill Van Auken