Los Demócratas fuerzan la renuncia del senador estadounidense Al Franken

por Patrick Martin
11 diciembre 2017

La forzada renuncia del senador demócrata Al Franken de Minnesota, el funcionario elegido de más alto nivel en convertirse en víctima de la campaña mediática por mala conducta sexual, es un evento políticamente reaccionario y antidemocrático.

Franken fue elegido en el 2008 y reelegido en el 2014, en cada ocasión obteniendo más de un millón de votos. Él está siendo expulsado del senado estadounidense sobre la base de alegaciones relacionadas en mayor parte al período previo de que entrara a la política electoral; estas alegaciones no han sido probadas de ninguna forma por procedimientos probatorios o legales.

En su discurso en el piso del senado el jueves, en el que anuncio su renuncia, Franken sugirió que la mayoría de cargos contra él eran injustificados o exagerados. Reconoció sus previas acciones disculpándose por ellas, pero declaró: “También creo que dio a las personas la falsa impresión que he estado admitiendo hacer cosas que en realidad no he hecho. Algunas de las alegaciones contra mí simplemente no son ciertas. Otras, las recuerdo bastante diferentemente”.

Declaró que había remitido las acusaciones al Comité de Ética del Senado porque tenía confianza de que no había hecho nada durante sus nueve años como senador que hubiese justificado una acción disciplinaria contra él.

También reconoció que “existe una ironía en el hecho de que me estoy retirando mientras hay un hombre que se ha jactado en una videocinta sobre su historia de acosos sexuales que ahora ocupa la Oficina Oval y un hombre que repetidamente se ha aprovechado de chicas jóvenes que ahora hace campaña para el senado con el completo apoyo de su partido”.

Franken se estaba refiriendo obviamente a los comentarios ampliamente reportados de Donald Trump en la infame cinta de Access Hollywood y el apoyo de Trump al candidato republicano para el senado, Roy Moore, en la elección especial del 12 de diciembre de Alabama.

Franken declaró que estaba renunciando a su puesto porque “Se ha vuelto claro que no puedo seguir con el proceso del comité ético y al mismo tiempo permanecer en efecto como senador para ellos”.

La verdadera razón para su renuncia es el colapso de apoyo para Franken entre sus colegas demócratas del senado. Después de un reporte en la revista Politico en la mañana del miércoles sobre otra acusación contra Franken, la senadora por Nueva York Kirsten Gillibrand, uno de las lideresas en la cacería de brujas por acusaciones sexuales declaró que “suficiente es suficiente” y que Franken tenía que renunciar.

En cuestión de 90 minutos de las declaraciones de Gillibrand, en un orquestado acto político, un senador demócrata tras otro pidió la renuncia de Franken. Finalmente, el pasado miércoles, se les unieron los dos más altos demócratas en el senado: los Líderes de la Minoría Charles Schumer y Richard Durbin.

Tan sólo unos pocos días atrás, Durbin declaró sobre el caso de Franken: “Tengamos una audiencia, una investigación. Hagamos que esto llegué a la conclusión que deba pero mediante un debido proceso”. Por el miércoles él declaraba: “La conducta del senador Franken fue equivocada. Él ha admitido ello. Y debe renunciar al senado”.

Se reporta que unos líderes demócratas calculan que la expulsión de los demócratas del congreso acusados con transgresiones sexuales, como el representante John Conyers, expulsado el martes, y el Senador Franken, expulsado el jueves, les dará una mayor ventaja para usar el tema sexual contra la administración del senador Roy Moore, asumiendo que gane las elecciones en Alabama, y contra el propio Trump.

Thomas Perez, presidente del Partido Democráta, emitió una declaración: “Si eres un candidato para un cargo o un funcionario elegido que ha realizado mala conducta sexual, debes renunciar; sin importar que tengas un puesto en la Cámara de Representantes, el Senado o la Oficina Oval”.

El senador Bernie Sanders dio su voz a este sentimiento en una aparición el jueves en el programa “CBS This Morning”, en el cual pidió la renuncia de Franken y luego declaró “Espero que el presidente de EE.UU. preste atención a lo que está pasando y también piense sobre renunciar”.

Se sobrentiende que esto no es probable. El partido Republicano, como el partido del gran capital más agresivo, no usará el tema de la conducta personal de éste u otro político, o incluso la de un presidente, de que se interponga en la implementación de su reaccionaria agenda de la clase gobernante.

Incluso si Moore o Trump sean eliminados por el tema sexual, esto contribuiría en nada al desarrollo de una verdadera oposición política a las políticas derechistas del partido Republicano, que son, en esencia, compartidas por los demócratas.

Al contrario, el partido Demócrata se enfocó en una serie de cacerías de brujas de índole derechistas: primero, la campaña basada en acusaciones sin fundamento que Rusia intervino en las elecciones del 2016 para ayudar a Trump; segundo, la actual estampida para usar supuestas malas conductas sexuales para purgar una completa sección del establishment político y mediático.

El acogimiento de una moralidad sexual neo-puritana por los demócratas es igualmente reaccionaria e hipócrita. 35 de los 48 demócratas en el senado hicieron un llamado para la renuncia de Franken por las acusaciones de mala conducta sexual que no han sido seriamente investigadas, ni qué decir enjuiciadas, y que Franken básicamente niega.

En contraste con todo esto, ni un solo demócrata ha pedido la renuncia del senador Robert Menendez, el demócrata de Nueva Jersey que encaró un juicio este otoño por haber recibido millones en sobornos por parte de un viejo compinche, un doctor-hombre de negocios multimillonario por quién Menendez repetidamente intercedió con el Departamento de Salud y Servicios Humanos bajo la administración Obama.

Cada senador demócrata declaró que Menendez merece la presunción de la inocencia hasta que un jurado retorne un veredicto. Pero ninguna consideración se puede otorgar al comportamiento que se reporta del senador Franken, el cual nunca se alzó por encima del de un delito de menor cuantía.

Por no decir nada del historial de senadores demócratas en conjunto, quienes han apoyado con entusiasmo el asesinato en masa cometido por las fuerzas militares en Siria, Irak, Afganistán y Libia y la campaña bélica de drones –ampliamente promovida por la administración Obama– en docenas de países. Todas estas guerras, por supuesto, han estado acompañadas por la horrenda violencia contra civiles, incluyendo amplia violencia sexual perpetrada por fuerzas apoyadas por el imperialismo estadounidense.

El Partido Socialista por la Igualdad apoyaría el retiro de cada demócrata y republicano en el senado por medio de un movimiento de masas de la clase trabajadora por haber actuado como los títeres de Wall Street y las fuerzas militares y de inteligencia. Lo que está ocurriendo en el caso de Al Franken, no obstante, es una cacería de brujas políticamente motivada que usa meras alegaciones de mala conducta sexual para retirar funcionarios elegidos y hacer girar el espectro político aún más hacia la derecha.

A medida que esta campaña es intensificada, con el New York Times y otros medios “liberales” tomando la iniciativa, la cacería de brujas sexual ha tomado un carácter cada vez más desquiciado y abiertamente antidemocrático. Periodistas liberales se enorgullecen al exigir, como la Reina Roja de Lewis Carrol, “Sentencia primero, juicio luego”. O peor: “Sentencia primero”, olvídense del juicio.

El Washington Post del jueves presentó un editorial por Ana Marie Cox, una columnista feminista, titulado “No se le está negando debido proceso a Al Franken”. Cox denunció la preocupación por la falta del debido proceso como “una de las contestaciones más perniciosas de verdad a medias que ralentizan al movimiento #metoo (#yotambién)”.

El mismo día, Kirsten Powers, escribiendo en USA Today declaró: “El debido proceso es para procedimientos de corte. Harvey Weinstein no fue hacia un juez y jurado para declarar ante un juez por su caso. Charlie Rose no pudo interrogar a sus acusadores. En estos casos, lo que determinó todo fue que las acusaciones eran creíbles”.

Esto es completamente reaccionario y antidemocrático. El abandono de la presunción de la inocencia en la industria del entretenimiento está siendo usado para justificar su abandono en la vida política. Más aún, a diferencia de Weinstein y Rose, Al Franken y John Conyers fueron elegidos, en el caso de Conyers unas 27 veces.

Si los estándares defendidos por Gillibrand, Cox y Powers hubiesen estado en efecto hace 20 años atrás, la campaña ultraderechista para destituir y retirar a Bill Clinton como presidente, anulando el resultado de dos elecciones nacionales, habría sido exitosa. En efecto, los demócratas hubieran tomado la iniciativa y habrían unido fuerzas con Newt Gingrich y compañía.

Incluso entonces, las secciones más derechistas del partido Demócrata, encabezado por el entonces senador Joseph Lieberman, se unieron a la condena moralista de Clinton y habrían apoyado la destitución. Pero hubo tanta oposición popular a la campaña ultraderechista republicana que el senado al final rechazó condenar a Clinton y retirarlo del poder.

Ya hay evidencia considerable de revulsión popular contra el uso de acusaciones de mala conducta sexual para exigir la renuncia inmediata de funcionarios elegidos.

La sección de comentarios del artículo del New York Times que reporta la renuncia de Franken está inundada en gran parte por la hostilidad a que tenga que ser retirado del cargo, caracterizando a la cacería de brujas sexual como “macartismo”, una “campaña de demolición” y un ataque a la democracia de EE.UU. “Las acusaciones no son prueba de acción”, una persona comentó, haciendo eco de un amplio sentimiento.

Los demócratas rechazaron realizar cualquier lucha seria contra los masivos ataques a los empleos, los estándares de vida y servicios sociales conducidos por la administración Trump, porque el partido Democrático, como los republicanos, es un instrumento de la élite corporativa.

Su papel especial, bajo condiciones de inmensa y cada vez más profunda desigualdad económica y polarización social, es fracturar deliberadamente a la población bajo las líneas de género, raza y orientación sexual, para así prevenir una lucha unida por la clase trabajadora –negra, blanca, hispana y asiática, hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales– contra la clase capitalista.