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Perspectiva

El más reciente episodio propio de La letra escarlata en Estados Unidos

En los meses desde que el diario New York Times reportó por primera vez acusaciones de agresión sexual por el productor de cine, Harvey Weinstein, las cúpulas políticas, mediáticas y del entretenimiento se han embrollado en una serie de reclamaciones de impureza y abuso sexuales y fuera de control.

Estados Unidos está atravesando aún otro episodio propio de la obra La letra escarlata, cambiando la letra “A” (de adultero) a la letra “P” (de predador). Nada de lo que acontece sorprendería a su autor, Nathaniel Hawthorne, quien advirtió en otra de sus novelas (La casa de los siete tejados) que, “las clases influyentes y los que han asumido ser los líderes del pueblo están expuestos completamente a todos los errores de pasión característicos de la turba más enloquecida”.

Cada día, el movimiento “Me Too” (Yo también), descrito por sus promotores como un “ajuste de cuentas nacional” o una “conversación nacional”, suma una nueva víctima. Se está aludiendo a transgresiones que pudieron ocurrir hasta hace medio siglo para demandar un castigo brutal. Los despreciables rituales de acusaciones y disculpas patéticas toman su curso. Carreas largas están quedando arruinadas en minutos. En muchos casos, los acusados son hombres de más de setenta años y algunos se han distinguido por sus décadas de contribuciones a las artes. Ni siquiera les informan acerca de las acusaciones hasta después de ser emitidas, mientras que cualquier solicitud que hagan para corroborar la veracidad de las reclamaciones es presentada como evidencia de una “apología a la violación” o de culpabilidad.

El jueves, el senador Al Franken anunció su renuncia ante una tremenda presión del Partido Demócrata. Incluso el senador Joseph McCarthy no fue forzado a dejar su cargo, a pesar de que su caza de brujas anticomunista violara la Constitución y tuviera cientos de víctimas. El Senado tomó la decisión extraordinaria de condenar los crímenes de McCarthy, pero dejándolo en su cargo al republicano de Wisconsin hasta su muerte en 1957.

La renuncia de Franken provocó un despliegue de comentarios autocomplacientes que ponen en relieve la ausencia de cualquier consciencia democrática.

El 7 de diciembre, Ana Marie Cox del Washington Post escribió un artículo, titulado “Al Franken no está siendo denegado un juicio debido. Tampoco para ninguno de estos hombres famosos”.

“No titubeemos por los peligros de proclamar culpabilidad e inocencia”, escribe, indicando que solo los culpables, los cómplices y la derecha política se esconden detrás de denuncias por violaciones al derecho de un proceso judicial debido.

La junta editorial del New York Times celebró la renuncia de Franken, escribiendo: “Estamos en el medio de un giro cultural impactante y bienvenido… Estamos presenciando una rendición de cuentas moral pendiente desde hace mucho, la cual —¿nos atrevemos a tener esperanzas?— podría impulsar un cambio verdadero”.

El Times aplaude a las mujeres que “se han identificado a ellas mismas y a sus acosadores y entregado pruebas”. El hecho es que muchas de las acusadoras no han ofrecido ni sus identidades ni evidencia más allá de su propio testimonio de acontecimientos de hace años o décadas. Sin darle importancia a esto, el Times urge al Congreso a “aprender de Al Franken”, pidiendo más renuncias para romper “los mecanismos y la mentalidad que mantiene a depredadores en el poder”.

La campaña “Me Too” es reaccionaria de la superficie a su centro. Carece de todo contenido progresista. Hay muchas formas de acoso sexual, que van de ser molestas, a ser propicias para una acción legal, a ser completamente criminales. Sin embargo, este amplio espectro de actividades, que incluyen aquellas que reflejan las ambigüedades y complejidades de las interacciones humanas, está siendo tildado de maligno e incluso criminal.

El uso indeterminado e imprudente del término “acoso sexual” efectivamente desdibuja la diferencia entre una categoría general y amorfa llamada “avance no deseado” (pedir una cita, hacerle un cumplido a alguien por su apariencia o, Dios guarde, indicar un interés sexual) con una agresión física y violenta. En su reporte de la renuncia del editor desde hace mucho del Paris Review, Lorin Stein, el New York Times informa sobre rumores de que salía a citas “en serie” (“ serial dater” ) e indica que “rondaban por años cuchicheos sobre las relaciones del Sr. Stein con mujeres”. Otros actos depravados perpetrados por Stein e incluidos en el informe del Times incluyen que “halagaba frecuentemente a las mujeres jóvenes por su apariencia” y organizaba “fiestas bulliciosas”.

Los movimientos sociales progresistas cuentan con ciertas características esenciales. La más significativa es su contenido generalmente igualitario y democrático. En el mundo moderno, se encuentran conectados inequívoca e inseparablemente a la lucha de la clase obrera contra la explotación capitalista. Los movimientos progresistas procuran elevar, en vez de socavar, la consciencia popular. Cuando luchan contra la injusticia, apuntan a las causas sociales subyacentes de aquello que combaten.

El movimiento “Me Too” no cuenta con ninguna de estas características. Su base social no es la clase obrera, sino sectores afluentes de la clase media. Como lo ha explicado el World Socialist Web Site, estas capas están sujetas a una insatisfacción por la distribución de la riqueza en la cima. Quieren tener acceso a riquezas y privilegios y están dispuestas a hacer lo que sea por obtenerlos. De ahí, surgen tanto su desprecio hacia los derechos democráticos más elementales como su sed de venganza expresada en el Post, el Times y otros portavoces de esta campaña.

El movimiento “Me Too” apela al nivel más bajo posible de sensibilización social, incluso en relación con su enfoque: el sexo. A lo largo del siglo XX, se llevó a cabo una campaña persistente para desmitificar el sexo, eliminar el peso tiránico de los prejuicios religiosos en la evaluación del comportamiento sexual. Los comportamientos sexuales bizarros y más violentos también llegaron a ser percibidos como fenómenos psicológicos y sociales que necesitaban ser estudiados científicamente y abordados con tratamientos médicos. Los castigos despiadados e inhumanos no sirven otro fin que dar un amargo sabor de venganza.

El movimiento “Me Too” no ha contribuido a la discusión sobre el sexo ni una pizca de comentario inteligente. A fin de inyectar la mayor cantidad de desconfianza y temor posible a las relaciones humanas, no tiene más que ofrecer que denuncias estúpidas y malintencionadas contra “los hombres en general” —los “predadores”— y sus supuestas pasiones bestiales, enfurecidas e incontrolables. Los artículos enardecidos de los y las columnistas derechistas y feministas combinan el antiguo puritanismo estadounidense con la sabiduría victoriana, pasada de una generación a otra, de madres burguesas a sus hijas, sobre lo que “los hombres siempre quieren”.

El movimiento “Me Too”, al igual que su reaccionario predecesor, la farsa de “Black Lives Matter” (Las vidas negras importan), es notable por su desinterés e incluso desdén hacia las preocupaciones reales y sociales y las causas de ansiedad de las masas de trabajadores y trabajadoras, en EUA e internacionalmente. No tienen nada que decir sobre las guerras imperialistas, la supresión de los derechos democráticos y la pobreza. Aparte de la ocasional y palpablemente insincera referencia a las mujeres trabajadoras, el movimiento “Me Too” demuestra no estar interesado en lo que ocurre en las plantas fabriles, sino en el forcejeo de poder en las oficinas ejecutivas. Así lo denota Hadley Freeman del diario Guardian: “¡Escuchen, acá hay otra idea! ¿Qué tal si solo las mujeres recibieran los puestos más altos e importantes por los próximos, digamos, mil días?”.

¿Y las preocupaciones de las trabajadoras? ¿El acceso a la salud y al aborto, las guarderías, escuelas decentes, viviendas asequibles, comunidades seguras, la garantía de no sufrir una deportación? Estos temas son ignorados porque transgreden la agenda procapitalista de esta farsa del “Me Too”.

Detrás de este movimiento feminista, burgués y derechista se encuentra el argumento fraudulento de que los hombres, particularmente los hombres “blancos”, son privilegiados.

El movimiento “Me Too” parece no haberse dado cuenta de que alrededor de 40 000 hombres murieron por sobredosis de opioides en el 2016, alrededor de dos terceras partes del total. Casi dos millones de hombres se encuentran en prisión y un sinnúmero de ellos sufre violaciones y otras formas de abuso. Alrededor del 90 por ciento de los inmigrantes encerrados en cárceles de inmigración, según las estadísticas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas del 2009. Unas 553 000 personas no tienen techo cada noche en Estados Unidos, una gran mayoría de las cuales son hombres. En Libia, como una de las secuelas de la campaña de bombardeos del Gobierno de Obama —iniciada por Hillary Clinton, el ícono del feminismo burgués derechista—miles de hombres inmigrantes están viéndose obligados a esclavizarse por unos pocos cientos de dólares por persona.

Por supuesto, muchas personas con buenas y sinceras intenciones de odio hacia el abuso sexual creen que el movimiento “Me Too” constituye una causa noble. Algunos, que deberían ser más consientes al respecto, incluso están aceptando el argumento que esta campaña es parte de una “revolución”.

Las revoluciones auténticas no son organizadas por el New York Times, impulsadas por el Partido Demócrata y honradas por la revista Time. Tampoco legitiman la supresión de derechos democráticos fundamentales.

Las décadas de políticas de identidad han desorientado y corrompido el pensamiento social. La substitución de las evaluaciones científicas de la sociedad basadas en las divisiones de clase por la distracción de las razas y géneros ha rebajado el nivel de consciencia social. Especialmente entre los sectores “educados” de la clase media alta, hay una inhabilidad, incluso una reticencia, a colocar los eventos en un contexto político históricamente informado. No se hace la conexión con la campaña de “noticias falsas”, la histeria antirrusa y los llamados a censurar el Internet.

El destino de Julian Assange —víctima de una serie de acusaciones fraudulentas de violación— ha sido prácticamente olvidado. Pese a los muchos ejemplos de acusaciones de violaciones falsas, se acepta el argumento absurdo de que una acusadora tiene que ser creída siempre.

Por encima de todo, si no se considera esta campaña dentro del contexto del cuarto de siglo de guerras, la intensificación de los ataques contra los derechos democráticos y los niveles impactantes de desigualdad social, dominará la confusión.

La oposición a los casos verdaderos de abuso sexual y todas las formas de crueldad y explotación antihumana es una cuestión de clase, que requiere la movilización de la clase obrera contra el capitalismo. La consigna que promueve la lucha por el progreso humano no es “Yo también” sino “Trabajadores del mundo, uníos”.

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