La diplomacia secreta de Trump con Corea del Norte

20 abril 2018

Unos cuantos meses después de amenazar a Corea del Norte con una aniquilación nuclear, el presidente estadounidense, Donald Trump, confirmó que el director de la CIA, Mike Pompeo, había visitado Pyongyang en ocasión de la semana de Pascua y se había reunido con el líder norcoreano, Kim Jong-un en antelación a la planeada cumbre entre Trump y Kim. Tras haber acusado a su exsecretario de Estado, Rex Tillerson, por “desperdiciar tiempo” en negociaciones con Corea del Norte, Trump ahora se prepara para reunirse frente a frente con el líder que ridiculizó con el apodo de “Pequeño hombre cohete”.

El abrupto giro no expresa ningún cambio fundamental en las intenciones de Trump, quien acaba de desatar un bombardeo ilegal contra Siria. Por el contrario, el Gobierno de Trump percibe la posibilidad de avanzar los intereses del imperialismo estadounidenses y fortalecer su posición en el noreste asiático contra sus principales rivales, Rusia y China, además de posibles competidores como Japón.

Un paralelo histórico de la obertura de Trump es el repentino giro del presidente derechista de EUA, Richard Nixon, hacia China. El asesor de seguridad nacional de Nixon, Henry Kissinger, realizó una serie de viajes secretos a Beijing en 1971 para sentar las bases para una reunión de Nixon con el presidente del Partico Comunista Chino, Mao Zedong. Esta se efectuó en febrero de 1972. El acercamiento de Nixon a China, dirigido contra la antigua Unión Soviética, dio paso a la restauración capitalista en China y su transformación en la principal plataforma de mano de obra barata del mundo.

No hay certeza de que la reunión entre Trump y Kim produzca un acuerdo entre ambos países. En una reunión el martes con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, le indicó Trump a la prensa que sería “una gran oportunidad para resolver un problema mundial” y añadió, “Tendremos una reunión o muy buena o nada buena, y tal vez no la tendremos del todo, dependiendo de lo que esté sucediendo”.

Casi medio siglo después de la cita entre Nixon y Mao, Estados Unidos tiene a China en la mira como su principal obstáculo para alcanzar la hegemonía global. Tanto durante el Gobierno de Barack Obama como en el de Trump, EUA ha emprendido una penetrante ofensiva diplomática y económica contra China en el Indo-Pacífico, calculada para socavar la influencia de China y prepararse para la guerra. En los últimos meses, se ha visto un rápido deterioro en las relaciones con Beijing, incluyendo amenazas de una guerra comercial, y también con Rusia respecto a los esfuerzos de EUA de derrocar al presidente sirio y aliado de Moscú, Bashar al Asad.

Desde la disolución de la antigua Unión Soviética en 1991, EUA ha procurado sistemáticamente aislar a Corea del Norte en términos diplomáticos y a través de severas sanciones económicas. El propósito subyacente de esta estrategia no era poner fin a la supuesta amenaza del diminuto arsenal nuclear del país, sino absorberlo de una manera u otra a la esfera de influencia estadounidense. Además, sin lugar a dudas, EUA no se encuentra preocupado por los abusos a los derechos humanos del opresivo régimen militar y policial-estatal en Pyongyang.

Tras haberle torcido el brazo a China para que ajustara más la soga alrededor de la economía norcoreana, Trump bien podría estar calculando que podría “convertir” a Corea del Norte de un enemigo a un aliado en la confrontación de Washington con China y Rusia. En la disputa imperialista del noreste asiático, la península coreana, la cual comparte fronteras con Rusia y China, siempre ha tenido un valor estratégico crucial. La guerra de Corea que encabezó EUA en 1950-53, la cual cobró millones de vidas, fue librada por el dominio de la península. En Washington, era considerada como la precursora de una guerra más amplia contra China, cuya entrada en el conflicto frustró las esperanzas de EUA.

Desde que llegó Kim Jong-un al poder en el 2012, las relaciones norcoreanas con China han empeorado marcadamente. La visita de Kim a Beijing el mes pasado para reunirse con el mandatario chino fue su primera visita, y sin duda tenía como fin tantear sus opciones previo a la cita con Trump.

Tras dos décadas de negociaciones y acuerdos fallidos, el primordial deseo del régimen norcoreano es su autopreservación: un acuerdo de paz para acabar oficialmente la Guerra de Corea y recibir garantías de seguridad de Washington. Entre sus comentarios el martes, Trump declaró que había dado su “bendición” a negociaciones de paz entre Kim y el presidente surcoreano, Moon Jae-in, que tomarán lugar más tarde este mes.

Es significativo que Trump decidiera revelar el viaje de Pompeo a Pyongyang en medio de sus reuniones con el primer ministro japonés Abe. Al igual que Nixon no rindió cuenta a Japón sobre su viaje a Beijing en 1972, Trump ocultó a Abe sus planes para reunirse con Kim y sus maniobras diplomáticas “de un nivel extremadamente alto”. Abe, quien ha sido igual de belicoso hacia Corea del Norte que Trump, utilizando sus pruebas de misiles como pretextos para remilitarizarse, se enfrenta a la posibilidad de un acuerdo entre Pyongyang y Washington en contra de los intereses estratégicos japoneses.

El giro de Trump en su abordaje a Corea del Norte tiene tanto que ver con su aguda crisis política interna como con consideraciones geopolíticas. Ante múltiples escándalos y ataques continuos por no aplicar una postura más agresiva contra Rusia, Trump podría estar considerando la oportunidad para responderle a sus críticos con un golpe de Estado diplomático para resolver un “problema global” a favor de Washington. Sus medidas sin duda provocarán una resistencia fuerte de parte de las facciones burguesas que se oponen a Trump, como lo indica la reacción hostil inicial del New York Times al viaje secreto de Pompeo.

Es demasiado temprano para anticipar el resultado de la aún incierta reunión entre Trump y Kim. Durante la Gran Depresión de los treinta y a medida que se acentuaban los peligros de una guerra, la diplomacia internacional fue testigo de giros y virajes sorpresivos. El líder nazi, Adolph Hitler, firmó un pacto de no agresión con Polonia en 1934 y otro con la Unión Soviética en 1939, solo para quebrantarlos poco después.

Si Trump es incapaz de llegar a un acuerdo con el líder norcoreano, la reunión podría convertirse rápidamente en una provocación diplomática estadounidenses para un conflicto devastador en la península coreana, con consecuencias incalculables. El simple hecho de que Trump haya nombrado a Pompeo, quien tan recientemente como el año pasado sugirió que la CIA tenía planes para “separar” a Kim de su arsenal nuclear por medio de un asesinato, representa una advertencia que el péndulo podría abalanzarse rápidamente hacia la guerra.

Incluso si Trump logra poner en marcha su golpe diplomático a través de un acuerdo con Pyongyang, el resultado menos probable es que eso lleve al florecimiento de la paz. Lo más probable es que dé paso a una rápida intensificación de la confrontación del imperialismo estadounidense con sus principales blancos —China y Rusia—.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 19 abril de 2018)

Peter Symonds