1968: La huelga general y la revuelta estudiantil en Francia

por Peter Schwarz
7 junio 2018

Parte 1—Se desarrolla una situación revolucionaria

Esta serie de ocho partes apareció primero en el World Socialist Web Site durante mayo-junio de 2008, en el 40 aniversario de la huelga general en Francia. La estamos presentando aquí sin cambios, pero con una nueva Introducción a la luz de los acontecimientos ocurridos entre tanto.

Introducción

Hace cincuenta años, en mayo-junio de 1968, una huelga general llevó a Francia al borde de una revolución proletaria. Cerca de 10 millones de trabajadores dejaron sus herramientas, ocuparon fábricas, y llevaron la vida económica del país a su paralización. El capitalismo francés y el régimen de Gaulle sobrevivieron solo gracias al apoyo del Partido Comunista y del sindicato CGT, al cual dominaba, que hicieron todo lo posible para llevar la situación bajo control y desconvocar la huelga general. La huelga general francesa fue precedida por una radicalización global de los jóvenes contra la guerra de Vietnam, el régimen del Shah iraní, la atmósfera social opresiva, y otras injusticias. Fue el preludio de la mayor ofensiva por parte de la clase trabajadora internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Esta ofensiva duró hasta mediados de la década de 1970, obligó a gobiernos a renunciar, derrocó dictaduras, y cuestionó la dominación burguesa en su totalidad. Alemania vivió las huelgas de septiembre en 1969, mientras Italia pasaba por el “otoño caliente”. En Polonia y en Checoslovaquia (la Primavera de Praga) los trabajadores se rebelaron contra la dictadura estalinista. En Gran Bretaña, los mineros desbancaron al gobierno conservador de Heath en 1974. Cayeron dictaduras de derecha en Grecia, España y Portugal. Los Estados Unidos se vieron obligados a retirarse derrotados de Vietnam.

Medio siglo después, las lecciones de esta época revolucionaria tienen una importancia enorme. Aunque la lucha de clases fue reprimida por un largo período, las contradicciones de clase han alcanzado ahora un punto donde ya no pueden ser contenidas. Por todo el mundo, el capitalismo está en una crisis profunda. Mientras los estándares de vida de amplias capas de la población están declinando, los que se hallan en la cima de la sociedad se están enriqueciendo a niveles inimaginables. Las clases dirigentes de todas las potencias imperialistas están respondiendo a las tensiones sociales e internacionales crecientes con guerra, militarismo y ataques a los derechos sociales y democráticos. Señales de resistencia creciente y una lucha de clases avivada están aumentando en todo el mundo —las huelgas de los docentes en los Estados Unidos, las huelgas de los ferroviarios en Francia, y la alta participación de trabajadores industriales y empleados públicos en huelgas por nuevos convenios colectivos en Alemania son solo los pistoletazos de salida.

El capitalismo sobrevivió en el período que va de 1968 a 1975 gracias a los partidos estalinistas y socialdemócratas, y los sindicatos, que usaron su influencia de masas para controlar las luchas y llevarlas a la derrota. Aunque la ofensiva de la clase trabajadora debilitó la influencia de los aparatos burocráticos, una variedad de organizaciones, que se consideraban a sí mismas “socialistas”, “marxistas” e incluso “trotskistas”, bloquearon el desarrollo de un nuevo liderazgo revolucionario y en vez se dirigieron a los partidos socialdemócratas. En Francia, este fue el Partido Socialista de François Mitterrand, que llegó a ser el instrumento más importante del dominio burgués durante las tres décadas siguientes; en Alemania fueron los socialdemócratas bajo Willy Brandt, que alcanzaron el punto más alto de su influencia en los años 1970.

En los años 1930, Leon Trotsky tomó la iniciativa de fundar la Cuarta Internacional porque la Tercera, la Internacional Comunista, bajo la influencia del estalinismo, se había pasado de manera irrevocable al bando de la contrarrevolución burguesa. Sin embargo, a poco de ser fundada en 1938, surgieron tendencias pequeño-burguesas en el seno de la Cuarta Internacional y culparon por las derrotas de la clase trabajadora —en China en 1927, Alemania en 1933 y España en 1939— no a las traiciones de sus dirigentes, sino a la supuesta incapacidad de la clase trabajadora de cumplir con su cometido revolucionario.

El ataque al papel revolucionario de la clase trabajadora culminó en 1953 con el intento de una tendencia revisionista, dirigida por Michael Pablo y Ernest Mandel, de liquidar las secciones de la Cuarta Internacional en los movimientos estalinistas, social-demócratas y nacionalistas burgueses, los cuales, afirmaban ellos, adoptarían medidas revolucionarias bajo la presión de acontecimientos objetivos. Elogiaban a dirigentes estalinistas y nacionalistas, como Ben Bella en Argelia y Fidel Castro en Cuba, como supuestas “alternativas” al trotskismo. El Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) fue fundado en esa época para defender la construcción de partidos revolucionarios independientes de la clase trabajadora basados en el programa de la Cuarta Internacional contra el revisionismo pablista.

La tercera y cuarta parte de esta serie explica el papel que desempeñó la sección francesa del Secretariado Unido pablista, la Jeunesse communiste révolutionnaire (JCR) de Alain Krivine, durante los acontecimientos de 1968. La JCR encubrió las traiciones del PCF y la CGT, y se disolvió sin sobresaltos en grupos estudiantiles anarquistas, maoístas y otros grupos pequeño-burgueses. Hoy, los que van quedando de sus miembros son parte del Nouveau parti anticapitaliste (NPA), que rechaza explícitamente el trotskismo, coopera con los estalinistas, con el Partido Socialista y otros partidos burgueses, y ha hecho propaganda por las intervenciones imperialistas “humanitarias” en Libia y Siria. Muchos exmiembros de la JCR, a la que le cambiaron el nombre en 1974 por el de LCR, tuvieron largas carreras en el Partido Socialista y en otras organizaciones burguesas.

El CICI fue la única tendencia en 1968 que luchó contra la influencia política del estalinismo, de la socialdemocracia y del nacionalismo burgués. Sin embargo, libró su lucha bajo condiciones de aislamiento extremo, que fue causado no solo por las grandes organizaciones burocráticas, sino también por el papel deleznable del pablismo. Bajo las presiones sociales e ideológicas dentro de las cuales trabajaba, también se desarrollaron tendencias de adaptación dentro de las filas del propio CICI.

La Organisation communiste internationaliste (OCI) francesa, cofundadora del CICI en 1953, aplicó una política centrista en 1968. A medida que miles de miembros inexpertos afluían al partido, este se iba desplazando rápidamente a la derecha. En 1971, la OCI se escindió del Comité Internacional y envió a sus miembros al Partido Socialista de Mitterrand. Entre los miembros de la OCI que entraron en el PS en este momento estuvieron el dirigente del PS y luego primer ministro, Lionel Jospin, el actual dirigente del PS Jean-Christophe Cambadélis, y el fundador del partido La Izquierda francés y dirigente del movimiento Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon. Mélenchon, un nacionalista “de izquierdas”, defiende a Francia como potencia nuclear y exige la reintroducción del servicio militar.

Las cuatro partes finales de esta serie tratan en detalle acerca del papel de la OCI, su historia, y los problemas teóricos y políticos que llevaron a su transformación en un pilar clave para el apoyo del dominio burgués. El estudio y la comprensión de esas experiencias es de una tremenda importancia para preparar las luchas venideras de la clase trabajadora.

La evolución de los pablistas y de la OCI fue parte de un giro a la derecha en la pequeño-burguesía académica. Aunque muchos dirigentes estudiantiles de 1968 empleaban un vocabulario aparentemente marxista, sus concepciones fueron formadas por la Escuela de Frankfurt, el existencialismo, y otras tendencias antimarxistas, que negaban el papel revolucionario de la clase trabajadora. Por revolución —un concepto que usaban excesivamente— ellos no entendían la conquista del poder del Estado por parte de la clase trabajadora, sino más bien la emancipación social, personal y sexual del individuo pequeño-burgués.

La intervención de la clase trabajadora en Francia en mayo de 1968 “tuvo un efecto traumático en amplios sectores de la intelectualidad francesa”, escribió David North, director del consejo editorial internacional del World Socialist Web Site, en su ensayo, “Los orígenes teóricos e históricos de la pseudoizquierda”. “Su roce con la revolución puso en movimiento un rápido desplazamiento hacia la derecha”. Los supuestos “nuevos filósofos”, incluyendo a Jean-Francois Revel y Bernard-Henri Levy, “abrazaron el anticomunismo bajo la bandera hipócrita de los ‘derechos humanos’”. Otro grupo de filósofos, dirigidos por Jean-Francois Lyotard, “justificaron su repudio del marxismo con las formulaciones intelectualmente nihilistas del postmodernismo”. El autor existencialista André Gorz escribió un libro con el título provocativo, “¡Adiós a la clase trabajadora!”.

Estos intelectuales hablaban en nombre de la clase media, para los cuales 1968 era solo una etapa en su propio avance social personal, y que más tarde estarían ocupando puestos destacados en ministerios gubernamentales, oficinas editoriales, e incluso juntas directivas corporativas. La cuarta parte de esta serie cita a Edwy Plenel, miembro de la LCR durante mucho tiempo, quien, como editor del destacado diario Le Monde, escribió en 2001, “Yo no era el único: éramos ciertamente decenas de miles —los que después de haber estado activos en la extrema izquierda —trotskista o no trotskista— rechazamos las lecciones militantes y miramos hacia atrás en parte de manera crítica hacia nuestras ilusiones de esa época”.

Los Verdes alemanes, que llevan mucho tiempo reclutando sus dirigentes de entre los militantes del ’68, personifican este proceso. Fueron transformados de un partido de protesta pequeño-burgués, ambientalista, y pacifista en un soporte fiable del militarismo alemán. Daniel Cohn-Bendit, quien es, al menos en los medios, el dirigente mejor conocido de la revuelta estudiantil francesa, fue mentor y amigo personal de Joschka Fischer, quien, como ministro alemán de exteriores en 1999, fue responsable de la primera intervención militar alemana desde la Segunda Guerra Mundial, en Yugoslavia. Como miembro de los Verdes en el parlamento europeo, Cohn-Bendit respaldó la guerra en Libia, defiende la Unión Europea y elogia al presidente francés Emmanuel Macron.

La confrontación de clases que se avecina hoy tiene lugar bajo condiciones muy diferentes a las de las luchas de 1968-1975.

Primero, la burguesía ya no tiene la libertad económica para hacer concesiones sociales. El movimiento de 1968 fue desencadenado, en parte, por la primera recesión importante postbélica en 1966, que llevó al final del sistema de Bretton Woods en 1971 y a otra recesión en 1973. Pero el boom de postguerra acababa de alcanzar su pico en esa época. La burguesía compró el fin de las huelgas y de las protestas con mejoras significativas en salarios y condiciones de trabajo. Las universidades fueron expandidas sustancialmente para sacar de las calles a la juventud rebelde.

Tales reformas en un marco nacional ya no son posibles hoy. La lucha global por la competitividad y el dominio de los mercados financieros internacionales sobre cada aspecto de la producción ha iniciado una carrera implacable hacia el fondo.

En segundo lugar, las organizaciones estalinistas y socialdemócratas, que tenían millones de miembros hace medio siglo y garantizaban la supervivencia del capitalismo, ahora están ampliamente desacreditadas. La Unión Soviética ya no existe, después de haber sido disuelta por la burocracia estalinista. China se transformó en un refugio para la explotación capitalista de la clase trabajadora por parte del maoísta Partido Comunista. Como otros partidos socialdemócratas, el Partido Socialista francés colapsó y el SPD alemán está en caída libre. Los sindicatos han sido transformados en cogestores, que organizan recortes de empleo y son odiados por los trabajadores.

Las organizaciones de la pseudoizquierda, que aislaron al Comité Internacional en 1968, se han integrado en el Estado burgués y sus instituciones. Apoyan los ataques a la clase trabajadora y las guerras imperialistas. Esto se ve más claro que en ninguna otra parte en Grecia, donde la “Coalición de la Izquierda Radical” (Syriza) asumió la responsabilidad de diezmar los estándares de vida de la clase trabajadora en nombre de los bancos internacionales. Las luchas de clases venideras desarrollarán una rebelión contra esas organizaciones burocráticas y sus apéndices pseudoizquierdistas, que se han vuelto una trampa para la clase trabajadora.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional y su histórica lucha contra el estalinismo, la socialdemocracia, el revisionismo pablista, y otras formas de política pequeño-burguesa o pseudoizquierdista, se demostrará decisiva en armar a la clase trabajadora para esas luchas. Su capacidad para predecir la trayectoria hacia la derecha de esas tendencias y exponer su papel confirma que es el partido marxista lo que hay que construir ahora. El CICI y su sección francesa, el Parti de l’égalité socialiste, es la única tendencia que representa un programa socialista capaz de unir a la clase trabajadora en su lucha contra el capitalismo y la guerra.

Francia antes de 1968

Francia en los años 1960 se caracteriza por una profunda contradicción. El régimen político es autoritario y profundamente reaccionario. Su personificación es el general de Gaulle, que parece venir de una era diferente y que da forma a la Quinta República enteramente sobre su persona. De Gaulle tiene 68 años de edad cuando es elegido presidente en 1958, y tiene 78 cuando dimite en 1969. Sin embargo, bajo el régimen osificado del viejo general, una rápida modernización económica está teniendo lugar, que altera fundamentalmente la composición social de la sociedad francesa.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, grandes partes de Francia se basan en la agricultura, con un 37 por ciento de la población todavía ganándose la vida de la tierra. En los 20 años siguientes, dos tercios de los granjeros franceses dejan la tierra y se mudan a las ciudades, donde ellos —junto a trabajadores inmigrantes— suman a las filas de la clase trabajadora una capa social joven y militante, difícil de controlar por parte de la burocracia sindical.

Después de acabada la guerra de Argelia en 1962, la economía francesa crece rápidamente. La pérdida de sus colonias obliga a la burguesía francesa a orientar su economía más fuertemente hacia Europa. En 1957 Francia ya ha firmado el Tratado de Roma, el documento fundacional de la Comunidad Económica Europea, predecesora de la Unión Europea. La integración económica de Europa favorece la construcción de nuevas ramas de la industria, que más que compensan el declive de las minas de carbón y otras viejas industrias. En el ámbito de los automóviles, aviación, espacio aéreo, armas y energía nuclear, se abren nuevas compañías y nuevas fábricas con el apoyo del gobierno. A menudo se sitúan fuera de los viejos centros industriales y están entre los bastiones de la huelga general de 1968.

La ciudad de Caen en Normandía es típica a este respecto. El número de habitantes sube entre 1954 y 1968 de 90.000 a 150.000, la mitad de los cuales tienen menos de 30 años de edad. Saviem, una sucursal del fabricante automotor Renault, emplea a alrededor de 3.000 trabajadores. Están en huelga en enero, cuatro meses antes de la huelga general, ocupando temporalmente la fábrica, y enfrentados en una lucha feroz con la policía.

Se nota también una radicalización en el seno de los sindicatos. El viejo sindicato católico, la CFTC (Confédération Française des Travailleurs Chrétiens), se rompe en pedazos, y la mayoría de sus miembros se reorganiza en una base laica en la CFDT (Confédération Française Démocratique du Travail), que reconoce la “lucha de clases” y a principios de 1966 está de acuerdo con la unidad de acción con la CGT.

El establecimiento de nuevas industrias trae consigo una expansión febril del sector educativo. Se necesitan con urgencia nuevos ingenieros, técnicos y trabajadores cualificados. Solo entre 1962 y 1968, el número de estudiantes se duplica. Las universidades están repletas, mal equipadas y —como las fábricas— controladas por una gerencia patriarcal con actitudes anticuadas.

La oposición a las malas condiciones educativas y el régimen universitario autoritario —entre otras cosas, la prohibición de que miembros de colegios mayores estudiantiles visiten alojamientos estudiantiles del otro sexo— es un factor importante de la radicalización de los estudiantes, quienes pronto combinan tales asuntos con las cuestiones políticas. En mayo de 1966, tiene lugar la primera manifestación contra la Guerra de Vietnam. Un año después, el 2 de junio de 1967, la policía de Berlín mata a tiros al estudiante Benno Ohnesorg, y las protestas estudiantiles alemanas encuentran eco en Francia.

El mismo año, los efectos de la recesión mundial se están sintiendo y tienen un impacto radicalizador en los trabajadores. Durante años, los niveles de vida y las condiciones de trabajo han caído por detrás del ritmo del desarrollo económico. Los salarios son bajos, las jornadas laborales largas, y dentro de las fábricas los trabajadores no tienen derechos. Ahora el desempleo y la carga de trabajo están aumentando. La industria minera, acerera, textil y la de la construcción están estancadas.

Los dirigentes de los sindicatos organizan protestas desde arriba para no perder el control. Pero se desarrollan protestas locales desde abajo y son reprimidas brutalmente por la policía. En febrero de 1967, los trabajadores del fabricante textil Rhodiacéta en la ciudad de Besançon son los primeros en ocupar su fábrica, protestando contra el recorte de empleo y exigiendo mejores condiciones laborales.

Los granjeros también se manifiestan contra sus ingresos menguantes. En 1967, en el oeste de Francia, muchas manifestaciones de granjeros llegan a transformarse en batallas callejeras. Según un parte policial de la época, los granjeros son “numerosos, agresivos, y están organizados y armados con varios proyectiles: tornillos, adoquines, astillas metálicas, botellas y guijarros”.

A principios de 1968, Francia parece relativamente tranquila en la superficie, pero por debajo las tensiones sociales están fermentando. Todo el país parece un barril de pólvora. Lo único que hace falta para causar la explosión es una chispa aleatoria. Las protestas estudiantiles brindan esta chispa.

La revuelta estudiantil y la huelga general

La Universidad de Nanterre está entre las universidades construidas en los años 1960. Construida en tierra anteriormente propiedad de las fuerzas armadas, a solo cinco kilómetros de París, abre en 1964. Está rodeada por barrios azotados por la pobreza, los llamados “ bidonvilles ”, y fábricas. El 8 de enero de 1968, estudiantes que protestaban chocan con el ministro de la Juventud François Missoffe, quien se encuentra en la región para inaugurar una piscina.

Aunque el incidente en sí es relativamente insignificante, las medidas disciplinarias aplicadas a los estudiantes, así como las intervenciones reiteradas de la policía, intensifican el conflicto y hacen de Nanterre el punto de partida de un movimiento que se extiende rápidamente a universidades e institutos de educación secundaria por todo el país. En su centro se encuentran exigencias de mejores condiciones de aprendizaje, acceso libre a la universidad, más personal y libertades políticas, la liberación de los estudiantes arrestados, así como la oposición a la guerra de los EUA contra Vietnam, donde, a finales de enero, empieza la Ofensiva Tet.

En algunas ciudades, como Caen y Burdeos, trabajadores, estudiantes universitarios y alumnos de secundaria toman juntos las calles. El 12 de abril, tiene lugar una manifestación de solidaridad en París en apoyo del estudiante alemán Rudi Dutschke, quien fue baleado en la calle en Berlín por un derechista enardecido.

El 22 de marzo, 142 estudiantes ocupan el edificio administrativo de la Universidad de Nanterre. La administración reacciona cerrando la universidad completamente por todo un mes. El conflicto entonces se desplaza a la Sorbona, la universidad más antigua de Francia, situada en el Barrio Latino de París. El 3 de mayo, representantes de varias organizaciones estudiantiles se reúnen para discutir cómo deberá proseguir la campaña. Mientras tanto, grupos de extrema derecha se están manifestando fuera. El decano de la universidad llama a la policía que procede a despejar el campus. Estalla una enorme manifestación espontánea. La policía reacciona con una brutalidad extrema, y los estudiantes responden levantando barricadas. Hacia el final de la noche, alrededor de cien quedan heridos y cientos más son arrestados. El día después de los arrestos, un tribunal pronuncia severas sentencias a 13 estudiantes, basadas exclusivamente en el testimonio de los policías.

El gobierno y los medios es esfuerzan por presentar las batallas callejeras en el Barrio Latino como obra de grupos radicales y alborotadores. El Partido Comunista también se une al coro contra los estudiantes. Su número dos, Georges Marchais, quien más tarde llega a ser el secretario general del partido, lanza un exabrupto contra los estudiantes “pseudorrevolucionarios” en la primera plana del diario del partido, l’Humanité. Los acusa de incitar a los “provocadores fascistas”. Marchais está inquieto sobre todo por el hecho de que los estudiantes “reparten octavillas y otro material propagandístico en cantidades crecientes a las puertas de las fábricas y en los barrios de trabajadores inmigrantes”. Brama: “Hay que denunciar a esos falsos revolucionarios, porque están sirviendo objetivamente los intereses del régimen de de Gaulle y los grandes monopolios capitalistas”.

Sin embargo, tal cebo no tiene efecto. El país está impactado por las intervenciones brutales de la policía, que son transmitidas por las estaciones de radio. Los acontecimientos ahora adquieren un impulso propio. Las manifestaciones de París son cada vez más grandes, día a día, y se extienden a otras ciudades. Se dirigen contra la represión policial y exigen la liberación de los estudiantes arrestados. Alumnos de secundaria también participan en la huelga. El 8 de mayo, la primera huelga general de un día tiene lugar en el oeste de Francia.

Desde el 10-11 de mayo el Barrio Latino queda sepultado por la “Noche de las Barricadas”. Decenas de miles de personas se colocan tras las barricadas en el distrito universitario, que es después atacado por la policía, a las dos de la madrugada, usando gases lacrimógenos. Cientos resultan heridos.

Al otro día, el Primer Ministro Georges Pompidou, que acaba de regresar de una visita de Estado a Irán, anuncia la reapertura de la Universidad de la Sorbona y la liberación de los estudiantes bajo custodia. Sin embargo, sus acciones ya no pueden controlar la situación. Los sindicatos, incluyendo a la CGT, dominada por el Partido Comunista, convocan una huelga general para el 13 de mayo contra la represión policial. Los sindicatos temen perder el control de los trabajadores militantes si actúan de otra manera.

La convocatoria de la huelga encuentra una enorme respuesta. Numerosas ciudades experimentan las mayores manifestaciones de masas desde la Segunda Guerra Mundial. Solo en París 800.000 toman las calles. Exigencias políticas afloran al primer plano. Muchos exigen derrocar al gobierno. Durante la tarde, la Sorbona y otras universidades vuelven a ser ocupadas por los estudiantes.

El plan de los sindicatos de limitar la huelga general a un día no puede materializarse. Al otro día, el 14 de mayo, los trabajadores ocupan la fábrica Sud-Aviation en Nantes. La planta queda bajo control de los trabajadores durante un mes, con banderas rojas ondeando encima del edificio de la administración. El director regional, Duvochel, es retenido cautivo por los ocupantes durante 16 días. El gerente general de Sud-Aviation en este momento es Maurice Papon, un colaborador de los nazis, criminal de guerra y jefe de la policía parisina en 1961, cuando fue responsable de matar a manifestantes que protestaban contra la guerra en Argelia.

Trabajadores en otras fábricas siguen el ejemplo de Sud-Aviation, y una ola de ocupaciones se extiende por el país desde el 15 hasta el 20 de mayo. Por todas partes se izan banderas rojas, y en muchas fábricas se retiene cautiva a la gerencia. Las acciones afectan a cientos de fábricas y oficinas, incluyendo la fábrica más grande del país, la planta principal de la Renault en Billancourt, que había desempeñado un papel central en la oleada huelguística de 1947.

Inicialmente los trabajadores presentaron exigencias inmediatas, que diferían de un lugar a otro: una remuneración más justa, acortar las horas de trabajo, no a los despidos, más derechos para los trabajadores en las fábricas. Comités obreros y de huelga surgieron en las fábricas ocupadas y las zonas circundantes, que atraían a los habitantes locales, a estudiantes universitarios y de secundaria, junto a los trabajadores en huelga y personal técnico y administrativo. Los comités asumen la responsabilidad de la organización de las huelgas y llegan a ser foros de intenso debate político. Lo mismo es cierto para las universidades, que en gran medida están ocupadas por los estudiantes.

El 20 de mayo todo el país está paralizado —golpeado por una huelga general, aunque ni los sindicatos ni ninguna otra organización ha convocado esa huelga. Fábricas, oficinas, universidades y escuelas están ocupadas, la producción y el transporte paralizados. Artistas, periodistas e incluso jugadores de fútbol se unen al movimiento. Diez millones de los 15 que componen la fuerza de trabajo francesa están implicados en la huelga. Estudios posteriores han revisado esta cifra para bajarla a entre 7 y 9 millones, pero aun así sigue siendo la huelga general más masiva en la historia de Francia. “Solo” 3 millones de trabajadores habían formado parte de la huelga general de 1936, mientras 2,5 millones de trabajadores participaron de la huelga general de 1947.

La ola huelguística alcanza su pico entre el 22 y el 30 de mayo, pero dura hasta bien entrado julio. Más de 4 millones de trabajadores siguen en huelga por más de tres semanas, y 2 millones más de cuatro semanas. Según el Ministerio de Empleo francés, un total de 150 millones de jornadas laborales se pierden en 1968 a causa de las huelgas. En comparación, la huelga de los mineros en Gran Bretaña en 1974, que hizo caer al gobierno conservador dirigido por Edward Heath, resultó en un total de 14 millones de jornadas laborales perdidas.

Para el 20 de mayo, el gobierno ha perdido en gran medida el control del país. La exigencia de que de Gaulle y su gobierno dimitan —“bastan diez años”— está en todas partes. El 24 de mayo, de Gaulle intenta recuperar el control de la situación con un discurso televisado a la nación. Promete un referéndum, dando a los estudiantes y trabajadores más derechos en universidades y empresas. Pero su aparición solo demuestra su impotencia. Su discurso no tiene absolutamente ningún impacto.

En las primeras tres semanas de mayo, se ha desarrollado en Francia una situación revolucionaria que tiene pocos precedentes en la historia. Con un liderazgo resuelto, el movimiento podría haber sellado el destino político de de Gaulle y su Quinta República. Las fuerzas de seguridad seguían alineadas tras el régimen, pero difícilmente habrían resistido una ofensiva política sistemática. El mero volumen del movimiento habría tenido un impacto corrosivo en sus filas.

Continuará

(Publicado originalmente en inglés en mayo-junio de 2008 y republicado en inglés el 29 de mayo de 2018, con una nueva Introducción)