Las implicancias de la guerra comercial entre Estados Unidos y China

19 septiembre 2018

En la década posterior a la crisis financiera global, los líderes de las principales potencias mundiales prometieron que nunca volverían a seguir una trayectoria proteccionista como la que tuvo consecuencias devastadoras en los años treinta, agravando la Gran Depresión y contribuyendo al estallido de la guerra mundial en 1939.

El domingo, el presidente estadounidense Donald Trump anunció la imposición de aranceles a importaciones de China valoradas en $200 mil millones. El Washington Post describió lo describió como “una de las restricciones económicas más severas jamás impuesta por un presidente estadounidense”.

Estos productos serán gravados 10 por ciento a partir del 24 por ciento y 25 por ciento el año siguiente si Estados Unidos no recibe una oferta de su agrado. Los nuevos aranceles, los cuales afectarán más de 1000 bienes se suman al arancel de 25 por ciento ya impuesto sobre otros $50 mil millones de productos industriales. Trump también ha amenazado con otras medidas que cubrirían el resto de las exportaciones chinas a EUA, que suman $250 mil millones.

China anunció que tomaría represalias contra EUA, incluyendo aranceles y otras medidas aún no detalladas, lo que significa que las economías número uno y número dos del planeta se han embarcado en una guerra comercial cada vez más acelerada y con consecuencias globales.

Anunciando la decisión, Trump le exigió a China tomar un “paso inmediato” para acabar con lo que llama “prácticas comerciales injustas” y expresó que espera que el conflicto comercial se resuelva.

Sin embargo, las posibilidades de que esto ocurra son sumamente bajas. Mientras que EUA demanda que se reduzca el déficit comercial con China, el conflicto no se centra solo en este tema. China ha ofrecido aumentar sus importaciones de EUA, lo cual ha sido rechazado. La principal demanda de EUA es que el Gobierno chino abandone completamente su programa de desarrollo económico y que permanezca subordinado a EUA en los sectores económicos de alta tecnología.

Como lo indicó el informe de posición de Washington en mayo: “China dejará de proveer subsidios y otro tipo de apoyo gubernamental que distorsione el mercado y contribuya a la creación y mantenimiento de una capacidad excesiva en las industrias enmarcadas en el plan industrial Hecho en China 2025.

En otras palabras, China debe eviscerar las fundaciones de su economía para dejar de ser una amenaza al dominio económico del capitalismo estadounidense, un dominio que EUA pretende mantener, si llega a ser necesario, por medios militares. Esto quedó en claro más temprano este año cuando Washington designó a China un “competidor estratégico”, es decir, un enemigo militar potencial. Esta es la lógica inherente y objetiva de las más recientes medidas de guerra comercial.

Su significado pleno solo se puede entender cuando es analizado como parte de la evolución histórica de la economía capitalista global.

Después de la desastrosa década de 1930 y cuando el mundo se sumía en otra guerra, algunas de las principales figuras del Gobierno de Roosevelt reconocieron que esta situación se debía en gran medida a la división del mundo en bloques comerciales y económicos rivales que los aranceles y otras barreras comerciales ayudaron a crear.

El planteamiento de las relaciones en la posguerra se enfocó en intentar superar esta contradicción entre la economía global y su división en grandes potencias y bloques rivales, desarrollando un mecanismo que asegurara la expansión del comercial mundial.

Esta fue la base de una serie de medidas que tomaron lugar en el periodo inmediatamente después de la guerra: el sistema monetario de Bretton Woods que vinculó a las principales divisas al dólar en tasas de intercambio fijas, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio que buscó reducir las barreras aduaneras, y el establecimiento del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para asegurar una colaboración económica internacional.

No obstante, estas medidas no resolvieron las contradicciones inherentes del capitalismo, sobre aquella entre la economía global y el sistema de Estados nación. En cambio, buscaron contener y mitigarlas dentro de un sistema basado en el contundente dominio económico de EUA.

Pero el crecimiento de la economía capitalista mundial y el fortalecimiento de otras importantes potencias socavaron los propios cimientos de este crecimiento: el dominio absoluto de EUA. En tan solo una generación, el debilitamiento de la posición estadounidense quedó expuesto en agosto de 1971, cuando desmanteló el sistema monetario de Bretton Woods y declaró nula la convertibilidad entre el dólar y el oro.

El periodo desde entonces ha visto un debilitamiento continuo de la posición de EUA, algo gráficamente reflejado en el derrumbe financiero hace diez años. El sistema financiero estadounidense demostró ser un castillo de naipes construido sobre una especulación virulenta y actividades totalmente criminales. Esta situación ha mantenido su curso en la década posterior, amenazando con desatar otra crisis financiera aún más desastrosa.

Estados Unidos no solo se enfrenta al poder económico de sus rivales europeos, sino a una nueva potencia en la forma de China. Está buscando revertir esta situación. Como lo explicó León Trotsky hace ochenta años, la hegemonía de EUA no se manifestaría más potentemente en condiciones alcistas, sino ante todo en crisis, cuando emplearía todos los medios económicos y militares a su disposición para mantener su posición en contra de sus rivales.

Las medidas de guerra económica contra China son solo una expresión de este proceso. Estados Unidos ya ha llevado a cabo medidas proteccionistas contra Europa y Japón por medio de la imposición de aranceles sobre el acero y aluminio y ha amenazado con extenderlas a autos y partes automotrices si no se unen a su ofensiva contra China.

Y, en medio de medidas arancelarias contra China y tras la cancelación unilateral estadounidense del acuerdo nuclear con Irán, los principales oficiales de la Unión Europea están reuniéndose para discutir cómo evitar las sanciones financieras de EUA contra empresas europeas si mantienen lazos económicos con Irán después del 4 de noviembre.

El acuerdo nuclear no fue revocado porque Irán incumpliera con sus disposiciones —las agencias internacionales de hecho reportaron que estaba siguiéndolas al pie de la letra—. Estados Unidos canceló unilateralmente el acuerdo para reforzar la posición estratégica de EUA en Oriente Próximo contrarrestando la influencia iraní y porque las empresas europeas se iban a beneficiar de la apertura de nuevas oportunidades económicas en el país a expensas de sus rivales estadounidenses.

Ahora, el Departamento de Estado ha advertido que las empresas europeas se colocarán “sobre las líneas del tren” si deciden desafiar las sanciones estadounidenses y que las firmas que hagan negocios con el “enemigo” serán bloqueadas del sistema financiero estadounidense.

En la década de 1930, León Trotsky explicó que la interdependencia de todos los países en la economía global significaba que el programa de nacionalismo económico, como el que implementa el Gobierno de Trump, era una “utopía” reaccionaria en la medida en que se propusiera la tarea de desarrollar harmoniosamente la economía nacional con base en la propiedad privada.

“Pero es una realidad ominosa al representar una concentración de todas las fuerzas económicas de la nación para la preparación de una nueva guerra”, escribió cinco años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Esta “realidad ominosa” rige nuevamente en el hecho de que las medidas de guerra económica contra China, al igual que conta Europa y Japón, se han implementado en el marco de la “seguridad nacional”. No bien se prepara EUA para la guerra, que las otras grandes potencias siguen el mismo camino. Esta marcha conjunta no se origina desde las cabezas de los políticos capitalistas. Sus acciones son tan solo la traducción en políticas de la lógica objetiva y las contradicciones irresolubles del sistema capitalista que presiden.

Sin embargo, también se desenvuelve otra lógica poderosa. El desarrollo de la producción globalizada, mientras que intensifica como nunca antes la contradicción del sistema de Estado nación y sus grandes potencias rivales, ha sentado las bases para una economía planificada, socialista y mundial. Ha creado en forma de la clase obrera internacional, la cual se encuentran unida a niveles sin precedentes, la fuerza social para llevarla a cabo.

Las más recientes medidas de guerra comercial de Trump subrayan la urgencia con la que se debe armar política y teóricamente a la clase obrera con el programa de la revolución socialista mundial, por el que lucha el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, si la civilización ha de avanzar y la caída en la barbarie ha de ser evitada.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 18 de setiembre de 2018)

Nick Beams