Voces de guerra en la Asamblea General

5 octubre 2015

La Organización de las Naciones Unidas se establece en 1945 pregonando una época de paz, para regular y acorralar conflictos entre las potencias como los que habían resultado en dos enormes guerras en tan sólo una generación.

De eso han pasado setenta años. La Asamblea General de la ONU se reúne esta semana y queda clarísimo que los acontecimientos recientes trazan vías muy diferentes a las que habían asentado esa organización mundial en su fundación. Los eventos confirman el análisis de Vladimir Lenin, quien, durante la Primera Guerra Mundial declaró que por naturaleza le era imposible al capitalismo abolir la guerra. Las contradicciones entre las potencias son tales que paz entre ellas no es sino un interludio momentáneo durante el que se preparan nuevas guerras.

Una crucible geopolítico domina esta reunión anual de la Asamblea General; en cualquier momento podría detonarse conflictos militares entre las potencias. Estos se transformarían repentinamente en otra guerra mundial, con bombas atómicas.

Una de esas crisis es el acelerante conflicto entre Estados Unidos y China. El imperialismo estadounidense intenta cementar su dominio geopolítico y militar del oriente asiático. Con el “giro hacia Asia” Estados Unidos y sus aliados inflaman las presiones sobre China en lo que toca a sus proyectos de reclamar tierra en el Mar de China, con el eslogan fraudulento de “libre navegación”. Esa frase bondadosa enmascara operativos militares cerca de las playas chinas. También Estados Unidos recalcula su Proyecto de Guerra Aérea y Naval de ataques masivos contra el territorio chino.

Hace una semana Barak Obama, el presidente estadounidense y el presidente Xi de China, tuvieron una tensa junta en la Casa Blanca. El comandante en jefe norteamericano insistió con la demanda que China retrocediera de sus pretensiones a islas en el Mar de China. Xi rechazó ese tipo de compromiso. Ambos líderes hablarán en la presente reunión de la Asamblea.

También estarán en esta reunión los líderes de Japón (que ahora se remilitariza y reimpone sus ambiciones de potencia en Asia Oriental y más allá) y Filipinas, que ahora funciona como instrumento de Washington contra China y el Chino.

Al otro lado de Eurasia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), baila al compás de Estados Unidos y alinea sus fuerzas contra Rusia. Las venideras maniobras militares de Estados Unidos y OTAN (Trident Juncture 2015), las más grandes desde la disolución de la Unión Soviética, prepararán a los ejércitos y armadas del occidente para hacer guerra en la región del Báltico y más allá.

Por primera vez desde que se liquidó la URRS, Estados Unidos está “repasando y poniendo al día sus planes de contingencia para conflictos armados contra Rusia”.

Comenzando con la Guerra del Golfo Pérsico (1990-1991) –cuando se aprovechó de la disolución de la Unión Soviética para atacar a Irak e intentó dominar militarmente al Oriente Medio— el imperialismo de Estados Unidos se ha empantanado en guerras sin fin en esa región. A través de los giros políticos americanos, las muchas campañas y debacles militares develan una lógica más profunda –la cercanía de un serio conflicto militar enredando a Rusia y posiblemente a otras potencias.

Ahora que comienza esta sesión de Asamblea General de la ONU, que Francia haya anunciado que había comenzado a bombardear a Siria –para barrer con el régimen del presidente Sirio Bashar al-Assad y con la guerrilla del Estado Islámico— el pronóstico se actualiza. La agresión francesa toma lugar justo cuando Rusia refuerza su ayuda militar para Assad.

La semana pasada el gobierno de Obama respondió a informes de mayor ayuda militar rusa para Siria, anunciancod que negociaría al margen de la conferencia con el presidente ruso Vladimir Putin para probar las intenciones rusas en esta región. La discusión ocurrirá el día en que Putin hable ante la Asamblea General y ponga sobre la mesa propuestas para un acuerdo político que resolvería cuatro años de terrible guerra civil azuzada desde Washington.

La discusión ocurre en el entorno de crecientes peligros de conflictos militares, y del proyecto norteamericano de acabar con el regime sirio. Rusia, a su vez, juzga que sus intereses de seguridad en esta región, y más allá, dependen de su apoyo al régimen sirio, con o sin Assad. Claro está que no hay nada progresivon en las respuestas de los gobiernos ruso y chino a las instigaciones de Estados Unidos de agresiones contra Rusia y China. Ambos gobiernos son herramientas de oligarquías financieras y en esencia incapaces de apelar a las masas, dentro de sus países y en el mundo. Su táctica es azusar al nacionalismo y a la vez zigzaguear entre negociaciones y alardes militaristas para contrarrestar las provocaciones yanquis, haciéndole el juego al belicismo imperialistas.

Veinticinco años de intervenciones militares estadounidenses en el Medio Oriente –desde la primera guerra del Golfo Pérsico a la invasión de Irak (2003) y la campaña de cambio de régimen libio contra el Coronel Gaddafi (2011)— han creado la crisis de refugiados más grande desde la Segunda Guerra Mundial. La marea de refugiados llegando a Europa –que deriva del destrozo de sus sociedades por los Estados Unidos— hace crecer ahora las fuerzas que despedazan la Unión Europea, que causan amenazas y rechazos entre los

Las crecientes tensiones geopolíticas son alimentadas por el desmoronamiento económico de la economía capitalista. Han pasado siete años desde el crac financiero mundial y no se ven señales de recuperación. Al contrario, dominando el pronóstico económico están las nubes de una venidera tormenta financiera que resulta de un enorme parasitismo. La montaña de lucra deriva de actividades especulativas, y no de la producción de bienes. Lejos de regresar a condiciones “normales”, la economía mundial está dominada por la deflación, el declive y la depresión.

Los bancos centrales, dirigidos por el Fondo de Reserva (Fed) estadounidense, permanecen en un estado de confusión. No hay políticas coherentes que los guíen. Es evidencia de eso que cuando surge la posibilidad que el Fed levante su tasa de interés un cuarto de por ciento, inmediatamente salta el peligro de otro colapso financiero.

Por todo el mundo, los gobiernos buscan devaluar sus monedas en su lucha por mercados, lo que recuerda las guerras monetarias y de comercio exterior en los años treinta, que encaminaron al mundo a la guerra de 1939.

La Organización de las Naciones Unidas nunca fue para imponer la paz mundial. Estados Unidos, el principal poder imperialista, la estableció para mejor asegurar su hegemonía sobre el andamiaje mundial de posguerra. Ese control dependía del poder industrial sin par de la economía estadounidense, poder que ya no existe. Por lo tanto la clase de poder de Estados Unidos depende más y más en su supremacía militar, que usa para derrocar gobiernos que no se someten suficientemente y como palanca económica y geopolítica contra sus rivales, incluyendo sus supuestos aliados de Europa y Japón.

Alemania reclama que ya no puede limitarse a ser potencia europea, que debe defender sus intereses en el mundo. En Japón el gobierno de Abe ahora se dispone a barrer con los límites constitucionales a las actividades militares, con el fin de reafirmar el papel global japonés.

La ONU no es ningún instrumento de paz. Es un “antro de ladrones”, como decía Lenin de la Liga de Naciones, organización que le antecedió. Es una organización que las potencias en pugna utilizan para hacer valer sus intereses por medio de intrigas y conspiraciones. Según Lenin para acabar con la guerra requiere barrer con el sistema de ganancias que la causa. Los acontecimientos mundiales ahora verifican esa conclusión.

Nick Beams