Las elecciones en Turquía

14 noviembre 2015

El balotaje del primero de noviembre en Turquía ocurrió en el entorno de una tensión social extrema y creciente violencia.

A pocos días del voto, aviones turcos bombardearon a Siria e Irak. La guerra de Siria e Irak cruzó la frontera turca con los ataques terroristas en Suruç y Ankara. El gobierno del partido islamista AKP (Adalet ve Kalkınma Partisi, Partido de Justicia y Desarrollo) reinició la guerra contra el Partido Obrero de Kurdistán (Partiya Karker ên Kurdistanê, PKK) e impuso un estado de sitio sobre las ciudades kurdas. El gobierno, del presidente Recep Tayyip Erdoğan, lanzó ataques contra sus opositores políticos y contra la prensa que lo criticaba, utilizando los tribunales, pandillas de hampones y la policía.

Detrás de, y azuzando, la crisis política y el creciente rechazo popular, existe una crisis económica y financiera que va en aumento, agravada por la entrada de miles de refugiados de Siria y de Irak. Erdoğan y el AKP habían perdido su mayoría parlamentaria hacía menos de cinco meses.

El que el AKP, de manera sorpresiva, haya recuperado su mayoría en el parlamento no soluciona ninguna de esas crisis y contradicciones. Al contrario, presagia un periodo de violentas batallas de clase y de violentos conflictos políticos. El AKP utilizará su control del estado y de la máquina policial para asentar un gobierno autoritario y atacar, sin rodeos, a la clase obrera.

Solo una intervención independiente de la clase obrera puede impedir que Turquía y toda la región se hundan en la vorágine de la guerra civil y la dictadura.

El gobierno del AKP de Erdoğan es un régimen en crisis. Las guerras de Estados Unidos y de sus aliados imperialistas contra Afganistán, Irak, Libia, y Siria han resquebrajado las estructuras sociales y políticas de toda la región.

El Medio Oriente, al igual que la Península Balcánica antes de la Primera Guerra Mundial se ha convertido en un campo de batalla donde las grandes potencias se pelean entre sí por petróleo, influencia, y ventajas geopolíticas. La guerra indirecta que ahora existe entre Rusia, Estados Unidos y Siria amenaza detonar un conflicto armado entre potencias que poseen armas atómicas.

Esos factores internacionales dominan la política turca. El estancamiento de la guerra en Siria, en la que el gobierno del AKP fue un jugador importante, ha quebrado sus expectativas de hacer crecer su influencia política y económica al nivel del antiguo imperio Otomán –sobre el mundo árabe, la región del Mar Negro, el Cáucaso y la Península Balcánica— hasta convertirse en el tigre del Medio Oriente. La política de “cero problemas con los vecinos” de Ahmet Davutoglu, líder del AKP, se ha convertido en “problemas con todos los vecinos”.

Ninguno de los partidos burgueses de Turquía puede resolver los problemas que surgen de esta crisis. Estos incluye el islamista AKP, el Partido Republicano del Pueblo (Cumhuriyet Halk Partisi, CHP), el ultranacionalista Partido de Acción Nacionalista (Milliyet çi Hareket Partisi, MHP), y el prokurdo Partido Democrático Popular (Halklar ın Demokratik Partisi, HDP).

En contraste con el resultado electoral, más crece la inquina antiguerra y el repudio por parte de la clase obrera. Junto con la publicación del resultado del balotaje, apareció la noticia de que en la ciudad de Mersin, obreros ocupaban sus fábricas. Las masas obreras turcas giran más y más a la derecha, no a la izquierda.

La victoria del AKP sólo se debe a la quiebra de sus rivales políticos. En medio del aumento de violencia durante la campaña electoral, el AKP se hizo pasar como representante de estabilidad y unidad nacional. Atrajo al electorado nacionalista, seguidor de Tugrul Türkes, hijo de Alparslan Türkes, fundador del MHP. También atrajo a los conservadores kurdos. El triunfo del AKP fue a costa del MHP y del HDP.

Estas elecciones hacen resaltar la naturaleza reaccionaria de la burguesía turca, que en toda su historia nunca fue capaza de establecer condiciones verdaderamente democráticas. Después de la Segunda Guerra Mundial existe en la sombra del imperialismo yanqui y de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), en más de una ocasión recurre a dictaduras militares y a la violencia fascista para suprimir al proletariado. Enredados en esa política estuvieron el CHP (kemalista) y el MHP (ultranacionalista).

El AKP se oponía a las fuerzas armadas y exigía reformas democráticas sólo cuando se veía acorralado por enemigos dentro del andamiaje estatal. Una vez en el poder desarrolló las mismas tendencias dictatoriales que sus antecesores kemalista y nacionalista.

El HDP, por el otro lado, no es la voz de las masas kurdas. Es la voz de la burguesía kurda y de los sectores más privilegiados de la clase media. Que se supriman los derechos democráticos de los kurdos y que el HDP sea perseguido por el estado no significa que este partido de la burguesía kurda sea de avanzada. Todo lo contrario, acompaña a las corrientes de la burguesía turca en rogar el apoyo de Estados Unidos y de otras potencias imperialistas. Les ofrece su servicio.

Vale decir que mientras el HDP reclama paz en Siria, no exige ni que se retiren todas las fuerzas imperialistas de la región, ni el cierre de las bases militares o de la agencia de espías de Estados Unidos (CIA), ni que Turquía se salga de la OTÁN. La autonomía o independencia que busca no es congruente con mejores condiciones sociales o mejores derechos democráticos para el pueblo kurdo, sólo con más privilegios para las élites kurdas.

Lo que es verdad para el HDP, también vale para el PKK, cuya única diferencia con el HDP consiste de su táctica de lucha armada. La guerra de guerrilla sirve de cuña para dividir a los obreros kurdos de sus hermanos turcos, y beneficia a los nacionalistas derechistas turcos. Su fin es presionar al estado turco. Abdullak Öcalan, líder del PKK, está dispuesto a llegar a un arreglo, siempre y cuando eso conlleve mayor autoridad política, y una mayor tajada de la explotación de la clase obrera, para las élites kurdas.

La rama siria del PKK, La Unidad de Protección Popular ( Yek î ney ê n Parastina Gel, YPG), ahora es íntima con las fuerzas armadas estadounidense. Éstas la apertrechan y le dan apoyo logístico.

Solamente un movimiento político independiente del proletariado puede prevenir que continué la marcha hacia una guerra civil. Para eso, los obreros deben librarse de la influencia paralizante de los partidos burgueses y de las corrientes de seudoizquierda y actualizar su programa propio. La lucha contra la guerra es inseparable de la lucha contra el capitalismo.

Las potencias imperialistas y las élites de la región luchan por una nueva división del Medio Oriente y de sus recursos económicos. Quieren reemplazar las fronteras y las estructuras estatales (en proceso de desintegración) que les fueron impuestas a un imperio Otomano en descomposición por los imperialismos británico y francés hace cien años, con nuevas fronteras y una nuevo sistema de opresión neocolonial.

Antes que este proyecto se cumpla, sin embargo, la clase obrera tendrá la oportunidad de intervenir y luchar por su alternativa contra los partidos burgueses turcos. Esa respuesta debe consistir en una campaña antiimperialista y en la unificación de toda la clase obrera detrás de la bandera de la República Socialista Federal del Medio Oriente, contra todas las divisiones, nacionales, étnicas y religiosas.

Urge crear partidos obreros revolucionarios independientes, miembros del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, en Turquía y todos los otros países de la región.

Peter Schwarz