Atacante masacra a 50 en discoteca de Orlando

por Bill Van Auken
14 junio 2016

En un acto monstruoso y reaccionario, un atacante solitario, fuertemente armado, asesinó a 50 personas e hirió a 53 más en la madrugada del domingo 12 de junio, en una discoteca gay, Pulse, en Orlando, Florida. Muchos de los heridos sufrieron heridas de bala graves, infligidas por un rifle de asalto de estilo militar A-15, por lo cual es altamente probable que la cifra de muertos aumente.

Pocas horas después del incidente, la reacción de la prensa y de algunas figuras políticas estadounidenses, incluyendo a los presuntos candidatos presidenciales de los partidos Demócrata y Republicano, dejaron en claro que la masacre va a ser utilizada por completo para promover más guerra en el exterior y más represión en el interior por parte del estado.

El pistolero, identificado como Omar Mateen, de 29 años de edad, residente de Florida, ciudadano estadounidense e hijo de inmigrantes de Afganistán, murió en un tiroteo con una unidad SWAT de la policía de Orlando.

En el momento del tiroteo, la discoteca, la cual se autodefine como “La principal discoteca LGBT de Orlando”, se encontraba llena, con más de 350 personas que celebraban la “noche latina”. La lista inicial de víctimas emitida por la policía indica que muchas de ellas eran de origen hispano.

Según informes del domingo, Mateen llamó al 911 en el momento del ataque, declarando su lealtad al Estado Islámico de Irak y Siria (EI) y mencionando los bombardeos de la Maratón de Boston. Apenas unas horas después del ataque, el EI lo confirmó, declarando que la masacre “fue realizada por un luchador del Estado Islámico”. Sea cual sea la verdad, que EI celebre la matanza a sangre fría de 50 personas inocentes sólo resalta el carácter de derecha de esa organización.

El FBI señaló que sus agentes habían entrevistado a Mateen tres veces, dos veces en el 2013 con respecto a supuestas “declaraciones incendiarias” que les hizo a compañeros de trabajo y una vez en el 2014 en relación con posibles vínculos a Moner Mohammad Abusalha, quien creció en Florida y se fue a luchar con una milicia islamista en la guerra de cambio de régimen apoyada por EEUU en Siria, donde detonó una bomba suicida. El FBI indicó que ambas investigaciones concluyeron que Mateen no representaba ninguna amenaza y fueron terminadas.

Varios oficiales estadounidenses expresaron su escepticismo acerca de los supuestos vínculos entre Mateen y el EI. El carácter exacto de los motivos de la masacre sigue siendo incierto.

El padre de Mateen le dijo a la prensa que su hijo había expresado fuertes sentimientos homofóbicos y que había expresado enojo al ver dos hombres besándose en Miami a principios de este año. El padre, Seddique Mir Mateen, dijo que la familia estaba “en shock, como el resto del país”, agregando que las acciones de su hijo no tuvieron “nada que ver con religión”.

Mateen trabajaba para G4S, una compañía contratista de seguridad privada que presta sus servicios a agencias gubernamentales, incluyendo personal de seguridad para el Departamento de Seguridad Nacional. Como resultado, él atacante tenía armas de fuego y licencias oficiales de seguridad. Vivía en Fort Pierce, una ciudad de Florida, 200 kilómetros al sureste de Orlando, donde más de un tercio de la población subsiste por debajo de la línea de pobreza y donde la tasa oficial de desempleo supera el 16 por ciento.

Probablemente, nunca sabremos con certeza lo que pasaba por la mente de Omar Mateen al cometer este crimen. Lo que sí está claro, sin embargo, es que la horrible tragedia en Orlando es sólo la más reciente de una serie de incidentes sangrientos. Las inmensas contradicciones sociales y políticas de la sociedad capitalista estadounidense están tomando formas cada vez más perversas.

La cifra de muertos de este domingo por la mañana en Orlando representa la peor matanza a tiros en suelo estadounidense desde la masacre de la caballería estadounidense de 150 miembros de la tribu de nativos Lakota, en la Reserva Indígena de Pine Ridge en Dakota del Sur, en 1890. La de Orlando ocurrió, sin embargo, en el contexto de una serie interminable de tales ataques homicidas, que prácticamente se han convertido en parte de la vida diaria de Estados Unidos. Desde principios del 2016, han ocurrido 175 de estos incidentes. El año pasado, hubo 372 asesinatos en masa en EE.UU., con un saldo de 475 muertos y 1.870 heridos.

Esta violencia homicida se ha ido desarrollado en paralelo con las interminables guerras estadounidenses en el extranjero, continuas desde el año 2001, cuyas invasiones, bombardeos, ataques con drones y asesinatos selectivos han cobrado más de 1 millón de vidas en países predominantemente musulmanes. Dentro de Estados Unidos, se han promovido ideologías reaccionarias para justificar la discriminación y violencia en contra de inmigrantes en general, particularmente contra musulmanes, y para fomentar los más atrasados sentimientos en contra de los gays.

Las causas de la masacre podrán permanecer a oscuras, pero es innegable que surgieron en un entorno de desarraigo social, guerra y reacción política.

El domingo, el presidente Barack Obama pronunció un discurso típicamente vacío en la Casa Blanca, calificando la masacre como un “acto de terror y un acto de odio”. Obama, quien recientemente autorizó una escalada en la guerra de casi 15 años en Afganistán mientras que ejerce supervisión sobre simultáneas intervenciones militares de EE.UU. en Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y otros países del continente africano, aseguró que “estamos unidos, como estadounidenses, para proteger a nuestro pueblo y defender nuestra nación, y a tomar medidas contra aquellos que nos amenazan”.

Hillary Clinton, la ex secretaria de estado de Obama y presunta candidata presidencial del partido Demócrata, fue aún más explícita en explotar la tragedia en Orlando para promover la agenda de militarismo estadounidense en el extranjero y un incremento en los ataques contra los derechos democráticos dentro de EEUU. “Por ahora, podemos decir de seguro que tenemos que redoblar nuestros esfuerzos para defender a nuestro país de estas amenazas aquí y en el exterior”, dijo. “Eso quiere decir derrotar redes terroristas internacionales trabajando con aliados y colaboradores para enfrentarlos donde quiera que se encuentren, confrontando sus intentos de reclutar personas aquí y en todos lados, así como fortalecer nuestra defensa doméstica”.

Su rival republicano, Donald Trump, dio comentarios ligeramente diferentes, utilizando la masacre de Orlando para reforzar su promoción de intolerancia contra los musulmanes y contra los inmigrantes. Inicialmente, escribió a través de Twitter que, si no le atribuía los asesinatos al “terrorismo islámico radical”, Obama “debería renunciar inmediatamente en desgracia” y Clinton debería retirarse de las elecciones.

“Porque nuestros líderes son débiles, yo dije que esto iba a suceder. Y sólo se pondrá cada vez peor”, dijo más tarde el mismo día. “Estoy tratando de salvar vidas y prevenir el próximo ataque terrorista. No podemos permitirnos seguir siendo políticamente correctos”.

Estas exclamaciones reaccionarias son una advertencia de lo que está siendo preparado, sin importar cuál partido gane las elecciones presidenciales del 2016. El objetivo de ambos, de los partidos Demócrata y Republicano, es intimidar, atemorizar y desorientar al pueblo estadounidense con el fantasma del terrorismo para desviar su atención de la crisis social, encarrilar el debate político hacia la derecha y preparar nuevas guerras y ataques intensificados en contra de los derechos y las condiciones de vida de la clase obrera.