Amanda Taub del New York Times y “la crisis de la blancura”

por David Walsh
12 noviembre 2016

The Interpreter” es una columna del New York Times de Max Fisher y Amanda Taub que se compromete a explorar “las ideas y el contexto de los principales acontecimientos mundiales”. Una interpretación sin duda, pero ¿con qué base y desde qué punto de vista social?

El artículo de Taub del primero de noviembre, “Detrás de la turbulencia del 2016, una crisis de identidad blanca”, es uno de los muchos escritos de los medios de comunicación estadounidenses que atribuyen la culpa del carácter sin precedentes de las elecciones presidenciales de 2016 a una actitud defensiva “blanca” y de resistencia al cambio.

Siguiendo esa línea de razonamiento, el apoyo al Republicano Donald Trump surgió de las capas “privilegiadas” de los trabajadores blancos y de la clase media baja que se sienten amenazados por el creciente poder femenino, afroamericano y de otros grupos sociales “marginados”.

Varias cosas sorprenden sobre el artículo de Taub en primer lugar, su carencia de seriedad y ausencia de sustancia. El comentario no revela rastro alguno de erudición o profundidad. Es poco más que una serie de impresiones y afirmaciones, impulsadas por supuestos políticos reaccionarios, aunque no declarados.

¿Quiénes son los “expertos”, que respaldan sus afirmaciones? Entre ellos están Eric Kaufmann, del Birkbeck College de la Universidad de Londres, cuya investigación sensacionalista sobre la afluencia de religiosos fanáticos musulmanes, Los Musulmanes en Occidente (en Los religiosos heredan la Tierra y otras obras) ha alimentado el sentimiento antiinmigrante; Michael Ignatieff, ex líder del Partido Liberal de Canadá, quien defendió las políticas del gobierno de Bush, incluyendo tortura, en su obra ‘El Mal Menor’; y Robin Di Angelo, cuya “área de investigación”, según su sitio en Internet, “está en Estudios de Blancura (*) y Análisis del Discurso Crítico, explicando cómo la blancura se reproduce en las narrativas cotidianas”.

Otro rasgo conspicuo de la columna del 1 de noviembre es el grado en que Taub y otros como ella se consumen en la ideología racista. Su artículo arroja con descaro y temerariamente, afirmaciones acerca de las creencias y miedos de la “blancura” y de los “blancos” de una manera que se asemeja mucho más a los ‘efluvios’ de un Alfred Rosenberg, ideólogo nazi, que a cualquier tradición democrática de los Estados Unidos. Tal lenguaje y jerga han sido siempre la reserva de la extrema derecha.

“La blancura”, afirma Taub, es más que simplemente el color de la piel. Es el privilegio de “no ser definido como ‘otro’ [es decir, negro, mujer, etc.]” Esta identidad ahora “parece estar amenazada.” Continúa: “Durante generaciones, los blancos de la clase obrera eran doblemente bendecidos: Disfrutaban de un estatus privilegiado basado en la raza, así como de los frutos del amplio crecimiento económico”. Su “sentimiento de éxito puede haber proporcionado una especie de identidad en sí misma. Pero a medida que la manufactura e industria occidentales han declinado, barriendo con muchas de las ciudades obreras, los padres y los abuelos han encontrado que las oportunidades que una vez tuvieron, ya no existen para la siguiente generación. Eso crea un vacío de identidad que hay que llenar”.

“¡Doble bendición!” ¿Qué universo imaginario describe Taub? La clase obrera norteamericana, blanca y negra, progresó en la posguerra en base de enormes luchas y sacrificios. Los capitalistas de Estados Unidos nunca han dado nada de forma gratuita. Taub exagera el hecho que durante un momento históricamente breve, muchos trabajadores pudieron levantar la cabeza y no llevar vidas dominadas cada día por la privación y la pobreza. Esto claramente le molesta a ella. En cualquier caso, como la propia Taub admite, esas condiciones “doblemente bendecidas” han sido destruidas o considerablemente socavadas.

Taub simplemente inventa las cosas.

En un momento dado nos informa paternalmente que la pérdida de la tranquilidad económica y social ha acelerado un fenómeno conocido como “fragilidad blanca” –“el estrés que la gente blanca siente cuando se da cuenta que no es especial; que su valor no está predeterminado; la blancura es sólo una característica racial, como cualquier otra. La fragilidad conduce a sentimientos de inseguridad, a una actitud defensiva, una amenaza. Puede desencadenar en una reacción contra aquellos que son percibidos como forasteros”. Esto es simple basura inmunda. De hecho, muchos trabajadores blancos, negros e inmigrantes identifican correctamente las fuerzas que están destruyendo sus vidas ––los bancos, las grandes empresas y el gobierno. No ven bien como responder.

Parte del enojo que sienten Taub y la superestructura editorial del New York Times se debe al hecho que la población está rechazando los consejos y admoniciones de sus “superiores” al no alinearse obedientemente para votar por Hillary Clinton y el Partido Demócrata, el partido del status quo.

Es realmente incomprensible para el panel de expertos del Times ––sin problemas financieros y satisfecho con el mundo tal como es–– por qué amplias capas del pueblo estadounidense deben estar hirviendo de ira. Taub y sus colegas ganan cientos de miles de dólares al año, viven en hogares y apartamentos agradables y cómodos, tienen generosos planes de atención médica y jubilación, vacaciones cada año en climas cálidos, y así sucesivamente. ¿Qué sabe Amanda Taub, abogada, académica y bien pagada columnista, sobre la miseria social en Estados Unidos?

Más de 40 millones de Estadounidenses en 2015, en algún momento del año, no sabían de dónde vendría su próxima comida. Decenas de millones de personas viven en el borde de la pobreza o en la pobreza misma, con beneficios y pensiones destripados, los ingresos reales cayendo, los empleos decentes desapareciendo. La vida es una pesadilla económica para una parte creciente de la población. Mientras tanto, un puñado de depredadores odiados disfrutan de riqueza y privilegios inimaginables. Taub y sus colegas del Times están mucho más cerca de los últimos círculos y de circunstancias que de la realidad que aflige a la clase obrera Estadounidense.

Los burlones educados que escriben sobre “la crisis de la blancura” siempre omiten un hecho, que la población “blanca” de Estados Unidos ayudó a elegir a Barack Obama dos veces. Obama ha demostrado ser el instrumento directo de las casas de finanzas de Wall Street y del aparato de inteligencia militar. La desigualdad social ha crecido hasta niveles sin precedentes bajo su administración; los asesinatos mediante aviones no tripulados y la guerra no declarada y no autorizada han sido las piezas centrales de su política exterior. Los últimos siete años han sido una experiencia represiva. Muchos votantes de la clase obrera tenían al expectativa, o temor, de que ocurriría lo mismo bajo la presidencia de Hillary Clinton.

Donald Trump, un demagogo multimillonario, ha sacado fuerza en gran parte del disgusto popular con Obama, Clinton y el Partido Demócrata, y de apologistas como Taub y el Times. Este fanático reaccionario es capaz de acercarse a algunas secciones de los trabajadores sólo debido a las políticas del ala derecha, pro grandes negocios del Partido Demócrata. “El trumpismo”, con sus matices fascistas, no existiría salvo por el vacío político creado por la obsesión “de la izquierda” con la raza, el sexo y el género. Eso es lo que impulsa a los desesperados a la derecha.

Si surgiera un movimiento de supremacía blanca, los argumentos de Taub y otros no tendrían que ser alterados mucho para servir de su base ideológica. La fraseología de Taub puede ser utilizada, con pocas modificaciones por la ultraderecha. No nos equivoquemos; si los vientos políticos cambiaran, y tal movimiento gana fuerza, algunos de los “políticos de identidad” actuales se le unirían. No hay nada que se lo impida, intelectual o moralmente.

Nota:

(*) Los estudios sobre la blancura son un campo interdisciplinario de investigación que comenzó a desarrollarse en los Estados Unidos, particularmente desde finales del siglo XX, y se centra en lo que los proponentes describen como los aspectos culturales, históricos y sociológicos de las personas identificadas como blancas y la construcción social de blancura.