Las protestas anti-Trump y el rol del Partido Demócrata

3 febrero 2017

El martes pasado, continuaron las protestas por cuarto día seguido contra la cruel y extralegal orden ejecutiva del gobierno de Trump que les prohíbe la entrada a Estados Unidos a refugiados en general y a ciudadanos de siete países mayoritariamente musulmanes que han sido azotados por el ejército estadounidense.

Cientos de miles de personas se han manifestado en aeropuertos y centros de ciudades en EE.UU. y alrededor del mundo contra esta medida y en defensa de los derechos democráticos y sociales básicos. Estas protestas son parte de una radicalización política que se ha venido dando con mayor intensidad desde la llegada al poder del gobierno más derechista de la historia del país. Tras 16 años de la interminable “guerra contra el terrorismo” —avanzada bajo gobiernos demócratas y republicanos por igual— las protestas demuestran que sectores de masas internacionalmente han rechazado el chauvinismo antiislámico y el militarismo que han sido fomentados para justificar agresiones imperialistas y crímenes de guerra.

Millones de personas están indignadas por el brutal maltrato hacia los hombres, mujeres y niños que se les imposibilitó volver a sus hogares, familias y trabajos.

Los políticos demócratas como Barack Obama y el líder de la minoría en el Senado, Charles Schumer, se están asociando con las protestas para contenerlas y mantenerlas inofensivas. Sin embargo, existe una brecha continental entre los sentimientos humanistas y democráticos de los protestantes y los objetivos reaccionarios detrás de la respuesta del Partido Demócrata.

En el transcurso de la carrera presidencial, los demócratas y su candidata Hillary Clinton contendieron como el partido de Wall Street y del aparato militar y de inteligencia, criticando a Trump principalmente por su supuesta postura débil hacia Rusia. Hicieron una serie de acusaciones macartistas infundadas de que el presidente ruso, Vladimir Putin, había manipulado las elecciones estadounidenses a favor de Trump. Al final, fueron estas aseveraciones reaccionarias en combinación con su política de identidad e indiferencia hacia los intereses y preocupaciones de la clase obrera, que le permitieron a Donald Trump presentarse de forma demagógica como el candidato contra el statu quo y las élites políticas.

Los primeros diez días del mandato de Trump han despertado la ira y la repugnancia de amplias capas de la población que se oponen a la red masiva antiinmigrante, el veto a musulmanes, las amenazas de guerra y la promoción de la tortura; no obstante, los demócratas siguen insistiendo con los mismos temas reaccionarios de la campaña electoral.

Paul Krugman, el economista y columnista del New York Times, quien apoyó incondicionalmente a Clinton, escribe en su última columna: “Estamos a poco más de una semana de estar bajo el régimen de Trump-Putin, y ya se está volviendo difícil mantener la cuenta de los desastres”.

Las diferencias entre los demócratas y Trump no reflejan divergencias de clase ni de principios democráticos; ambos representan a la misma oligarquía gobernante. Por el contrario, éstas son diferencias tácticas en la implementación de políticas que hagan avanzar los intereses estratégicos del imperialismo norteamericano. Lo esencial para los demócratas es el daño y los obstáculos que puedan generar la prohibición a musulmanes y las otras políticas de Trump en relación con los preparativos para una confrontación con Rusia y China y con las operaciones militares estadounidenses en Oriente Medio.

Esto se ejemplifica en un artículo de opinión publicado el martes pasado en el New York Times por el columnista David Leonhardt, bajo el título “Hacer grande a China otra vez” (remedando el eslogan de campaña de Donald Trump). Su primera frase marca el tono de todo el artículo: “Los rivales y enemigos de Estados Unidos han disfrutado unos 10 días espectaculares”.

Escribiendo descaradamente como un partidario del imperialismo estadounidense, Leonhardt advierte que sin duda el Estado Islámico hará uso del veto de Trump a musulmanes, pero que este “no es un rival serio para Estados Unidos. El beneficiario final pareciera ser el rival principal a nivel global de EE.UU., China”.

Uno de los opositores de la élite política y supuestos defensores de los refugiados e inmigrantes musulmanes es Michael Morell, un exdirector de la CIA. Él apoyó a Hillary Clinton y fue uno de los críticos más vehementes en denunciar la presunta interferencia rusa en las elecciones y en retratar a Trump como un agente de Putin.

Morell, quien ha defendido públicamente el uso de tortura y los asesinatos con drones que él mismo supervisó, desempeñó un papel significativo en convertir a millones de personas en refugiados y causarles la muerte a cientos de miles más en guerras orquestadas por la misma CIA para cambiar los regímenes en Libia y Siria. El lunes por la mañana, hablando con CBS News, criticó el veto de Trump, no por violar derechos democráticos, sino por “caer en la narrativa del Estado Islámico”, en otras palabras, por perjudicar los esfuerzos estadounidenses para garantizar su hegemonía en la región rica en petróleo de Oriente Medio.

Una de las preocupaciones principales de Morell fue que se incluyeran en el veto a los iraquíes que colaboraron con las fuerzas armadas estadounidenses, señalando que crea “un desincentivo para que mantengan una colaboración estrecha con el ejército estadounidense”.

Morell también manifestó su fuerte oposición al decreto que nombra al estratega en Jefe de Trump, el exdirector del noticiero Breitbart News, Stephen Bannon, al comité directivo del Consejo Nacional de Seguridad (NSC; National Security Committee) y que limita la participación del jefe del Estado Mayor Conjunto y del director de Inteligencia Nacional.

En su editorial del martes pasado, el Times retoma este mismo tema. El artículo, bajo el título “Presidente Bannon” y publicado junto con un gráfico de siniestro aspecto que impone la mitad de la cara de Bannon sobre la de Trump, no se opone tanto a las tendencias fascistas del estratega como lo hace contra el peligro de que él “politice” las cuestiones de seguridad nacional y dañe la capacidad del aparato militar y de inteligencia.

“Imagínense que mañana”, concluye el editorial, “Trump se enfrenta ante una crisis con China en el mar de China Meridional o con Rusia en Ucrania. ¿Será que tome el consejo de su principal propagandista político, el Sr. Bannon, con su inclinación a destruir cosas, o lo pondrá en las pocas manos experimentadas y sensatas en su gobierno, como el secretario de Defensa, Jim Mattis, y el General Dunford?”.

La preocupación del editorial es que se interrumpa la escalada de amenazas militares contra Rusia y China que fue iniciada por el gobierno de Obama. Estas cuestiones, según argumenta el Times, deben permanecer en las “manos experimentadas” del Pentágono y la CIA.

Una de las declaraciones más reveladoras sobre los mandos militares bajo Trump fue publicada por la revista Atlantic el martes pasado, en un comentario llamado “¿Estarán montando una defensa por las instituciones democráticas los generales bajo Trump?” Cuando Trump nombró a varios excomandantes militares a las secretarias de Defensa y Seguridad Nacional y al cargo de consejero de seguridad nacional, “algunos progresistas se preocuparon de que... la fuerte presencia militar socavaría el control civil tan preciado como un sello distintivo del gobierno de Estados Unidos”.

En cambio, sugiere el artículo, “los generales podrían ser útiles en contener a Trump”, agregando que los militares son “bien versados en leyes y en sus propias obligaciones” y “siguen meticulosamente las normas y procedimientos, y para inculcar un sentido de orden”.

El artículo luego observa que “no es inusual que los generales, generalmente aquellos activos, tengan el rol de restringir las acciones de líderes electos en varias formas. En Turquía, el ejército se ha visto a sí mismo como el guardián de las normas seculares e intervenido repetidamente para derrocar a gobiernos que los generales sientan que se han alejado de los principios nacionales civiles”.

Al parecer, al darse cuenta de lo que escribía, el autor añade: “Incluso si uno considera que Trump está actuando fuera de la ley, un golpe de Estado de facto también es extralegal. No hay ninguna opción buena”.

Tal es la lógica de las políticas del Partido Demócrata y de la degeneración de la democracia estadounidense. Bajo el peso de décadas de guerra y de una desigualdad social cada vez mayor, se plantea la alternativa de un gobierno de militares al gobierno de Trump.

La crisis del capitalismo estadounidense y global ha puesto en marcha graves amenazas para la clase obrera. Estas son la guerra y la dictadura. Los trabajadores sólo pueden defender sus derechos sociales y democráticos básicos rompiendo de manera irrevocable con el Partido Demócrata y movilizándose sobre su imparable fuerza independiente en una lucha política que le ponga fin al sistema capitalista.

Bill Van Auken