Ante amenazas estadounidenses, el presidente mexicano pide “unidad nacional”

por Clodomiro Puentes
16 febrero 2017

En un breve mensaje televisivo, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, hizo un llamado a la “unidad nacional” con la clara intención de redirigir la profunda ira social contra el gobierno del PRI (Partido Revolucionario Institucional) hacia el casi tan despreciado gobierno de Trump.

Refiriéndose a la llamada telefónica en la que Trump amenazó con enviar tropas a México, Peña Nieto manifestó que, “Si bien no hemos alcanzado acuerdos en ninguna materia, esta conversación abrió espacios para que el gobierno de México y el gobierno de los Estados Unidos continúen dialogando”.

Dijo que los temas de “diálogo” incluirán “la soberanía nacional, el respeto a nuestra dignidad e independencia, así como los sentimientos de amistad y cooperación entre dos pueblos que son vecinos, amigos y aliados comerciales” —eufemismos para referirse a la intención del gobierno de Trump de renegociar la subordinación de México ante el imperialismo estadounidense bajo términos aun más severos.

Peña Nieto, sin embargo, no mencionó ni la incapacidad ni la renuencia de su gobierno para combatir los planes de Trump de poner a “EE.UU. ante todo”, sea con el muro fronterizo, la deportación de millones de inmigrantes indocumentados, la potencial eliminación del TLCAN o una presencia más belicista de Washington a lo largo del continente americano.

El presidente mexicano se comprometió a proporcionar más de mil millones de pesos adicionales en los consulados del país en Estados Unidos para simular esfuerzos para defender a los inmigrantes de origen mexicano contra las depredadoras políticas migratorias de Trump. La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México emitió una declaración el viernes pasado, instando a los mexicanos que residen en EE.UU. a “tomar precauciones y a mantenerse en contacto con su consulado más cercano, para obtener la ayuda necesaria para una situación de este tipo”, refiriéndose a la deportación reciente de Guadalupe García de Rayos, una madre de dos, nacida en México pero que vivía en Arizona, cuya deportación “no era una prioridad” para los funcionarios migratorios de ICE bajo la administración de Obama.

“El caso de la señora García de Rayos ilustra la nueva realidad que vive la comunidad mexicana en territorio estadounidense ante la aplicación más severa de las medidas de control migratorio”, explicó la SRE. La recomendación de la SRE y los fondos a los consulados son un fraude. El gobierno mexicano cooperó ampliamente con los oficiales estadounidenses en los tres millones de deportaciones bajo Obama, mientras que Peña Nieto ha utilizado su propia mano dura policial en la frontera con Centroamérica. Las políticas del gobierno de Trump no representan un quiebre con las de su antecesor, sino una continuidad y expansión de estas.

El nacionalismo del gobierno priista refleja su patente cinismo. Ha seguido servilmente los dictados de Washington, que diseñó gran parte de las contrarreformas en el “Pacto por México”. Por ejemplo, los planes para la privatización de la industria energética del país fueron esencialmente elaborados por el Departamento de Estado bajo Hillary Clinton.

La clase gobernante mexicana se encuentra en una posición débil, atrapada entre la intransigencia de la administración de Trump y el creciente descontento social en el país.

Los llamados nacionalistas del mandatario han sido interpretados por lo que son por gran parte del pueblo mexicano: una maniobra desesperada en busca de apoyo público para una élite política desacreditada y despreciada más allá del priismo y de la figura de Peña Nieto.

La reacción popular ante estos esfuerzos de Peña se diferencia marcadamente con la de los círculos gobernantes, los cuales se han unido al llamado de “unidad nacional” a pesar de que aún están en desacuerdo sobre quién será su abanderado.

Carlos Slim, la cuarta persona más rica en el mundo, insiste en apoyar firmemente al gobierno de Peña. “Tenemos que apoyarlo… todo mundo ante un riesgo especial con Estados Unidos que nunca habíamos tenido”. Hizo sus observaciones días antes del centenario de la Constitución de 1917, invocando demagógicamente la memoria histórica de la intervención de Estados Unidos en la Revolución Mexicana. Esta bravata nacionalista busca dar paso a la renegociación de las relaciones comerciales con el gobierno de Trump desde una posición sumamente débil. Refiriéndose al muro fronterizo propuesto por Trump, Slim concluyó, “La mejor barda son inversiones, actividad económica y oportunidades de empleo en México”.

El alcalde del PRD (Partido de la Revolución Democrática) de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, dijo, “La unidad nacional es de los mexicanos, no con el gobierno”, expresando ciertas diferencias tácticas con Slim. “El presidente cuenta con el voto de confianza de mucha gente porque es él quien tiene que representar al país en una negociación con Trump. Pero llevaría un mandato de no ceder, de ir con fuerza y dignidad. Si el presidente se equivocara entonces vendría una ola muy adversa. Mi propuesta es no darle malas noticias a México. Que no se incremente nuevamente el precio de las gasolinas, por ejemplo”, agregó Mancera.

La base social de este “voto de confianza” para el asediado presidente proviene de la burguesía mexicana misma, mientras que la alusión a una “ola muy adversa” en caso de que el gobierno no dé ciertas miserables concesiones refleja un profundo nerviosismo dentro de la clase gobernante mexicana.

En esta cuestión, no es nada probable que la reciente decisión de Peña de posponer la próxima ronda de tarifazos a los combustibles por una semana logre sacar al gobierno mexicano de las adversas corrientes que tanto molestan a Mancera.

La campaña de “unidad nacional” no calza ni en la imaginación con la profunda división social que existe en México. Según un reciente informe de Oxfam, los cuatro multimillonarios más ricos del país controlan tanta riqueza como la mitad más pobre de la población. El estudio también señala que el 10 por ciento más rico controla el 67 por ciento de la riqueza nacional de México.

“No puede haber cohesión social con estos niveles de concentración de riqueza global y nacional”, señaló el director de Oxfam México, Ricardo Fuentes Nieva.

Sin embargo, la seudoizquierda mexicana, cuya perspectiva tiene su base material en “el próximo nueve por ciento”, que sigue al uno por ciento más pudiente, también pretende encadenar a la clase obrera mexicana a un régimen de desigualdad en nombre de dicha “unidad nacional”.

Andrés Manuel López Obrador (popularmente conocido como AMLO), el líder de Morena (Movimiento Regeneración Nacional) y actual favorito para las elecciones presidenciales del 2018, es quien realmente puso en marcha la actual campaña por “unidad nacional”. Su reciente declaración, “Acuerdo Político de Unidad por la Prosperidad del Pueblo y el Renacimiento de México”, critica varias veces a “la mafia en el poder”, evitando cualquier mención de la relación de México el imperialismo norteamericano. De hecho, AMLO ha comentado que Obama, conocido como el deportador en jefe, fue “un buen presidente, pero no excepcional”.

La actitud indolente de AMLO hacia los arquitectos imperialistas de las miserables condiciones que enfrenta la clase obrera mexicana también se extiende hacia la “mafia en el poder” que tanto invoca en sus discursos. El año pasado declaró: “Los miembros del grupo en el poder, a pesar del gran daño que han causado al pueblo y a la nación, consideramos que no tienen ninguna mala voluntad y les aseguramos antes de su posible derrota electoral en el 2018, que no habrá represalias o persecución de persona alguna”.

Con frecuencia, AMLO ha hablado de combatir la corrupción y “establecer una democracia auténtica”, promesas que quedan desmentidas al no estar dispuesto a hacer legalmente responsable a la élite política de las matanzas, desapariciones y corrupción. Desde que el partido surgió de una escisión con el PRD, Morena no ha tenido su base social en la clase obrera, sino en las capas más privilegiadas de la clase media, asociadas con la academia, los colegios profesionales y la burocracia sindical.

La organización de seudoizquierda, Izquierda Socialista, falsifica el origen histórico y la base social de Morena, retratándolo falsamente como un partido obrero afectado por un liderazgo oportunista: “Hacemos un llamado a las bases de Morena... a que recuperemos el control del partido, a que exijamos cuentas y respeto a la democracia partidaria; a que evitemos que Morena termine por convertirse en otra versión del PRD y del resto de partidos del régimen”.

Es absurdo hablar de “recuperar el control” de Morena —un partido fundado por López Obrador, un político burgués— por parte de la clase obrera. De esta manera, Izquierda Socialista expone su propia orientación, que no es hacia la clase obrera mexicana, sino a la base de clase media alta de Morena.

A diferencia de la participación directa de Izquierda Socialista en Morena, el Movimiento de los Trabajadores Socialistas (MTS), la sección mexicana de la FT-CI morenista, simplemente presenta otro camino nacionalista pero independiente de Morena. “Para los socialistas del MTS, la población trabajadora debe salir a rechazar la unidad con nuestros verdugos... La unidad que proponemos los socialistas, es... una unidad para lograr la independencia nacional”, escriben.

Algo característico del MTS es que el resto del mundo, particularmente en términos de la clase obrera internacional, no es parte de su estrategia. La indiferencia evidente del MTS e Izquierda Socialista a las cuestiones internacionales no es simplemente una “equivocación”, sino una estrategia política de la clase media alta para mantener su posición privilegiada dentro del sistema capitalista.

La clase obrera mexicana no puede defender sus intereses con base en una estrategia de “unidad nacional” que presuponga intereses en común entre los trabajadores y figuras como Carlos Slim. Los trabajadores mexicanos están económicamente vinculados y unidos en un proceso de producción que se extiende más allá de las fronteras del país con el resto de la clase obrera internacional, en particular, la de EE.UU. Para defender con eficacia sus intereses sociales, esta unidad económica, la cual surgió a partir de la globalización capitalista, debe ser transformada en una unidad política con un programa internacionalista y socialista.