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Los crímenes de guerra de Washington en Siria

El gobierno estadounidense es culpable de crímenes de guerra. Esa es la cruda conclusión a la que llegó la comisión internacional independiente de investigación convocada por la Organización de las Naciones Unidas en el 2011 para investigar las violaciones de derechos humanos a raíz de la prolongada guerra de cambio de régimen en Siria respaldada por EE.UU.

La inclemente campaña de bombardeos del Pentágono en Raqa y sus alrededores, la ciudad al norte de Siria llamada la “capital” de Estado Islámico de Irak y Siria (EI), ha causado “pérdidas impactantes de vidas civiles” y obligado a más de 160 000 civiles a huir de sus hogares, dijo el miércoles Paulo Pinheiro, el presidente de la comisión de investigación de la ONU.

Los aviones de artillería estadounidenses han lanzado decenas de millares de municiones sobre Raqa y las zonas aledañas, matando y mutilando a miles de hombres, mujeres y niños sirios. Las unidades de marines de EE.UU., las cuales han poco a poco engrosado las fuerzas desplegadas ilegalmente en suelo sirio, constituyen otra fuente más de fuerza letal que ha sido desatada, disparando obuses de calibre 155 milímetros en barrios densamente poblados y sobrevolando helicópteros de combate Apache para darles apoyo aéreo cercano a las llamadas Fuerzas Democráticas Sirias. Esta fuerza indirecta de Washington está compuesta principalmente por la milicia kurda YPG y recibe el “asesoramiento” de las fuerzas especiales estadounidenses.

El sangriento asedio de Raqa está ocurriendo incluso mientras el Pentágono lleva a cabo otra masacre similar desde octubre del año pasado en Mosul, una ciudad iraquí a 373 kilómetros al este y que fue el hogar de más de dos millones de personas. La mayor parte de Mosul ha quedado pulverizada por bombas, cohetes y granadas que han cobrado la vida de miles y dejado a aun más heridos, mientras muchos permanecen todavía enterrados bajo los escombros.

El grado de criminalidad de los actos de guerra del Pentágono se pone de manifiesto de una forma particularmente notoria con los informes verificados de que unidades de artillería de Estados Unidos están disparando proyectiles de fósforo blanco en Raqa y Mosul. Estas armas químicas incendiarias, prohibidas en áreas pobladas por el derecho internacional, prenden en fuego la carne humana al contacto, quemando hasta el hueso, mientras que aquellos que respiran los gases liberados por los proyectiles se asfixian y se queman de adentro hacia afuera. Las horribles heridas que causan se vuelven a abrir cuando son expuestas al aire. El objetivo de emplear fósforo blanco es aterrorizar a la población bajo ataque.

Otra arma asesina que está siendo empleada contra las poblaciones de Raqa y Mosul es el cohete MGM-140B. Disparado desde un lanzador móvil, el arma se detona en el aire, dispersando alrededor de 274 granadas antipersonas, cada una de las cuales es capaz de matar a alguien en un radio de 15 metros.

El mes pasado, el secretario de Defensa estadounidense James Mattis le dijo a la prensa que el Pentágono está adoptando “tácticas de exterminio” en su campaña anti-EI, añadiendo, “Las bajas civiles son una realidad en este tipo de situaciones”. Mattis, un general recientemente retirado del Cuerpo de Marines, a quien el mismo ejército apodó “perro rabioso”, sabe de lo que habla. En el 2004, dirigió dos asedios asesinos en la ciudad iraquí de Faluya que dejaron a miles de civiles muertos y, al igual que en las últimas atrocidades perpetradas por EE.UU., se emplearon proyectiles de fósforo blanco contra la población civil.

Las intervenciones militares de EE.UU. en Irak y Siria no tienen como objeto “aniquilar” a Estado Islámico, que es en sí un producto de la invasión y ocupación estadounidenses de Irak en el 2003 y posterior uso de combatientes islamistas como fuerzas indirectas en sus guerras de cambio de régimen en Libia y Siria. Mientras que Raqa ha estado rodeada de fuerzas apoyadas por EE.UU. desde el norte, este y oeste, los combatientes de EI tienen una ruta de escape para los hacia el sureste para que va hacia la provincia de Deir ez-Zour, de modo que pueden continuar luchando contra el ejército sirio desde ahí. Asimismo, se les permitió escapar a un gran número de combatientes de EI de Mosul para que cruzaran la frontera a Siria con el mismo propósito.

El objetivo estratégico de Washington en Irak y Siria no es “luchar contra el terrorismo”, sino consolidar la hegemonía de EE.UU. sobre la región con vastas reservas de petróleo de Oriente Medio en preparación para una guerra contra sus principales obstáculos para asegurar su control —Irán y Rusia. Para el imperialismo norteamericano, un dominio indiscutible sobre el Golfo Pérsico y Asia Central le proporcionaría los medios para desabastecer de fuentes de energía a su rival a nivel global, China.

Estos objetivos predatorios constituyen la fuente de estos crímenes de guerra y no sólo en Irak y Siria. En Yemen, Washington está dando su apoyo a una guerra casi genocida dirigida por la monarquía saudí a fin de debilitar la influencia de Irán en el Golfo Pérsico. Durante su visita a la capital saudí de Riad el mes pasado, el presidente Donald Trump anunció un trato de $110 000 millones en armas para el reino. En primer lugar, este envío reemplazará las bombas y misiles que ha dejado caer como lluvia sobre la población de la nación más empobrecida del mundo árabe.

Este paquete armamentístico es una continuación de acuerdos similares firmados por el gobierno de Obama, el cual también asistió a los saudíes en logística e inteligencia para su guerra en Yemen, incluyendo reaprovisionamientos de combustible en vuelo para sus aviones de combate y la participación de EE.UU. en el bloqueo naval del país que está matando de hambre a la población y negándole suministros médicos. Además de matar directamente a 12.000 personas, la guerra de EE.UU. y Arabia Saudita ha dejado a al menos 7 millones de yemeníes al borde de la hambruna, mientras que una epidemia de cólera está amenazando con matar a miles más. La ONG Save the Children reportó que, en promedio, un niño yemení contrae la enfermedad cada 35 segundos.

Mientras tanto, Washington se está preparando para escalar una vez más su prolongada intervención sanguinaria en Afganistán. El martes pasado, funcionarios estadounidenses informaron que Trump autorizó a Mattis para que ordene números de tropas para enviar al país, el cual ha estado ocupado por EE.UU. desde el 2001. Se espera que miles de soldados más sean destacados con el objetivo de efectuar las “tácticas de exterminio” favorecidas del secretario de Defensa. Una muestra de lo que está por venir se pudo apreciar el lunes, cuando un convoy de tropas estadounidenses pisó una bomba al lado de una carretera y abrió fuego indiscriminadamente contra civiles, matando a un obrero de una fábrica de ladrillos y a sus dos hijos, de ocho y diez años de edad.

Mientras suceden atrocidades como estas en un campo de batalla mundial y cada vez más extenso, lo que llama más la atención es la ausencia de una oposición organizada a los crímenes de guerra de EE.UU. Las interminables guerras no son aún objeto de debate en el Congreso y son apoyadas por demócratas y republicanos por igual. La prensa, que se ha convertido en un brazo propagandístico fiel del Pentágono y la CIA, ha mostrado un total desinterés en los crímenes de guerra de Washington, prestándole atención a los conflictos únicamente cuando se hacen acusaciones contra Rusia o el gobierno sirio.

Mientras que las masas obreras en EE.UU. y alrededor del mundo se oponen a la guerra, los grupos de pseudoizquierda que surgieron de las protestas antibélicas de la clase media en los años sesenta y setenta han abandonado toda oposición, incluso verbal, a las agresiones militares de EE.UU. Reflejando los intereses de las capas privilegiadas de la clase media, grupos como la Organización Internacional Socialista en EE.UU., Die Linke en Alemania y el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia han articulado la perspectiva política de esta nueva base de apoyo para el imperialismo, justificando intervenciones neocoloniales en nombre de los “derechos humanos” y retratando las operaciones de cambio de régimen de la CIA en Libia y Siria como “revoluciones”.

El desarrollo de un verdadero movimiento contra la guerra es hoy una cuestión de vida o muerte. Las guerras criminales de Washington en todo el mundo amenazan con desencadenar un conflicto global entre las principales potencias nucleares. Dicho movimiento sólo puede ser construído como parte de la lucha por movilizar a la clase obrera de forma independiente y con base en un programa socialista para poner fin al capitalismo, el origen de fondo de las guerras.

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