La desigualdad social y el infierno de la Torre Grenfell

21 junio 2017

El incendio de la Torre Grenfell en Londres es un evento que reúne todo lo que está podrido en la sociedad capitalista contemporánea, no sólo en Reino Unido, sino en todo el mundo.

Más de cien personas —la cifra final podría ser mucho más alta— murieron en medio de las llamas porque eran pobres y de clase obrera. A plena vista de algunas de las personas más ricas del mundo, fueron asesinadas por una élite gobernante con un apetito insaciable del dinero proveniente de la especulación, el hurto y el vandalismo social.

El inexorable aumento de la desigualdad social cualquier a cualquier otro periodo en la historia. Casi un tercio de los londinenses viven en la pobreza, y la mayoría de ellos está trabajando. El rico y el pobre viven justo al lado pero es como si vivieran en planetas diferentes.

La especulación del capital global en el mercado de bienes raíces de Londres es tal que hay 20 000 “casas fantasma”, valoradas en varios millones pero que nunca han sido ocupadas por sus propietarios. El precio promedio de £675 000 pone a estas viviendas fuera del alcance de millones.

Los residentes de la Torre Grenfell vivían dentro de una trampa mortal en una de las zonas más desfavorecidas de Reino Unido, pero aun así, situada dentro del distrito más rico, donde el precio promedio de una casa con terraza es de más de £4 millones.

Las autoridades encabezadas por el Partido Conservador, en lugar de volver más segura la Torre Grenfell, realizaron un cabio cosmético para complacer a los residentes más pudientes de la ciudad y garantizarles que los precios de sus propiedades no se vieren afectados.

Las empresas involucradas, Rydon y Harley Facades, instalaron paneles de aluminio y polietileno baratos que no eran resistentes al fuego, para ahorrar £5000. Además, no se instalaron regaderas antiincendios.

El canciller Philip Hammond admitió que se deben prohibir los materiales utilizados, pero fue el mismo gobierno tory que sentó las bases para este tipo de comportamiento delictivo de las empresas a través de la desregulación de la seguridad de viviendas y la supresión de una serie de recomendaciones de seguridad hechas después del último incendio.

Hace tres años, el entonces alcalde de Londres, Boris Johnson, cerró diez estaciones de bomberos, echando a 552 bomberos y descontinuando el uso de 14 camiones. A los que lo cuestionaron tuvo una cosa qué decirles: “váyanse al carajo”.

Pero, para llegar al origen del asesinato en masa en la Torre Grenfell, hay que ir más atrás. Los implicados incluyen a Margaret Thatcher, quien comenzó el proceso de transformar a Reino Unido en un desierto social y a Londres en una zona de recreo para los más ricos; a Tony Blair, quien se encomendó a sí mismo completar la “revolución de Thatcher”, vendiendo un millón de viviendas sociales mientras armaba su propio portafolio de bienes raíces de £27 millones; y a David Cameron, quien declaró el comienzo de una “era de austeridad” contra la clase obrera y una “hoguera de regulaciones” para sus amigos en la City de Londres, en las salas de juntas alrededor del país y entre los arrendadores que abundan en el partido tory.

Para hacerle justicia a la indignidad de todo esto, sería necesario tener a un Engels contemporáneo, como el que escribió:

Y lo que es cierto en cuanto a Londres, lo es igualmente respecto de Manchester, Birmingham, Leeds y todas las grandes ciudades. Indiferencia bárbara por todas partes, dureza egoísta de un lado y miseria indecible del otro lado, la guerra social por todas partes, el hogar de cada uno en estado de sitio, por todas partes pilla recíproco bajo el mando de la ley, y todo con un cinismo, una franqueza tales que uno se horroriza de las consecuencias de nuestro estado social, y uno tiene que preguntarse cómo es que esta locura aún sigue de pie.

Si todavía lo hace, es porque la inmensa rabia ante lo ocurrido no encuentra ninguna expresión política. Miles han tomado las calles para exigir la renuncia de May, piden que los culpables comparezcan ante la justicia y han denunciado la promesa de May de una investigación pública como otro intento de encubrimiento.

Contra este trasfondo, el titular laborista, Jeremy Corbyn, publicó una carta abierta dirigida a May, donde le ofrece su apoyo a la investigación. Más específicamente, le concede a la “Estimada primera ministra” el respaldo del Partido Laborista a la “investigación pública, completa e independiente” que prometió, con la única salvedad de que se “lleve a cabo bajo las disposiciones de la Ley de investigaciones del 2005”.

Esta investigación es un fraude completo. Amnistía Internacional ha instado a todos los miembros de la judicatura británica a no ser parte de ninguna investigación bajo los auspicios de dicha ley porque “estaría controlada por el poder ejecutivo, el cual que tiene la facultad de bloquear el escrutinio público de las acciones del Estado”.

Decenas de miles han firmado un voto de no confianza hacia tal investigación pública, estando de acuerdo con Sophie Khan, la abogada que representó a las víctimas de un incendio en el 2009 de un edificio en Camberwell, quien dijo, “Me preocupa muchísimo que la Sra. May haya llamado a una ‘investigación pública’ tan rápido. ¿Qué es lo que ella sabe que necesita ocultar?

Corbyn, por su parte, no menciona nada de esto. En cambio, sugiere de la forma más servil posible que dicha investigación debe tener términos de referencia con “un margen suficiente... para que se puedan tomar las lecciones necesarias”.

No ha denunciado ni una vez el encubrimiento que el gobierno está llevando a cabo, o su papel en los acontecimientos que condujeron al infierno de la Torre Grenfell. En vez de eso, afirma cortésmente en la carta que “las políticas y prioridades de su gobierno en los ámbitos de vivienda social y seguridad pública son blancos legítimos para mis críticas”. Luego añade, de forma igual de cobarde, “Espero que ambos compartamos la determinación para descubrir las verdades detrás de esta tragedia”, solicitándole a May una “consulta previa”.

La única medida práctica que propone es que May presente “información sobre planes para un mayor financiamiento” aparte de los miserables £5 millones que ya anunció, añadiendo que demuestre “una actitud de generosidad y compasión en relación con los costos de los funerales y haga posible que las familias que viven fuera de Reino Unido puedan venir para asistir a los funerales y participar en la investigación”.

En este caso, la realidad desafía la sátira. Más que nada, Corbyn quiere que la clase gobernante lo vea como alguien “razonable” en un momento en que su gobierno preferido se encuentra al borde del colapso, presentándose a sí mismo y al Partido Laborista como una alternativa. ¡Dios nos libre de que lo puedan acusar de responder a la indignación del pueblo y de darle una dirección política!

¿Qué diría un líder auténtico de los trabajadores en este momento?

Preguntaría por qué es que aquellos culpables, incluyendo a Johnson, los líderes conservadores del ayuntamiento y todos los implicados en la remodelación de la Torre Grenfell, no han sido ni arrestados ni cuestionados.

Luego, publicaría una lista de todos los que deberían ser imputados y la distribuiría lo más ampliamente posible.

Por encima de todo, insistiría en que, con una minoría parlamentaria, el gobierno conservador no tiene derecho a gobernar y exigiría su renuncia inmediata.

Avanzaría un programa socialista de medidas redistributivas radicales para enfrentar la pesadilla social que ha sido creada por el capitalismo.

Corbyn no ha hecho nada de esto. Las reformas mínimas que propone devienen de cálculos de lo que el orden social existente podría costear —más precisamente, lo que se podría esperar que la clase gobernante, con el fin de preservar la paz social, les devuelva a aquellos a quienes ha exprimido—.

El saqueo criminal de la riqueza de la sociedad no es simplemente la responsabilidad de un pequeño grupo de villanos. Es la expresión de la esencia misma de la sociedad capitalista, la cual se basa en la despiadada explotación de clase. A su vez, como insistió Marx, “La acumulación de riqueza en un polo es, por lo tanto, al mismo tiempo la acumulación de miseria, agonía, esclavitud ignorancia, brutalidad y degradación moral en el polo opuesto...”.

La lucha contra la desigualdad social y los horrores que son su producto es la lucha por el derrocamiento revolucionario del sistema de lucro.

Chris Marsden