La AFL-CIO clausura su convención en St. Louis

por Trévon Austin
28 octubre 2017

Del 22 al 25 de octubre, la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) celebró su convención cuatrienal en St. Louis, Missouri.

La reunión de los muy bien pagados ejecutivos sindicales pasó mayormente desapercibida para los trabajadores estadounidenses, que no miran a esas organizaciones, las cuales hace mucho tiempo abandonaron cualquier defensa de sus intereses y han perdido millones de miembros. El porcentaje de trabajadores en los sindicatos ha bajado a solo el 10,4 por ciento, comparado con el 20,1 por ciento en 1983 y el 32,5 por ciento en 1953.

En la medida en que la AFL-CIO juega algún papel significativo, este es apoyar al Partido Demócrata y promover los objetivos de la política doméstica y exterior del imperialismo estadounidense. Lejos de oponerse al ataque corporativo a la clase trabajadora, los sindicatos han pasado las últimas cuatro décadas suprimiendo la lucha de clases y reduciendo los estándares de vida de los trabajadores en nombre de hacer competitivo globalmente al capitalismo estadounidense.

Las principales figuras de la AFL-CIO, incluyendo al presidente Richard Trumka, tienen amplios antecedentes de traición a las luchas obreras y de confabular con la patronal para reducir la participación de los ingresos nacionales que va a los trabajadores. Durante los ocho años de la administración de Obama, los sindicatos limitaron el número de huelgas a su nivel más bajo en la historia estadounidense, facilitando una transferencia sin precedentes de la riqueza hacia arriba.

La creación de un sufrimiento indecible a la clase trabajadora, sin embargo, no ha socavado los intereses materiales de la burocracia de la AFL-CIO, que sigue prosperando gracias a su control de vehículos de inversión multibillonarios en pensiones y sanidad y una miríada de otros planes de negocios obrero-patronales. Las revelaciones de este año acerca de los sobornos multimillonarios a altos cargos de la United Auto Workers, que pasaron a través de los Centros de Formación Nacional de UAW-Chrysler, son solo la punta del iceberg.

La convención de St. Louis fue un asunto dirigido y burocrático de principio a fin. Los delegados seleccionados cuidadosamente votaron unánimemente la reelección de Trumka para un tercer mandato de cuatro años y reinstalar a la secretaria-tesorera Liz Shuler y al vicepresidente ejecutivo Tefere Gebre, que no tuvieron oposición.

De manera significativa, la AFL-CIO no invitó a demócratas destacados a su convención, como habían hecho en otras ocasiones. En sus comentarios de apertura, Trumka declaró, “Encontraremos esperanza y oportunidad para la gente trabajadora, no dentro de los partidos políticos principales, sino dentro de nuestro movimiento y nuestras comunidades...

No me importa si eres demócrata o republicano o algo intermedio, si eres justo con nosotros, seremos justos contigo”, dijo.

En realidad, las palabras del jefe de la AFL-CIO sobre la “independencia política” se refieren a los pasos que da una sección de los sindicatos para aliarse con la administración de Trump y secciones del Partido Republicano. Aunque los sindicatos tradicionalmente han subordinado a la clase trabajadora a las necesidades de la clase gobernante por medio de los demócratas, han visto en Trump un espíritu afín que abraza su programa de “comprar lo estadounidense, contratar a estadounidenses” para desviar hacia afuera la oposición social.

Tras su desastroso respaldo a Hillary Clinton en 2016, los sindicatos de la construcción, el United Auto Workers, el United Steelworkers (acereros unidos) y otros sindicatos se aliaron con Trump en base a los pasos que ha dado para renegociar o cancelar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, siglas en inglés), construir el oleoducto Keystone XL y aumentar el gasto en infraestructura.

Durante la convención de esta semana, el presidente de United Steelworkers Leo Gerard despotricó contra el “acero chino” y promocionó medidas de guerra comercial, que los sindicatos, junto con Trump y su antiguo asistente fascistoide Stephen Bannon afirman falsamente que defienden los empleos de los trabajadores estadounidenses y los estándares de vida. Gerard estaba al lado de Trump en el Despacho Oval este año cuando el presidente firmó una medida de guerra comercial declarando que las importaciones de acero de China y otros países estaba socavando la “seguridad nacional” estadounidense.

La aceptación abierta por parte de Trump de los neonazis, sin embargo, ha sido fuente de cierto bochorno, particularmente para los sindicatos minoristas y de servicios, que están intentando reclutar a trabajadores inmigrantes por poco dinero para aumentar el número de miembros. En agosto, Trumka decidió renunciar a la presidencia del Consejo Manufacturero después de que Trump defendiera a los neonazis y a los miembros del KKK detrás de los disturbios en Charlottesville, Virginia, que dejó a 19 personas heridas y se saldó con la muerte de la manifestante antifascista de 32 años de edad Heather Heyer. En aquel momento, Trumka dijo, “No puedo sentarme en un consejo para un presidente que tolera el fanatismo y el terrorismo doméstico”.

La consternación de Trumka por el descubrimiento de elementos fascistoides en la Casa Blanca fue enteramente fraudulento. Lejos de estar impactados por su presencia, los ejecutivos de la AFL-CIO tienen una afinidad natural por Trump y Bannon. Solo una semana después de renunciar al consejo, Trumka elogió los esfuerzos del presidente por renegociar el NAFTA.

Hablando sobre miembros del sindicato que apoyaban a Trump en 2016, Trumka declaró, “Mis miembros, como muchos estadounidenses, están enfadados porque el sistema no funciona para ellos. Que los relega cada vez más”, añadiendo, “aunque el país es el país más rico sobre la faz de la tierra”. Añadió también, “[los trabajadores] estaban dispuestos a asumir el riesgo de Trump porque él prometió un cambio de sistema radical”.

En la medida en que algunos sectores de los trabajadores dirigieron su mirada desesperadamente hacia el presidente billonario, es solo porque los sindicatos y los demócratas no han mostrado más que menosprecio hacia los trabajadores, que han sufrido un declive histórico en sus estándares de vida debido a décadas de desindustrialización, recortes sociales y pobreza crónica. Los sindicatos colaboraron en ello y fueron cómplices de ello, y arrojaron veneno nacionalista para bloquear cualquier lucha unificada por parte de los trabajadores estadounidenses y sus hermanos y hermanas de clase en el extranjero.

Lejos de oponerse a Trump, la AFL-CIO, junto con el Partido Demócrata, no temen a nada más que al surgimiento de un poderoso movimiento de la clase trabajadora contra la administración y su programa de recortes fiscales masivos para los ricos, la destrucción de la sanidad, y otros servicios sociales vitales, y su expansión del militarismo y amenazas de dictadura. Ello es así porque tal movimiento se volvería muy pronto una confrontación directa con todos los que defienden el dominio de la élite corporativa y financiera, incluyendo a los demócratas y la propia AFL-CIO.