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EE.UU. adopta política de cambio de régimen en Beijing

En otro paso peligroso hacia un conflicto estadounidense con China, el secretario de Estado, Mike Pompeo, pronunció la semana pasada un discurso programático en la biblioteca presidencial y museo Richard Nixon, intitulado “La China comunista y el futuro del mundo libre”.

Formulando la política exterior estadounidense como una elección entre un futuro dominado por la “China comunista” o el “mundo libre”, Pompeo preparó el escenario para una gran intensificación del enfrentamiento de EE.UU. con China en cada frente —diplomático, económico y militar—. Es más, un enfrentamiento implícitamente dirigido a un cambio de régimen en Beijing.

“Si queremos un siglo veintiuno libre”, declaró Pompeo, “el viejo paradigma de mantener relaciones ciegamente con China” debe ser reemplazado por una estrategia para garantizar que “el mundo libre triunfe frente a esta nueva tiranía”.

El discurso efectivamente abandona casi medio siglo de relaciones estadounidenses con China que, pese a lo que diga Pompeo, nunca fueron “ciegas”, a saber, ilimitadas o acríticas.

Comenzaron con el acercamiento de Nixon y su viaje a Beijing en 1972. Su propósito estratégico fue formar un bloque contra la Unión Soviética y no, como afirma Pompeo, transformar a China en una supuesta “democracia”.

El uso de Pompeo de la demagogia de la guerra fría es simplemente absurda. Ninguna persona instruida políticamente considera a China “comunista”. La distención sinoestadounidense establecida por Nixon y Mao le abrió la puerta a un proceso acelerado de restauración capitalista que transformó a China en la mayor plataforma de mano de obra barata del mundo para las empresas estadounidenses y globales.

Más allá, hablar del “mundo libre” cuando el Gobierno de Trump se deshace rápido de los derechos democráticos y utiliza medidas de Estado policial contra los manifestantes es una mentira grotesca. La situación tampoco es distinta entre los aliados del “mundo libre” de Washington, donde se promueve a los partidos ultraderechistas y abiertamente fascistas y los Gobiernos recurren cada vez más a formas autocráticas de gobierno.

Pompeo no solo está hablando por el Gobierno de Trump, sino por los sectores dominantes de la clase gobernante estadounidense que, al enfrentarse a una profunda crisis económica, social y política en el país —acelerada por la pandemia del COVID-19— está buscando proyectar las crecientes tensiones sociales hacia el exterior, contra un enemigo externo.

Un editorial el lunes en el New York Times, un portavoz de los demócratas, apoya completamente la política agresiva del Gobierno de Trump contra China. Solo arguye que necesita ser más efectiva y coherente. Bajo el título, “Los reclamos chinos en el mar de China Meridional son ilegales. ¿Ahora qué?”, denuncia las “agresiones” y el “matonismo” por parte de China en “una de las rutas marítimas más críticas del mundo”. Luego, respalda la declaración reciente de Pompeo de que los reclamos territoriales chinos en las aguas disputadas son “ilegales”.

Abunda la hipocresía. El editorial aclama la declaración de Pompeo por alinear a EE.UU. con el derecho internacional, pero Washington no ha ratificado la ley internacional que dice que Beijing ha violado, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Fue el presidente Obama, a quien también aplaude el editorial, quien transformó el mar de China Meridional en un peligroso foco de conflicto global al instar a los vecinos de China a presionar sus propios reclamos en dicho mar y al desplegar provocadoramente buques de guerra estadounidenses en las aguas territoriales reclamadas por China.

En cuanto al matonismo y las agresiones, el imperialismo estadounidense se ha involucrado en una guerra criminal tras otra en Oriente Próximo, Asia central y el norte de África durante el último cuarto de siglo, creando desastres humanitarios para las poblaciones de esas regiones. El “pivote hacia Asia” de Obama, continuado y expandido por Trump, involucró una acumulación militar enorme en toda Asia con China en la mira. China respondió consolidando su control de los islotes en el mar de China Meridional adyacentes a ciertas bases navales chinas importantes.

El editorial del New York Times respalda tácitamente las políticas agresivas del Gobierno de Trump contra China, incluyendo su mención cínica de los “derechos humanos” de la población de Hong Kong y los uigures en la provincia china de Xinjiang, así como las acusaciones infundadas de espionaje chino y robo de propiedad intelectual.

Cabe notar que, al igual que Pompeo, el editorial diferencia la guerra fría con la Unión Soviética y el enfrentamiento cada vez más peligroso de Washington con China. Declara: “China es un importante socio comercial de EE.UU. y de gran parte del resto del mundo. No controla un imperio y no es probable que su economía colapse bajo el peso de los desafíos de Occidente como lo hizo la economía dirigida de Moscú”.

Como resultado, Pompeo concluyó en su discurso que no puede haber ningún regreso a la política de la guerra fría de “contención” o “coexistencia pacífica”, como la burocracia soviética estalinista llamaba la pugna. El rechazo de una “contención” es una advertencia ominosa. En el debate en los círculos gobernantes estadounidenses en los años cincuenta, la alternativa a la contención era la política de “desmantelamiento [rollback]”, es decir, el uso del poderío económico y militar del imperialismo estadounidense para socavar agresivamente y, al final, destruir la Unión Soviética.

Si bien el New York Times no sacó explícitamente la misma conclusión que Pompeo, las implicaciones son obvias: si China no colapsará como la Unión Soviética, entonces se necesitan métodos más agresivos y forzosos. Como lo hace Joe Biden, el presunto candidato presidencial demócrata, el Times critica a Trump por no formular una estrategia comprensiva para tumbar al régimen chino.

A pesar de que el debate sobre China es un tema clave en las elecciones presidenciales estadounidenses, el acuerdo bipartidista subyacente apunta a los intereses más fundamentales en juego para el imperialismo estadounidense. En medio de un declive histórico cada vez más rápido, Estados Unidos percibe a China como la principal amenaza a sus esfuerzos para retener su dominio global, algo que está decidido a lograr por cualquier y todos los métodos, incluso los militares.

Al tiempo que anunciaba un giro decisivo en la política estadounidense hacia China, el discurso de Pompeo reunió todas las mentiras y acusaciones infundadas que el Gobierno de Trump está utilizando para envenenar la opinión pública y crear una atmósfera de guerra. Esto incluye el intento para culpar a Beijing por la pérdida catastrófica de vidas causada por la respuesta criminalmente negligente de Washington a la pandemia del COVID-19.

Todas las mentiras y acusaciones de Pompeo y Trump están vinculadas a los planes estratégicos de Washington: la promoción de los “derechos democráticos” en Hong Kong, el Tíbet y Xinjiang procura fomentar movimientos separatistas para dividir China, mientras que los llamados a la “libertad de navegación” en el mar de China Meridional buscan garantizar la “libertad” de los portaaviones estadounidenses para patrullar las costas chinas.

Estados Unidos está preparándose para una guerra calamitosa con la potencia nuclear de China, la cual tiene el potencial de arrastrar al mundo entero rápidamente. Los trabajadores y los jóvenes no pueden quedarse al margen mientras el mundo se desliza hacia una catástrofe. La única fuerza social capaz de detener este impulso bélico es la clase obrera, la cual debe ser movilizada a través de la construcción de un movimiento unido internacionalmente contra la guerra y basado en principios socialistas para derrocar el sistema capitalista, que es el origen de las guerras. Esa es la perspectiva por la cual lucha el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Publicado originalmente en inglés el 29 de julio de 2020)

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