Cientos de miles de venezolanos llenaron las calles de Caracas para acompañar el féretro del presidente Hugo Chávez hasta la academia militar donde comenzó su carrera y donde su cuerpo permaneció en capilla ardiente antes del funeral de hoy.
El ex teniente coronel paracaidista llevaba 14 años en el poder, y la efervescencia reflejaba el apoyo popular a las innegables, aunque limitadas, mejoras en las condiciones sociales de los sectores más pobres del país durante su presidencia. Esto incluye la reducción a la mitad del índice de pobreza, que aún se mantiene por encima del promedio de América Latina.
En Washington, la administración Obama emitió un comunicado cauto calificando la muerte de Chávez como un 'momento difícil' y declarando su esperanza de que el cambio de liderazgo en Caracas promueva 'una relación constructiva con el gobierno venezolano'.
Los líderes republicanos en el Congreso celebraron abiertamente la muerte del líder venezolano. Un ejemplo típico fue Ed Royce, presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, quien declaró: '¡Qué bien que se haya ido este dictador!'.
La retórica nacionalista de Chávez, el desvío por parte de su gobierno de los ingresos procedentes de la prolongada bonanza petrolera del país para financiar programas de asistencia social y el establecimiento de amplios lazos económicos con China le granjearon el odio tanto de Washington como de una capa de la clase dirigente fascista en Venezuela. Sin embargo, estas acciones no representaban —como afirmaban tanto él como sus seguidores de la pseudoizquierda— un camino hacia el socialismo.
Chávez era un nacionalista burgués, cuyo gobierno se apoyaba firmemente en las fuerzas armadas de las que provenía y que siguen siendo el árbitro crucial en los asuntos del Estado venezolano.
Si bien son objeto de resentimiento por parte de la reaccionaria oligarquía venezolana, cuyo método preferido para lidiar con las masas empobrecidas son los asesinatos y la tortura, las misiones de Chávez, o programas para mejorar el nivel de vida, la vivienda, la atención médica y la educación, no supusieron una intrusión seria en sus intereses lucrativos.
Tanto la proporción de la economía del país controlada por el sector privado como la porción del ingreso nacional destinada a los empleadores en contraposición a los trabajadores fueron mayores durante el gobierno de Chávez que antes de que asumiera el cargo. El chavismo engendró una nueva clase dirigente —conocida como la “boliburguesía” — que se enriqueció gracias a los contratos gubernamentales, la corrupción y la especulación financiera.
Mientras tanto, la “revolución bolivariana” no ha alterado en absoluto la situación de Venezuela como nación dependiente y oprimida por el imperialismo. La economía del país sigue dependiendo por completo de la exportación de petróleo (la mayor parte a Estados Unidos) y de la importación de bienes de capital y de consumo.
En las elecciones presidenciales del pasado noviembre, Chávez apeló públicamente al apoyo de los ricos y privilegiados, insistiendo en que sus políticas promovían la paz y la estabilidad social y evitaban la amenaza de una guerra civil.
Chávez tenía motivos de sobra para promover sus políticas con la retórica izquierdista de un fraudulento “socialismo del siglo XXI”. El objetivo principal era desviar y contener la militancia de los trabajadores venezolanos, cuyas luchas, en la medida en que escapan al control del oficialista Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) y su federación sindical bolivariana afiliada, suelen ser tachadas de “contrarrevolucionarias”.
Sin embargo, un sector entero de la pseudoizquierda internacional —que incluye a diversas organizaciones e individuos que en el pasado se autodenominaron “trotskistas”— intentó dar credibilidad a esta retórica “socialista”. Esto llegó a extremos ridículos, como el aplauso al llamado de Chávez a una “Quinta Internacional”, pronunciado en un discurso divagante ante una reunión de partidos de “izquierda” en Caracas en noviembre de 2009, que incluía delegaciones del Partido Comunista Chino, el Partido de los Trabajadores de Brasil, el Partido Justicialista peronista de Argentina y el PRI de México.
La reacción de François Sabado, figura destacada tanto de la Internacional Pablista como del Nuevo Partido Anticapitalista francés, fue la típica. Describió esta convergencia de partidos gobernantes de derecha y antiobreros como “un instrumento importante para combatir a las clases dominantes, no solo en América Latina, sino en todo el mundo”. Insistió en que las “divergencias” políticas podían superarse y que no era necesario “discutir los balances históricos de las distintas corrientes”.
Estos “balances” solo podían dejar al descubierto la larga y trágica experiencia histórica —particularmente en América Latina— de los intentos de charlatanes políticos como Sabado por presentar a los regímenes nacionalistas burgueses como “revolucionarios” y “socialistas”, subordinando a ellos las luchas de la clase trabajadora.
En la década de 1970, esto se materializó en la tendencia política liderada por Nahuel Moreno, que buscaba subordinar a la clase obrera argentina tanto al peronismo como al castrismo, desarmándola políticamente ante el brutal golpe militar de 1976. Un papel similar desempeñó el partido de Guillermo Lora en Bolivia en 1971 en relación con el general de izquierda, J.J. Torres, cuya presidencia terminó con el golpe militar de derecha del general Hugo Banzer.
Adaptaciones similares a los regímenes del general Velasco Alvarado en Perú y del general Omar Torrijos en Panamá provocaron traiciones y derrotas para la clase trabajadora en esos países, al igual que la promoción del castrismo y el guevarismo en todo el continente.
La reinterpretación del chavismo por parte de la pseudoizquierda, que le otorga tintes socialistas, no se debe simplemente a la falta de aprendizaje de las lecciones históricas, sino más bien a profundos intereses de clase. Se sienten atraídos por el “socialismo del siglo XXI” de Chávez precisamente por su hostilidad hacia la concepción marxista de que una transformación socialista solo puede llevarse a cabo mediante la lucha independiente y consciente de la clase trabajadora para acabar con el capitalismo y tomar el poder en sus propias manos. Estos elementos políticos pequeñoburgueses se sienten atraídos, en cambio, por una política diseñada para salvar al capitalismo de la revolución, impuesta desde arriba por un comandante carismático . Estos sectores se han desplazado considerablemente hacia la derecha desde el apogeo de su adaptación al castrismo en las décadas de 1960 y 1970. De hecho, antes de su muerte, algunos de los que habían elogiado a Chávez se volvieron contra él debido a su oposición a las guerras estadounidenses para el cambio de régimen en Libia y Siria, guerras que ellos mismos han apoyado junto con el imperialismo.
Independientemente del destino inmediato de los intentos por forjar un nuevo chavismo sin Chávez, la lucha de clases en Venezuela y en toda América Latina se intensificará bajo el impacto de la creciente crisis capitalista global. La cuestión crucial reside en la construcción de nuevos partidos revolucionarios independientes, secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, que luchen por la movilización política independiente de la clase trabajadora como parte de la lucha mundial contra el capitalismo.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de marzo de 2013)
