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La quiebra del capitalismo y las amenazas de guerra

Esta perspectiva política apareció en inglés el 6 de septiembre del 2014

Lo que resalta más de la reunión de la semana pasada del consejo gobernante del Banco Central Europeo (BCE) no fue la decisión de recortar (otra vez) las tasas oficiales de interés, o la de iniciar la compra de papel financiero respaldado por bienes y activos, aún cuando ésas fueron importantes.

Lo más palpable fue la atmósfera de inquietante desaliento que sofocaba la reunión.

Lo desesperante para las potencias financieras es que, a seis años de la quiebra del sistema mundial de finanzas (2008). no sólo no logran encontrar soluciones sino que la situación empeora.

La pesadumbre se dejó notar en el discurso del presidente del BCE, Mario Draghi. Habló de “riesgos negativos,” de la “pérdida de inercia cíclica” y de la falta de “confianza en el futuro.” A manera de confirmación el día siguiente in informe señaló que las inversiones en euros habían caído durante el segundo trimestre del año.

El deterioro económico europeo es sólo la apariencia más saliente de lo que pasa por todo el mundo. En Japón, la tercera economía nacional, las medidas económicas del primer ministro Shinzo Abe, de estímulos fiscales y monetarios (que supuestamente le habrían dado arranque a la economía) han dejado de funcionar.

China, la segunda economía del mundo está en estado crítico a causa de la falta de estabilidad de su sistema financiero. Cae en pique el precio de sus bienes raíces, cosa que había sido causa de mucho de su auge expansivo después del 2008.

Que la economía de Estados Unidos (con un crecimiento económico de sólo un por ciento en los primeros seis meses del 2014) sea considerada “una buena noticia,” es un signo de un futuro en deterioro para la economía mundial.

Esos hechos y esas estadísticas dejan en claro que el desmoronamiento financiero de septiembre y octubre del 2008, no fue coyuntural. Fue el comienzo de lo que se podría llamar “la evolución de un desastre.”

La magnitud de la quiebra mundial salió a la luz en un tribunal estadounidense este 22 de agosto. Ben Bernanke (presidente del Fondo de Reserva Federal de Estados Unidos [FED] durante la crisis del 2008) dijo en un documento que presentó al tribunal lo siguiente: “Septiembre y Octubre del 2008 marcaron la peor crisis financiera en la historia del mundo, incluyendo la Gran Depresión de 1929. De las trece más importantes casas financieras en Estados Unidos, doce estaban por quebrar en una o dos semanas.”

Las serias consecuencias del desmoronamiento se notan en todos los aspectos de la vida económica, social y política.

Los grupos mundiales de poder no tiene ninguna solución económica a esta crisis de las ganancias. Su reacción es acelerar los ataques contra el proletariado. Han decidido aplastar con fuerzas militares toda resistencia, como ocurrió en Ferguson, Missouri.

Estadísticas del FED indican que los ingresos medios estadounidenses bajaron 5 por ciento entre el 2010 y el 2013 (años de supuesta recuperación); no cabe duda que la desigualdad social se agrava.

Más y más domina el militarismo la situación geopolítica internacional. El mundo está más cerca de una tercera guerra mundial que en ningún momento desde 1939.

En su análisis de la Primera Guerra Mundial de 1914, León Trotsky estableció la relación entre la crisis económica y el militarismo. Sus aseveraciones siguen vigentes hoy en día.

El periodo que precedió la detonación de la Primera Guerra Mundial (igual que el periodo antes del 2008) fue de tormentoso crecimiento económico. Los años 1913 y 1914 marcan el límite absoluto de ese crecimiento. La economía mundial sufrió una transformación esencial.

Trotsky notó que la ritmo de desarrollo (representado por la curva de desarrollo) capitalista se acelera desde mediados de la década de los 1890. Esta aceleración asienta las bases de una quiebra.

Trostky escribió en 1924: “En 1914, irrumpe una crisis que no es sólo un periodo de oscilación, pero el comienzo de una época de prolongada parálisis económica. La guerra imperialista representa un intento de salir de ese punto muerto.”

Ya no era posible el rápido desarrollo económico de periodo anterior a 1914. La burguesía “chocaba contra los límites del mercado.”

“Eso creó tensiones de clase, que la política agravó. Esas tensiones llevaron a la guerra en agosto de 1914.”

En verdad la historia nunca se repite. Pero impresiona la similitud entre nuestro tiempo y el de antes de 1914. En el 2006, sólo un año antes del comienzo de la turbulencia financiera, el mundo crecía a un ritmo mayor que los treinta años anteriores.

La narración oficial es que la economía estadounidense había superado los problemas de las décadas de 1970 y 1980, y se hallaba en una “gran moderación.” China y los supuestos mercados emergentes establecían nuevos cimientos de crecimiento económico mundial. También África era incluida en esta nueva base de expansión capitalista.

En realidad los cimientos expansivos estaban construidos sobre la arena movediza del ritmo acelerado de la especulación financiera y del parasitismo. Como ocurre con víctimas de tuberculosis, el capitalismo amanecía con mejillas rosadas antes del desastre.

La clase gobernante no tienen como escapar, si no con la creación de infinitas cantidades de dinero para mercados financieros aterrados por la posibilidad de que un día se cierre esa llave monetaria. Este proceso conlleva la intensificación de un proceso militarista. Cada potencia busca una solución a costa de sus rivales.

Alimentan los amagues a la guerra el conflicto entre las clases. Los gobiernos tratan de desviar tensiones sociales hacia fuera, y, a la vez, robustecen una máquina policial y militar para resguardar el capitalismo de la venidera explosión social, que resultará de condiciones sociales y desigualdad económica que van de mal en peor.

Hay sólo un camino posible para el proletariado internacional (que produce toda la riqueza económica que podría darle a todos un futuro decente): la construcción de un gran movimiento antiguerra en base a un programa de internacionalismo socialista. La clase obrera debe agarrar la manija de autoridad política y reconstruir la economía para satisfacer las necesidades humanas. No existe ninguna otra manera de resolver la catástrofe contra la humanidad a donde nos lleva el capitalismo global.

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