Ataques terroristas en Europa: Alto precio del intervencionismo occidental

21 enero 2015

Pisando los talones de los ataques terroristas del 7 de enero en París, los departamentos de policía han emprendido una razia de detenciones a través del Europa. Docenas de presuntos militantes islámicos. Se dice que muchos de ellos viajan a, y vuelven de, Siria, donde Estados Unidos y sus aliados conducen una sangrienta guerra civil.

Yendo de un informe a otro en los diarios sobre siniestros planes que ahora han sido frenados, es evidente que la seguridad europea estaba bien al tanto de quien eran los supuestos conspiradores y que han estado siguiendo los movimientos y actividades de ellos.

Los medios de difusión, colaborando en la campaña del Estado de aterrar al pueblo, a propósito ignoran las preguntas más obvias. Por ejemplo, ¿Cómo es que estos individuos viajaban abiertamente a una zona de guerra en el exterior, participaban en la contienda y regresaban, sin que nadie haya hecho, o preguntado, nada?

La respuesta más obvia es que al menos contaban con el visto bueno, el apoyo tácito, del Estado. Nadie los había molestado hasta ahora porque se les consideraba útiles.

A través de casi cuatro años, el gobierno en Washington y sus aliados de Europa occidental (primordialmente Francia) han orquestado políticamente y ayudado a financiar y armar una guerra de golpe de estado en Siria. Han sido su infantería principal combatientes islámicos, como los que llevaron a cabo la matanza carnicera en la revista francesa Charlie Hebdo.

Armas y pertrechos bélicos, combatientes extranjeros y dinero llegan (casi siempre a través de Turquía) a Siria, donde la agencia central de espionaje de Estados Unidos (CIA) estableció un centro secreto para coordinar el proyecto. Muchas de las armas y mucha de la ayuda que reciben estos dizque “rebeldes” sostenidos por el imperialismo vienen de importantes aliados árabes: Arabia Saudita y Qatar.

Los enemigos armados del presidente Sirio Bashar al-Assad forman dos grupos: El Frente Al Nusra, rama de Al Qaeda en Siria, y Estado Islámico de Irak y Siria (E.I.), una escisión que el mismo al Qaeda acusa de excesiva brutalidad.

Jürgen Todenhöfer, periodista germano y primer reportero occidental en viajar a través de las regiones sirias que controla E.I., informó el pasado mes que al menos el setenta por ciento de los combatientes que luchan por derrocar al régimen de Assad vienen de otros países. Se originan en el Medio Oriente, Chechenia, Europa occidental, Norteamérica y otros países. El gobierno estadounidense estima que el número de nuevos combatientes que se integra a las milicias dentro de Siria llega a mil cada mes.

Casi doscientos mil seres humanos han sido muertos en Siria. Los mismos elementos culpables de la balacera en París han conducido a través de los años ataques terroristas, ejecuciones en masa y otros crímenes. En ningún momento, ninguno de los grupos gubernamentales que ahora fomentan las protestas de “Je suis Charlie” protestó jamás, dado que esas sucias operaciones obedecían los intereses del imperialismo occidental.

Pero en el verano pasado aparece E.I. en Irak. La salvaje campaña criminal de hoy choca con la de un periodo anterior. Ocurre una grave crisis. La derrota que le propina E.I. al ejército de Irak es una consecuencia de nueve años de guerra y ocupación militar de Estados Unidos que arrasaron con esa nación, acabaron con la vida de cientos de miles de sus habitantes, convirtieron a millones en refugiados, y crearon un intenso conflicto de sectas entre Chiítas y Sunnis.

El gobierno de Washington y sus socios responden con rapidez a la oportunidad que presenta esta nueva crisis. Organizan un programa de bombardeos en Irak y en Siria. Nuevamente envían a miles de soldados a Irak. Los encargados de la guerra de cambio de régimen en Siria de inmediato evolucionan y se convierten en el blanco de una resucitada “guerra al terror”. Ese es el contexto político en que ocurren el ataque en París y las predicciones de nuevos ataques en otras partes.

Este no es un relato nuevo. Durante más de cincuenta años ha brindado apoyo el imperialismo de Estados Unidos a las fuerzas islámicas. Se trataba de destruir a movimientos nacionalistas no religiosos que o bien querían hacer valer su soberanía sobre los recursos naturales o bien establecer vínculos con la Unión Soviética.

Afganistán es el más notorio ejemplo de esa asociación. La CIA, colaborando de cerca con la agencia de espionaje de Pakistán, financió una guerra de milicias fundamentalistas islámicas (yihadistas) para derrocar al gobierno de Kabul, que contaba con el apoyo soviético. En ese proyecto, el grupo clave fue el que luego se transformaría en al Qaeda.

De eso resulta ahora que los individuos perseguidos más notorios y los sospechosos en esta “guerra al terror” son bien conocidos por la CIA y las otras agencias de espionaje.

Comenzando con los ataques del 11 de septiembre del 2001, donde los principales operadores estaban bien conectados al gobierno de Arabia Saudita, el aliado clave de Estados Unidos en el mundo árabe. Han pasado más de trece años y el gobierno estadounidense sigue rehusándose levantar el secreto oficial que pesa sobre veintiocho páginas de una investigación del congreso sobre los acontecimientos de ese día. Los individuos más esenciales en ese complot estaban bajo observación directa de la CIA, pero entraban y salían de Estados Unidos como se les diera la gana, aun sin las visas apropiadas. Dentro de Estados Unidos se les permitió tomar clases para pilotear aviones comerciales.

También está el caso de Anwar al-Awlaki, clérigo mahometano nacido en Estados Unidos asesinado por un avión drone en Yemen en el 2011. A él se le achacan ahora una sarta de confabulaciones, inclusive darle direcciones a los asesinos de París. Al-Awlaki estaba muy bien vinculado al Estado estadounidense. Fue el primero en dirigir un rezo para los empleados mahometanos del Congreso en el Capitolio en Washington. Meses después del los ataques del once de septiembre, se lo trajo al Pentágono (sede del comando central de las fuerzas armadas de Estados Unidos) para calmar las tensiones entre los mahometanos y el ejército.

Más recientemente está el caso de las explosiones de la Maratón de Boston. Tamerlan Tsarnaev, el sospechoso número uno, no sólo estaba bajo vigilancia por el Bufete de Inteligencia Federal (FBI), también había sido escogido por la FBI como potencial espía suyo en la comunidad mahometana. Tsarnaev, muerto cuatro días después de la explosión, podía ir y venir entre Estados Unidos y el sur de Rusia, reunirse con combatientes yihadistas contra el gobierno ruso. Las autoridades en Moscú le había prevenido al gobierno estadounidense sobre las actividades de Tsarnaev, dos veces.

En cuanto a los pistoleros muertos en París la semana pasada, éstos habían estado vigilados no sólo por los franceses sino por las agencias de espionaje estadounidenses y británicas.

¿Cómo es posible que la misma gente que es vigilada y que está en contacto directo con la policía y con agencias de espionaje pueda cometer una agresión terrorista tras otra? No podemos excluir que fue deliberadamente provocada; no es posible determinar si trampantojos de la CIA ocurrieron o no en alguno o todos de estos casos.

Por lo tanto, surge esta pregunta sobre este y otros atentados: ¿Ocurren porque de veras no se dieron cuenta las autoridades de lo que estaba por pasar o porque se hicieron la vista gorda? permitiendo que personas que bien conoce el Estado lleven a cabo su terrorismo.

Es un embuste, en que los medios de difusión son cómplices, representar a la gente involucrada en crímenes terroristas como individuos misteriosos y desconocidos. El viernes pasado se difundió la noticia de detenciones al por mayor en una serie de razias en París. Ese mismo día, se anunciaron los nuevos planes estadounidenses de financiar y entrenar “rebeldes” sirios. La prensa no se molesta en estudiar la relación entre estos dos acontecimientos.

Luego de los primeros diez años de “guerra al terror”, cuando al Qaeda era pintada de amenaza a la existencia del occidente, grupos ligados a al Qaeda eran empleados como prestanombres de las potencias occidentales en sus guerras de golpe de estado contra gobiernos no religiosos árabes, primero en Libia y después en Siria. Ahora las acciones de estos yihadistas sirven de pretexto para conducir nuevas guerras en otros países y nuevos actos de represión interna.

En última instancia, ataques como el que ocurrió contra Charlie Hebdo, son la consecuencia de décadas de intervenciones imperialistas en el Medio Oriente. El precio de los estragos imperialistas en un país tras otro es una tormenta de violencia que inevitablemente traspasa fronteras nacionales y cuya fuente es las mismas fuerzas que Estados Unidos y sus aliados sostienen y con que trabajan.

Bill Van Auken