Setenta años desde la liberación de Auschwitz

31 enero 2015

El martes 27 de enero, ocurrió en Auschwitz una ceremonia conmemorando setenta años desde la liberación de ese campo de concentración por unidades del ejército soviético (27 de enero de 1945). Tan sólo nombrar este campo de muerte nazi en Polonia despierta la memoria de los más grandes crímenes y horrores del siglo veinte; es símbolo de la barbarie capitalista en su forma más extrema.

Comenzando a principios de 1942 y hasta 1945, trenes de carga traían judíos de las regiones europeas ocupadas por los nazis a los portones de Auschwitz, sobre los cuales se podía leer Arbeit macht frei (El trabajo libera). Más de 1.1 millones de personas fueron matados en Auschwitz, cientos de miles eran enviados a las cámaras de gas apenas llegaban. Hambre, trabajo hasta la muerte, enfermedades (y los salvajes experimentos médicos a manos de gente como Joseph Mengele, el “ángel de la muerte”) mataron a muchisímos otros.

El noventa por ciento de los muertos en Auschwitz fueron judíos, pero también se encarcelaron y mataron a 150,000 polacos (incluyendo prisioneros políticos), 23,000 Romani y Sinti (Gitanos), 15,000 prisioneros de guerra soviéticos, a otras minorías nacionales, testigos de Jehová y homosexuales.

“La solución final al problema judío” (die Endlösung der Judenfrage) era una parte de un gran proyecto, el Generalplan Ost, que tenía por meta hacer realidad reducir la población de Europa Oriental y de la Unión Soviética deportando o matando de hambre unos 30 millones de habitantes. El proyecto también contemplaba arrasar ciudades enteras y la colonización de tierras por alemanes. Al finalizar la guerra, la Unión Soviética había perdido veintisiete millones de habitantes, el 14 por ciento de sus habitantes. Polonia perdió 5.8 millones, el dieciséis por ciento.

Auschwitz y de los crímenes asociados a los nazis fueron criaturas de un gobierno que había llegado al poder con el apoyo de la clase de poder capitalista para acabar con el movimiento obrero socialista y para resolver la crisis del capitalismo germano mediante agresiones armadas y conquistas militares.

Este año se presentaron sólo unos pocos cientos de los escasos sobrevivientes del campo de muerte (muchos de ellos de 90 o más años de edad). De entre ellos hubo declaraciones a la vez conmovedoras y de urgencia, sabiendo que quizás este sería el último aniversario de importancia que atenderían.

Roman Kent, de 85 años de edad, dijo: “Me llena de terror ver que la gente se olvida de lo que era Auschwitz porque yo conozco el infierno que eso causa”. Concluyó su discurso a la ceremonia diciendo: “No deseamos que nuestro pasado se convierta en el futuro de nuestros hijos”.

Adquieren especial resonancia estas palabras porque son pronunciadas en el contexto de nuevas maquinaciones de guerra mundial y de la probabilidad de nuevos históricos crímenes. Fertiliza el terreno a esos crímenes la deliberada falsificación de la historia, cosa que ejemplifican los conatos de convertir este aniversario en una palanca para azuzar el ánimo antirruso, y para más fomentar la “guerra al terror”, en Europa.

Un día antes de la ceremonia, el gobierno de Polonia se esforzó en desairar al gobierno ruso del presidente Vladimir Putin. En contraste extendió una invitación con honores al Presidente Petro Poroshenko, líder del gobierno de Ucrania, régimen sostenido por la alianza bélica europea y estadounidense, OTAN. Grzegorz Schetyna, ministro polaco de relaciones exteriores, respondiendo a una pregunta de una estación de radio de Polonia (sobre si la actitud de Varsovia hacia Putin no había sido mezquina) dijo que la presencia Rusa no venía al caso, ya que Auschwitz había sido liberado por “el primer Frente de Ucrania y los ucranianos”.

Aun personas con poco conocimiento de la historia de Auschwitz saben que fue un grupo de tropas del Ejército Rojo, de la Unión Soviética, el que liberó Auschwitz. Mas de doscientos soldados soviéticos perdieron sus vidas en la batalla para liberar a Auschwitz y al pueblo polaco cercan. El supuesto “Frente de Ucrania” no tiene que ver con la nacionalidad de sus soldados. Tiene que ver con el lugar donde ese grupo había previamente luchado para vencer a la ocupación alemana.

Este grotesco revisionismo histórico es congruente con declaraciones este mes de Arsenly Yatsenyuk, primer ministro de Ucrania, repudiando la “invasión soviética de Ucrania y de Alemania” en la época de la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué decir del actual régimen ucraniano, que ocupó el lugar de honor en la ceremonia? Fue instalado hace casi un año mediante un golpe de estado dirigido por las pandillas fascistas de Svoboda (Unión Pan ucraniana) y el Pravy Sektor (Sector de Derecha), partidos que honran la memoria de la Schutzstaffel (SS nazi) y de los grupos fascistas de Ucrania que colaboraron con el Holocausto.

Incluido entre los jefes de gobierno que fueron a la ceremonia estuvo François Hollande, actual presidente de Francia, que poco después de la balacera contra Charlie Hebdo en París, invitó al palacio presidencial a Marine Le Pen del Front National (FN), que sigue la corriente de los franceses que colaboraron con los nazis en el gobierno de Vichy. Esa acción de parte de Hollande es otra vuelta de tuerca en la rehabilitación del fascismo por los gobiernos europeos.

También estuvo Joachim Glauck, presidente de Alemania, que desde hace tiempo campanea a favor de la restauración del armamentismo germano y del retorno a las mismas medidas imperialistas de las grandes potencias que condujeron a las Primera y Segunda guerras mundiales.

Un aspecto esencial de esta evolución es la revisión de la historia por catedráticos alemanes que minimizan el papel central de Alemania en esas dos guerras, e incluso relativizan los crímenes del Tercer Reich. Ernst Nolte, es principal representante de esa corriente en la literatura histórica alemana, es elevado al rango de los grandes historiadores. En febrero del 2014, Jörg Baberowski (un campeón de Nolte) le dijo a la revista Der Spiegel: “Hitler no fue ningún sicópata; no era despiadado. No toleraba conversaciones en la mesa sobre el exterminio de los judíos”.

Se ha escrito mucho sobre la ausencia de Putin ese martes. Poco dijeron los medios de difusión sobre la decisión del presidente estadounidense Barack Obama de ser representado en la ceremonia por Jack Lew, un poco conocido secretario de Estado. Obama y oficiales militares y de agencias de espionaje viajaron a Arabia Saudita para discutir con la monarquía de ese país el proyecto de guerra en el Medio Oriente después de la muerte del rey Abdullah.

Como en la época que culminó en el fascismo europeo y en la detonación de la Segunda Guerra Mundial, el sistema capitalismo mundial está envuelto en una profunda crisis. Las potencias imperialistas rivales buscan su salvación mediante la agresión militar contra otras naciones y la destrucción de los derechos democráticos de la clases obreras detrás del cerco nacional.

Han pasado setenta años desde la liberación de Auschwitz, que ya no es ningún símbolo abstracto del “mal”. En verdad hoy se erige como un lúgubre presagio, una urgente predicción, de la clase crímenes de que es capaz el capitalismo contra la humanidad.

La clase obrera mundial encara otra vez la dura opción: Socialismo o barbarie. Esta segunda alternativa esta vez eclipsaría los crímenes nazis con una tercera guerra, atómica.

Bill Van Auken