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Setenta y cinco años desde la muerte de León Trotsky

El 21 de agosto de 1940, muere León Trotsky de heridas causadas el día anterior por un agente de la policía secreta de la Unión Soviética (la GPU, Gosudarstvennoye Politicheskoye Upravleniye). Ocurrió la matanza en el entorno de una marea de reacción política sin precedente histórico. Regían gobiernos fascistas en Alemania, Italia, y España. La Segunda Guerra Mundial había comenzado un año antes con la invasión Nazi de Polonia el primero de septiembre de 1939, a sólo días de que se firmara el Pacto Hitler-Stalin. Morirían decenas de millones en ese paroxismo de violencia imperialista. Esa fue la terrible consecuencia del deliberado sabotaje por la social democracia y el estalinismo de las luchas revolucionarias del proletariado en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

La muerte del líder más grande y último sobreviviente de la revolución de octubre 1917 fue la culminación del la campaña de exterminio estalinista de la heroica generación de obreros e intelectuales socialistas que habían completado la victoria de la revolución bolchevique, que habían fundado la Unión Soviética –primer estado obrero en la historia— y que habían planteado a toda la clase obrera mundial el desafío estratégico de barrer con el capitalismo y con el imperialismo.

En el momento en que cae Trotsky, el régimen de terror burocrático de Stalin ya había matado a cientos de miles de revolucionarios en la URRS. Los montajes de los Procesos de Moscú entre 1936 y 1938, que sellaron la suerte de docenas de los principales dirigentes del Partido Bolchevique, fueron sólo la superficie pública de una ola de terror asesino. La saña homicida de Stalin nunca estuvo circunscrita a los veteranos bolcheviques, a quienes consideraba amenaza directa a su gobierno.

La campaña de terror estalinista no fue nada menos que una guerra para destripar toda la cultura soviética –que había sido muy influenciada por el internacionalismo socialista— que creció después de la revolución de octubre. Escritores, músicos, pintores, matemáticos, físicos, biólogos, economistas e ingenieros fueros perseguidos, enviados a bárbaras prisiones, torturados y masacrados. Se ejecutaron en masa a miembros de partidos comunistas de otros países, tan sólo por evidenciar apoyo a Trotsky. Direcciones de muchos de esos partidos fueron liquidadas por completo.

Los crímenes vituperables del régimen estalinista ocurrieron bajo la justificación de la “guerra al trotskismo”. La incesante campaña de odio contra Trotsky, además de develar el obsesivo y vengativo deseo de Stalin contra su intransigente rival político, se debió a lo que Trotsky significaba –por la historia que personificaba y por el programa que defendía— la negación conciente socialista internacionalista del régimen nacionalista burocrático de Stalin.

Muchos académicos de hoy no se cansan de repetir que Trotsky no representaba ningún peligro para el estalinismo. Tales cínicas evaluaciones no tienen ninguna congruencia con investigaciones del archivo personal de Stalin. A pesar de vivir en el exilio, sin nada del andamiaje externo de poder, la existencia de Trotsky asechaba a Stalin. Dmitri Volkogonov, biógrafo de Stalin, describe que éste tenía en su estudio una biblioteca especial dedicada a “casi toda la obra de Trotsky, llenas de rayas, anotaciones y comentarios. Todas las entrevistas o declaraciones de Trotsky a la prensa occidental inmediatamente eran traducidas y enviadas a Stalin”. Sobre el temor que el tirano le tenía a Trotsky, dice Volkogonov:

“Más que nada le dolía a Stalin pensar que Trotsky representaba a todos sus partidarios silenciosos y a los oposicionistas dentro de la URRS. Cuando leía obras de Trotsky, como la “Escuela de falsificación estalinista”, “Carta abierta a los miembros del Partido Bolchevique”, o el “Termidor estalinista”, casi perdía su control el líder”.

Para Stalin el peligro que Trotsky representaba no estaba circunscrito a la oposición en potencia que existía dentro de la Unión Soviética. La lucha de Trotsky por la Cuarta Internacional –es decir, por la restauración de internacionalismo socialista como programa de la clase obrera mundial— era para Stalin la amenaza más peligrosa a la política nacionalista del Kremlin y a los intereses de la burocracia en el poder.

El asesinato de Trotsky de agosto 1940 fue el producto de muchos años de infiltración del movimiento Trotskista internacional en Europa y Estados Unidos por agentes de la GPU. En la etapa inicial, el propósito de los agentes estalinistas fue interferir, con fraccionalismo e intriga, en las actividades de la pequeñas organizaciones trotskistas que conformaban la Oposición de Izquierda (antecesora a la Cuarta Internacional).

Entre los agentes más significativos estaban los hermanos Sobolovecius –Senin y Well— que causaron daño dentro de la sección alemana de la Oposición de Izquierda, socavando así la efectividad política de ella durante los dos años cruciales anteriores a que Hitler tomara en poder en 1933. Después de la catástrofe política alemana, Senin y Well jugaron un papel central y mortífero contra el movimiento trotskista, en Europa y en Estados Unidos.

De todos los agentes de la GPU el más notorio fue Mark Zborowski, quien había emigrado de Polonia e infiltró el movimiento trotskista francés. Con la constante ayuda de su colaboradora, Lola Dallin (quien una vez dijo ser su “hermana siamesa”), Zborowski, cuyo pseudónimo político ere “Etienne”, logró meterse en la dirección de la Cuarta Internacional. Se convirtió en el asistente político de León Sedov, el hijo mayor de Trotsky y líder europeo de la Cuarta Internacional, al que siempre acompañaba. Con la información que consiguió Zborowski Etienne, la GPU pudo robar una valiosa parte del archivo de Trotsky en noviembre 1936, que había sido guardado en secreto en un centro de investigaciones de París. Luego del primer proceso de Moscú, en que tanto Trotsky como Sedov habían sido sentenciados a muerte en ausencia, el Kremlin exigió que sus agentes se dedicaran a hacer cumplir esas penas.

El régimen estalinista usó como pretexto para perseguir a Trotsky, la calumnia que él era un agente del imperialismo, las élites de poder en los países capitalistas dejaron muy en claro de que lado estaban en esa guerra de persecución de parte de Stalin. En Estados Unidos, Walter Duranty, corresponsal de Moscú del diario neoyorquino New York Times dio el sello legitimidad y de integridad al montaje de los procesos de Moscú. Muchísimos intelectuales liberales, interesados en forjar vínculos entre el Partido Comunista Americano y el gobierno de Roosevelt, hicieron todo lo que estaba a su alcance para validar las prepósteras acusaciones contra Trotsky.

Cuando comienza el primer proceso de Moscú en agosto 1936, Trotsky vivía en el exilia en Noruega, un país supuestamente democrático, cuyo gobierno socialdemócrata, ansioso de no ofender a Stalin, impidió que Trotsky develara el montaje. Trotsky y su esposa, Natalia Sedova, son aislados en sus aposentos. Se les prohíbe comunicarse con los medios de difusión y con sus partidarios. El gobierno del Partido Socialdemócrata Noruego en un momento considera devolver a Trotsky a la Unión Soviética. Finalmente, con la ayuda del gran muralista Diego Rivera, el gobierno nacionalista izquierdista mexicano de Lázaro Cárdenas le concede asilo. El revolucionario, envejecido pero vigoroso, llega a México en enero 1937.

De inmediato, Trotsky se dedica a organizar un “contraproceso” con el propósito de refutar las acusaciones de Stalin y de develar el criminal montaje de esos juicios. Existe una película donde Trotsky declara públicamente:

“El proceso de Stalin en mi contra se basa en falsas confesiones, producidas por modernos métodos inquisitorios, en defensa de los intereses de la camarilla en el gobierno. No existen en la historia crímenes más terribles en su propósito y conducción que los procesos de Moscú contra Zinoviev y Kamenev y contra Pyatakov y Radek. ¡Estos procesos no derivan, ni del comunismo, ni del socialismo, sino del estalinismo, ese despotismo, que no rinde cuentas, de la burocracia contra el pueblo entero!”

“¿Cuál es ahora mi deber principal? develar la verdad y demostrar que los verdaderos criminales se esconden detrás de las máscaras de los acusadores”.

El llamado de Trotsky se actualizó en una comisión de investigación, dirigida por John Dewey, célebre filósofo liberal estadounidense. En abril 1937, integrantes de la comisión se trasladan a México y conducen audiencias públicas donde Trotsky responde a todas las preguntas sobre todos los aspectos de sus principios políticos, sus actividades y sus ideas. Declaró durante once días. Los miembros de la comisión luego regresan a Estados Unidos donde presentan su veredicto en diciembre 1937. Declaran que Trotsky no era culpable y repudian a los procesos de Moscú por ser un gran fraude judicial.

Que Trotsky desenmascarara los procesos de Moscú causó que el régimen estalinista acelere sus ataques contra la Cuarta Internacional. En julio 1937, Erwin Wolf, trotskista alemán y uno de los secretarios más hábiles de Trotsky, es raptado mientras cumple con una misión política en España. Es torturado y asesinado. En septiembre 1937, Ignace Reiss, quien había abandonado la GPU, repudiado a Stalin y abrazado la Cuarta Internacional, es atrapado por la policía secreta estalinista y asesinado en Suiza. El entorno de la matanza de Reiss levanta sospechas que se trataba de una traición por un agente dentro del centro en París de la Cuarta Internacional. La sospecha se centra en Mark Zborowski Etienne. Con la ayuda de Lola Dallin, quien le escribía con regularidad a Natalia Sedova en México, representándose a ella y a Zborwoski como camaradas abnegados y asistentes de León Sedov, quedan a la defensiva los que sospechan de la GPU.

Cae enfermo repentinamente León Sedov en febrero 1938. Parece ser un caso rutinario de apendicitis. Se lo transporta a un hospital –la Clínica Mirabeau— que Lola Dallin había escogido. Era un lugar infestado con exilados antibolcheviques y con agentes de la GPU. Zborowski le informó a la GPU de la enfermedad de Sedov y donde se hallaba. Luego de una operación rutinaria, Sedov parece recuperarse pero de repente empeora, cae en el delirio y muere en agonía. Nunca se determinó exactamente de que murió. Todo parece indicar que fue víctima o de una peritonitis por causas médicas premeditadas, o de un envenenamiento. Aunque no se conoce el método utilizado para matarlo a Sedov, no cabe duda “que el hijo de Trosky fue entregado a propósito a los asesinos de la GPU por Zborowski”, en las palabras del veterano trotskista Georges Vereeken (1896-1978).

Luego de morir León Sedov, Zborowski y Dallin enviaron tiernos mensajes de pésame a sus desconsolados padres. No obstante crecían las sospechas contra Zborowski y Dallin. Trotsky trató de crear una comisión de investigación. Se cree que Rudolf Klement, secretario de la Cuarta Internacional, tenía en su persona un llamado de Trotsky para la creación de tal comisión cuando desapareció de su departamento en París en julio de 1938, a seis semanas del congreso que fundó la Cuarta Internacional. El cuerpo decapitado de Klement fue pescado del Río Sena. En un solo año, cuatro de los principales líderes de la Cuarta Internacional habían sido asesinados. En cada uno de esos casos, actuaron los escuadrones de muerte de la GPU en base a la información proveniente de Zborowski Etienne. Con los asesinatos de Sedov y Klement, Zborowski se convierte en el delegado ruso oficial del congreso de fundación de la Cuarta Internacional.

Siguiendo la matanza de sus colaboradores y partidarios más cercanos, se intensifican los esfuerzos para asesinar a Trotsky. En busca de información sobre, y acceso a, Trotsky, la GPU logró implantar una agente en la sede del Socialist Workers Party (SWP) en 1938. Ella fue Sylvia Franklin, joven miembro del Partido Comunista, casada con el agente estalinista Zalmond Franklin. Louis Budenz, editor del periódico estalinista Daily Worker, y también involucrado en el espionaje antitrotskista, puso a Franklin en contacto con uno de los principales agentes de la GPU en Estados Unidos, Gregory Rabinowitz (conocido como “John”), quien la encargó con esa misión. Tomó el nombre de Sylvia Caldwell, y pronto pudo convertirse en secretaria personal de James P. Cannon, secretario nacional del SWP. En ese cargo tuvo a su disposición todas las comunicaciones entre Cannon y Trotsky. Copiaba sistemáticamente documentos en las oficinas de Cannon y se los enviaba a la GPU.

Otro momento crítico en la conspiración contra Trotsky fue cuando Budenz, laborando con Rabinowitz, cuidadosamente actualizó una vieja amistad entre Ruby Weil, miembra del Partido Comunista, con Sylvia Ageloff, que participaba en el movimiento trotskista. Weill fue compañera de Ageloff en un viaje a Europa en 1938, donde introdujo a Ageloff a Ramón Mercader, quien usaba el nombre de “Frank Jacson”, y quien, más adelante, sería el asesino de León Trotsky.

La GPU también metió agentes dentro de la casa de Trotsky en Coyoacán. Años después, en 1956, durante una investigación del senado estadounidense sobre el espionaje soviético, Thomas L. Black, un exagente americano de la GPU, declaró que Rabinowitz lo había escogido para ser parte de la conspiración contra Trotsky; dijo que:

“Primero tenía que viajar a Coyoacán, donde había otros agentes soviéticos en el hogar de Trotsky. Pregunté quienes eran”.

“Me dijo que ya me enteraría cuando llegase el momento”.

Se le preguntó a Black si conocía el propósito de su misión. Contestó: “preparar el asesinato de Trotsky”.

Black nunca viajó a México y no fue parte del asesinato. No obstante, ya existían agentes colocados en Coyacán, y –como confirmaría evidencia subsiguiente— al menos un agente de la GPU dentro del SWP había sido enviado a México desde Nueva York en la primavera de 1940 para participar en la conspiración de asesinato.

Trotsky no ignoraba, y no miraba con indiferencia, los esfuerzos estalinistas para asesinarlo. En noviembre 1937, escribió una “Carta abierta a todas las organizaciones obreras”:

“Nunca jamás ha existido dentro del movimiento obrero un enemigo tan vicioso, peligroso, poderoso, y sin escrúpulos como la camarilla de Stalin y sus agentes internacionales. Descuidar la lucha contra este enemigo equivale a la traición. Sólo diletantes y charlatanes pueden limitarse a manifestaciones patéticas de indignación. No es así con los revolucionarios serios. Se requiere un plan y una organización. Urge crear comisiones especiales para estar al tanto de las maniobras, intrigas y crímenes estalinistas, para prevenir a las organizaciones obreras del peligro agazapado y elaborar los mejores métodos para rechazar y resistir los gángsters de Moscú”.

Ese párrafo rechaza la versión absurda y fraudulenta –que el SWP proclamó después del asesinato— que Trotsky se oponía a discutir, o a precaverse de, los peligros que significaba la GPU contra la Cuarta Internacional. La crónica histórica demuestra que Trotsky intento develar y contrarrestar las actividades de la GPU. Sus esfuerzos fueron frustrados por los agentes que ya ocupaban puestos en la Cuarta Internacional.

A fines de 1938, Alexander Orlov, quien había ocupado una posición de liderazgo en la GPU, abandona la Unión Soviética. Bien conocía Orlov las actividades mortíferas de la GPU contra Cuarta Internacional. No son claros sus motivos, pero Orlov envió un mensaje secreto a Trotsky que menciona un tal “Mark” que era agente de la GPU. Aunque no conocía su apellido, es evidente que se refería a Zborowski Etienne. Trotsky –quien no conocía a Orlov— de inmediato intentó hacer contacto con el desconocido corresponsal. No se sabe bien la razón por la cual no pudo lograrlo.

Meses después, Orlov envió una segunda, más detallada, denuncia de los agentes de la GPU en París. La carta también prevenía a Trotsky que una agente iría a México e intentaría envenenarlo. Poco después, en el verano de 1939, Lola Dallin llega a México. Trotsky la careó con esa carta. Más tarde, declarando ante un comité del senado americano, Dallin dijo que persuadió a Trotsky que esa carta era un engaño de la GPU. “¿Ve como operan?”, le dijo, “quieren que usted rompa con las únicas personas que quedan en Francia, los rusos, digamos, en París”. No obstante el esfuerzo de Dallin para desacreditar el mensaje, Trotsky volvió a intentar ponerse en contacto con su autor anónimo. No lo logró.

Dallin, al regresar a París, de inmediato (según su declaración al senado norteamericano) cauteló a Zborowski de los mensajes que Trotsky había recibido. Esa información neutralizó la exigencia de Trotsky que sus seguidores vigilasen a Zborowski.

En la mañana del 24 de mayo 1940, un grupo de asalto, armado con ametralladoras, dirigido por el pintor y estalinista fanático David Alfaro Siqueiros, pudo entrar a la casa de Trotsky en la Avenida Viena. No necesitó escalar el muro o derribar el portón con explosivos. Robert Sheldon Harte le abrió la puerta. Harte, un estalinista de Nueva York de 25 años de edad había conseguido entrada en el SWP. Dada la indiferencia sobre seguridad de parte del liderazgo del SWP, Harte –cuyos antecedentes personales y políticos eran bien conocidos— pronto fue enviado a ser guardia de Trotsky.

Trotsky y Natalia milagrosamente lograron sobrevivir el ataque, escondiéndose debajo la cama. El asalto develó la total falta de preparación de los guardias de Trotsky. No bien se retira el grupo de asalto, creyendo haber logrado su objetivo, Trotsky es el primero en salir al patio de la casa. Tuvo que buscar a los guardias. Ninguno de ellos había disparado sus armas. Los pocos que intentaron responder no lo pudieron hacer porque sus ametralladoras se atoraron, al parecer por el uso de municiones incorrectas.

Casi de inmediato se comenzó a sospechar, correctamente, del rol de Sheldon Harte. Éste había desaparecido con el grupo de asalto. Testigos en el lugar lo habían visto partir de su propia voluntad. Se descubrió una foto de Stalin en el departamento de Harte en Nueva York. Un diccionario de él tenía la firma de Siqueiros. Varias semanas después del ataque, se descubre el cadáver de Harte. Esos extraños y sospechosos aspectos del comportamiento de Harte, no permitieron que Trotsky categóricamente declarase que el muerto era inocente. Aceptó la posibilidad que Harte había estado envuelto en el conato contra su vida. De todos modos, documentos descubiertos luego de la liquidación de la Unión Soviética, han demostrado sin lugar a duda que Harte sí era agente estalinista. Había sido asesinado porque Siqueiros dudaba que podía confiar en él con información sobre la organización y ejecución del ataque.

Durante las semanas finales de su vida, Trotsky utilizó sus inmensas reservas de energía para develar la máquina de muerte estalinista. Escribió dos importantes documentos sobre el asalto del 24 de mayo: “Stalin quiere mi muerte” (8 de junio, 1940) y “El Comintern y la GPU”. Este último escrito fue escrito el 17 de agosto de 1940, sólo tres días antes de ser asesinado Trotsky.

El 20 de agosto de 1940, poco después de las cinco de la tarde, llega Frank Jacson a la casa de la Avenida Viena. Trotsky había expresado disgusto con Jacson luego de una visita previa, el 17 de agosto. Entre otras cosas, dudaba que Jacson fuera francés. Fuera de su relación con Sylvia Ageloff, se desconocía, y no se había investigado, el interés de Jacson en la Cuarta Internacional.

Nadie prestó atención a las sospechas de Trotsky. Se permitió que Jacson entrara al edificio. Aunque se trataba de un día cálido y de sol, Jacson llevaba un impermeable, donde escondía un hacha de alpinista, un revolver automático, y un puñal grande. Dejando de lado las medidas más elementales de seguridad, Jacson fue admitido para acompañar, solo, a Trotsky en su estudio.

Unos minutos más tarde, mientras Trotsky leía un artículo de Jacson, el asesino le asestó, de atrás, un hachazo. Jacson tenía la expectativa que el golpe a la nuca le causaría la pérdida inmediata de conciencia. Pero Trotsky pegó un grito, se levantó de su silla y luchó contra su asesino. Entraron los guardias, quienes desarmaron a Jacson.

Gradualmente perdió conciencia Trotsky en camino al hospital. Falleció el 21 de agosto de 1940, veintiséis horas después del ataque, dos meses antes de cumplir 61 años.

El asesinato de Trotsky fue un tremendo golpe contra el proletariado internacional. Si fuera posible que algún hombre o mujer haya sido indispensable para la causa del socialismo, sería Trotsky. En él existía una gran experiencia política, sin par. Exceptuando posiblemente a Lenin, no existe ninguna personalidad que haya jugado un papel tan monumental en la historia del siglo XX. Es más, setenta y cinco años después de su muerte, es extraordinario que Trotsky siga siendo una personalidad totalmente contemporánea. Lejos de pertenecer sólo al pasado histórico; es tanto del presente como del pasado. Los escritos de Trotsky, sus conceptos teóricos y políticos, su internacionalismo revolucionario, todavía responden poderosamente a los problemas del mundo en que vivimos. Trotsky sigue siendo el gran portavoz de la misión revolucionaria inconclusa que el siglo XX le ha legado al siglo XXI.

La segunda de dos entrevistas con David North (en inglés) Como y porqué la GPU asesinó a León Trotsky” ocurrirá el 10 de octubre del 2015 entre la 13 horas y las 14.30, hora del este estadounidense. Haz clic aquí para obtener más información.

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