El golpe de Estado en Turquía amenaza a la clase obrera mundial

25 julio 2016

Mientras que el golpe de Estado fallido turco del 15 de julio parece haber sido aplastado después de la muerte de casi 300 personas, el país se mantiene en un estado de extrema inestabilidad política, eclipsado por nuevas amenazas de violencia y represión.

Un corresponsal del World Socialist Web Site informó desde Turquía que el domingo 17 mensajes fueron enviados a los teléfonos celulares animando a la población a volver a las calles y tomar control de las plazas públicas, una admisión evidente de que el peligro no había terminado y el ejército podría renovar su intervención en cualquier momento.

El gobierno del presidente Erdoğan reaccionó al intento de golpe con una brutal represión dictatorial, arrestando a unas 6.000 personas, también deteniendo a miles de oficiales y soldados. El uso de un estadio deportivo para contener a los prisioneros señala la magnitud del rodeo; es un eco perturbador de los hechos sangrientos de Chile en 1973.

Se están emitiendo órdenes de aprehensión contra de miles de jueces y fiscales, que ahora son declarados participantes en un "movimiento terrorista armado.” Además de su promesa de "limpiar" las instituciones estatales de todo sus rivales potenciales, el gobierno de Erdogan ha indicado que pedirá la restauración de la pena de muerte para contra ellos.

El gobierno desató multitudes islamistas por las calles que han infligido una venganza violenta contra los soldados turcos, quienes en muchos casos son reclutas adolescentes. Han ocurrido palizas y linchamientos. Un video difundido en las redes sociales muestra la decapitación de un soldado en el puente Bósforo en Estambul.

Es difícil imaginar, bajo estas circunstancias, que Turquía pueda mantener siquiera una apariencia de formas democráticas de gobierno, o volver a algún estado significativo de estabilidad política.

Las implicaciones de la crisis del golpe son de largo alcance para todo el mundo capitalista. Turquía no es ningún remanso político o económico. Es un país de 75 millones en el cruce de Europa y Asia; es un miembro clave de la alianza imperialista de la OTAN liderada por Estados Unidos y cuenta con el segundo ejército más grande de la OTAN después del mismo Estados Unidos. Es la sexta economía europea. Aunque no es un miembro de la Unión Europea, Turquía está íntimamente integrado a las estructuras económicas y políticas de la UE.

La historia turca está repleta de golpes e intentos de golpe de Estado, pero no había ocurrido algo así en veinte años. En 1960, 1971 y 1980, los militares tomaron el poder en Turquía, como ocurrió en gran parte de América Latina y en Grecia, Indonesia y otros lugares durante el mismo período, con el íntimo respaldo del Pentágono y la CIA.

Si una gran parte de las fuerzas armadas pueden volver a intentar tomar el poder en un país como Turquía, la conclusión inevitable es que la época de los golpes militares ha regresado, no sólo en Turquía, sino a escala mundial. La extrema violencia, inestabilidad y crisis alimentada por veinticinco años de guerras lideradas por Estados Unidos en el Medio Oriente, los Balcanes y en otros lugares se están extendiendo inexorablemente a los centros capitalistas de Europa y a todo el planeta, acompañando a niveles sin precedente de desigualdad social y la agudización de las tensiones geopolíticas y militares.

El hecho de que estas tensiones son la raíz de los actos sangrientos en Estambul y Ankara del fin de semana pasado se manifiesta en las reacciones en EE.UU. y Europa —así como en la propia Turquía— al intento fallido y sus consecuencias.

Suleyman Soylu, el Ministro de Trabajo turco, se atrevió a declarar que "Estados Unidos está detrás del golpe de Estado.” El propio Erdoğan ha atribuido todo el asunto a los seguidores de su antiguo aliado y actual enemigo —el clérigo proestadounidense islámico Fethullah Gülen, quien vive en el exilio en Pensilvania y al parecer goza de la protección del estado estadounidense. Cuando Erdogan denuncia a Gülen, en realidad se refiere a Obama.

En el mejor de los casos fue ambigua la reacción inicial de Washington al golpe. El Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, únicamente expresó los deseos de EE.UU. por "la estabilidad, la paz y la continuidad dentro de Turquía." Sólo cuando se hizo evidente que el golpe estaba fallando se emitió desde la Casa Blanca una declaración indicando su apoyo al "gobierno elegido democráticamente en Turquía."

De manera similar, el gobierno alemán de la canciller Angela Merkel se tomó su tiempo para condenar el golpe de Estado. Desde que se hizo la declaración oficial, los medios de comunicación alemanes y muchos políticos han centrado su fuego contra Erdoğan, advirtiéndole contra las medidas extra constitucionales mientras que dicen casi nada acerca de las consecuencias de un golpe de Estado dentro de un país miembro de la OTAN.

La sospecha de participación de Estados Unidos no es injustificada. Hace sólo tres años, el gobierno de Obama dio su apoyo al golpe militar dirigido por el general Abdel Fattah el Sisi, negándose categorizar como un "golpe de estado” al derrocamiento del presidente de Egipto Mohamed Morsi, que había sido elegido democráticamente. Washington continuó dando ayuda militar mientras que el régimen de el Sisi masacraba, encarcelabas y torturaba a sus oponentes. Luego, en el 2014, junto con Alemania, maquinó el golpe, encabezado por fascistas, para derrocar al gobierno de Ucrania.

Dejando de lado si el intento de golpe en Turquía fue o no sancionado expresamente por los Estados Unidos y Alemania, uno tiene la impresión de que su éxito no hubiera sido mal recibido por Obama y Merkel.

Las tensiones entre Washington y Ankara son más intensas luego de cinco años de guerra civil en Siria, donde hasta ahora el gobierno de Erdoğan ha sido un sostén clave para las milicias islamistas que son las fuerzas aliadas en la guerra coreografiada por Estados Unidos para derrocar al régimen existente. Ankara rechaza con cada vez más inquina el vínculo de Washington con las fuerzas kurdas en Siria. Se teme que los éxitos militares de los kurdos fortalecerán las demandas de autonomía kurda dentro de la propia Turquía.

Con la guerra a sus puertas y a un costo político y económico cada vez mayor para Turquía, el mes pasado Erdoğan se disculpó por la emboscada y el derribo turco de un avión de combate ruso en el 2015. Según los informes el intento de acercamiento con Rusia implica discusiones sobre una solución política en Siria fuera del control del gobierno estadounidense.

Incluso existen informes de que Erdoğan ha amenazado con darle acceso a los aviones de guerra rusos, en lugar de a los aviones estadounidenses, a la base aérea estratégica de Incirlik, donde EE.UU. mantiene su arsenal de armas nucleares más grande en Europa. Se alega que el comandante de la base turca es el líder del golpe y ahora se encuentra detenido.

El periódico británico Telegraph elaboró sobre el crecimiento de las tensiones entre Washington y Ankara en las semanas previas al intento del golpe:

“El señor Erdoğan repentinamente lanza una dramática revolución diplomática en el mes antes del golpe. En rápida sucesión, su gobierno reparó relaciones con Rusia, Egipto e Israel. De la noche a la mañana las críticas de Erdoğan sobre Putin, Sisi y Netanyahu fueron olvidadas. Después, en la víspera del golpe, el nuevo primer ministro de Turquía incluso hablaba de reactivar las relaciones con Siria.

"Al mismo tiempo, las relaciones con los Estados Unidos van de mal en peor. Tomó al Pentágono por sorpresa la decisión del gobierno turco de incluir a los aviones y drones estadounidenses que operan desde su base aérea de Incirlik contra EISL en Siria en la "zona de exclusión aérea" impuesta por Turquía tras el golpe de Estado. Peor aún, le fue cortada la electricidad a la base. Siguió la detención del comandante de la base turca, lo que provocó una oleada de rumores en Turquía diciendo que él era el ‘eslabón humano’ entre los golpistas y el Pentágono. Eso puede ser descartado en el extranjero, pero es un síntoma de lo alienada que se encuentra de su aliado estadounidense la base de apoyo del señor Erdoğan.”

No importa cuales hayan sido las particulares tensiones y conspiraciones que dieron lugar a estos eventos, la cuestión se plantea con claridad: ¿es Turquía el único miembro de la OTAN donde la amenaza de un golpe militar está en el horizonte político? Los acontecimientos recientes sugieren que la cadena se puede haber roto inicialmente en su eslabón más débil, pero lo importante es que la cadena ha sido cortada y la prognosis es universal.

¿Qué hay de Gran Bretaña, donde el Brexit ahora suma a ambos grandes partidos en una profunda crisis que amenaza desmembrar el Reino Unido y toda la Unión Europea? Sólo recientemente, comandantes militares amenazaron con amotinarse en el caso de que Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista, se convierta en primer ministro. Los rivales laboristas de Corbyn, ahora envueltos en un golpe interno del partido para sacarlo, han anunciado estar dispuestos a permitir el uso de armas nucleares en un intento para ganarse el apoyo de los militares.

En Francia, el presidente François Hollande cauteló después de los ataques terroristas en Niza que la prolongación del estado de emergencia en ese país podría poner en peligro su estatus como una república que se basa en las leyes. Aun así extiende los poderes extraordinarios tres meses más, y lanza a los militares a las calles.

Dentro de Estados Unidos, el sistema capitalista bipartidista está en un estado de crisis terminal, con la posibilidad de una victoria electoral para el candidato republicano fascista Donald Trump. La guerra interminable en el extranjero va acompañada inevitablemente por la represión en casa, con la creciente integración de la policía y los militares, llevada a cabo en nombre de la lucha contra el "terrorismo,” pero dirigida contra la creciente oposición y la radicalización de la clase obrera.

Los eventos turcos son un presagio de lo que puede ocurrir en países alrededor del mundo, donde las formas democráticas de gobierno capitalista se hacen insostenibles bajo el peso de una crisis económica mundial, el incesante crecimiento del militarismo y la guerra y, sobre todo, la intensificación de la lucha de clases.

Bill Van Auken