El legado de Obama: Política de identidad al servicio de la guerra

9 agosto 2016

En la Convención Nacional Demócrata, en Filadelfia la noche del miércoles, Barack Obama concluyó su discurso al declararse dispuesto a relevar de su cargo a la candidata del partido y su ex secretaria de Estado, Hillary Clinton. Los reportes del discurso en los medios de comunicación corporativos hicieron referencia a la presentación de Clinton por parte del presidente estadounidense como la continuación y protección de su “legado”.

¿Cuál es el legado de Obama?, se debe preguntar. En los términos políticos más esenciales, consiste en haber tenido éxito en solucionar las divisiones internas sobre la cuestión de la guerra que han plagado al Partido Demócrata durante medio siglo. Su gobierno marca el regreso de los demócratas a sus raíces como el partido principal del imperialismo estadounidense, un estatus que el partido mantuvo durante dos guerras mundiales y la subsecuente Guerra Fría con la Unión Soviética.

Obama, quien logró su victoria electoral gracias a la oposición a la guerra en la población, contará con la dudosa distinción de ser el primer presidente que mantuvo a EE.UU. en guerra a lo largo de dos mandatos completos en el poder.

Continuó las guerras que heredó en Afganistán e Irak; impulsó el derrocamiento en Libia destruyendo el país; llevó a cabo una guerra de cambio de régimen con soldados desplegados en Siria; llevó a cabo ataques en Somalia, Yemen, Pakistán, entre otros.

Con su “pivote a Asia” y acumulación constante de fuerzas estadounidenses y de la OTAN en Europa del Este, Washington se ha encargado de dirigir su poderío militar cada vez más en contra de Rusia y China en una incesante búsqueda por hegemonía global que trae consigo el creciente peligro de una tercera guerra mundial.

El período presidencial de Obama también será recordado por su gran expansión de los ataques con drones, los asesinatos selectivos y sus listas de asesinatos, junto con ataques brutales contra las libertades civiles y la militarización de la policía estadounidense.

Lo que es extraordinario en cara de todo esto es que la guerra ni siquiera fue una cuestión de debate en la Convención Nacional Demócrata en Filadelfia. El silencio sobre este tema fue garantizado por la oposición fraudulenta de Bernie Sanders, quien apoyó públicamente las guerras de Obama y concluyó oficialmente su “revolución política” al apoyar sin crítica a Clinton, la candidata preferida tanto de Wall Street como de los mandos militares y de inteligencia.

Antes de ambas convenciones de los dos partidos principales, hubo muchas comparaciones en los medios de comunicación de este año electoral con el de 1968, con predicciones de que, una vez más, podría haber violencia en las calles.

Indudablemente, la campaña de Trump ha incitado mayor violencia en la política estadounidense, dichas analogías superficiales de la prensa ignoran la cuestión fundamental que incitó la violencia hace 48 años: la oposición popular en masa a la guerra de Vietnam, que terminó destrozando al Partido Demócrata.

El presidente demócrata en ese entonces, Lyndon Johnson, fue incapaz de ser nominado para reelección debido a la hostilidad dentro de su propio partido a la guerra en Vietnam, expresada inicialmente en el apoyo a la candidatura de Eugene McCarthy y luego a la de Robert Kennedy, quien se distanció de Johnson en esta cuestión.

Mientras que el asesinato de Robert Kennedy fue seguido por la candidatura del vicepresidente Hubert Humphrey, un partidario de la guerra, y por la elección de Richard Nixon, Vietnam destrozó los fundamentos ideológicos del antiguo Partido Demócrata, basado en la fórmula sucia del liberalismo de la Guerra Fría, la cual incluía una retórica vacía sobre reformas sociales en el país y un apoyo firme al imperialismo estadounidense en el extranjero.

En 1972, el candidato en contra de la guerra, George McGovern, ganó la nominación y fue derrotado por Nixon. No obstante, el Partido Demócrata se vio obligado a tomar en cuenta la oposición a la guerra en sus cálculos políticos durante décadas después del final de la guerra de Vietnam

Se abrió un abismo ideológico entre los dirigentes del partido dentro del estado y grupos de estrategas en Washington, quienes continuaron siendo pensadores estratégicos del imperialismo estadounidense, y su base política, incluyendo a círculos académicos y sectores de la clase media alta, en donde existía una amplia hostilidad a la guerra.

En elección tras elección, esta separación produjo conflictos internos dentro del partido. Por un lado, los candidatos demócratas se vieron obligados a postularse públicamente como oponentes de la guerra, con el fin de mantener su credibilidad con amplios sectores del electorado del partido. Por otra parte, trataron desesperadamente de mantener su credibilidad con el establecimiento corporativo y militar y de inteligencia, quienes esperaban que los candidatos llevaran a cabo la política exterior con la necesaria crueldad.

Durante el mandato de George W. Bush, se dieron las manifestaciones antibélicas masivas del 2003 y los intentos posteriores por varias fuerzas de seudoizquierda para recanalizar esta oposición de regreso al Partido Demócrata.

Luego, Howard Dean emergió como uno de los candidatos favoritos durante las elecciones presidenciales del 2004, haciendo campaña como representante del “ala democrática del Partido Demócrata” y atrayendo a los opositores de la guerra dentro del partido. Incluso después de que su candidatura fuese descarrilada por los dirigentes del partido y por la prensa, John Kerry, quien había apoyado la guerra, se vio obligado a posicionarse como su oponente, atándose en nudos políticos y dándole la victoria de reelección a Bush.

Por último, en el 2008, la razón decisiva por la que Barack Obama ganó la nominación y Hillary Clinton perdió fue el voto de Clinton en el 2002 para autorizar la guerra de Estados Unidos en Irak.

En la promoción de la candidatura de Obama, su origen racial fue presentado, particularmente por la seudoizquierda, como un tipo de credencial para una política progresiva y antibélica, aun cuando un análisis detallado de su historial político demostró que no era un rival del militarismo. Su familia y sus conexiones profesionales a los aparatos de inteligencia de Estados Unidos, mientras tanto, se mantuvieron fuera de las noticias.

Al contrario de las aclamaciones de la seudoizquierda de su elección como “transformadora”, lo que ha surgido en el transcurso de su gobierno y ha sido facilitado por estas mismas fuerzas políticas, ha sido la utilización de políticas de identidad para fomentar el imperialismo estadounidense.

Esta fórmula fue exhibida plenamente durante la convención en Filadelfia, donde las políticas de identidad—la promoción de raza, género y orientación sexual como las características que definen la vida política y social—fueron directamente incorporada la celebración descarada del militarismo estadounidense.

Obama elaboró cuidadosamente su discurso para integrar esta combinación, como cuando declaró que “nuestro ejército puede verse de la manera que lo hace, con todos los tonos de humanidad forjados en servicio común”, una afirmación que también podría hacerse en nombre de otra fuerza imperialista compuesta supuestamente por voluntarios, la Legión Extranjera Francesa.

Luego, pasó a declarar: “Cuando conseguimos suficientes votos, se logra progreso. Y si lo dudan… pregúntenle al infante de la Marina que sirve con orgullo a su país sin ocultar al marido que ama”.

El ejército estadounidense fue un bastión de la homofobia fanática por mucho tiempo, con más de 114.000 miembros expulsados de manera deshonrosa por este tema entre la Segunda Guerra Mundial y la finalización del programa, “No preguntes, no digas” ( Don’t Ask, Don’t Tell ) en el 2011. La creencia que dejar entrar homosexuales al ejército erosionaría la disciplina había sido un artículo de fe para los mandos militares de Estados Unidos.

Para deshacerse de esta medida, fue central el reconocimiento, tanto dentro de la clase política gobernante como en las capas dirigentes de la jerarquía militar, que resultaría políticamente útil para ganar apoyo en la clase media alta privilegiada que se había identificado con el liberalismo estadounidense.

El mensaje en la convención fue explícito: “Estos son tus tropas. Estas son tus guerras. Se están luchando por tus intereses”.

El gobierno de Obama utilizó las políticas de identidad para suscitar la histeria antirrusa presente en Filadelfia. Orquestaron cuidadosamente campañas alrededor de la banda rusa Pussy Riot y declaraciones que Putin hizo en relación a los homosexuales durante los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi.

En respuesta a la intensa retórica en la convención, el columnista en seguridad del Washington Post escribió un artículo titulado “Clinton ha convertido a los demócratas en el partido antirruso”. Él notó: “En su afán por retratar a Donald Trump como una amenaza peligrosa para la seguridad nacional, la campaña de Clinton ha adoptado una postura severamente antirrusa, lo cual completa un cambio de roles total para los dos partidos principales estadounidenses sobre las relaciones ruso-estadounidenses a las que se ha comprometido Hillary Clinton, si se convierte en presidente”.

La campaña antirrusa se intensificó bruscamente en respuesta al lanzamiento de WikiLeaks de mensajes de correo electrónico del Comité Nacional Demócrata ( Democratic National Committee, DNC ) que exponen la colaboración de la dirección del DNC y la campaña de Clinton en un intento de sabotear la campaña de su rival, Bernie Sanders, y amañar la nominación.

Clinton y sus partidarios han intentado aplacar cualquier discusión de los contenidos condenatorias de estos correos electrónicos al formular su lanzamiento como una cuestión de “seguridad nacional”, con la absurda acusación de que Vladimir Putin fue el verdadero autor de la filtración para alterar las elecciones estadounidenses.

El mismo método, cabe recordar, fue empleado como respuesta a las previas exposiciones de los crímenes del imperialismo estadounidense en el extranjero y el espionaje indiscriminado en casa, con Chelsea Manning, Julian Assange y Edward Snowden asumiendo las consecuencias, en forma de persecuciones, encarcelamiento y exilio.

La oposición a esta implacable represión, así como a la guerra, no fue expresada durante la convención demócrata. No hace falta decir que Clinton apoya estas medidas violentas, ya que participó en ambas.

Reveladoramente, una capa entera política comúnmente conocida como los “neoconservadores”, quienes rompieron con los demócratas en las décadas de 1960 y 1970 y se instalaron en posiciones de liderazgo en los gobiernos de Reagan y Bush, ahora volvieron al Partido Demócrata y han publicado cartas y declaraciones apoyando a Hillary Clinton.

Esta evolución política del Partido Demócrata no es simplemente una cuestión de maquinaciones dentro de la dirección del partido y el aparato estatal. Cuenta con una base social dentro de una capa social privilegiada que se ha movido bruscamente a la derecha, proporcionando un nuevo electorado para la guerra y el imperialismo. La fijación sistemática sobre los temas de raza, género y orientación sexual—deliberadamente opuestos a la de clase—les ha proporcionado un fundamento ideológico clave para este giro reaccionario.

La convención en Filadelfia ha expuesto a un partido orientado directamente a oponerse y confrontarse a la creciente radicalización de la clase obrera estadounidense.

El siguiente período, conforme emerge la lucha de clases con fuerza, experimentará un resurgimiento de la oposición de los trabajadores estadounidenses a la guerra.

El Partido Socialista por la Igualdad es el único partido haciendo una campaña para preparar y darle una expresión política consciente a este desarrollo, luchando por la independencia política de la clase obrera y la construcción de un movimiento internacional de masas contra la guerra sobre la base de un programa socialista revolucionario. Les urgimos a todos nuestros lectores a que apoyen y construyan la campaña presidencial del PSI de Jerry White y Niles Niemuth.

Bill Van Auken