El nombramiento de Stephen Bannon: Una nueva etapa en la crisis de la democracia estadounidense

17 noviembre 2016

El presidente electo de EE.UU., Donald Trump, anunció el 13 de noviembre que nombraría al director del noticiero Breitbart Neis, Stephen Bañón, como su consejero principal y “estratega en jefe”, algo que no generó ninguna oposición significante por parte del Partido Demócrata. La complacencia demócrata y el hecho de que alguien con vínculos directos con varias organizaciones fascistas, racistas y del movimiento de supremacía de la raza blanca vaya a convertirse en la mano derecha del próximo presidente son hechos de suma importancia política.

El ascenso de Trump a la Casa Blanca ya ha dado muestras de un reordenamiento político drástico dentro de la clase gobernante estadounidense. En las palabras del presidente Obama, el resultado electoral fue el producto de un conflicto interno dentro de la clase gobernante. A partir de este choque, se ha determinado una nueva orientación política ultraderechista y fundamentalmente antidemocrática.

Trump nombró a Bannon sabiendo que el Partido Demócrata para nada está interesado en defender ni los más básicos de los derechos democráticos del pueblo estadounidense. Las reacciones desvergonzadas ante su elección de parte de los líderes demócratas le demostraron a Trump que tenía la cancha abierta para construir un gobierno extremadamente reaccionario de la ultraderecha.

El lunes después del nombramiento de Bannon, varios comentarios de Obama en una conferencia de prensa dejaron claro el nivel de indiferencia y complacencia que existen ahora en el Partido Demócrata.

Obama respondió a una pregunta sobre el nombramiento diciendo que “depende de él [Trump] formar su equipo” y que es “importante que lo dejemos tomar sus decisiones”. Luego, Obama mencionó la “conversación cordial” que tuvo con el presidente electo e indicó que los estadounidenses deben “reconciliarse” con la presidencia de Donald Trump. Agregó que su propia tarea era “ayudarle lo más que pueda en ir hacia adelante y construyendo sobre el progreso que hemos logrado”.

La respuesta de los líderes demócratas es aún más infame al tomar en cuenta las circunstancias de la elección de Trump. Por segunda vez en dieciséis años, se definen las elecciones en EE.UU. por el resultado del colegio electoral y no por el voto popular. Antes del robo electoral del año 2000, esto no había sucedido en 112 años. Pero, aun así, los líderes demócratas no han protestado el resultado.

En la conferencia de prensa, Obama no mencionó que Trump perdió el voto popular por alrededor de 2 millones de votos, ni que los dos estados de mayor importancia económica del país votaron contra él por un amplio margen. Tampoco comentó que, al finalizar el conteo, lo más probable es que Trump haya recibido menos votos que el candidato republicano, Mitt Romney, en el 2012, cuando perdió ante Obama. Ni sugirió que, debido a todo esto, el presidente entrante no tiene el mandato popular para llevar a cabo las medidas derechistas que está planeando.

En estos últimos días, Trump comenzó a delinear la trayectoria política que tomará en su gobierno. En una entrevista para el programa “60 minutes” el domingo pasado, prometió detener a “2 millones, podrían incluso ser 3 millones” de inmigrantes. Trump tiene planeado llenar la Corte Suprema con jueces de la extrema derecha que asumirán la tarea de anular el derecho al aborto. Además, Trump dejó abierta la posibilidad de iniciar una investigación criminal contra su ex contendiente demócrata, Hillary Clinton.

A pesar de estas graves amenazas, lo único que le preocupa al Partido Demócrata es tener una “transición ordenada del poder”. ¿Pero una transición hacia dónde?

Trump representa algo nuevo en la política estadounidense; sin embargo, no representa un quiebre con el pasado. A través de su elección, la clase gobernante busca acelerar un proceso que ha estado en marcha por más de un cuarto de siglo: adoptar una orientación cada vez menos democrática.

Tras el colapso de la Unión Soviética, los ideólogos de la burguesía estadounidense proclamaron que había llegado el “fin de la historia”. El capitalismo había triunfado y traería consigo un período de paz y la expansión global de la democracia liberal. Al contrario, le han seguido 25 años de guerra continua, la agudización de la crisis económica mundial, niveles históricos de desigualdad social y la gradual eliminación de las formas democráticas de gobierno más básicas.

En diciembre del año 2000, el World Socialist Web Site escribió antes del fallo Bush v. Gore de la Corte Suprema, el cual detuvo el recuento de votos en Florida y le entregó la presidencia a George W. Bush, que la decisión revelaría “hasta dónde está dispuesta a llegar la clase gobernante estadounidense en romper con las normas tradicionales y constitucionales de la democracia burguesa”. La negativa del Partido Demócrata a detener lo que equivalió a un golpe de Estado— el robo de unas elecciones—demostró que ninguna sección de la clase gobernante estadounidense representaba una defensa de los derechos democráticos.

Todo lo que ha sucedido desde entonces ha confirmado esta conclusión. En menos de un año de haber llegado al poder, el gobierno de Bush se aprovechó de los atentados del 11 de septiembre del 2001 para lanzar una “guerra contra el terrorismo”, funcionando como una justificación política para iniciar interminables guerras en el extranjero y la destrucción de los derechos democráticos dentro de EE.UU.

Obama, por su parte, ha intensificado estos ataques en contra de las formas democráticas de gobierno desde que asumió el poder en el 2008. A través de decretos y acciones ejecutivas, su gobierno reivindicó el poder presidencial para asesinar a ciudadanos estadounidenses sin cargos o juicio. Los torturadores y criminales de guerra del gobierno de Bush quedaron impunes, mientras que presidió una expansión masiva en los aparatos policiales, militares y de inteligencia del Estado.

Muchos de estos procesos que se han mantenido, hasta cierto punto, entre bastidores tomarán una forma mucho más directa bajo Trump. Lo que está emergiendo es una forma de autoritarismo estadounidense—dirigida cada vez más hacia la represión violenta de la lucha obrera.

El nacionalismo económico de Trump, lejos de proveer un ser una alternativa al militarismo, es la antesala de una tercera guerra mundial. Frente a la actual crisis mundial prolongada, la clase gobernante estadounidense necesitará recurrir a métodos cada vez más agresivos para defender su posición hegemónica en el mundo.

Se está intentando minimizar la importancia de lo que está sucediendo. Como un ejemplo de los varios medios de comunicación corruptos que se están adaptando al nuevo régimen ultraderechista, el New York Times, tras hacer campaña para Hillary Clinton, se ha rebajado a disculparse por su cobertura durante las elecciones. Los mismos columnistas que criticaron a cualquiera que no apoyara al Partido Demócrata, ahora aconsejan que es necesario “darle tiempo a Trump” para ver qué hace.

Estas frases somníferas son ejemplos de cobardía y engaño.

La lección fundamental es que la oposición a la guerra, la reacción política y la desigualdad no puede ser desarrollada a través de o en alianza con cualquier facción del Partido Demócrata. Mientras que Trump representa una alianza política entre Wall Street y las organizaciones de tendencia fascista, el Partido Demócrata representa la alianza entre Wall Street y los sectores privilegiados, autocomplacientes y egoístas de la clase media alta.

Los Demócratas le tienen mucho más miedo a una oposición enraizada en la clase obrera que a las diferencias tácticas que tienen con Trump. Estando al tanto del alto grado de oposición popular que existe contra ambos partidos políticos, se encuentran desesperados por evitar que dicha oposición de las masas encuentre una expresión política. Ningún funcionario importante del Partido Demócrata se ha solidarizado con las protestas contra Trump, ni con los manifestantes, ni mucho menos unirse a ellos.

A pesar de que el triunfo electoral de Trump marca un giro importante hacia la derecha por parte de la clase gobernante, millones de trabajadores y jóvenes se están orientando en una dirección política completamente diferente. En condiciones en las que existe una hostilidad generalizada en contra de la clase política y el sistema electoral, Trump pudo aprovecharse del enojo social gracias a la bancarrota política del Partido Demócrata. La gran mayoría de quienes votaron por Trump no votaron a favor de un régimen fascista. Además, conforme se cristaliza la forma que va a tomar su gobierno, está quedando claro que la oposición social y política que lo llevó al poder se multiplicará en contra de este.

El Partido Socialista por la Igualdad y sus candidatos, Jerry White y Niles Niemuth, participaron en las elecciones del 2016 con el fin de sentar las bases políticas para un movimiento socialista y obrero. El propósito principal de nuestra campaña fue la construcción de una dirección política en la clase obrera que esté preparada para las luchas que se aproximan, sin importar si un Trump o una Clinton llegaban a la Casa Blanca.

La victoria electoral de Trump pone de relieve la urgencia de realizar esta tarea. En definitiva, es imprescindible desarrollar y organizar una oposición de masas al gobierno y las políticas de Trump. Le hacemos un llamado a todos los trabajadores y jóvenes a sacar las conclusiones necesarias de las elecciones del 2016 y a unirse y construir el Partido Socialista por la Igualdad y su organización juvenil, los Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la igualdad social (IYSSE, por sus siglas en inglés).

Joe Kishore