Las cuestiones políticas sobre la campaña para el recuento de votos en EE.UU.

1 diciembre 2016

La crisis política desatada por la campaña para recontar todos los votos en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania—tres estados que fueron claves en la victoria de Donald Trump—se está profundizando. A tres semanas de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, dicha iniciativa coincide con el continuo crecimiento de la ventaja en el voto popular de Hillary Clinton sobre Trump, llegando a más de 2,2 millones. No existe ningún precedente de un margen tan abultado a favor de un candidato que haya perdido el voto del Colegio Electoral y, por ende, las elecciones.

Jill Stein, la candidata presidencial del Partido Verde, fue quien inicio la campaña para el recuento la semana pasada, después de un comunicado de prensa con el profesor y experto en seguridad cibernética de la Universidad de Michigan, J. Alex Halderman. Utilizando una argumentación sin principios y derechista, dirigida para legitimar el recuento ante el Partido Demócrata y la campaña de Clinton—que no planeaba disputar el resultado—Halderman indicó que su equipo encontró pruebas convincentes de que las máquinas de votación electrónica en estos tres estados fueron manipuladas por Rusia, lo cual repitió en una declaración jurada en apoyo a la solicitud de Stein de recontar todos los votos en Wisconsin.

La campaña de Clinton anunció el sábado siguiente que participaría en la iniciativa de Stein. Trump, por su parte, no sólo denuncio el recuento, sino que hizo la acusación completamente infundada de que él habría ganado el voto popular si se descontaran los “millones” de votos ilegales que fueron a Clinton.

Esta solicitud es una respuesta política legítima ante la estrecha ventaja reportada a favor de Trump en esos estados claves (de 22.000 en Wisconsin, 10.000 en Michigan y 68.000 en Pennsylvania).

Sin embargo, más allá de las cuestiones técnicas, esta campaña para el recuento de la votación ha expuesto fisuras políticas dentro de la élite gobernante, ha complicado más los esfuerzos para un traspaso de poderes sin contratiempos y ha profundizado la crisis y el descontento popular que se han venido desarrollando desde el día del balotaje.

La respuesta del gobierno de Obama expuso su indiferencia hacia los principios democráticos más básicos. Un alto funcionario de la Casa Blanca, según el New York Times, defendió la “integridad total de la infraestructura electoral” del país, cuyos resultados “reflejan de forma precisa la voluntad del pueblo estadounidense”.

Esto es obviamente falso. La elección de Trump no representa la “voluntad del pueblo”. Perdió el voto popular por un margen considerable y, por otra parte, su campaña estuvo basada en mentiras demagógicas que lo retrataban como el defensor de la clase obrera.

Al Partido Demócrata le preocupa más la oposición social que podría provocar que sus diferencias tácticas con los republicanos y Trump. En los elementos más fundamentales de las políticas de clase, ambos partidos se encuentran “en el mismo equipo”, como lo expresó Obama.

En lugar de denunciar el carácter antidemocrático de todo el proceso electoral, el Partido Verde busca justificar su iniciativa acusando a Rusia por manipular la votación. En vez de orientarse hacia la conciencia democrática del electorado, los verdes—algo típico en los partidos de la burguesía—emplean argumentos reaccionarios alineados con los intereses de la clase gobernante. Al final de cuentas, los verdes están indicando que sus esfuerzos y las contribuciones que piden no son para que Trump no se robe la elección, sino para impedir que Putin interfiera en la política estadounidense.

Dentro de esta lógica del Partido Verde, existe la premisa de que una victoria de Clinton le ahorraría al pueblo estadounidense todo el malestar que ocasionaría una administración Trump. Stein no ha contradicho este punto. Se trata de un engaño político que intenta retratar a Trump como una figura aterradora y ajena a las tradiciones de la democracia estadounidense.

Los verdes dejan de lado que lo que hemos visto en las elecciones del 2016, en términos objetivos, es la expresión y el resultado de una sociedad estadounidense sumida en crisis. A pesar de haber perdido el voto popular, Trump obtuvo 62 millones de votos. Esta es una condena devastadora para todo lo que representa el Partido Demócrata y el gobierno de Obama. ¿A qué niveles ha llegado la disfunción y el malestar social para que millones de personas, incluyendo a millones de trabajadores, le dieran su voto a este charlatán reaccionario?

¿De qué forma solucionaría Clinton la crisis económica, política y social que le dio el empuje político a Trump? Este resultado electoral es producto de 25 años de guerra interminable, 15 años de la “guerra contra el terrorismo”, acompañados por niveles históricos de desigualdad social y ataques en contra de los derechos democráticos. Clinton prometió continuar estas políticas que Obama expandió durante sus ocho años en la Casa Blanca.

Los verdes, lejos de representar una alternativa, se han establecido como los defensores más consecuentes del Partido Demócrata. Con el respaldo de varias organizaciones que operan alrededor del Partido Demócrata, Jill Stein ha buscado convertir su partido en un instrumento político de la clase gobernante para contener y sofocar toda oposición social.

En esta crisis histórica del sistema capitalista, la clase obrera debe avanzar su propia perspectiva y no dejarse acorralar por una u otra facción de la burguesía.

Sea cual fuere el resultado del recuento, estas elecciones dieron inicio a un nuevo período de convulsiones políticas dentro de Estados Unidos y más allá de sus fronteras. En el caso muy improbable de que se inviertan los resultados en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania, lo cual técnicamente le daría la victoria a Clinton, ¿quién podría imaginarse que Trump y sus partidarios cedan la victoria?

No existe ninguna receta fácil para solucionar la crisis del capitalismo estadounidense y mundial. La cuestión más urgente para la clase obrera y la juventud es que rompan con todo el aparato político de la clase gobernante y avancen una respuesta independiente basada en un programa socialista, internacionalista y revolucionario. Instamos a nuestros lectores y seguidores a sacar las conclusiones políticas necesarias de las elecciones estadounidenses y a unirse al Partido Socialista por la Igualdad.

Joseph Kishore y David North