La tercera semana de Trump: Crisis de gobierno burgués y dictadura

11 febrero 2017

Tres acontecimientos insólitos en los últimos días han expuesto el colapso de las formas democráticas de gobierno en Estados Unidos.

El lunes pasado, Trump pronunció un discurso político en la Base MacDill de la Fuerza Aérea en Tampa, estado de Florida, donde atacó a los medios de comunicación e insinuó que, al no reportar ataques terroristas, están ayudándole al enemigo. “Tienen sus razones y ustedes entienden eso”, Trump les dijo a los militares. Luego agregó que, en relación con el veto a viajantes musulmanes, “necesitamos programas fuertes” para mantener afuera a “las personas que quieren destruirnos y destruir nuestro país.”

Luego, el miércoles, Trump dio un discurso frente a una organización policial, la Asociación de Jefes de Ciudades Principales (Major Cities Chiefs Association), atacando fuertemente al poder judicial. Esto se dio en vísperas de que un panel de tres jueces del Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito anunciara su decisión en cuanto al veto a viajantes.

“Necesitamos seguridad en nuestro país”, manifestó Trump a la policía. “Y tenemos que darles las armas que ustedes necesitan. Y ésta [el decreto de inmigración] es un arma que necesitan. Y ellos [los tribunales] están tratando de quitársela a ustedes, puede que sea por política o por puntos de vista políticos. No podemos dejar que esto suceda.”

Este fue un llamado del presidente de EE.UU. a la policía a oponerse o desafiar una sentencia desfavorable de las cortes. Luego, enfatizó el mensaje: “Una de las razones por las que quedé electo fue por cuestiones de ley, orden y seguridad... Y están arrebatándoles sus armas una por una, eso es lo que están haciendo.”

El martes por la noche, entre los dos discursos, los republicanos en el Senado tomaron el paso extraordinario de silenciar un discurso de la senadora demócrata, Elizabeth Warren, en contra de la candidatura del senador republicano, Jeff Sessions, para fiscal general, el puesto más alto en la aplicación de leyes del país.

Warren estaba leyendo una carta enviada por Coretta Scott King, la viuda del Dr. Martin Luther King Jr., al Comité Judicial del Senado en 1986, expresando su oposición a la nominación de Sessions para una judicatura federal. Los senadores republicanos interrumpieron a Warren, invocando una regla difusa que prohíbe a senadores atribuirles a otros senadores “ninguna conducta o motivo indigno o impropio de un senador”. Se le solicitó a Warren dejar de hablar y volver a su asiento.

La invocación de este reglamento amordazador tiene hasta cierto punto un paralelo en la regla establecida en el Congreso antes de la Guerra Civil, la cual prohibía hablar sobre esclavitud en las cámaras legislativas porque el tema era demasiado explosivo.

Cada uno de estos acontecimientos en la última semana es una indicación de la ruptura violenta de los componentes más básicos de la democracia burguesa. El primer discurso cargó contra la prensa, protegida por la Primera Enmienda de la Constitución; el segundo fue un ataque contra el poder judicial, uno de los tres poderes “coiguales” del gobierno, según la Constitución; y la tercera acción fue un intento directo de obviar una discusión en el Congreso.

La respuesta del Partido Demócrata a este proceso ha sido significativa. Cuando se le exigió a Warren volver a su asiento, ella lo hizo y ningún demócrata intentó de forma seria bloquear el silenciamiento. La sesión continuó durante el resto del día miércoles, culminando en una votación de 52 a 47 que confirmó a Sessions como el próximo fiscal general.

En cuanto a los discursos de Trump frente a las fuerzas armadas y la policía, les han restado importancia o ignorado, encubriendo sus implicaciones amenazantes.

Sí hay divisiones políticas importantes dentro de la clase gobernante, pero están centradas en temas de política exterior. Mientras que los demócratas, incluyendo a Warren, han asumido posturas simbólicas de oposición ante algunos de los nombramientos ultraderechistas de Trump, no han hecho nada para impedir que sean aprobados.

Lo que sí han hecho, y de forma implacable, es buscar demonizar a Rusia y denunciar a Trump por ser demasiado cercano al presidente ruso, Vladimir Putin. Este ha sido su principal punto de ataque contra el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

Los demócratas representan a facciones del aparato militar y de inteligencia que apoyaron la candidatura de Hillary Clinton en parte por el temor que Trump abandone la postura agresiva de Washington contra Rusia. Por ahora, la nueva administración está enfocando sus intimidaciones belicistas en China e Irán.

A pesar de que el blanco inmediato de los amedrentamientos de Trump sean sus críticos dentro de la élite política, el blanco principal es la clase obrera. Los métodos que están siendo preparados para reprimir a los trabajadores son mucho más violentos. Su discurso del miércoles fue una promesa que soltará todas las amarras sobre el uso de la fuerza por parte de la policía. “Mi mensaje hoy es que tienen a un verdadero, muy verdadero amigo en la Casa Blanca”, proclamó. “Apoyo a nuestra policía. Apoyo a nuestros sheriffs. Y apoyamos a los hombres y mujeres de las fuerzas policiales.”

El gobierno de Trump es la expresión de la dictadura de la oligarquía estadounidense en su forma más despiadada. Su gabinete, repleto de multimillonarios y militares, está decidido a expandir radicalmente su poderío militar para una guerra de gran proporción, mientras intensifica la contrarrevolución social dentro de Estados Unidos. Estos procesos implican recortes en salud y educación pública, además de la eliminación de todas las restricciones a la acumulación de ganancias corporativas. Para implementar este programa, deberán desechar hasta las formas democráticas más básicas de gobierno.

Este gobierno no es ninguna clase de aberración en una sociedad generalmente sana. Más bien, es la culminación de una larga crisis de la democracia estadounidense. En las elecciones presidenciales del 2000, cuando la Corte Suprema intervino para detener el recuento de votos en Florida y le entregó la presidencia a George W. Bush, el World Socialist Web Site señaló que la decisión de la corte y la ausencia de cualquier oposición seria de parte de los demócratas demostró la ausencia de un grupo dentro de la clase gobernante que se alzara por la defensa de los derechos democráticos.

Los últimos dieciséis años han confirmado este análisis. Bajo Bush, los ataques del 11 de septiembre del 2001 fueron utilizados para proclamar la “guerra contra el terrorismo” y justificar guerras interminables en el extranjero y ataques de gran alcance contra los derechos democráticos en EE.UU. Lejos de revertir estos procesos, Obama los expandió, incluyendo la proclamación del derecho del poder ejecutivo de ordenar el asesinato extrajudicial de ciudadanos estadounidenses.

Ahora, con la toma de poderes de Donald Trump, están siendo preparadas medidas que serán explícitamente dictatoriales.

Toda situación revolucionaria surge a raíz de un colapso violento de las formas tradicionales de gobierno. Ya no es posible para la burguesía gobernar como lo hacía antes, como tampoco es posible para la clase obrera continuar viviendo del antiguo modo. Estas dos condiciones no sólo están presentes, sino que ya están muy avanzadas.

La cuestión estratégica central es la construcción de una dirección revolucionaria e independiente en la clase obrera que se oponga a todos los representantes políticos de la clase gobernante y que aúne los esfuerzos por defender los derechos democráticos con las luchas contra la guerra, le desigualdad y el sistema capitalista.

Joseph Kishore