El redoble de tambores en EE.UU. ante prueba de misil norcoreano

15 febrero 2017

En menos de un mes de la presidencia de Trump, Corea del Norte se está convirtiendo en un punto álgido después de que el régimen de Pyongyang probara un nuevo misil balístico de alcance intermedio el domingo pasado. La prueba ha tenido lugar en medio de las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, el único aliado norcoreano, por cuestiones de comercio, política monetaria, relaciones con Taiwán y las disputas territoriales en los mares de China Meridional y Oriental.

El lanzamiento provocó la condena inmediata del primer ministro japonés, Shinzo Abe, quien estaba de visita en el resort Mar-a-Lago del presidente Trump en Florida. En una conferencia de prensa conjunta la noche del domingo, Abe manifestó que la prueba era “absolutamente intolerable.” Por su parte, Trump declaró que EE.UU. está “cien por ciento con Japón, su gran aliado.” El gobierno norteamericano, el japonés y el surcoreano han pedido una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para discutir sobre las acciones de Corea del Norte.

Importantes sectores de la prensa y de la élite política instaron a Trump a tomar medidas más agresivas contra Corea del Norte. Una gran parte de los medios interpretó el lanzamiento como una prueba importante para la nueva administración, con encabezados como “El primer misil balístico de Corea del Norte, retando a Trump” (New York Times), “Lanzamiento de misil norcoreano pone a prueba a Trump” (Wall Street Journal) y “Las ambiciones nucleares norcoreanas serán tema decisivo para Trump” (Bloomberg).

La atención en Corea del Norte, que realizó 24 lanzamientos de misiles y dos pruebas nucleares el año pasado, refleja las discusiones y roces dentro de los círculos de política exterior y los mandos militares en EE.UU. durante los últimos seis meses. Una preocupación principal es que Corea del Norte logre desarrollar un misil balístico intercontinental capaz de alcanzar con un ataque nuclear al continente americano.

El presidente Obama, tras quedar electo Donald Trump, le sugirió a éste poner a Corea del Norte en el tope de su agenda de seguridad. La política de Obama hacia Corea del Norte, conocida como “paciencia estratégica”—la imposición de sanciones punitivas y presiones sobre China para que fuerce a Pyongyang a desnuclearizarse—ha sido fuertemente criticada como ineficaz.

Trump ha reaccionado beligerantemente hacia Corea del Norte. Cuando el líder norcoreano, Kim Jong-un anunció a principios del año que probaría un misil balístico intercontinental, Trump escribió en Twitter, “Eso no va a pasar,” y cargó contra China por no poner a su aliado en línea.

El lunes pasado, durante una conferencia de prensa con el primer ministro canadiense, Trump declaró que se encargaría de Corea del Norte “con gran fuerza,” describiendo al país como un “muy grande problema grande.” Su gobierno está llevando a cabo una reevaluación de la política estadounidense hacia Pyongyang. Dado el fervor militarista de Trump, el nuevo abordaje probablemente consistirá de un uso de fuerza más amenazante y provocador, junto con esfuerzos para desestabilizar al régimen de Pyongyang.

Las acciones de Estados Unidos contra Corea del Norte también estarán dirigidas contra China. Sirviéndose del “pivote hacia Asia” en confrontación a China del gobierno de Obama, Trump ha dejado claro que considera a China la principal amenaza al dominio de Estados Unidos en Asia y alrededor del mundo.

La preocupación de la burguesía estadounidense es que se esté agotando el tiempo para contrarrestar el declive histórico de los Estados Unidos y el ascenso de China. Escribiendo en la edición de enero/febrero de la revista National Interest, el exfuncionario bajo Bush, Evan Feigenbaum, declaró que Trump tendrá que enfrentar “un desafío más difícil con Beijing que sus ocho predecesores,” desde el reacercamiento de Nixon con Beijing en 1972.

“China ahora tiene un mayor peso, es más influyente en todo el mundo, más capaz de resistir o responder ante las presiones de Estados Unidos y tiene más herramientas de control económico y poder militar que nunca antes. Esto significa que Washington necesita pasar de ser reactivo a ser activista en su postura hacia China y Asia”, aconsejó.

Al llegar a la Casa Blanca, Trump no tardó en irse a la ofensiva contra Beijing, amenazando con imponer medidas propias de una guerra comercial, con abandonar la política central de las relaciones entre los dos países de “Una sola China y reafirmando que EE.UU. respaldaría a Japón en una guerra con China por las islas en el mar de China Oriental. El secretario de Estado, Rex Tillerson, ha declarado que Estados Unidos le bloquearía a China el acceso a sus islotes en el mar de China Meridional, una medida que constituiría un acto de guerra.

El secretario de Defensa, James Mattis, le advirtió ominosamente a Pyongyang que, ante el uso de armas nucleares contra EE.UU. o alguno de sus aliados, “la respuesta sería eficaz y abrumadora.” Esta declaración no sólo subraya la vasta superioridad militar estadounidense, que podría hacer desaparecer al régimen norcoreano junto con toda su capacidad militar e industrial, sino que también la predisposición de Washington a provocar una desastrosa guerra que atraería a otras potencias, particularmente a China.

La reacción del régimen ultranacionalista y autocrático norcoreano ante las amenazas estadounidenses es completamente reaccionaria. Por un lado, Pyongyang le suplica al imperialismo estadounidense poner fin a su largo aislamiento y bloqueo económico para integrar al país como una fuente de mano de obra barata en la economía mundial. Por otra parte, su belicismo y aspiraciones nucleares sólo aumentan el peligro de guerra y separan más a la clase obrera en Corea del Norte de sus hermanos y hermanas de clase en Corea del Sur, Japón, Estados Unidos y alrededor del mundo.

Asimismo, el régimen del Partido Comunista Chino (PCCh) busca maniobrar entre un acuerdo con Washington y una gran expansión militar para demostrar su poder. El PCCh no representa la clase obrera, sino a la oligarquía china que ha surgido a raíz de la restauración capitalista desde 1978.

En respuesta a la escalada militar de Estados Unidos en Asia, China ha convertido a algunos de sus islotes en el mar de China Meridional en potenciales bases militares y ha llevado a cabo varios ejercicios militares tan grandes como los del propio Pentágono. Además, China continúa teniendo roces con el ejército y los guardacostas japoneses alrededor de las disputadas islas Senkaku/Diaoyu. Por otra parte, mientras que expresa preocupación acerca de la posibilidad de que una Corea del Norte con armas nucleares incite una carrera armamentista en el noreste asiático, Beijing ha hecho poco para frenar a Pyongyang.

El panorama se torna aun más peligroso e impredecible con la llegada de Trump al poder, cuyo gobierno ya se encuentra sumido en disputas internas sobre política exterior—una expresión de la profunda crisis de la clase gobernante estadounidense dentro del país y en el extranjero. Con el recrudecimiento de la oposición a sus reaccionarias políticas domésticas, la demagogia de “EE.UU. ante todo” empleada por Trump pretende dirigir hacia fuera las tensiones sociales, contra un enemigo externo, agravando el peligro que un incidente relativamente menor desencadene una guerra de proporciones mayores.

El peligro de otra guerra mundial sólo puede ser enfrentado tras reconocer sus raíces en la crisis insoluble del sistema capitalista. Como en la década de 1930, dicha crisis profundiza los antagonismos nacionales y alimenta el militarismo. Sólo una revolución socialista puede hacerle frente a la crisis y la guerra, a la vez que la única fuerza capaz de llevar a cabo esta tarea es la clase obrera internacional, movilizándose contra las élites gobernantes imperialistas y los reaccionarios regímenes burgueses como los de Pyongyang y Beijing.

Peter Symonds