El movimiento popular contra Trump contra la cacería de brujas antirrusa de la prensa

20 febrero 2017

La extraordinaria rueda de prensa de Donald Trump fue seguida por un recrudecimiento del conflicto entre el ultraderechista presidente de Estados Unidos y una sección poderosa del aparato militar y de inteligencia. La prensa corporativa, el Partido Demócrata y parte del Republicano han servido como portavoces para la CIA.

Ninguna facción es progresista en esta disputa, centrada en cuestiones de política exterior y guerra. Trump es un representante de la oligarquía financiera, llenando su gobierno de CEOs, multimillonarios, exgenerales, agitadores ultrareaccionarios y fascistas. Sus opositores en la élite política y la prensa son también sumamente reaccionarios. Sus preocupaciones no corresponden a ningún principio democrático, sino al temor de que Trump abandone la política militarista contra Rusia, la cual es apoyada por las agencias de inteligencia y fue implementada por el gobierno anterior.

El viernes pasado, Trump continuó sus denuncias contra los medios de comunicación, declarando vía Twitter que, “la prensa… no es mi enemiga, ¡es la enemiga del pueblo estadounidense!”. Destacó al New York Times, a CNN y a las principales cadenas noticieras.

Los medios de comunicación, por su parte, intensificaron su campaña contra el nuevo presidente, acusándolo de ser un aliado y hasta agente del presidente ruso, Vladimir Putin. La lógica de esta operación propia del macartismo es irse a la guerra. La demonización de Putin, como lo hizo la prensa contra Noriega, Milosevic, Saddam Hussein, Gadafi y Assad, es para preparar al público en general para una agresión militar, esta vez contra la segunda potencia nuclear del mundo.

Como parte de su contraofensiva reaccionaria, Trump terminó diciendo algo cierto en la conferencia de prensa al llamar a los medios de comunicación mentirosos y conductos en los siniestros planes de las agencias de inteligencia.

El diario New York Times, que se ha convertido en un órgano de facto del Partido Demócrata, ha sido uno de los protagonistas en este aluvión de propaganda. El editorial principal y cuatro de los siete artículos de opinión publicados el viernes se dedicaron a retratar a Trump como un agente ruso.

Su editorial, “Traigan al fiscal especial” (Bring On the Special Prosecutor), es un ejemplo clásico del periodismo amarillista y la difamación. Utilizando el antiguo método de afirmar algo sin fundamentos como un hecho indiscutible, el artículo señala, “la cuestión no es si los lazos entre el gobierno de Trump y el ruso deben ser investigados...”

¿Cuáles lazos? Ningún vínculo ha sido comprobado, definitivamente no por el Times. Pero esto no detiene el periódico de escribir estas acusaciones como si fuesen hechos incontrovertibles.

Más adelante, el editorial se refiere a “noticias de que miembros de la cúpula de la campaña de Trump estuvieron en contacto varias veces con agentes de inteligencia rusos el año pasado...”. Sin embargo, dichas “noticias” consisten en su propio artículo en la primera plana del martes anterior, el cual no contiene ninguna evidencia al respecto. En cambio, el primer artículo se apoya en las afirmaciones hechas por “cuatro oficiales estadounidenses activos y retirados”, todos de ellos anónimos.

El Times hasta se sintió obligado de condicionar lo que escribía, como reconocer que “varios de los socios del señor Trump... han hecho negocios en Rusia”, donde “no es inusual que los empresarios estadounidenses se pongan en contacto con funcionarios de inteligencia extranjeros, a veces sin saberlo”.

Estos “hechos” llevan al editorial a concluir que “la inexplicada filiación del señor Trump a ese país [Rusia] y a su matón de presidente, Vladimir Putin”, es una “gran preocupación”.

Este es el modus operandi del macartismo. Al periódico no le concierne la verdad, sino las demandas del imperialismo norteamericano en cuanto a la campaña contra Rusia.

El editorial principal estuvo acompañado de otro artículo caracterizado por una histeria derechista contra Trump, escrito por el economista de “izquierda” y apologista de Obama y Clinton, Paul Krugman. Bajo el título “El silencio de las filtraciones” (The Silence of the Hacks), Krugman declara, “Un dictador extranjero intervino a favor de un candidato presidencial en Estados Unidos, y ese candidato ganó”. Más adelante, escribe que ciertos “colaboradores del nuevo presidente estuvieron en contacto con agentes de espionaje del dictador durante la campaña” y que “el Presidente se ha visto extrañamente solícito a los intereses del dictador”.

La descripción de Putin como un “dictador” es falsa. Él es un representante nacionalista de derecha y autoritario de la oligarquía rusa. Sin embargo, ha ganado varias elecciones, capitalizando la hostilidad que existe hacia las agresiones estadounidenses en Europa del Este. El uso de esta clase de lenguaje, como “dictador” y, en el editorial, “matón”, busca fabricar la justificación ideológica para otra guerra de cambio de régimen.

Putin es el producto de la restauración del capitalismo en Rusia—un proceso apoyado con entusiasmo por el Times y la clase gobernante estadounidense—cuyas consecuencias han sido desastrosas para la clase obrera rusa. En 1993, el Times apenas pudo ocultar su exaltación cuando Borís Yeltsin bombardeó el Parlamento ruso, matando hasta a 2.000 personas. En ese entonces, no expresaron ninguna inquietud sobre cuestiones democráticas ya que Yeltsin era considerado el mejor vehículo para la implementación de la “terapia de choque” que desmantelaría la industria nacionalizada y los programas de asistencia social.

Esta historia no le interesa a Paul “McCarthy” Krugman, cuyos sentimientos belicistas quedan expuestos en sus críticas de Trump, como cuando escribe, “[N]ada de lo que [Trump] ha hecho desde la inauguración disminuye los temores de que él sea, en efecto, una marioneta de Putin. ¿Cómo puede un líder bajo tales circunstancias enviar soldados estadounidenses a morir?”.

Ni en el Times ni en ningún otro medio de noticias se ha siquiera sugerido que las declaraciones anónimas de los agentes de inteligencia deberían ser tomadas con cautela. Es como si las mentiras de la CIA sobre las armas de destrucción masiva en Irak (que el mismo Times promovió) nunca tuvieron lugar.

Krugman es un ejemplo de la corrupción intelectual, política y moral que prevalece entre los intelectuales liberales de izquierda. Los estratos sociales privilegiados por los que Krugman habla han visto sus ingresos aumentar continuamente junto con la bolsa de valores, mientras que los ingresos de los trabajadores se han derrumbado. Se han convertido en defensores abiertos del imperialismo, el Estado capitalista y la CIA. Toda la “izquierda” oficial, desde Michael Moore, quien llamó a Trump un “traidor ruso”, a Bernie Sanders y Elizabeth Warren, quienes han hecho sus propias declaraciones reaccionarias contra Putin, se ha comprometido a avanzar la campaña antirrusa.

Existe una brecha infranqueable entre la oposición de las masas obreras y de jóvenes a las políticas reaccionarias y antidemocráticas de Trump y la oposición derechista y belicista de las agencias de inteligencia y sus representantes en el Partido Demócrata y la prensa.

Los críticos de Trump dentro de la élite política están haciendo todo que lo posible para infectar la conciencia del público en general con el virus del militarismo, cooptando al movimiento popular para fines reaccionarios. Es preciso advertir con claridad sobre el peligro que aguarda cualquier adaptación a su nociva campaña.

La tarea urgente en la lucha contra el gobierno de Trump es una ruptura completa e irrevocable con el Partido Demócrata. Esta lucha debe basarse en la clase obrera, aunando bajo su liderazgo a todos los elementos auténticamente progresistas de la sociedad con un programa socialista que se oponga inexorablemente al imperialismo estadounidense.

Andre Damon