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¿Cuántas personas morirían en una guerra entre EE.UU. y Rusia?

La clase gobernante estadounidense se encuentra sumida en un feroz conflicto interno sobre cuestiones de política exterior y guerra. El Partido Demócrata y parte del Republicano, junto con la mayoría de los medios de comunicación, están impulsando una campaña de histeria contra Donald Trump por su supuesta actitud conciliadora hacia Rusia y su presidente, Vladimir Putin. Estas fuerzas están funcionando como un frente para los mandos de las agencias de inteligencia, cuyo objetivo es detener cualquier repliegue de las confrontaciones agresivas contra Moscú iniciadas bajo Obama.

Trump, por su parte, representa a secciones de la élite gobernante y el Estado que ven a Irán y China como blancos más apremiantes para las provocaciones estadounidenses y sus preparativos de guerra. Hasta el momento, a estas fuerzas les interesa poner en pausa las confrontaciones contra Rusia para alejar a Putin y su gobierno de Teherán y Beijing.

Ambos lados representan elementos reaccionarios y belicistas del imperialismo estadounidense sin una pizca de contenido democrático. En este sentido, el Partido Demócrata está utilizando las acusaciones infundadas de una supuesta interferencia rusa en las elecciones del 2016 para intentar capturar y encauzar la oposición popular contra el nuevo gobierno detrás de la campaña de guerra contra Rusia.

Por meses, las portadas de los principales periódicos han destacado “noticias” de supuestas declaraciones hechas por funcionarios anónimos sobre la presunta injerencia de Moscú en los asuntos internos de EE.UU. y otros países. Los columnistas afiliados a periódicos nacionales han denunciado a Putin como un dictador, tirano, y asesino empeñado en dominar Europa y subvertir la democracia estadounidense.

Los miembros del Congreso han declarado que la supuesta intervención rusa en las elecciones es un “acto de guerra” (John McCain) y han propuesto “patearle el trasero a Rusia” (Lindsey Graham).

Alrededor de dicha campaña, se está llevando a cabo una acumulación de fuerzas militares estadounidenses y de la OTAN —tropas, tanques, armas pesadas— en la frontera occidental de Rusia y una inminente escalada militar en Siria, donde las milicias “rebeldes” apoyadas por EE.UU. continúan luchando contra las fuerzas del gobierno sirio, respaldado por tropas iraníes y aviones de guerra y asesores militares rusos.

Tanto en los países bálticos como en Oriente Medio, las condiciones están ahí para un enfrentamiento entre EE.UU. y Rusia, incluso uno provocado por una chispa involuntaria que haga estallar una guerra total entre las dos potencias nucleares más grandes del mundo.

Sin embargo, ni la prensa ni los políticos que promueven una postura más agresiva hacia Moscú han discutido hacia dónde se dirige esta campaña ni mucho menos las posibles consecuencias de una guerra entre EE.UU. y Rusia.

¿Cuántas personas morirían? ¿Cuáles son las probabilidades de que formen parte sus armas nucleares? Los comentaristas y los políticos que han denunciado sin cesar lo “suave” que es Trump con Putin, no dicen nada sobre estas cuestiones críticas.

Sin embargo, tras bastidores, las agencias de inteligencia y el Pentágono, junto con sus asociados think tanks o centros de estrategia, discuten de forma intensa y minuciosa los planes de una guerra que consideran muy probable, rayando con inminente, con Rusia. Han puesto a disposición planes para librar y “ganar” dicha guerra, incluso mediante el uso de armas nucleares.

Uno no tiene que ir muy lejos para encontrar a las personas que están dirigiendo este proceso de planificación para la guerra. El lunes pasado, Trump designó al teniente general H.R. McMaster, un estratega del ejército, como su nuevo asesor de seguridad nacional.

Esta decisión es vista como una concesión a los críticos de Trump dentro de la cúpula política y de inteligencia en Washington. McMaster es el líder de un programa de investigación del ejército llamado La nueva generación de guerra rusa (Russia New Generation Warfare), cuyos participantes han viajado frecuentemente a los campos de batalla del este de Ucrania para estudiar las capacidades militares de Rusia y diseñar estrategias y sistemas de armas para derrotarlas. El nuevo asesor de Trump ya le había solicitado a EE.UU. prepararse para una guerra convencional de alta intensidad contra Rusia, incluyendo sistemas de misiles de largo alcance, aviones furtivos y combate cuerpo a cuerpo.

Más allá de la guerra convencional, los centros de estrategia estadounidenses están discutiendo cómo “ganar” una guerra nuclear. El Centro de Evaluaciones Estratégicas y Presupuestarias (CSBA; Center for Strategic and Budgetary Assessments) publicó recientemente un informe de 140 páginas, “Conservando el equilibrio: Una estrategia de defensa estadounidense en Eurasia” ( Preserving the Balance: A US Eurasia Defense Strategy), donde discute este tema en detalle. El CSBA es dirigido por Andrew Krepinevich, el autor del informe, y su órgano directivo incluye a figuras como el exsecretario del ejército, Nelson Ford, el exdirector de la CIA, James Wooley, y el exgeneral del ejército, Jack Keane.

“Se necesita repensar el problema de una guerra nuclear limitada en la que Estados Unidos participara directamente o entre otros participantes de gran interés para la seguridad estadounidense”, escribe Krepinevich. “A diferencia del apocalipsis global previsto ante un intercambio nuclear entre superpotencias durante la Guerra Fría, es muy probable que, después de una guerra entre potencias nucleares menores o incluso entre EE.UU. y un Irán o Corea del Norte con armas nucleares, el mundo continúe funcionando. Las fuerzas estadounidenses deben, por lo tanto, estar preparadas para responder a una serie de contingencias estratégicas de guerra a lo largo de la periferia de Eurasia”.

En un informe anterior llamado “Repensando Armagedón” (Rethinking Armageddon), Krepinevich escribe que el uso de un “pequeño número” de armas nucleares en el campo de batalla debería ser parte de la respuesta de un presidente ante amenazas convencionales de parte de Rusia.

Durante la Guerra Fría, el uso “limitado” de armas nucleares era visto como una precuela a un intercambio nuclear total y la destrucción del planeta. Hoy día, estas discusiones se consideran “respetables” y apropiadas.

El actual programa de $1 billón para modernizar el arsenal nuclear estadounidense que fue encargado bajo Obama es parte de estos planes. Éste se enfoca en la adquisición de armas nucleares más maniobrables y de menor potencia presumiblemente para uso en combate. Sin embargo, el Consejo Científico de Defensa (Defense Science Board), designado para asesorar al Pentágono, llamó al gobierno de Trump a desarrollar armas ajustadas a una “opción nuclear específica de uso limitado”.

¿Cuál sería el costo humano de tal intercambio? Los numerosos ejercicios de guerra del Pentágono que fueron realizados durante la Guerra Fría llegaron a la conclusión que el uso “limitado” de armas nucleares no sólo mataría a millones de civiles, sino que desencadenaría rápidamente un intercambio nuclear total que destruiría grandes urbes.

En 1955, se llevó a cabo un ejercicio de guerra llamado Carte Blanche que simulaba una invasión rusa del territorio alemán con un “pequeño” número de armas nucleares “tácticas” que causarían la muerte inmediata de 1,7 millones de alemanes, 3,5 millones de heridos y millones más de muertos como resultado de la precipitación radiactiva.

En otro ejercicio llamado Profeta Orgulloso (Proud Prophet), en 1983, la OTAN lanzaba primero un ataque nuclear limitado contra objetivos militares soviéticos. Pero, en lugar de replegarse, la URSS respondía con un contraataque nuclear de gran escala, incitando a Estados Unidos a hacer lo mismo. El simulacro indicaba que, tras el estruendo inicial, 500 millones de personas habían muerto y la civilización europea desvanecido.

Algunos estudios más recientes han dado resultados igualmente desastrosos. Un informe publicado en el 2007 por la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear sugirió que un intercambio nuclear “limitado” podría conducir a la muerte de más de mil millones de personas, principalmente a raíz de los drásticos cambios climáticos que le seguirían. La Academia Nacional de Ciencias estadounidense llegó a la conclusión de que una “guerra nuclear a gran escala” produciría la muerte de hasta cuatro mil millones de personas.

El estallido de una guerra así, a manos de los pirómanos nucleares que presiden el capitalismo norteamericano en crisis, es un peligro real y presente. De hecho, como lo hace ver la actual campaña macartista de agitación antirrusa, sin una intervención independiente y revolucionaria de la clase obrera en EE.UU. y alrededor del mundo, dicho escenario es inevitable.

Tal es la criminalidad y la imprudencia de la burguesía estadounidense y sus representantes políticos en ambos lados del pasillo. Las escaladas militares son una conspiración de las élites en la que arrastran a las masas de la población a ser sacrificadas.

Quien dude que la clase gobernante estadounidense es capaz de esta clase de actos tiene que ver el registro histórico. EE.UU. ya ha lanzado bombas nucleares, que hoy se considerarían de “bajo rendimiento” e incluso “tácticas”, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, con el único fin de advertir a la Unión Soviética. Truman y compañía mataron a más de 100.000 personas los días de los bombardeos y a otros 100.000 a causa del envenenamiento por radiación en los siguientes cuatro meses.

Hoy, en el contexto de un EE.UU. que enfrenta desafíos económicos y geopolíticos mucho mayores, éste actuará de forma aun más despiadada y temeraria.

El creciente movimiento en oposición al gobierno de Trump tiene que estar preparado para rechazar todos los intentos del Partido Demócrata para infectarlo con el virus del militarismo imperialista. Las continuas protestas contra Trump, su gabinete de multimillonarios y sus ataques contra los inmigrantes y los derechos democráticos son sólo el precursor de un movimiento de las masas obreras. Es indispensable armar políticamente a este movimiento emergente con el programa del internacionalismo socialista y un entendimiento de que la lucha contra la guerra y la dictadura es la lucha contra el capitalismo.

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