Alemania emite un reproche punzante a las sanciones de EE.UU. contra Rusia

por Johannes Stern
21 junio 2017

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania publicó el jueves un comunicado de prensa muy marcado del ministro de Exteriores, Sigmar Gabriel (Socialdemócratas, SPD), y el canciller austríaco, Christian Kern (Socialdemócratas, SPÖ), denunciando la política exterior y económica de Estados Unidos.

Republicanos y Demócratas acordaron casi unánimemente, por 97 votos a 2, imponer nuevas sanciones a Rusia en el Senado el siete de junio. El Senado justificó la medida como castigo por la supuesta injerencia de Moscú en la elección presidencial de EE.UU., la anexión de Crimea y el apoyo ruso al presidente sirio Bashar al-Assad. El proyecto de ley bipartidista fue “el paquete de sanciones que el Kremlin merece por sus acciones”, dijo la senadora Demócrata Jeanne Shaheen.

Gabriel y Kern rechazaron bruscamente la medida del Senado de EE.UU. El proyecto de ley fue en realidad sobre “la venta de gas licuado estadounidense y la marginación de los suministros de gas rusos al mercado europeo”, según los dos políticos socialdemócratas. Esto se desprende del texto “de manera particularmente explícita”.

El objetivo era “asegurar trabajos en las industrias estadounidenses de petróleo y gas”.

Desde 2014, EE.UU. y Europa habían “respondido, lado a lado y en estrecha consulta conjunta, a la anexión rusa de Crimea, que es ilegal según el Derecho Internacional, y sus acciones en el este de Ucrania. … Pero la amenaza de imponer sanciones extraterritoriales que violan las leyes internacionales a compañías europeas que participan en la expansión de suministro energético europeo” es intolerable. La provisión de energía de Europa es “un asunto europeo, ¡no de Estados Unidos de América!”.

Gabriel y Kern procedieron a advertir, “Los instrumentos de sanciones políticas no deberían estar conectados a los intereses económicos”. Amenazar a compañías europeas “en mercados de EE.UU. con castigos” si participan o financian proyectos como el gaseoducto Nord Stream II con Rusia introduciría “una calidad totalmente nueva y extremadamente negativa para las relaciones entre Europa y Estados Unidos”.

La canciller alemana Angela Merkel respaldó explícitamente a su ministro de Exteriores el viernes. Había un “acuerdo muy fuerte en términos de contenido con la declaración de Gabriel”, afirmó Stefan Seibert, vocero del gobierno. “Es, para decirlo amablemente, una acción no convencional del Senado de EE.UU.”. Era preocupante que las empresas europeas fueran objeto de sanciones para castigar a la conducta rusa. “Esto no se puede permitir”, agregó Seibert.

La acción bipartidista del Senado de EE.UU. y la respuesta aguda del gobierno alemán aclaran que los conflictos entre EE.UU. y Alemania se intensifican no solamente como resultado del presidente Donald Trump, sino que tienen raíces objetivas profundas. Veinticinco años después de la disolución de la Unión Soviética, los conflictos entre las principales potencias imperialistas, que dieron lugar a dos guerras mundiales durante el siglo XX, están estallando otra vez abiertamente.

Tras la cumbre del G7 hace casi un mes, Merkel, en un discurso pronunciado en una cervecería de Munich, puso en tela de juicio la alianza con Estados Unidos, que fue la base de la política exterior de Alemania en la era de posguerra. “Los tiempos en los que dependíamos completamente de otros ya pertenecen al pasado”, declaró y avanzó la demanda sobre esta base, “Los europeos debemos tomar nuestro destino en nuestras manos” y “pelear por nuestro propio futuro”.

Desde entonces, el gobierno alemán ha trabajado sistemáticamente para expandir sus relaciones políticas y económicas mundiales. Tras las visitas del primer ministro chino, Li Keqiang, y el primer ministro de India, Narendra Modi, a Berlín a principios de mes, Merkel visitó Argentina y México hace dos semanas, y el gobierno organizó en Berlín una gran conferencia sobre África a principios de la semana pasada.

Mientras Berlín se mueve para cumplir la promesa de Gabriel “de usar los espacios desocupados por Estados Unidos”, las tensiones con Washington crecen. Hace dos semanas, Gabriel criticó las acciones de Arabia Saudita, apoyadas por EE.UU., contra Qatar, dirigidas sobre todo contra Irán. En una declaración, Gabriel defendió al emirato y advirtió contra una “Trumpificación” de las relaciones en la región. El “último y gigantesco acuerdo de armas entre el presidente de EE.UU., Trump, y las monarquías del Golfo” intensificó “el peligro de una nueva carrera armamentista”. Esta es “una política completamente errónea, y ciertamente no es la política de Alemania”.

Las declaraciones de Gabriel contra Estados Unidos no tienen nada que ver con el pacifismo. No está preocupado por la “paz”, sino por la ejecución de los intereses imperialistas alemanes, cada vez más en desacuerdo con los de Estados Unidos. Mientras los Estados Unidos de Trump se dirigen cada vez más abiertamente hacia la guerra con Irán, el gobierno alemán está luchando por una mayor apertura de la economía del país para asegurar nuevos mercados para las corporaciones alemanas en Medio Oriente y nuevas oportunidades de inversión para el capital alemán.

Lo mismo sucede con Rusia. Aunque el gobierno alemán, junto con EE.UU., apoyó el golpe derechista contra Viktor Yanukovitch en Ucrania en 2014, y puso tropas en la frontera rusa, se opuso a un conflicto abierto con Rusia sobre Ucrania. En su nuevo libro “Nuevas Mediciones”, Gabriel alardea que “con el Protocolo de Minsk, Francia y Alemania, en nombre de Europa, no resolvieron un conflicto creciente, pero lo redujeron significativamente por primera vez”, y lo hicieron “sin Estados Unidos”.

Washington, en ese momento, estuvo “cerca de…suministrar armas a Ucrania”, declaró el ministro de Exteriores. “Con la idea cínica de que, si bien no se podía derrotar a Rusia militarmente, se la presionaría hacia conversaciones de paz más rápidamente si pagaba un alto ‘precio en sangre’. La guerra en Ucrania se habría convertido en una guerra por Ucrania”. Pero Europa era “lo suficientemente grande…para prever esto y dejar que Alemania y Francia negociaran”.

Tras el Brexit, la elección de Trump y la victoria del presidente proeuropeo Emmanuel Macron, Berlín parece sentirse lo “suficientemente grande” para distanciarse cada vez más de EE.UU. y proseguir con la construcción de un ejército europeo bajo el liderazgo de Alemania.

“La seguridad de Europa es responsabilidad de la propia Europa”, señaló Gabriel en su libro. “Debemos ser capaces de actuar estratégicamente en política exterior y de seguridad, porque no lo hacemos lo suficiente. Eso nos incluye definiendo nuestros intereses europeos y articulándolos independientemente de EE.UU. Esta obstinación necesita hasta cierto punto una emancipación de la dirección adoptada en Washington”.

Continúa, “Quien tiene sus propios objetivos también debe desarrollar sus capacidades para alcanzarlos. La UE necesita verse a sí misma como un mayor poder de política de seguridad. Nuestros presupuestos de defensa deben ajustarse en consecuencia. Los armamentos de los ejércitos europeos necesitan ser modernizados, desplegables operativamente y reorientados a tareas militares”.

El objetivo declarado de Gabriel es la construcción de una verdadera potencia de combate europea, capaz de hacer valer sus intereses imperialistas globales independientemente de la OTAN y EE.UU., y, si es necesario, contra ellos. La cuestión no es “sólo comprar armas nuevas. Se trata de integrar más la industria armamentística en Europa y juntar a las fuerzas. Se trata de crear una identidad común de seguridad europea, que abra el camino a un ejército europeo mediante estructuras integradas de una manera cada vez más estrecha”.

Esta política, que es apoyada por todos los partidos de Alemania, desde el CDU/CSU al SPD, los Verdes y el Partido de Izquierda, tiene una lógica irresistible. Como en la primera mitad del siglo XX, las rivalidades profundas entre las potencias imperialistas sobre las materias primas, los mercados y la influencia geoestratégica están conduciendo otra vez a una guerra entre las grandes potencias, a menos que la clase trabajadora intervenga sobre la base de su propia estrategia socialista.