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La escalada militar de EE.UU. en Siria y la amenaza de una guerra mundial

A raíz del derribamiento de un avión de combate sirio y la subsecuente advertencia de Rusia de que considerará cualquier aeronave militar estadounidense que vuele al oeste del río Éufrates como un blanco para sus misiles de tierra-aire, la amenaza de un enfrentamiento armado entre las dos potencias nucleares más grandes del mundo es ahora mayor que en cualquier momento desde la crisis de los misiles en Cuba de hace casi 55 años.

Dicho peligro, el cual lleva consigo la sombría posibilidad de la aniquilación de toda la humanidad, es el producto de una escalada calculada por parte del imperialismo norteamericano.

Esta es la primera vez en este siglo que un avión de combate estadounidense derriba un avión de otro país. La última instancia de un combate aéreo como tal ocurrió en 1999 durante la guerra de EE.UU. y la OTAN contra Serbia, cuando un MiG serbio fue abatido por un avión de combate estadounidense.

La gravedad del evento quedó demostrada el martes por el anuncio de Australia de que no volará sus aviones sobre Siria. Australia fue uno de los pocos miembros de la “coalición anti Estado Islámico” encabezada por EE.UU. que hizo una contribución significativa a las cada vez más sangrientas campañas aéreas contra Iraq y Siria. Mientras que el jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., el general Joseph Dunford, respondió a la amenaza rusa con bravuconerías, insistiendo que los pilotos estadounidenses “se pueden cuidar a sí mismos”, el ejército australiano claramente cree que uno de sus aviones podría ser derribado.

La escalada del conflicto continuó el martes, cuando un avión EE.UU. se trajo abajo un drone iraní en el sudeste de Siria.

Si vamos al caso, ¿cuáles serían las consecuencias de que una batería de misiles de tierra-aire rusos le dispare a un avión estadounidense que perciba como una amenaza para las fuerzas terrestres de Moscú en Siria, o de que un avión de combate estadounidense sea apuntado por el radar de un emplazamiento de tierra-aire ruso y lo ataque de forma preventiva?

En realidad, nadie sabe. Los despreocupados y serviles “expertos” en política exterior de EE.UU. creen que lo último que Washington y Moscú quieren es una conflagración nuclear y que, por lo tanto, no va a haber ninguna. Ahí es cuando utilizan este argumento falaz para justificar una agresión mayor de parte de EE.UU.

La supuesta capacidad para razonar de la clase gobernante capitalista ha demostrado ser inútil, una y otra vez, para desalentar que terminen librando guerras catastróficas. Como dijo recordarlo el exsecretario de Defensa estadounidense, Robert McNamara, en el documental The Fog of War (La neblina de la guerra), durante la crisis de los misiles en Cuba, “Individuos racionales” —refiriéndose a Kennedy, Kruschev y Castro— “llegaron así de cerca de la destrucción total de sus sociedades”.

En distintas formas, la situación actual es incluso más explosiva que la mencionada en1962. En aquel momento, el presidente Kennedy revocó la solicitud del comandante de la Fuerza Aérea, Curtis LeMay, que era de tendencias fascistas, de bombardear los emplazamientos de misiles rusos en Cuba. Hoy día, la política militar de EE.UU. en Siria, Irak, Afganistán y en todo el mundo, ha sido delegada por Trump a una camarilla de generales activos y recientemente retirados encabezada por el secretario de Defensa, James “Perro Rabioso” Mattis, así como a los comandantes de zona, cuyos puntos de vista, en la mayoría de los casos, no son nada diferentes a los de LeMay.

Un reciente foro del centro de pensamiento estadounidense Council on Foreign Relations ofreció un vistazo a la actitud de estos elementos sobre la crisis en Siria. Lo protagonizó la experimentada asesora del Pentágono en las guerras de Afganistán e Iraq, Kimberly Kagan.

Kagan, quien ahora dirige el Instituto de Estudios de la Guerra, primero invocó el desgastado pretexto de la “guerra contra el terrorismo” como justificación para las intervenciones de EE.UU. Siria, aseguró, representa una “amenaza vital para la seguridad nacional” porque ha “exportado terrorismo y grupos terroristas desde sus fronteras”. Reconoció que Estado Islámico (EI) es una amenaza, pero insistió en que Al Qaeda constituye un peligro aún mayor, porque se le ha permitido crear “su propio refugio seguro en la provincia de Idlib”.

Su hipocresía es asombrosa. Siria no es ningún “exportador” de terrorismo, sino más bien la víctima de las milicias vinculadas con Al Qaeda que fueron desatadas por la CIA y los aliados regionales de Washington como parte de su guerra de cambio de régimen en el país. En cuanto a un “refugio seguro”, es precisamente esto lo que EE.UU. defiende, reclamándoles a los gobiernos sirio y ruso por bombardear a los llamados “rebeldes” e insistiéndoles que sólo ataquen a EI.

Luego, Kagan puso a un lado sus enredados argumentos sobre el terrorismo para concentrarse en las verdaderas preocupaciones de las fuerzas armadas estadounidenses y los organismos de inteligencia. Irán y Rusia representan una “amenaza estratégica a largo plazo” para EE.UU., indicó, debido a su presencia militar en Siria que desafía el dominio de EE.UU. sobre Oriente Medio y el Mediterráneo.

La amenaza debe ser enfrentada con la creación de “una base de operaciones en lo que es el este de Siria, a lo largo del Éufrates”, de al Raqa en el norte hasta las fronteras con Irak y Jordania al sur. Uno de los objetivos de la intervención estadounidense, dijo, sería “energizar a las poblaciones suníes en la zona del río Éufrates, que ha sido un semillero de apoyo para EI y antes para Al Qaeda”. En otras palabras, Washington tratará de azuzar la guerra sectaria de cambio de régimen que utiliza como base a las milicias islamistas suníes, pero esta vez con “tropas terrestres” estadounidenses.

¿Cuántas tropas necesitará EE.UU. para tal operación? “No lo sé”, respondió Kagan. “No van a ser 150 000 sujetos. Pero tienen que ser suficientes para ejercer presencia y poder extenderla hacia el frente”. Algo clave en esta aventura militar, recalcó, será “prepararse para lo que los rusos y los iraníes intenten hacer para responder”.

En otras palabras, lo que se está preparando, sin debate alguno, a espaldas del pueblo estadounidense y sin siquiera una pizca de legalidad, es otra guerra de gran escala en Oriente Medio dirigida no sólo para efectuar un cambio de régimen en Siria, sino también para enfrentarse a Irán y a la potencia nuclear de Rusia.

Tampoco está este conflicto confinado a Oriente Medio. El mismo martes se reportó que un jet ruso armado con misiles de aire-aire interceptó un avión espía RC-135 sobre el mar Báltico cerca de la estratégica base militar rusa en Kaliningrado. Según los informes, estuvieron a cinco metros de distancia, acusándose mutuamente de realizar movimientos amenazantes.

Mientras tanto, la OTAN llevó a cabo una ceremonia en la República báltica y exsoviética de Latvia para celebrar el último destacamento que completa las 4500 tropas de la “fuerza de disuasión” sobre la frontera con Rusia. El Pentágono además desplegó hace poco bombarderos furtivos B-2 y otros aviones, así como unidades del ejército a la región para completar “ejercicios”. Rusia, según se informa, ha respondido con su propia acumulación militar en su frontera occidental.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, manifestó que no percibe ninguna “amenaza inminente” de un enfrentamiento armado en la región báltica; sin embargo, el embajador de Rusia ante la OTAN, Alexander Grushko, describió la “dinámica militar” como “peligrosa”.

Los medios estadounidenses le han dado una cobertura indiferente tanto a las confrontaciones en Oriente Medio como al agravamiento de las tensiones en los países bálticos. Tras una semana de no tener ruedas de prensa en la Casa Blanca, el secretario de la Prensa, Sean Spicer, no comentó sobre las últimas acciones militares de EE.UU. en Siria y ninguno de sus acólitos de los medios presentes le preguntó sobre el aumento del peligro de guerra.

El Partido Demócrata, por su parte, se ha dedicado a trabajar estrechamente con el Pentágono y la CIA, en la implacable campaña de histeria antirrusa destinada a establecer una base de apoyo supuestamente “liberal” para la guerra entre las capas privilegiadas de la clase media. Los demócratas han respaldado toda escalada militar en Siria, sólo exigiendo que el gobierno de Trump presente un plan de guerra “integral” y, en algunos casos, le piden la aprobación de una nueva autorización para el uso de la fuerza militar que legitime la agresión militar.

A pesar de los esfuerzos del Partido Demócrata y las organizaciones de pseudoizquierda que lo orbitan, la misma crisis del capitalismo estadounidense y mundial que conlleva a las guerras también da lugar a su contrario, la intensificación de la lucha de clases y la maduración de las condiciones objetivas para la revolución socialista. La tarea más urgente es el desarrollo de un movimiento político de masas en la clase obrera en oposición a la guerra y al sistema capitalista que le da origen.

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