Trump le da luz verde al ejército para intensificar la guerra en Afganistán

por Patrick Martin
25 agosto 2017

El presidente Donald Trump anunció una gran intensificación de la guerra estadounidense en Afganistán en un discurso televisado a todo el país el lunes por la noche, aunque no dio detalles ni acerca del número de nuevos soldados que enviará ni sobre el grado o la duración del despliegue militar. Trump también amenazó a Paquistán en comentarios claramente elaborados en estrecha coordinación con los más altos generales militares que dominan su administración.

Aunque Trump presentó la necesidad militar como la razón para no revelar cuántos soldados se añadirán a los 8.400 que ya están desplegados en Afganistán, o cuánto tiempo permanecerán allí, su objetivo no era mantener estos hechos en secreto de los Talibán —quienes se enterarán lo suficientemente pronto, dado que tienen simpatizantes en todas partes en el gobierno afgano y en cada distrito del país.

A Trump le preocupa principalmente mantener el grado de la intensificación en secreto respecto del pueblo estadounidense que, él admitió, 16 años después de los ataques del 11 de septiembre y la invasión de Estados Unidos a Afganistán estaba “cansado de la guerra”.

El Secretario de Defensa James Mattis, un antiguo general en el Cuerpo de Marines, ha sido autorizado desde junio a enviar hasta 4.000 soldados adicionales a Afganistán, pero se postergó la acción mientras altos oficiales llevaban a cabo lo que se describió como una revisión exhaustiva de la estrategia estadounidense en el sur de Asia.

Se espera que las tropas se posicionen rápido ahora, para que participen en una continua serie de batallas sangrientas por todo Afganistán, persiguiendo mitigar la ofensiva tradicional veraniega por parte de los insurgentes Talibán.

El mes pasado, cinco capitales de distrito cayeron en manos de los insurgentes, que ahora controlan 48 de los 407 distritos. Los distritos controlados por el gobierno apenas ascienden a 100, menos de un cuarto del total, mientras que el resto están disputados, en algunos casos controlados de día por el gobierno y por los Talibán de noche.

Además de una breve referencia a los ataques del 11 de septiembre, que fueron el pretexto para la invasión inicial estadounidense y el derrocamiento del régimen Talibán en Kabul, Trump ni siquiera intentó ofrecer una explicación, ni que hablar una justificación, para la guerra más larga de la historia de los Estados Unidos.

De hecho, la sola duración de la guerra y los miles de bajas sufridas por las fuerzas estadounidenses fueron uno de los argumentos de Trump para continuar y expandir el conflicto. La primera conclusión de la revisión que la administración hace de la guerra fue la necesidad de “un resultado honroso y duradero que merezca la pena por todos los sacrificios que han sido hechos, especialmente el sacrificio de vidas”. La muerte justifica más muerte.

El número de muertos y lisiados en el seno de la población afgana es de varios cientos de miles, a lo que hay que añadir a millones de refugiados. Estas cifras colosales subirán rápidamente a medida que se intensifique la escala y la ferocidad de las operaciones militares estadounidenses.

La guerra en Afganistán adquirirá un carácter aún más sangriento bajo las nuevas políticas anunciadas por Trump. “La microgestión desde Washington DC no gana batallas”, declaró, anunciando que va a levantar todas las restricciones a las operaciones militares, dándoles luz verde a los comandantes que están en el terreno para que empleen la fuerza como estimen conveniente. Esto implica rescindir restricciones establecidas bajo las administraciones de Bush y de Obama después de atrocidades bien documentadas, tales como el bombardeo de bodas afganas y ataques desde helicópteros de combate que arrasaron hospitales y aldeas enteras.

Aún más temerario e incendiario es el cambio de la política estadounidense respecto a Paquistán, que Trump denunció por “seguir cobijando a criminales y terroristas”. Se quejó, “Hemos estado pagando a Paquistán miles y miles de millones de dólares, al mismo tiempo ellos están acogiendo a los mismos terroristas que estamos combatiendo. Pero eso tendrá que cambiar. Y eso cambiará inmediatamente”.

Trump no solo habla de la continuación de los ataques ilegales estadounidenses con misiles desde drones contra los Talibán y otras milicias afganas escondidas en zonas tribales pastunes del Paquistán occidental. Está amenazando con una postura abiertamente hostil por parte de Estados Unidos hacia un país con armas nucleares con una población de 190 millones de personas, empezando por un posible límite a la ayuda financiera y militar estadounidense.

El presidente estadounidense amenazó a Paquistán con el fantasma de un mayor desarrollo por parte de Washington de su “alianza estratégica con la India”, a la que llamó “un socio clave desde el punto de vista de la seguridad y la economía de Estados Unidos”. Washington ha cultivado vínculos militares y diplomáticos con la India a lo largo de las dos últimas décadas, persiguiendo transformar a la India en un Estado de primera línea en la estrategia estadounidense de cercar y aislar a China. El discurso de Trump fue una advertencia a Paquistán de que Estados Unidos está dispuesto a alinearse abiertamente con la India contra Paquistán en el largo conflicto entre las dos potencias nucleares del sur de Asia.

Trump también se refirió brevemente a los intereses materiales que subyacen a la intervención de Estados Unidos en Afganistán, diciendo, “Como prometió el primer ministro de Afganistán, vamos a participar en el desarrollo económico para ayudar a costear nuestros gastos en esta guerra”.

Detrás de estas vagas expresiones está el brutal saqueo imperialista. Trump ha citado recientemente estudios que muestran que Afganistán posee al menos 3 billones de dólares estadounidenses en recursos naturales, más de cuatro veces los 714 mil millones de dólares estimados en el gasto militar y en la reconstrucción del país desde 2001. Como reportó la CNBC el sábado, “Trump busca una victoria militar en Afganistán, pero puede que los esfuerzos estadounidenses allí den beneficios económicos. Afganistán posee minerales raros que son cruciales en la manufactura industrial, incluyendo cobre, oro, uranio y combustibles fósiles ...”.

El anuncio de Trump de una postura más agresiva en Afganistán es la primera decisión política importante de la Casa Blanca desde que Trump empezara una reestructuración del viejo personal de la Casa Blanca, reemplazando al Jefe del Estado Mayor Reince Priebus con el antiguo marine General John Kelly, y despidiendo a su principal estratega político Stephen Bannon.

En conversaciones con la administración que datan por lo menos de la primavera, Bannon se había opuesto a enviar más tropas a Afganistán, enfrentándose tanto con el Secretario de Defensa Mattis como con el Consejero de Seguridad Nacional H.R. McMaster, un general del ejército en servicio. Se ha opuesto a la mayoría de las acciones militares de Estados Unidos en el Medio Oriente como una distracción del conflicto EEUU-China, declarando en una entrevista la semana pasada, “la guerra económica con China lo es todo”.

Los más altos generales en la administración de Trump también se pusieron furiosos por la declaración de Bannon de la semana pasada según la que no había opciones militares viables para Estados Unidos en Corea del Norte. Después de la partida de Bannon, el New York Times publicó el lunes un artículo en su portada informando de que las discusiones sobre la “guerra preventiva” contra Corea del Norte están “subiendo en la Casa Blanca”. El periódico informó de que “el General McMaster y otros oficiales de la administración han desafiado el punto de vista sostenido desde hace mucho tiempo de que no hay una solución militar verdadera al problema norcoreano”, y que la administración está considerando seriamente hacer el primer ataque a Corea del Norte, una acción que llevaría a la muerte de decenas de millones de personas.

El discurso de Trump del lunes por la noche, anunciado con apenas 24 horas de antelación, fue claramente un esfuerzo para cimentar sus relaciones con los peces gordos del Pentágono tras el despido de Bannon y la crisis política que se planteó después de la declaración de simpatía de Trump por los neonazis que protagonizaron los disturbios del 11 de agosto en Charlottesville, Virginia, que dejó a un manifestante antinazi muerto.

El discurso empezó con una larga declaración de Trump de que no había lugar para el fanatismo o el racismo dentro del ejército. Ese lenguaje fue tomado directamente de declaraciones de miembros de los Jefes del Estado Mayor Conjunto, todos los cuales emitieron pronunciamientos tras Charlottesville condenando a los racistas y a los supremacistas blancos y retratando al ejército como un modelo de unidad en relación con la raza y el género.

Quienes le escribieron el discurso a Trump combinaron la negación del odio racial con una alabanza de los servicios armados como modelo de la sociedad estadounidense en su conjunto, usando un lenguaje que no estaría fuera de lugar en una dictadura militar. En los hombres y mujeres del ejército, dijo Trump, “nuestro país ha producido una clase especial de héroes cuya abnegación, coraje y determinación no tienen parangón en la historia de la humanidad”.

A lo largo de la administración de Trump, y tras los acontecimientos de Charlottesville, los Demócratas han intentado subordinar y redirigir toda oposición a Trump detrás del ejército y las agencias de inteligencia, saludando a figuras como Kelly y Mattis por ofrecer “estabilidad” a la administración. El anuncio de una nueva etapa en la guerra sangrienta en Afganistán es el fruto de sus esfuerzos.