El jefe de Gabinete de la Casa Blanca responsabiliza de la Guerra Civil al fracaso para “negociar”

por Tom Mackaman
6 noviembre 2017

El jefe de Gabinete de la Casa Blanca, John Kelly, hablando en Fox News el lunes por la noche con Laura Ingraham, declaró que la Guerra Civil fue el resultado de un fracaso para “negociar”. Esta es una interpretación reaccionaria y desacreditada que niega la necesidad histórica de la lucha que preservó la unión, destruyó la esclavitud y, al poner en marcha la revolución industrial, dio luz a la clase obrera estadounidense.

Kelly revivió varios componentes de lo que los historiadores llaman “El mito de la causa perdida”, centrado en la falsa premisa de que en 1861 la oligarquía de las plantaciones—dueños de unos 4.5 millones de esclavos—llevó a los estados del sur afuera de la Unión y hacia la Guerra Civil por los “derechos de los estados”, y que esta pelea fue conducida por figuras nobles, representadas por Robert E. Lee, el general del ejército confederado.

Kelly dijo: “Robert E. Lee fue un hombre honorable que renunció a su país para luchar por su estado. Hace ciento cincuenta años, eso era más importante que el país—siempre se trataba de lealtad al estado en aquellos días. Ahora es diferente. Pero la falta de capacidad para negociar llevó a la Guerra Civil, y los hombres y mujeres de buena fe de ambos lados se mantuvieron firmes donde su conciencia les pidió estar”.

El elogio del general retirado al principal general del ejército confederado es una reiteración provocativa de la defensa de Trump del disturbio fascista del 11 y 12 de agosto en Charlottesville, que ocurrió en oposición al retiro de una estatua de Lee de un parque de la ciudad y tuvo como consecuencia el asesinato de Heather Heyer, una manifestante antirracista de 32 años atropellada por un supremacista blanco.

John Kelly

Los comentarios de Kelly también repiten un comentario hecho por Trump en una entrevista del 1 de mayo con la radio satelital Sirius. ¿Por qué hubo una Guerra Civil?”, preguntó Trump. ¿Por qué no se pudo resolver? Quiero decir, si Andrew Jackson hubiera sido [presidente] un poco más tarde, la Guerra Civil no habría sucedido”.

La repetición de la misma premisa de parte de Trump y su jefe de Gabinete revela que no es un error inocuo. Trump, y aún más Kelly, que ha sido promovido por los medios como una “influencia moderadora” en la Casa Blanca y “el adulto en la habitación”, saben bien lo que están haciendo. Su objetivo, inspirado por el ex consejero jefe de Trump, Steven Bannon, es cultivar un movimiento de extrema derecha y fascista en Estados Unidos. La esencia revolucionaria e igualitaria de la Guerra Civil, que pertenece a toda la clase trabajadora, atraviesa esto. Por lo tanto, se debe distorsionar su significado.

Dado que este ataque se libra en el campo de la historia, es ante todo necesario poner las cosas en su lugar.

La Guerra Civil fue en sí misma el resultado de décadas de compromiso. El patrón de lo que el senador William Seward llamaría en 1858 el “conflicto irreprimible” era perceptible para algunos ya en 1820, incluyendo a un anciano Thomas Jefferson, quien escribió célebremente que el Compromiso de Missouri de ese año “como una campana de fuego en la noche, despertó y me llenó de terror”. Continuó: “Lo consideré de inmediato como el fin de la Unión. De hecho, está silenciado por el momento. Pero esto es solo un aplazamiento, no una sentencia definitiva”.

Estas palabras fueron proféticas. A partir de ese compromiso, por el cual la entrada de Missouri como un estado de esclavos fue compensado por la entrada de Maine como un estado libre, cada nueva adquisición territorial, y cada nuevo estado que entró a la unión—incluyendo todas las tierras tomadas de los indios americanos y México—solo volvió a plantear, y en un nivel más intenso, la disputa seccional sobre la esclavitud.

William Seward, senador de Nueva York y secretario de Estado bajo Lincoln

En 1861 esto había llegado a un punto final. Entonces solo era posible un “compromiso” para apaciguar a la clase dominante y evitar la Guerra Civil: una garantía legal, o “Código del Esclavo”, asegurando para siempre la inviolabilidad de la esclavitud en todos los Estados Unidos. A fines de diciembre de 1860, con la crisis de Secesión ya en marcha, el senador de Mississippi (y futuro presidente de la Confederación) Jefferson Davis, en su “Propuesta de Compromiso” al Comité de los Trece para evitar la guerra, propuso precisamente esto:

Resuelto, Que se declarará, mediante enmienda de la Constitución, que la propiedad en esclavos, reconocida como tal por la legislación local de cualquiera de los Estados de la Unión, se mantendrá en pie de igualdad en todas las relaciones constitucionales y federales como cualquier otra especie de propiedad así reconocida; y, como otra propiedad, no estará sujeta a ser enajenada o dañada por la legislación local de cualquier otro Estado, ya sea en escape o de tránsito o estadía del propietario del mismo; y en ningún caso, tal propiedad estará sujeta de ser enajenada o dañada por cualquier acto legislativo de los Estados Unidos, o de cualquiera de sus Territorios.

El Código del Esclavo sería la ley de la tierra en todos los territorios federales y todas las adquisiciones futuras, donde sea que estuvieran—incluyendo México, Cuba y Nicaragua, cada uno de los cuales fue blanco de anexión en la década de 1850 por los políticos sureños, incluyendo el senador Albert Gallatin Brown, de Mississippi, quien en un discurso de 1858 despotricó contra los Republicanos frustrando la expansión de la esclavitud:

Quiero Cuba, y sé que tarde o temprano debemos tenerla. Si el trono agusanado de España está dispuesto a darla por un equivalente justo, bueno—si no, debemos tomarla. Quiero Tamaulipas, Potosí, y uno o dos Estados mexicanos más; y los quiero a todos por la misma razón—para la plantación y extensión de la esclavitud. Y un pie en América Central nos ayudará poderosamente en la adquisición de esos otros estados. Los hará menos valiosos para los otros poderes de la Tierra, y por lo tanto disminuirá la competencia con nosotros. Sí, quiero estos países para la extensión de la esclavitud. Yo difundiría las bendiciones de la esclavitud, como la religión de nuestro Divino Maestro, hasta los confines de la Tierra, y rebeldes y perversos como los Yanquis han sido, incluso lo extendería a ellos.

La secesión no era, entonces, una cuestión de “derechos de estados”—sino la incapacidad, tras la victoria de Lincoln en la elección de 1860, del poder esclavo para dominar la palancas del poder federal, como había hecho, en alianza con los Demócratas del norte y los llamados “Whigs del algodón”, ininterrumpidamente desde los años 1820.

Jefferson Davis

¿Pero por qué la esclavocracia sureña arriesgó instigando la guerra? ¿Por qué no aceptar la promesa del Partido Republicano de su plataforma de 1860 de defender “el derecho de cada estado a ordenar y controlar sus propias instituciones internas”, una promesa reiterada por Lincoln en su primer discurso inaugural: “No tengo ningún propósito, directa o indirectamente, de interferir con la institución de la esclavitud en los Estados donde existe. Creo que no tengo derecho legal para hacerlo, ni tengo la inclinación de hacerlo.”

En su libro The Scorpion’s Sting: Antislavery Politics and the Coming of the Civil War, James Oakes, ganador del Premio Lincoln, argumenta que había una creencia generalizada, tanto en el norte como en el sur, de que la restricción de la esclavitud llevaría a su extinción final—una postura sostenida originalmente por los Padres Fundadores, cuyos esfuerzos en este sentido, incluyendo la Ordenanza del noroeste y el final de la trata de esclavos transatlántica, fueron trastocados por la aparición del algodón del sur como el cultivo básico de la revolución industrial de Gran Bretaña.

Para detener una mayor expansión de la esclavitud, con un ojo hacia su final—esto expresó la política de Lincoln, así como la corriente dominante contra la esclavitud dentro del Partido Republicano. En su famoso discurso de la casa dividida, pronunciado en 1858 a raíz de la notoria decisión del caso Dred Scott por la Corte Suprema, Lincoln dijo:

Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie. Creo que este gobierno no puede perdurar, de forma permanente, ser mitad esclavo y mitad libre. No espero que la Unión se disuelva—no espero que la casa se derrumbe—pero espero que deje de estar dividida. Se convertirá en toda una cosa o en toda la otra. O los oponentes de la esclavitud detendrán la mayor propagación de la misma, y la colocarán donde la mente del público descansará en la creencia de que está en el curso de la extinción final; o sus defensores la harán avanzar, hasta que sea legal en todos los Estados, tanto viejos como nuevos—tanto del norte como del sur.

No se pensó que esta “extinción final” fuera inminente, por lo menos no en el norte. Según Oakes, congresistas abolicionistas como Thaddeus Stevens, de Pennsylvania, y Owen Lovejoy, de Illinois, pensaron que la emancipación plena podría tomar 25 o 50 años. Lincoln pensó en hasta 100. En 1858, el Chicago Tribune todavía predecía que “ningún hombre vivo” vería el fin de la esclavitud.

Lincoln

Mucho más que estos norteños, la oligarquía sureña percibió la inminencia de la revolución—una palabra que sus líderes lanzaban libremente al odiado Partido “Republicano negro”. Percibieron la victoria de Lincoln como una expresión política ominosa mortal de una población y economía del norte que crecía más rápidamente, así como de su creciente influencia cultural. Estaban convencidos de que un mayor compromiso solo aceleraría la desaparición. Era hora de luchar contra el progreso de la historia.

Al notar esto, el historiador James McPherson, en su libro Battle Cry of Freedom, llamó apropiadamente a la secesión del sur la “Contra-Revolución de 1861”. Pero, como él agrega, “pocas veces en la historia, una contrarrevolución provocó tan rápidamente la misma revolución que buscaba evitar”.

Por el verano de 1862, Lincoln reconoció que ya no era posible volver a la unión de 1860. Como aconsejó el abolicionista Frederick Douglass, “la guerra por la destrucción de la libertad debe enfrentarse con la guerra por la destrucción de la esclavitud”. La promesa de Lincoln en 1861 de no tocar la esclavitud donde ya existía dio paso, el 1 de enero de 1863, a la Proclamación de Emancipación, que convirtió a la Guerra Civil en una guerra revolucionaria.

Si la pregunta inmediata era unión o emancipación, nadie vivo en esos años pensaba que la guerra era sobre otra cosa que la esclavitud. Cuando Lincoln dijo, mirando atrás sobre el inicio de la guerra en su segundo discurso de inauguración, que “todos sabían” que la esclavitud era “de algún modo la causa de la guerra”, no provocó controversia.

Era tan obvio que era un truismo. La Constitución de los Estados Confederados de América, ratificada en la primavera de 1861, copió gran parte de la Constitución estadounidense. Pero mientras la última mantuvo un silencio avergonzado sobre la esclavitud—la palabra no aparecía—la versión confederada se encargó de nombrarla no menos de diez veces, garantizando su santidad en cualquier futuro territorio adquirido.

Fredrick Douglass

En sus varias declaraciones de independencia, cualquiera que sea la redacción precisa, cada una de las convenciones de secesión del sur se unió a Luisiana en afirmar que “la gente de los estados esclavistas está unida por la misma necesidad y determinación de preservar la esclavitud africana”. Karl Marx, escribiendo en 1865, observó que esto marcó la primera vez en la historia del mundo en que “una oligarquía de 300.000 esclavistas se atrevió a grabar… ‘esclavitud’ en el estandarte de la rebelión armada”.

De hecho, al afirmar que la Guerra Civil fue un error, Trump y Kelly vuelven a una escuela de falsificación histórica creada mucho después de la Guerra Civil. Presentada primero por ex confederados como Jefferson Davis y el general Jubal Early, la causa perdida se convirtió, en todo excepto el nombre, en la narrativa oficial de la historia estadounidense en la década de 1890, promovida por una corriente de historiadores de élite que siguió a William Dunning, de la Universidad de Columbia, entre ellos el futuro presidente estadounidense e ícono liberal Woodrow Wilson.

Sus postulados básicos eran estos: el sistema de plantaciones previo a la guerra era un mundo pastoril de esclavos satisfechos y propietarios caballerescos; la secesión no era sobre la esclavitud, sino sobre “derechos de estados”; todo el sur estaba unido contra “la guerra de agresión del norte”; Lee, el más grande de todos los generales americanos, sucumbió al despiadado general de la unión, Ulysses S. Grant, solo frente a un número muy superior; y el breve período de igualdad política afroamericana después de la guerra, el período conocido como la Reconstrucción durante el Gobierno de Grant, fue la hora más oscura de la historia estadounidense.

No es coincidencia que este revisionismo histórico surgió en la década de 1890, simultáneamente con la consolidación y el atrincheramiento legal de la segregación de Jim Crow, que se convirtió en la ley de la tierra en el caso Plessy contra Ferguson, de la Corte Suprema en 1896. Tampoco es una coincidencia que surgió simultáneamente con la erupción del imperialismo americano en la depredadora guerra hispano-estadounidense de 1898, en la que la conquista de Cuba, Puerto Rico y Filipinas estaba ideológicamente justificada, en parte, por el concepto de la “carga del hombre blanco”.

Eugene Debs, sentado a la derecha, y otros líderes de American Railway Union encarcelados por su papel en la huelga Pullman. Debs se convirtió en un socialista después de la experiencia.

Finalmente, no es coincidencia que este revisionismo histórico reaccionario de la Guerra Civil fue promovido al mismo tiempo que la erupción de las principales y violentas luchas de la clase obrera contra el nuevo orden capitalista, incluyendo, solo en 1894, la huelga de Pullman, la gran huelga del ferrocarril del norte y la huelga del carbón bituminoso en todo el país—hechos que aceleraron la emergencia del socialismo en la clase obrera estadounidense desde finales de la década de 1890 en adelante.

Fue bajo estas condiciones que la clase dominante estadounidense, una vez unificado el norte y el sur en torno al proyecto imperialista, consideró conveniente, incluso necesario, ocultar la esencia revolucionaria e igualitaria de la Guerra Civil. Kelly, Trump, Bannon y otros esperan que el mito de la causa perdida pueda desempeñar un rol similar en 2017.