¿Por qué la revista Time ha respaldado la “revolución” #YoTambién?

por David Walsh
18 diciembre 2017

La revista Time otorgó su honor Persona del Año 2017 a “Las Rompedoras del Silencio”, o sea, quienes se han manifestado públicamente para alegar conducta sexual inapropiada. El grupo tan honrado incluye a las actrices Ashley Judd, Alyssa Milano, Rose McGowan y Selma Blair, la cantante Taylor Swift y la conductora de televisión Megyn Kelly, así como mujeres menos conocidas (y unos pocos hombres).

Dado el corriente frenesí, la decisión de la revista era completamente predecible. Si sus editores hubieran hecho otra elección, habría existido un alboroto organizado por los medios. Con su acción, Timesimplemente confirmó el hecho de que el movimiento #YoTambién tiene el respaldo oficial de sectores importantes de la élite gobernante estadounidense.

Portada de la revista Time

En el artículo de fondo que anuncia la decisión de la revista, las autoras Stephanie Zacharek, Eliana Dockterman y Haley Sweetland se refieren tres veces a la campaña actual sobre acoso y agresión sexual como una “revolución”. ¿Pero qué clase de “revolución” recibe la bendición de Time, uno de los portavoces principales del sistema estadounidense por más de 90 años?

La revista semanal de noticias ha sido una ardiente defensora de los intereses imperialistas de EE.UU. en toda su existencia. Henry Luce, fundador y dueño desde hace tiempo de Time, y finalmente uno de los hombres más ricos en EE.UU., estuvo particularmente cerca de la Agencia Central de Inteligencia. Fue un “buen amigo” de Allen Dulles—el director de la agencia de 1953 a 1961—y “permitió fácilmente que ciertos miembros de su personal trabajaran para la Agencia y aceptó proporcionar trabajos y credenciales para otros agentes de la CIA que carecían de experiencia periodística” (Carl Bernstein, “La CIA y la Prensa”, Rolling Stone, 1977). No hay razón para creer que la relación amistosa de Time con “Asesinatos Inc.” del gobierno de EE.UU. ha terminado.

¿Por qué esta publicación completamente comprometida decidió honrar a “Las Rompedoras del Silencio”?

En lo que respecta a las secciones políticamente más sensibles de la clase dominante estadounidense, los escándalos actuales de conducta sexual inapropiada tienen dos beneficios principales. Primero, la purga de figuras prominentes en Hollywood, Washington y otros lugares donde el mero decir de los acusadores es otro paso en el camino hacia un gobierno autoritario y la destrucción de los derechos democráticos elementales. Justificado por casi 20 años con la “guerra al terror” y otras preocupaciones de “seguridad nacional”, el ataque a los derechos garantizados constitucionalmente está muy avanzado. Se detuvieron y torturaron a personas, se lanzaron misiles teledirigidos, se elaboraron “listas de condenados a muerte”, se organizaron guerras y se arrasaron países enteros sin autorización legal y a espaldas de la población estadounidense.

Esta “limpieza de género”, en la que personalidades familiares e incluso populares desaparecen (literalmente) de la noche a la mañana, al estilo McCarthy, sin tener el derecho a defenderse, a menudo sobre la base de acusaciones anónimas, debe ser vista en este marco antidemocrático. Uno de los objetivos de la nueva represión es crear un clima de miedo e intimidación. “Los depredadores sexuales”—e incluso “¡seductores en serie!”—pueden ser el objetivo en este momento pero, a largo plazo, las autoridades tienen en la mira a disidentes políticos y opositores de izquierda del orden establecido.

Además, la caza de brujas sexual, con su mensaje de que cada mujer está en el “mismo barco” contra la mala conducta masculina aparentemente universal, pretende enturbiar la conciencia popular, fortaleciendo el control de la política de identidad, difuminando y disipando el enojo contra las disparidades económicas y la desigualdad social. Su intención es desviar la atención de la casi inimaginable concentración de riqueza en manos de unos pocos y legitimar un tipo de movilización exclusivista, basada en el género, de mujeres en todas las clases contra el “patriarcado”.

La pieza de la Persona del Año de Time tiene en mente este segundo objetivo de forma muy específica y concreta. Vuelve al tema de los elementos femeninos en común a través de las fronteras económicas una y otra vez. Cerca del comienzo de su extenso artículo, por ejemplo, Zacharek, Dockterman y Sweetland nos informan: “Supuestamente, las estrellas de cine no son como usted y yo. Son esbeltas, glamorosas, autosuficientes. Usan vestidos que no podemos comprar y viven en casas con las que sólo podemos soñar. Sin embargo, resulta que—de la manera más dolorosa y personal—las estrellas de cine se parecen más a usted y yo de lo que creíamos”.

Más explícitamente, las autoras observan luego: “Las mujeres y hombres que rompieron su silencio abarcan todas las razas, todas las clases sociales, todas las ocupaciones y prácticamente todos los rincones del mundo. Pueden trabajar en los campos de California, o en la recepción del Hotel Plaza de la ciudad de Nueva York, o en el Parlamento Europeo. Son parte de un movimiento que no tiene un nombre formal. Pero ahora tienen una voz”.

Describiendo la sesión fotográfica del artículo, la pieza de Time explica cómo “un grupo de mujeres de diferentes mundos se conocieron por primera vez”. Continúa: “Judd, de pies a cabeza la estrella de cine en tacones altos, se inclinó para estrechar la mano de Isabel Pascual, una mujer de México que trabaja recogiendo fresas y pidió usar un seudónimo para proteger a su familia. … A distancia, estas mujeres no podrían lucir más diferentes. Sus edades, sus familias, sus religiones y sus etnias eran un mundo aparte. Sus ingresos no difieren por grados sino por universo… Pero en esa mañana de noviembre, lo que las separaba era menos importante que lo que las reunió: una experiencia compartida. … A menudo tenían historias pavorosamente similares para compartir”.

Esto no es algo muy sutil. Tampoco es creíble en lo más mínimo.

Se requiere un ambiente intelectual y social muy degradado para siquiera formular este argumento absurdo. Los lectores de Time tienen que creer, aparentemente, que Taylor Swift, con un patrimonio neto declarado de US$ 280 millones, debido a “una experiencia compartida”—acoso sexual (en el caso de la cantante, francamente, uno trivial)—tiene un vínculo poderoso con grandes números de recolectores de fresas, cajeras, sirvientas de hotel, asistentes de salud en el hogar y auxiliares administrativas en todo EE.UU.

Money, otra publicación propiedad de Time Inc., informó el mes pasado que “Apenas semanas antes del lanzamiento de su álbum, Swift cerró un trato de una casa nueva de US$ 18 millones en el acaudalado barrio de Tribeca, en la ciudad de Nueva York—justo al lado de su ático. Pero mientras sus dos casas de millones de dólares en Nueva York [están] una al lado de la otra, Swift también tiene casas en otros lugares del país. Tiene una mansión de US$ 25 millones en Beverly Hills, California, una casa junto al mar de US$ 17 millones en Rhode Island y un penthouse de US$ 2 millones en Nashville”.

Y Swift, una artista, no es el verdadero problema aquí, y tampoco lo es Ashley Judd (con un patrimonio neto declarado de US$ 22 millones), más allá de lo fervientes y erróneas que parecen ser las opiniones de la última. Swift y Judd son más o menos dobles inadvertidas. Lo que realmente están disculpando las autoras de Time es la inmensa riqueza y poder de la oligarquía financiera. Detrás y a través de las cantantes pop y estrellas de cine, uno debe evocar con simpatía las imágenes de Hillary Clinton, la senadora Elizabeth Warren y ejecutivas corporativas como Safra A. Catz, de Oracle, cuya compensación total de 2016 fue de US$ 40.9 millones, Margaret C. Whitman, Hewlett Packard (US$ 32.9 millones), Virginia M. Rometty, IBM (US$ 32.3 millones), Marissa A. Mayer, Yahoo (US$ 27.4 millones), Indra K. Nooyi, PepsiCo (US$ 25.1 millones) y Mary T. Barra, General Motors (US$ 22.4 millones), todas integrantes de un sexo oprimido.

La intervención reaccionaria de Clinton en el caso Brock Turner, de la Universidad Stanford, en junio de 2016, y toda la tormenta de los medios alrededor de ese asunto, tenía ese objetivo específico en mente. El público debía entender que Clinton también podía considerar al caso como “desgarrador”. No importaba que era una belicista manchada con sangre y en el bolsillo de Wall Street. Su empatía como mujer le proporcionaba credenciales “progresistas”. El premio Persona del Año de Time es una extensión de esta campaña de propaganda podrida.

Clinton y toda la élite estadounidense tenían una buena razón para estar nerviosos. Cuando Jennifer Agiesta, de la CNN, analizó el desglose por edad y sexo en 27 estados donde la CNN realizó encuestas de entrada y salida durante las primarias del Partido Demócrata en 2016, halló que el “socialista” Bernie Sanders “superaba a Clinton por un promedio de 37 puntos porcentuales entre las mujeres de 18 a 29—un resultado sorprendente dado el énfasis de Clinton en la naturaleza histórica de su candidatura”.

Esto refleja una realidad económica objetiva—que un gran número de mujeres jóvenes y de clase trabajadora enfrentan dificultades y un futuro sombrío y no tienen interés en identificarse con figuras como Clinton, Warren, Nancy Pelosi, Diane Feinstein, Kirsten Gillibrand, Michelle Obama, Nikki Haley, Theresa May, Angela Merkel, Christine Lagarde, Condoleezza Rice, Sonia Gandhi y Aung San Suu Kyi, mucho menos las Whitman, Rometty y Barra y el resto de las mujeres criminales de guerra y explotadoras que afligen al mundo junto con sus homólogos masculinos.

Como señalamos recientemente en la WSWS, “Décadas de política de identidad han desorientado y corrompido el pensamiento social. El desplazamiento de la evaluación científica de la sociedad sobre la base de clase con el engaño de género y raza ha disminuido la conciencia social”.

La incapacidad o falta de voluntad de aquellos influenciados por la controversia de conducta sexual inapropiada para ubicar el nuevo momento “Letra Escarlata” de Estados Unidos en un contexto histórico o social seguramente refleja esto.

El argumento feminista, reflejado también en parte de la correspondencia a la WSWS sobre el alboroto actual, de que hay una “experiencia femenina universal” basada en una realidad común o el miedo a la violencia sexual masculina es completamente espurio. Por supuesto, hay experiencias femeninas comunes frente a las masculinas, como hay experiencias masculinas frente a las femeninas, como hay, para el caso, experiencias humanas “universales” frente a otros mamíferos hechos de vida. Nada de esto siquiera remotamente forma la base de una política socialista o incluso políticamente democrática.

Las transacciones decisivas las personas hacen en colectivo son socio-económicas y reflejan sus relaciones con el estado económico de las cosas dominante, con lo que Frederick Engels denominó “los hechos testarudos del sistema de producción existente”. De hecho, el grado en que la “naturaleza” y la biología influyen de forma inmediata en el resultado de las vidas de las mujeres en EE.UU. ha disminuido dramáticamente en las últimas décadas. Mujeres individuales pueden ver sus vidas traumatizadas, devastadas e incluso destruidas de forma trágica por la violencia sexual, pero esa no es la experiencia universal o incluso casi universal. La experiencia mucho más común es la explotación capitalista directa y la violencia económica. En EE.UU., las mujeres representaban el 18 por ciento de la fuerza laboral en 1900. En 2015, las mujeres representaban el 47 por ciento de la fuerza de trabajo estadounidense, o 73 millones de mujeres, y un 49,3 por ciento de todos los trabajos (porque muchas mujeres tienen más de un trabajo).

La agresión sexual y la violación son crímenes graves, que indudablemente no se denuncian, especialmente, como hemos señalado, en el ejército, las prisiones, fábricas y lugares de trabajo, y en otros sitios donde las capas más oprimidas de la población, incluidos los inmigrantes, están bajo el control de los poderosos. Es un hecho atroz de la existencia contemporánea.

Sin embargo, la afirmación de que las mujeres viven, o deben vivir, en un terror interminable al ataque físico del otro sexo es insultante y falso. Individuos ingenuos, bienintencionados que han sido absorbidos por el frenesí de la conducta sexual impropia pueden avanzar la noción, pero su origen es a menudo siniestro y saturado de religión.

No es accidente que el ultra-derechista Curt Anderson, ayudante en la Casa Blanca de Reagan, ex director político del Comité Nacional Republicano, estratega de la campaña presidencial del gobernador Bobby Jindal y ahora socio en una firma consultora republicana, interviene en este sentido en the Federalist del 6 de diciembre.

El título del artículo de Anderson, “Agradezca Separar el Sexo de la Moralidad por el Gran Colapso Sexual Estadounidense”, y su subtítulo, “El abuso sexual y los sorteos de acoso que presenciamos hoy es el resultado directo de nuestra sociedad decidiendo que la moralidad cristiana es estrecha , represiva y, sobre todo, que no es cool”, son reveladores en sí mismos. Anderson comenta en el cuerpo de su pieza, “Lo que la Izquierda olvida es el simple hecho de que una vez que se eliminan todos los códigos morales, los hombres se comportarán mal. Hay que contar con ello. La explicación teológica sería la doctrina del ‘pecado original’. La explicación moderna sería que ‘los hombres son cerdos.’”

En cualquier caso, si uno quiere adoptar el mero estándar de la posibilidad inminente de violencia y muerte, los hombres en la sociedad capitalista moderna viven en un riesgo mucho mayor. Linda Bannon, en Gender: Psychological Perspectives (2016), señala que “Más del 90 por ciento de las muertes en el lugar de trabajo involucran a hombres”. En este sentido, según una encuesta nacional de 2010 de los Centros para el Control de Enfermedades y Departamento de Justicia de EE.UU., en los 12 meses previos, más hombres que mujeres habían sido víctimas de violencia física de la pareja íntima y más del 40 por ciento de la violencia física severa había sido dirigida a los hombres.

En The Body Social (1993), Anthony Synott argumenta que “La violencia es un problema mucho mayor para los hombres que para las mujeres… Los hombres mueren más a menudo en accidentes de tráfico, accidentes industriales, accidentes domésticos y otros que las mujeres. … Su tasa de mortalidad es un 40 por ciento más alta que la de las mujeres, lo que se traduce en unos ocho años de vida. Algunos han llamado ‘androcidio’ a este patrón de mortalidad, y retratan a los hombres (en lugar de las mujeres) como víctimas de la cultura y/o la biología”.

¿Los hombres deberían entonces unirse a través de las líneas de clase contra esta aparente conspiración de violencia cultural y social? Este es el razonamiento detrás del movimiento derechista de “Derechos de los Hombres”, cuyas opiniones rechazamos con desprecio. La agresión sexual, la violencia doméstica y las muertes industriales son todas producto de la sociedad de clase y todas exigen acabar con las relaciones sociales capitalistas.

No hay una “experiencia femenina universal” más significativa socialmente de lo que hay una “experiencia negra universal” socialmente decisiva, a pesar de las afirmaciones de Las Vidas Negras Importan y de charlatanes como Ta-Nehisi Coates. Hay mujeres y luego hay mujeres, hay afroamericanos y luego hay afroamericanos. Los argumentos sobre las condiciones de “todos” son formulados invariablemente por un subgrupo muy específico, un elemento pequeño burgués privilegiado (o aquellos torpemente arrastrados por la corriente) buscando promover sus propios intereses.

La idea de que las mujeres de todas las clases sociales deberían unirse por temor a la violencia sexual masculina y subordinarse a la política feminista burguesa (y, de hecho, al Partido Demócrata) surge, oportunamente, en un momento en que la polarización social de la población femenina ha alcanzado nuevos picos, o sea, cuando los antagonismos de clase entre las mujeres son más claros y dramáticos que en cualquier punto de la historia.

Este es un tema que al movimiento feminista no le interesa abordar. Como señaló Kathleen Geier, de forma reveladora, en the Nation de noviembre de 2016, “Las diferencias de clase entre las mujeres son un tema tabú”.

Sin embargo, ciertos investigadores y académicos han prestado atención a las desigualdades “dentro del género”. La economista británica Alison Wolf, profesora Sir Roy Griffiths de Gestión del Sector Público en el King’s College de Londres y autora de The XX Factor (2013), señaló en 2013: “La desigualdad entre las mujeres está creciendo muy rápido. Tanto en el Reino Unido como en EE.UU., el porcentaje de las ganancias totales de las mujeres que va al 1 por ciento femenino superior se ha duplicado desde los años 1980” (The Spectator).

Wolf también señaló (en the Guardian, 2015) “El último medio siglo ha sido asombroso para mujeres con un alto nivel educativo. Para ellas, el éxito profesional es la nueva normalidad. … Pero también significa que la élite femenina es cada vez más diferente de otras mujeres. La clase triunfa sobre el género. Y la desigualdad entre las mujeres está aumentando mucho más rápido que entre los hombres”. Y además, en la misma pieza, “‘La hermandad’ está muerta. Mujeres diferentes tienen vidas e intereses muy diferentes”.

Ruth Milkman, profesora de sociología del Graduate Center de CUNY, escribió en 2017 en The Sociologist, “Las desigualdades de clase entre las mujeres son mayores que nunca. Las mujeres altamente educadas, de clase media alta—un grupo muy sobrerrepresentado en descripciones mediáticas de mujeres en el trabajo y en el más amplio discurso político sobre desigualdad de género—tienen mejores oportunidades que sus equivalentes en anteriores generaciones. Pero su experiencia es un mundo aparte de la del número mucho mayor de mujeres obreras que luchan para llegar a fin de mes en trabajos mal pagos de oficina, tiendas minoristas, restaurantes y hoteles; en hospitales y hogares de ancianos; o como amas de casa, niñeras y trabajadoras de atención domiciliaria”.

Leslie McCall, profesora de sociología y ciencia política en Northwestern University, observó en 2013 (“¿Hombres contra Mujeres, o el 20 Por Ciento Superior contra el 80 Inferior?”), “Desde 1970 … las ganancias de las mujeres en la cima crecieron más rápido que las de los hombres en la cima en cada década. … En contraste, los ingresos medios de las trabajadoras a tiempo completo fueron iguales en la última década, como lo fueron para los hombres. Esto marca una reversión histórica de las ganancias saludables en los ingresos de casi todas las mujeres durante las últimas décadas”.

Además, como Wolf argumentó en 2013, en una promoción para su libro, The XX Factor, “Entre hombres y mujeres más jóvenes con iguales niveles educativos, que también han puesto el mismo tiempo en la misma ocupación, no quedan brechas salariales de género”.

Esto explica la particular vehemencia de la campaña de conducta sexual impropia en condiciones de conflictos amargos sobre el avance dentro de las profesiones de clase media. Existe la necesidad desesperada de presentar una imagen de acoso sexual omnipresente y tormento virtualmente constante con el fin de aprovechar un mayor avance (y en Hollywood, en algunos casos, para reavivar carreras decepcionantes o que desvanecen). Esta es la fuente, en parte, de los reclamos exagerados, la autocompasión nauseabunda y aparentemente sin fondo y el egocentrismo exhibido por gente que gana millones de dólares, y todo el resto.

Más allá de ocasionales palabras vacías, a los guerreros de la política de identidad no les interesa las necesidades o el destino de las mujeres de clase obrera, cuyas condiciones se han deteriorado, junto con las de los hombres de clase obrera, durante décadas. Decenas de millones de mujeres de clase trabajadora siguen estancadas en empleos mal pagos, sin futuro y a menudo agotadores. En 2013, por ejemplo, según el Departamento de Trabajo, las mujeres eran el 72 por ciento de los cajeros (ingreso promedio semanal, US$ 379, o US$ 19,708 por año), 88 por ciento de mucamas y limpiadoras (US$ 406 por semana), 95 por ciento de cuidadores de niños (US$ 418 por semana), 84 por ciento de asistentes de cuidado personal (US$ 445 por semana) y 89 por ciento de auxiliares docentes (US$ 475 por semana).

Ni la burocracia del Partido Demócrata, el New York Times o Revista Time, ni los vigilantes sexuales del movimiento “Yo También” y personalidades de los medios plantean los problemas urgentes de salarios de pobreza, derecho a la salud y el aborto, cuidados de niños asequible, educación pública o derechos de los inmigrantes. Un importante estudio publicado en abril de 2016 por el Avance de Nuevos Estándares en Salud Reproductiva, un grupo de investigación en la Universidad de San Francisco, California, halló que había conexiones “profundas” a largo plazo entre las vidas de las mujeres y las consecuencias de que se les niegue el acceso al aborto. Descubrieron “que las mujeres con embarazos no deseados a término tienen más probabilidades de vivir en la pobreza, mientras que el 40 por ciento encuestado dijo que había buscado abortos por razones económicas”. El Partido Demócrata cedió en este asunto hace años.

La ironía, por supuesto, es que cuando el furor termine y nadie recuerde los pormenores del presente escándalo de conducta sexual impropia, resultará evidente que los únicos defensores consistentes y con principios de los derechos elementales de las mujeres, gays y afroamericanos son los socialistas.

Somos fieles a la tradición de Rosa Luxemburgo y Eleanor Marx en este frente, con su compromiso con los derechos democráticos, progreso y los intereses de clase de la clase trabajadora, de mujeres y hombres, y su desdén por las feministas burguesas y la opinión pública burguesa.

En 1892, Eleanor Marx elogió un congreso reciente de la Internacional Socialista en Bruselas que “subrayó con claridad la diferencia entre el partido de las ‘feministas’ por un lado, que no reconocen ninguna lucha de clases sino sólo una lucha de sexos, que pertenecen a la clase poseedora, y que exigen derechos que serían una injusticia contra sus hermanas de la clase trabajadora, y, por otro lado, el verdadero partido de las mujeres, el partido socialista, que tiene una comprensión esencial de las causas económicas de la posición actual desfavorable de las mujeres trabajadoras y que hace un llamado a las mujeres trabajadoras para librar una lucha común, codo a codo, con los hombres de su clase contra el enemigo común, a saber: los hombres y las mujeres de la clase capitalista”.

Hace 125 años, la hija de Marx continuó señalando que para las “feministas”, así como para el misógino, “‘mujer’ es sólo mujer. Ninguno de los dos ve que está la mujer explotadora de la clase media y la mujer explotada de la clase trabajadora. Para nosotras, sin embargo, la diferencia sí existe. No vemos más en común entre una señora Fawcett [Millicent Fawcett, presidente de la Unión Nacional de Sociedades del Sufragio Femenino] y una lavandera de lo que vemos entre Rothschild y uno de sus empleados. En resumen, para nosotras sólo existe el movimiento de la clase trabajadora”

La lucha contra todas las formas de violencia contra las mujeres es la lucha por la unidad de la clase trabajadora y el socialismo. Esta es la lucha librada por el Partido Socialista por la Igualdad, Jóvenes y Estudiantes Internacionales para la Igualdad Social y sus organizaciones hermanas (secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional).