La investidura de Ramaphosa y la degeneración del Congreso Nacional Africano

19 febrero 2018

El viernes, Cyril Ramaphosa fue investido como presidente de Sudáfrica, siendo el representante elegido del Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) y contando con el entusiasta apoyo de las potencias imperialistas y corporaciones globales.

Su surgimiento al cargo supremo del Estado refleja tanto la bancarrota de la perspectiva del nacionalismo burgués, como la transformación de los viejos movimientos nacionalistas, que alguna vez profesaron objetivos antiimperialistas e incluso socialistas, como instrumentos directos del dominio imperialista. Más allá, los trabajadores en cada país verán en Ramaphosa una versión particularmente corrupta del papel que cumplen los burócratas sindicales en todas partes como sirvientes fieles al Estado y la patronal.

La burguesía mundial le dio el visto bueno a Ramaphosa por dos factores: su enorme riqueza, y el hecho de que la obtuvo por medio de su disposición a tratar despiadadamente a la clase obrera, cuyas luchas llevaron por primera vez al ANC al poder hace 24 años.

En su discurso del estado de la Nación del viernes, Ramaphosa prometió continuar “la larga caminata” hacia la libertad, en la que “todos podremos compartir las riquezas de nuestra tierra y tener una vida mejor”, y así alcanzar, como Nelson Mandela lo describió, “la visión de una sociedad democrática, justa e igualitaria”. Sin embargo, la promesa de Ramaphosa de acabar con la corrupción y la “captura del Estado” por parte de la multimillonaria familia Gupta, la cual caracterizó al Gobierno de Jacob Zuma, tiene como eje políticas proempresariales que solo pueden empeorar la situación desesperada de los trabajadores y la juventud.

Ramaphosa servirá los intereses de las corporaciones, que incluyen frenar el clientelismo y nepotismo del Gobierno del ANC ya que incomoda su habilidad para explotar con completa libertad los abundantes recursos sudafricanos como diamantes, metales preciosos y minerales. El director adjunto del minero gigante Anglo American SA, Norman Mbazima, declaró: “Ayuda mucho cuando el presidente de un país sabe sobre tu industria”.

El Financial Times escribió acerca de la necesidad de un “pacto entre el Estado, el empresariado y el sector laboral en aras de la competitividad de Sudáfrica”. Cuando el principal diario empresarial británico habla del “sector laboral”, se refiere a la burocracia del Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU, por sus siglas en inglés), el punto de soporte clave del ANC en su alianza tripartita con el Partido Comunista Sudafricano estalinista, cuyo fin es atacar los puestos de trabajo, salarios y condiciones sociales en el país.

¡La cruzada anticorrupción será librada por el hombre más corrupto, por mucho, de toda Sudáfrica!

Durante la lucha contra el régimen de apartheid, Ramaphosa encabezó el Sindicato Nacional de Mineros (NUM, por sus siglas en inglés). Desde este punto de ventaja, fue clave en atar a los trabajadores a la perspectiva procapitalista de la Carta de la Libertad del ANC, que separaba la lucha contra la supremacía blanca y por la igualdad legal de los sudafricanos de una oposición al capitalismo.

Luego, pasó a ser un arquetipo del enriquecimiento de la nueva capa de capitalistas negros, el resultado básico de la política de Empoderamiento económico negro (BEE, por sus siglas en inglés) del ANC. En 1996, el ANC eligió a Ramaphosa para que liderara su penetración en el sector privado. Por medio del Consorcio Nacional de Empoderamiento, utilizó los fondos de pensiones de los sindicatos, junto con su habilidad para conseguir contratos del Gobierno, para conseguir puestos en las juntas de algunas de las mayores firmas en el país.

Cada negocio le trajo opciones generosas de acciones, de forma que, para el 2017, se había convertido en el máximo “tenderpreneur” sudafricano (persona en el Gobierno que más abusa de su poder político e influencia para asegurar licitaciones y contratos del gobierno), alcanzando una fortuna valorada en más de $500 millones. Ramaphosa es el segundo sudafricano negro más rico, después de Patrice Motsepe, su cuñado y único individuo negro con más de mil millones de dólares en el país.

No obstante, Ramaphosa cuenta con la confianza para ser presidente por su papel en la carnicería de Marikana.

Ningún otro evento demuestra de forma tan brutal la transformación de la burocracia sindical en una fuerza policial dirigida contra la clase obrera y en servicio del capital como la masacre de 34 mineros en la mina de Lonmin Platinum.

Los mineros, en huelga por un salario digno, se rebelaron abiertamente contra el NUM. La compañía de Ramaphosa era la socia BEE de Lonmin, controlando una participación financiera de 9 por ciento. El 12 de agosto, contactó al ministro de la Policía, Nathi Mthethwa, solicitándole que enviara más oficiales a Marikana. El 15 de agosto, Ramaphosa le escribió al ministro de Recursos Minerales que los mineros no estaban participando en una disputa laboral, sino perpetrando un acto “miserablemente criminal”.

Menos de seis meses después, Ramaphosa quedó electo como líder adjunto del ANC, junto a Zuma, como una señal de la lealtad del Gobierno a las principales corporaciones. Como el activista de Marikana, Napoleon Webster, lo señaló el año pasado: “Sabemos que el empresariado ama a Cyril… Cyril es el mismo monstruo que causo la masacre de Lonmin”.

Declarando ante el Parlamento el miércoles, Ramaphosa se refirió a la deposición de Zuma: “Todavía no hay uhuru (libertad)… Vamos a buscar mejorar las vidas de nuestra gente de forma continua, precisamente lo que hemos hecho desde 1994”. Esto no podría ser menos cierto. El ANC llegó al poder en abril-mayo 1994 al frente de un movimiento revolucionario de las masas obreras, las cuales no se oponían solo al apartheid, sino a las inmensas carencias impuestas a millones.

Sin embargo, la Carta de la Libertad del ANC estaba basada en la perspectiva estalinista de la “revolución en dos etapas”. La meta principal iba a ser establecer la democracia, subordinando las aspiraciones socialistas de la clase obrera—una tarea encargada para el COSATU— hasta un momento indefinido.

El Gobierno de la alianza tripartita ha impuesto despiadadamente los dictados del capital global y la burguesía sudafricana, enriqueciendo así a una capa de empresarios, políticos y gerentes negros, sin llevar a cabo medidas que beneficiaran auténticamente a la clase trabajadora.

La desagradable realidad es que la posición social de la clase obrera es hoy peor que durante el apartheid. La desigualdad de ingresos es extraordinariamente alta: cerca del 60 por ciento de la población gana menos de $7.000 al año, mientras que un 2,2 por ciento de la población obtiene más de $50.000. Al mismo tiempo, el 10 por ciento más pudiente de la población controla entre el 90 y 95 por ciento de la riqueza.

Más de la mitad de la población vive oficialmente en la pobreza, ganando menos de $43 por mes, mientras que 13,8 millones viven en extrema pobreza. El desempleo oficial es de 28 por ciento, y el no oficial de 36 por ciento, alcanzando un impactante 68 por ciento entre jóvenes.

Ninguna de las necesidades sociales y democráticas de la clase obrera y las masas oprimidas puede ser satisfecha bajo el dominio de la burguesía nacional, la cual se encuentra orgánicamente ligada al imperialismo y cuyos privilegios dependen de la brutal explotación de los trabajadores y campesinos pobres.

Los obreros avanzados, ante todo la generación más joven que ha visto su vida arruinarse por la defensa del capitalismo y del orden imperialista global por parte de la ANC, tiene que asumir la construcción de una nueva dirección revolucionaria. Su perspectiva tiene que ser tomar el poder estatal en sus propias manos y construir un Gobierno obrero que implemente políticas socialistas como la expropiación de los bancos, la minería y las mayores corporaciones, y su administración con base en las necesidades sociales y no el lucro privado.

Ante una economía globalizada y el dominio del mundo entero por parte de las potencias imperialistas y corporaciones transnacionales y bancos gigantescos, esta lucha solo puede librarse con éxito si se enraíza en la estrategia expuesta por León Trotsky en su Teoría de la Revolución Permanente y avanzada hoy día por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI).

La clase obrera en Sudáfrica debe adoptar su propia estrategia socialista e internacional independiente, buscando unir su lucha contra el ANC, COSATU y sus benefactores empresariales e imperialistas con las luchas de sus hermanos y hermanas en todo África y el mundo. Esto significa comenzar la construcción de una sección del CICI, el partido mundial de la revolución socialista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 17 de febrero de 2018)

Chris Marsden