El columnista del New York Times Charles Blow culpa a Rusia por la disminución de la participación de votantes negros

por Fred Mazelis
23 febrero 2018

El columnista del New York Times Charles Blow, en un artículo de opinión predecible pero revelador, ha intervenido en las acusaciones de 13 ciudadanos rusos y tres compañías por cargos de intromisión en las elecciones estadounidenses de 2016.

Según Blow, los supuestos trols rusos atacaron el “voto negro” en particular. El escritor del Times afirma que los “jóvenes votantes negros con mentalidad de activistas” fueron blanco de los rusos y convencidos, en números significativos aunque indeterminados, de “establecer una de las herramientas políticas más poderosas que tienen, asegurando así una amplificación de su propia opresión”.

Para defender su caso, Blow cita acríticamente la acusación federal en sí, alegando que los “acusados y sus co-conspiradores ... comenzaron a alentar a los grupos minoritarios de los EUA a no votar en las elecciones presidenciales de 2016 o a votar por un candidato a la presidencia de Estados Unidos de un tercer partido”.

Hagamos una pausa y consideremos las implicaciones de la notable afirmación de Blow de que elegir no votar, o votar por un tercero, constituye “garantizar una amplificación de su propia opresión”. El New York Times y el resto de los principales medios de comunicación capitalistas se indignan por presuntas intromisiones en las elecciones por parte de los rusos, declarando que es un ataque a la “democracia estadounidense”. Pero la democracia ostensiblemente incluye el derecho a votar por un tercero —en el caso relativamente raro que uno logre obtener el estatus para la votación— incluyendo el Partido Verde y su candidata presidencial Jill Stein de 2016. Sin embargo, Blow, citando la acusación federal, considera que instar a la gente a votar por un tercero ¡es un ataque al derecho al voto! Él está a favor del derecho a votar ... siempre y cuando las papeletas se emitan para los candidatos adecuados.

Blow acusa a los rusos de “empujar a los votantes negros hacia una apatía basada en la ira”. En otras palabras, la decisión de no elegir entre dos candidatos de la clase dominante es una demostración ilegítima de “apatía”. El texto de la acusación federal deja en claro que la supuesta intromisión rusa incluía los llamamientos de los medios sociales a “no recurrir al mal menor”. Lo que Blow condena como apatía es en muchos casos una decisión política consciente. Pero en la medida en que amenaza el monopolio político de dos partidos de derecha controlados por corporaciones, Blow lo considera ilegítimo, si no traidor.

Aunque uno asuma que todos los cargos en la acusación son ciertos —una suposición dudosa dada la amplia y bien documentada capacidad del FBI para fabricar y mentir— la idea de que Putin o sus troles son necesarios para reprimir la participación electoral en los EUA es descabellada. Incluso en las elecciones presidenciales estadounidenses más duramente disputadas, apenas el 50 por ciento de la población vota. Entre los afroamericanos, el porcentaje de abstención ha estado en este rango, y ha sido mucho más alto en los años no presidenciales. Un gran número de trabajadores han llegado a la conclusión de que no tienen otra opción dentro del sistema bipartidista, que es una farsa, que representa a los ricos y solo a los ricos. La capacidad del establishment corporativo y la aristocracia financiera para dictar las políticas del gobierno en todos los niveles mediante el soborno de los políticos y la compra de elecciones quedó consagrada en la ley por la notoria decisión de Citizens United emitida por el Tribunal Supremo en 2010.

Además de sus miles de millones en campañas publicitarias y donaciones, la clase dominante asegura su monopolio del sistema político al levantar enormes obstáculos en el camino de los candidatos socialistas o independientes, incluidas las leyes restrictivas de acceso a las urnas que hacen que sea prácticamente imposible para los candidatos que no son enormemente ricos para estar en la boleta en muchos de los estados más populosos. Los candidatos de izquierda que se oponen al monopolio bipartidista son rutinariamente marginados por los medios y excluidos de los debates electorales.

Según explicó el dirigente revolucionario ruso Vladimir Lenin hace más de un siglo —en palabras que no necesitan ser alteradas— la democracia bajo el capitalismo es “democracia para una minoría insignificante, democracia para los ricos ... los oprimidos pueden cada pocos años decidir qué representante particular de la clase opresora los representará y reprimirá en el parlamento”.

Enfrentar a candidatos corruptos de la clase dominante en ambos partidos, ¿es un misterio que millones de votantes decidieran no votar en 2016? Se supone que las fuentes rusas gastaron unos miserables $15 millones. Por cada voto que la supuesta intromisión rusa pudiera haber influido, indudablemente había al menos 100 votantes que no necesitaban recordar el papel de Clinton, la candidata favorita de Wall Street y de la CIA, y las promesas incumplidas, el militarismo en aumento y la creciente desigualdad de los años de Obama. Trump, el pseudo-populista fascista, pudo explotar el disgusto con los demócratas para obtener el nivel necesario de abstención entre los votantes de la clase trabajadora, blancos y negros, así como los votos de sectores desesperados de los trabajadores para ganar el voto electoral.

Muchos afroamericanos eran conscientes del papel de los Clinton, tanto en la “reforma del bienestar” como en la histeria de la ley y el orden de la década de 1990, durante los dos mandatos de Bill Clinton en la Casa Blanca, que aumentaron el encarcelamiento masivo a niveles récord.

Examinemos el tema de la represión a los votantes como realmente existe, no en la fértil imaginación de Charles Blow. Hace unos cinco años, la Corte Suprema de Estados Unidos invalidó la disposición más crucial de la Ley de Derechos Electorales de 1965, dejando libres así a nueve Estados, principalmente en el sur, para promulgar cambios en los procedimientos de votación sin obtener primero la aprobación federal. Esto puso en marcha una serie de esfuerzos para reducir los derechos de voto que se ganaron en generaciones de lucha contra la segregación de Jim Crow. En los últimos años, por ejemplo, el número de Estados que exigen identificación con foto como condición para votar ha aumentado a 18.

Los ataques al derecho al voto han sido encabezados por los elementos más reaccionarios dentro del Partido Republicano, pero los demócratas y sus partidarios como Blow, que ahora gritan sobre la manipulación de las elecciones por parte de extranjeros, han guardado silencio sobre ataques reales que han privado de derechos a millones de votantes. Su preocupación no es el derecho al voto, sino la defensa del sistema bipartidista totalmente antidemocrático del capitalismo estadounidense.

Tan desnuda es la reverencia de Blow ante el status quo político que se siente obligado a tapar sus huellas, admitiendo que la compañera proveedora de política racial y autora Michelle Alexander, así como el ex mariscal de campo de la Liga Nacional de Fútbol [americano] Colin Kaepernick, denunciaron a Hillary Clinton. No queriendo atacar a estas figuras, termina con el argumento de que “al tomar sus decisiones electorales, los negros tenían manos indeseadas en la espalda, poco éticas e ilegales ...”.

A pesar de este doble discurso, el objetivo de la columna de Blow está muy claro. Todos los trabajadores y jóvenes que luchan contra el dominio absoluto del sistema bipartidista capitalista son en el mejor de los casos incautos del poder “revisionista” de Rusia u otros actores extranjeros señalados como enemigos del imperialismo estadounidense. Ellos han sido advertidos.

Hay una lógica política en este neo-macartismo. Aquellos que persisten en su actividad antiamericana, que buscan fuentes de noticias alternativas y luchan por romper con los partidos de las grandes empresas, los demócratas en particular, son culpables de deslealtad y serán tratados en consecuencia. Así como el socialista pionero Eugenio Debs fue enviado a prisión por oponerse a la Primera Guerra Mundial hace 100 años, hoy la etiqueta de traición puede ser y será puesta sobre aquellos que se resistan a los preparativos bipartidistas de guerra de la clase dominante.

La columna de Blow muestra el papel reaccionario de la política de identidad racial. Él llama a la supuesta intromisión rusa “un crimen racializado”. Esto destaca el papel de la política de identidad en el cultivo de una circunscripción en la clase media alta para la guerra imperialista en el extranjero y la represión en el país.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de febrero de 2018)