Las elecciones fraudulentas de Al Sisi y el destino de la Revolución Egipcia

31 marzo 2018

Los centros electorales cerraron el miércoles en Egipto después de unos fraudulentos comicios de tres días convocados por la dictadura respaldada por Estados Unidos del general Abdelfatá al Sisi, quien tomó el poder a través de un golpe de Estado en el 2013.

Mientras que todavía están por publicarse los resultados oficiales, nunca han estado en duda. Se reporta que Al Sisi obtuvo más del 90 por ciento de los votos, mientras que su único oponente, el poco conocido Mousa Mostafa Mousa, un político oficialista, recibió apenas 3 por ciento.

Mousa había apoyado públicamente la reelección de Al Sisi hasta que lo seleccionaron como contrincante para darle una fachada de legitimidad a la farsa electoral. Los otros candidatos que pudieron haber desafiado al dictador, incluyendo a líderes de las fuerzas armadas, fueron amenazados, intimidados y, por lo menos en un caso, encarcelados par que no participaran.

Pese al hecho de que Al Sisi recibió prácticamente todos los votos, la participación electoral fue significativamente menor a la de la última votación en el 2014. El Gobierno afirmó que esperaba que esta cifra superara el 40 por ciento, pero otras fuentes indican que estuvo alrededor del 30 por ciento, con un ausentismo generalizado entre los jóvenes. Según todas las cuentas, menos de 25 millones de los 60 millones de votantes registrados participaron.

Los centros de votación se encontraban en gran parte vacíos el miércoles, el tercer día del balotaje, pese a que el régimen emprendió una campaña extraordinaria de amenazas y sobornos para que la población votara. Los oficiales del Gobierno amenazaron con penalizar a los votantes registrados que no fueran a las urnas; los patrones llevaron a sus trabajadores a votar en buses, incluso amenazándolos en ciertos casos con votar o ser despedidos; automóviles con sistemas de sonido recorrieron los barrios más pobres prometiendo pagos en efectivo y raciones de comida para los que fueran a votar. En algunas áreas, los oficiales prometieron proyectos de obras públicas en distritos con una participación mayor al 40 por ciento.

La abstención masiva bajo tales circunstancias manifiesta el humeante enojo y desprecio de amplias secciones de la población hacia el régimen.

Desde que llegó al poder hace cuatro años, Al Sisi ha implementado medidas policiales-estatales salvajes. El mariscal egipcio consolidó su poder derrocando al presidente electo respaldado por la Hermandad Musulmana, Mohamed Morsi, y masacrando a más de 1.600 de sus seguidores en las calles de El Cairo en el 2013.

Desde entonces, alrededor de 60.000 personas han sido encarceladas por razones políticas, ha habido miles de desapariciones forzadas y la tortura se ha vuelto desenfrenada en las cárceles del régimen. Los sitios web de oposición han sido clausurados, incluyendo la prensa alternativa, mientras que los medios de comunicación principales han sido completamente intimidados para hacer eco de la propaganda oficial.

La represión hoy día es peor que bajo los 30 años de la dictadura respaldada por EUA de Hosni Mubarak, derrocado por un levantamiento de las masas obreras de Egipto en febrero del 2011.

Al mismo tiempo, la dictadura de Al Sisi ha implementado “reformas” de gran alcance para cumplir con las condiciones impuestas en el 2016 bajo un acuerdo de $12 mil millones con el Fondo Monetario Internacional.

La gran patronal —incluyendo el ejército, el cual controla el 40 por ciento de la economía de Egipto— ha visto sus ingresos aumentar, mientras que la clase obrera ha sufrido una severa caída en sus niveles de vida como resultado de devaluaciones de la divisa, inflación, recortes a los subsidios y aumentos en los impuestos. Alrededor del 40 por ciento de los casi 100 millones de habitantes del país viven con menos de $2 al día, mientras que el desempleo es endémico, particularmente entre los jóvenes. Según las estadísticas oficiales, el 26,7 por ciento de aquellos entre 18 y 29 años está desempleado; sin duda la cifra es mucho mayor.

Los mismos oficiales estadounidenses que denunciaron los recientes comicios rusos como ilegítimos y condenaron la votación planeada en Venezuela como un fraude incluso antes de ser efectuada han ofrecido comentarios favorables a las elecciones arregladas de Egipto.

El lunes, la embajada estadounidense en El Cairo tuiteó una foto del encargado de negocios, Thomas Goldberger, en un centro de votación junto al mensaje: “Como estadounidenses, nos impresiona mucho el entusiasmo y el patriotismo de los votantes egipcios”.

El martes en Washington, la vocera del Departamento de Estado afirmó el apoyo estadounidense a un “proceso electoral transparente y creíble” en Egipto, pero se rehusó a comentar sobre el carácter del corrupto y despreciable proceso que realmente se desarrollaba en el país, utilizando como pretexto que todavía no se había acabado la votación.

El imperialismo estadounidense respalda complemente al régimen de Al Sisi, entregándole $1,3 mil millones en asistencia militar por año, una cantidad solo superada por Israel. Los simbólicos requisitos para esta asistencia impuestos por el Congreso y relacionadas a los derechos humanos y a la democratización, son consistentemente puestas a un lado en nombre de la seguridad nacional. Ni los demócratas ni los republicanos protestan. A pesar de justificar la ayuda refiriéndose a la “guerra contra el terrorismo”, las armas estadounidenses están siendo utilizadas por un régimen de terror contra el pueblo egipcio.

El hecho de que Washington respalda a Al Sisi mientras libra sangrientas guerras de cambio de régimen en Libia y Siria en nombre de los “derechos humanos” y la “democracia” no solo expone la hipocresía del imperialismo estadounidense, sino su estrategia contrarrevolucionaria por todo Oriente Próximo.

Tanto el respaldo estadounidense al golpe de Estado de Al Sisi como sus intervenciones en Libia y Siria tuvieron como objetivo aplastar los levantamientos revolucionarios que estremecieron la región en el 2011, denominados la “Primavera Árabe”. Al mismo tiempo, pretendían propulsar sus esfuerzos para imponer una hegemonía indisputable del imperialismo estadounidense sobre esta región rica en petróleo y estratégicamente vital.

No obstante, los planes contrarrevolucionarios de los estrategas estadounidenses se están enfrentando a un resurgimiento de la lucha de clases por toda la región. Los últimos meses han presenciado protestas de masas en Túnez e Irán, al igual que huelgas de doctores y maestros en Argelia. En Egipto, el latente malestar de la clase obrera inevitablemente estallará de nuevo en una lucha revolucionaria.

Esta amenaza fue señalada por Der Spiegel de Alemania, cuyo Gobierno también respalda a Al Sisi. “La arbitrariedad policial, los aumentos en los precios de la comida, el desempleo juvenil y un presidente cada vez más distante del pueblo —todos estos factores que produjeron el levantamiento contra Mubarak hace siete años están presentes nuevamente en Egipto—”, advierte la revista. “Por ende, el Gobierno federal [alemán] no debería enceguecerse ante la promesa de estabilidad hecha por al Sisi, sino mirar más de cerca a lo que ocurre en El Cairo”.

Es vital, bajo estas condiciones, que las lecciones extraídas de la traición de la Revolución de Egipto en el 2011 y de los otros levantamientos en la región sean estudiados y asimilados por los trabajadores y jóvenes con consciencia de clase que están entrando en lucha.

Las manifestaciones multitudinarias —y, ante todo, las huelgas de las masas obreras de Egipto— pudieron deponer al dictador que apoyaba EUA y sacudieron toda la superestructura de poder egipcia hasta sus cimientos. Sin embargo, al no establecer su independencia política ni contar con un partido revolucionario que la guiase, la clase trabajadora de Egipto no pudo derrocar al Estado capitalista ni sentar las bases para lograr sus objetivos democráticos y sociales por medio de la eliminación de la explotación capitalista y la opresión imperialista.

Una y otra vez, la burguesía nacional egipcia, con el respaldo de sus patrocinadores imperialistas, tanteó varios reemplazos para Mubarak a fin de subordinar a la clase obrera al gobierno capitalista y al dominio imperialista. Para esta operación, contó con la colaboración, cuya importancia política fue crítica, de los representantes pseudoizquierdistas de las capas privilegiadas de la clase media egipcia organizadas en el grupo Revolucionario Socialista (RS).

Afiliados con la Organización Internacional Socialista (ISO, por sus siglas en inglés) de EUA, el Partido de los Trabajadores Socialistas (SWP, por sus siglas en inglés) de Reino Unido y el partido La Izquierda (Die Linke) de Alemania, el RS pudo dedicarse en cada etapa de la revolución a encauzar las aspiraciones revolucionarias de los trabajadores egipcios detrás de una u otra facción de la burguesía, primero fomentando ilusiones en el ejército, luego en la Hermandad Musulmana como “la ala derecha de la revolución” y, a medida que crecía la oposición al Gobierno de Morsi, se alinearon nuevamente detrás de los generales y celebraron el golpe de Estado de Al Sisi como una “segunda revolución”.

La lección para la clase obrera en Egipto y para los trabajadores de todo el mundo es que la victoria de la revolución es imposible sin el establecimiento de la independencia política de la clase obrera en oposición a todas las facciones de la burguesía y sus cómplices entre las fuerzas pseudoizquierdistas de la clase media, quienes son hostiles hacia toda revolución social.

El resultado de la Revolución Egipcia confirma el postulado central de la Teoría de la Revolución Permanente desarrollado por León Trotsky: de que en los países oprimidos solo la clase obrera puede liderar la lucha por la democracia y contra el imperialismo y que esta lucha solo puede ser completada por medio del derrocamiento del sistema capitalista como parte de una revolución socialista internacional.

La nueva ola de luchas en Oriente Próximo, que inevitablemente romperá sobre un régimen del general Al Sisi absorbido por crisis, está desarrollándose en un estado mucho más avanzado de la lucha de clases internacionalmente que en el 2011, lo que se refleja en las luchas de masas de docentes y otros sectores obreros en EUA, Europa, América Latina y el propio Oriente Próximo.

La cuestión decisiva es la construcción de un partido revolucionario de la clase obrera egipcia, una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, que luche por la toma de poder en manos de los trabajadores en Egipto y todo Oriente Próximo, como parte de la revolución socialista mundial.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 30 de marzo de 2018)

Bill Van Auken