La explotación de clases y el marcado: el secreto de la corporación de un billón de dólares

6 agosto 2018

El jueves, Apple Inc. se convirtió en la primera empresa estadounidense en alcanzar la capitalización bursátil de un billón de dólares. Sin embargo, sus competidores tecnológicos no se encuentran demasiado lejos. Amazon, el monopolio de ventas en línea, tiene un valor de $883 mil millones. La capitalización del mercado de Alphabet, la empresa matriz de Google y Youtube, es de $854 mil millones y es seguida por Microsoft en $821 mil millones.

La existencia de una empresa de un billón de dólares refleja la característica más fundamental del capitalismo contemporáneo: el grado en que la inflación de las cotizaciones bursátiles se ha convertido en un instrumento para la redistribución de riqueza de pobres a ricos, por medio de recompras de acciones y ganancias del capital en un polo de la sociedad y la supresión forzada de los salarios en el otro.

Cuando los trabajadores en todo el mundo se atreven a cuestionar su condición de explotación en la pobreza, reciben la misma respuesta universal: no hay dinero. Pero esta es una mentira absurda y explícita.

Las ganancias de Apple son extraídas por medio de un proceso coordinado y sistemático de explotación a escala mundial.

La empresa gastó $43,5 mil millones en recompras de acciones en la primera mitad de este año, lo que equivale a 40 veces lo que les pagó a sus trabajadores que producen el iPhone en China durante el mismo periodo. Al mismo tiempo, su montaña de efectivo es de $250 mil millones y su saldo acaba de inflarse aún más gracias a la nueva medida fiscal del Gobierno de Trump para incentivar la repatriación de dinero.

Mientras que Apple es solo el tercer fabricante más grande de teléfonos inteligentes del mundo en términos de volumen, es por mucho el más lucrativo, ya que sus productos cuentan con un precio mucho más elevado que las otras marcas. La empresa produce el 18 por ciento de los teléfonos inteligentes, pero recibe el 90 por ciento de las ganancias del sector.

Según un estudio, los costos laborales solo constituyen un cinco por ciento del precio final de un iPhone, con Apple quedándose el 60 por ciento de esta suma como ganancia.

Los iPhone son ensamblados en fábricas masivas en China continental como la planta de Pegatron Corp. en las afueras de Shanghái, donde emplea un máximo de 50.000 personas en un día dado, o la planta de Foxconn en Zhengzhou, China, donde llega a producir 500.000 iPhones por día.

En estas herméticas fábricas, los trabajadores trabajan regularmente 60 horas a la semana y ganan entre $2 a $3 por hora, incluyendo las horas extra. Al inicio de cada turno, deben tener sus rostros escaneados, pasar por barreras de torniquete y alinearse en formación militar antes de trabajar doce horas seguidas. Las cornisas de sus apartamentos están cubiertas con mallas para prevenir que los trabajadores se suiciden de un salto.

En las largas líneas de producción, los trabajadores ensamblan partes provenientes de 200 distintos proveedores desde América del Norte, Europa y la misma región de Asia-Pacífico. Cada fábrica es capaz de producir hasta 350 teléfonos celulares por minuto.

Una vez acabados, los celulares son tramitados a través de un sistema aduanero bizantino, cuyo resultado neto es encauzar sus ganancias hacia Irlanda, un paraíso fiscal, donde puede evitarse el pago de la mayoría de los impuestos correspondientes.

Tres cuartas partes de los teléfonos de Apple son exportados desde China. Los teléfonos destinados a EUA son enviados por aire a través del United Parcel Service (UPS) y Fedex hacia Anchorage, Alaska, y luego a Louisville, Kentucky, antes de ser distribuidos al resto del país. A lo largo de esta trayectoria, los celulares son clasificados y rastreados por trabajadores de UPS que ganan entre $9 y $15 por hora.

Algunos de estos celulares son luego enviados a tiendas minoristas de Apple, donde los empleados comerciales venden más de $300 en productos por hora, pero tienen salarios básicos de solo $13 por hora. Otros serán vendidos a través de la tienda en línea de Apple o de empresas de telefonía que serán entregados por conductores de UPS cuyo salario básico, si se aprueba el contrato actualmente demandado por el sindicato Teamsters, será de $20 por hora.

Es precisamente a raíz de esta fuerza laboral, de seres humanos que realizan 60 o más horas de tareas repetitivas y extenuantes cada semana, que pueden ser despedidos en cualquier momento y cuyas prestaciones de salud y pensiones son mínimas o inexistentes, que surge la empresa del billón de dólares.

Mientras que nadie podría denegar que Apple y Google han introducido innovaciones tecnológicas substanciales, las tecnologías sobre las cuales se basan sus productos, incluida la interfaz gráfica para la World Wide Web o red informática mundial, fueron desarrollados en el sector público o instituciones de investigación financiadas por el Estado. No es necesario ir más allá del hecho de que tanto el sistema operativo móvil de Apple (iOS) y de Google (Android) se derivan de programas gratuitos y de fuentes abiertas.

Las ventas de Apple se han multiplicado una decena de veces desde el 2009, pero el precio de sus acciones se ha multiplicado 18 veces. Después de un mínimo de $11 por acción en el 2009, su cotización en la bolsa aumentó a $207 para fines de esta semana. Estos aumentos eclipsaron por mucho el aumento en el promedio industrial Dow Jones, el cual se cuadruplicó en este periodo.

Mientras que el reporte más reciente sobre la situación laboral publicado el viernes muestra que los salarios reales cayeron 0,2 por ciento durante el último año, la bonanza del mercado bursátil ha significado ganancias anuales de 20 por ciento para las inversiones de los superricos del mundo.

Apple ha sido la gallina de los huevos de oro para la oligarquía financiera. Casi dos terceras partes de las acciones de la empresa se encuentran en manos de inversionistas institucionales como Vanguard, Blackrock y Berkshire Hathaway, donde los millonarios y milmillonarios colocan su dinero para que se duplique aproximadamente cada cinco años.

Estas enormes ganancias de la oligarquía financiera son el resultado directo del rescate de Wall Street en el 2008, cuando el Gobierno de Obama transfirió billones de dólares de fondos públicos a las hojas de balance de los principales bancos, orquestando así el auge bursátil global más grande y sostenido en la historia mundial.

El mantra semioficial del capitalismo estadounidense de la posguerra ha sido que “una corriente alta sube todos os barcos”. Es decir, en la medida en que las corporaciones logren ganancias, este dinero se distribuiría a todo sector de la sociedad, incluyendo a la clase obrera.

No obstante, la característica más notable del incremento del mercado bursátil fabricado tras la crisis del 2008 es que el aumento sinfín en los precios bursátiles se ha basado en la supresión de los salarios.

Esto explica el aparentemente misterioso colapso en la dinámica normal del mercado laboral. Según ciertas cifras, hoy día prevalece la escasez de mano de obra más aguda en el último medio siglo. Sin embargo, mes tras mes, año tras año, los salarios siguen cayendo.

Una década después del derrumbe financiero del 2008, la clase obrera se enfrenta a un punto de inflexión. Este año ya ha sido testigo de signos importantes de un estallido de la lucha de clases. Este mes, 250.000 trabajadores en UPS votarán si aceptar o no un contrato impulsado tanto por la empresa como por el sindicato Teamsters que recortará el salario promedio para los empleados actuales por medio de la creación de una nueva categoría de trabajadores “flexibles”. En Europa, los trabajadores de Ryanair iniciaron un movimiento huelguístico internacional. En Reino Unido, los trabajadores del Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) están demandando el pago de salarios no remunerados.

El siguiente periodo verá muchas expresiones más de la creciente resistencia de la clase obrera contra la explotación y la desigualdad. Estas luchas solo podrán ser victoriosas si los trabajadores entienden que no solo se están enfrentando a una sola compañía, un sindicato o un Gobierno, sino al sistema capitalista en su conjunto, el cual depende de la supresión continua de los salarios de los trabajadores para el enriquecimiento de la oligarquía financiera.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de agosto de 2018)

Andre Damon