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Primer aniversario del movimiento #Amítambién

El movimiento #MeToo (#Amítambién) cumple un año este mes. Esa empresa comienza con detallados artículos en el diario New York Times y la revista New Yorker acusando a Harvey Weinstein, productor de cine de Hollywood. Desde entonces han aparecido docenas y docenas de acusaciones.

El supuesto propósito de ese movimiento es impulsar el progreso social combatiendo el hostigamiento sexual. Sin embargo, los métodos represivos de esa campaña, incluyendo denuncias infundadas (muchas veces anónimas), contradicen sus reclamos progresistas. Son los métodos y características de corrientes antidemocráticas y autoritarias que buscan desviar la atención de la desigualdad social, los ataques a la clase obrera, la amenaza de guerras y de todas las grandes cuestiones sociales y políticas de nuestro tiempo.

En verdad, en vez de mejorar las actuales condiciones, la corriente #MeToo socava los derechos democráticos; crea un clima intimidatorio y aterroriza; destruye las reputaciones y carreras de un importante número de artistas y otros. Es un elemento ligado a la estrategia derechista del Partido Demócrata contra el gobierno de Trump y del Partido Republicano.

No es ninguna coincidencia que la histeria sexual se concentre en Hollywood y los medios de difusión, dominados por el subjetivismo, la autocomplacencia y la obsesión por llamar la atención.

La caza de brujas macartista en el Hollywood de los años 1940 y principios de los 1950 chocó con tan poca resistencia en gran medida por la falta de preparación política de la izquierda artística-intelectual estadounidense, influenciada por el estalinismo y el Frente Popular, en combinación con el hecho de que, para proteger sus carreras, y también sus piscinas (en la célebre frase de Orson Welles) muchas personas traicionaron en forma oportunista a sus amigos y colegas; muchas veces sin titubear en delatarlos y romper con ellos. Eso trae a la memoria la frase inmortal del actor James Dean “explicando” porqué había aceptado trabajar con el director soplón Elia Kazan, a quien antes había despreciado: “Me convirtió en una estrella”.

No debe haber ilusiones sobre la moralidad que desde hace tiempo domina el cine. Muchos muchachos y muchachas de apariencia atractiva, con desesperación por lograr fama, se encuentran a la merced de individuos de influencia, o “porteros”, hombres y aveces mujeres, que parecen controlar sus destinos. Esa situación se presta al abuso. Lo que impera no es el sexo sino el poder.

Necesitamos novelistas contemporáneos como Theodore Dreiser o F. Scott Fitzgerald para representar lo que es la fama en el mundo real, y el pavor de no poder ser parte de ella, que azuza a muchos jóvenes en Estados Unidos, particularmente cuando la alternativa para muchos parece ser un abismo económico o síquico.

(Clyde Griffiths, en la obra de Dreiser An American Tragedy [Una tragedia americana, 1926]: “Se sentía tan aislado, tan solo, agitado y torturado por todo lo que veía, donde todo parecía amor, romance, satisfacción. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? Así no podía continuar para siempre. Se sentía tan miserable… Era tan difícil ser pobre, no tener dinero o fama y no poder hacer en la vida exactamente lo que deseaba… Era tanto el efecto que tenían la riqueza, la belleza, ese estado social especial al que aspiraba, sobre su temperamento que era tan fluido e inestable como el agua… ¡Que maravilloso ser de ese mundo!”.)

No seamos ingenuos sobre el fenómeno de consentimiento a participar en actos sexuales como un desagradable precio para triunfar en una carrera, el costo asociado con “lograrlo”, incluso el autoengaño de dorar ciertas situaciones con cuasi romanticismos, que sólo son tácticas fríamente calculadas.

Con el tiempo surgen y crecen las vergüenzas y los arrepentimientos, particularmente si las cosas fallan. Algunos individuos, incluyendo actrices cuyas carreras se estancan o se esfuman, y no por culpa de ellas en muchos casos, retroactivamente son capaces de ciegamente y rencorosamente concentrar sus desesperanzas y desilusiones con Hollywood en personajes como Weinstein. (Es más, como antes hemos señalado, en algunos casos la campaña de mala conducta sexual consigue revivir carreras y abrir nuevas posibilidades financieras. Es estúpido aplaudir la “valentía” de acusadores cuando por lo general reciben los aplausos de los medios de difusión y lucran de todo el episodio.)

No hay ninguna razón especial para confiar en la presente cosecha de personalidades del cine que persiguen el éxito bajo pésimas condiciones artísticas e ideológicas, donde la indiferencia a todo lo social y la autocomplacencia se han transformado en virtudes. El año pasado señalamos que “con brutal franqueza, hay una gran quebrada que separa la situación que encara la clase trabajadora, para la cual sucumbir a presiones sexuales en la fábrica o en la oficina puede ser de vida o muerte, con esos otros que se prestan al sexo en interés de sacar adelante sus carreras”.

Los promotores de #MeToo han construido la noción de que, aún ante la falta de evidencias de la mala conducta sexual, “hay que creer a la mujer” acusadora. Es una dura realidad que existen situaciones que dependen sólo de los testimonios de dos individuos, particularmente con el pasar del tiempo. Eso crea la posibilidad de que los culpables no sean castigados.

Aun así, peor es la alternativa de simplemente aceptar la versión del que acusa; es una burla a la presunción de inocencia o al requisito de que pruebas abrumadoras demuestren culpabilidad. Sin ellos, entraríamos en el territorio de cazas de brujas y de inquisidores.

Las mujeres son capaces de mentir, al igual que los hombres. Son ejemplos de eso los famosos casos de los Scottsboro Boys y Emmett Till, como también el caso de Tawana Brawley, las acusaciones falsas contra el equipo de lacrosse de la Universidad de Duke, “Jackie” en la Universidad de Virginia y las acusaciones contra Jian Ghomeshi de la emisora canadiense CBC.

Existen circunstancias que incentivan a mujeres a mentir dado que son ellas las que muchas veces encaran castigos especiales e hipócritas por comportamientos sexuales mal vistos.

Por lo tanto, uno sería ciego a las realidades sociales y sicológicas si ignorase la certeza de el comentario del novelista Alfred Döblin que precisamente porque las mujeres pertenecen al “el sexo oprimido que lucha para hacerse valer”, cual “terroristas”, “no temen cometer los actos más inhumanos de violencia”. La venganza puede ser una consecuencia invertida de las peores condiciones de opresión social o sicológica y de situaciones de dolor; pero eso ni la dota de nobleza, ni la legitima, por haber sufrido tanto las mujeres, dándole un carácter programático. “¡No me importa un comino que se castigue a hombres inocentes, dado que las mujeres han sufrido tanto!”, atroz y vergonzoso estribillo, que es subtexto de muchos de los comentarios feministas y que nada tiene de pogresista.

La revista inglesa The Economist hace poco publicó los resultados de encuestas sobre el tema, de noviembre de 2017. Señala que “esta tormenta de un año de alegatos, confesiones y despidos aumenta el escepticismo entre los estadounidenses sobre acusaciones sexuales”. La revista comenta: “el porcentaje de adultos estadounidenses que responden que hombres que acosaron a mujeres hace veinte años deberían seguir en sus empleos, ha ascendido del veintiocho al treinta y seis por ciento. El porcentaje que responde que las mujeres que se quejan de acoso sexual causan más problemas de que los que resuelven ha ascendido del veintinueve al treinta y uno por ciento. El dieciocho por ciento de los estadounidenses ahora piensa que las acusaciones falsas de acoso sexual son un problema más grande que los ataques que permanecen impunes”. Añade el artículo: “Sorprende que estos cambios de opinión son ligeramente más notables entre las mujeres que entre los hombres”.

Existe un elemento sano en el creciente escepticismo de parte del público, que más y más tiende a considerar que personas famosas como Rose McGowan, Asia Argento sufren de neurosis de autocomplacencia, o peor. También es uno de los factores detrás de la más exagerada retórica y del frenesí engendrados por el movimiento #MeToo, el Partido Demócrata y las corrientes de seudoizquierda durante el choque entre Brett Kavanaugh y Blasey Ford. Sin haber podido persuadir al público estadounidense, estas fuerzas más y más tratan de retarlo.

Esa estrategia conlleva consecuencias. A medida que se deshilachan las “revelaciones” deshonestas y sensacionalistas de Ronan Farrow, en el New Yorker, de los periodistas del New York Times y de muchos otros, se aparecerán dudas los reclamos genuinos y las víctimas auténticas de abuso sexual y crecerá el peligro de reacciones en su contra. El atrevimiento de Farrow, Jessica Valenti, Rebecca Traister y compañía, por lo tanto, es otra expresión de la profunda indiferencia pequeñoburguesa hacia el futuro de las masas, incluyendo la mitad mujer.

La agresión y la violencia sexuales, la mayor parte dirigida contra las mujeres, son fenómenos sociales, significativos y horribles, cualquieras que sean las fuentes de las estadísticas. La invasión del cuerpo de una persona es posiblemente una de las experiencias que más daño y humillación causa. El abuso sexual devela una de las formas de la brutalidad de la sociedad de clase en la vida diaria de individuos y comunidades.

Las mujeres pobres e inmigrantes, por lo general indefensas y sin recursos sociales, las muy jóvenes, aquellas a merced de los ricos y poderosos, que dependen de sus patrones o de oficiales del gobierno, son la más vulnerables. La violencia entre los oprimidos también es un fenómeno de la sociedad burguesa. Aquellos que han sido abusados en turno abusan a otros. Se sabe, por ejemplo, que se incrementa la violencia doméstica cuando ocurren despidos.

De todos modos, independientemente de ciertas referencias ocasionales, nadie en las corrientes #MeToo o Time’s Up (No Más), dirigidas por individuos adinerados y de influencia, como Tina Tchen, antigua asistente de Barak Obama, habla en representación de las mujeres de clase obrera, abandonadas a su suerte.

En conclusión, #MeToo es una respuesta reaccionaria a un verdadero problema social.

La selectividad de las quejas de la clase media feminista en torno a la injusticia de la sociedad actual es evidencia de su superficialidad. Para nada les importa los miles de hombres que mueren en accidentes industriales, o las decenas de miles de hombres y jóvenes víctimas de derivados de opio o que se suicidan todos los años. Se da por descontado su sufrimiento, en paralelo a la destrucción mortífera de las aventuras militares yanquis por todo el mundo, muchas veces bajo el pretexto de los “derechos humanos” o incluso los “derechos de las mujeres”.

Las que se quejan más tienden a ser las que menos razones tienen para quejarse. Las mujeres profesionales han progresado mucho en recientes décadas. Alison Wolf, investigadora y académica inglesa informa que “entre los hombres y mujeres jóvenes [en las potencias capitalistas] con similares niveles de educación y la misma antigüedad en el trabajo, no existen diferencias de salarios”, aunque las mujeres si sufren castigos financieros si tienen hijos (a menos que sean enormemente ricas).

Ha ocurrido un gran aumento en recientes años en el número de abogadas, doctoras, dentistas femeninas, contadoras y miembros femeninos de otras profesiones. Wolf señala que, en EUA, “el porcentaje de mujeres entre abogados subió del tres por ciento en 1970 al 40 por ciento en la actualidad y son más de la mitad de todos los estudiantes de leyes”. La Fundación Russell Sage señala que “mientras ocurría un declive en el número de graduados profesionales masculinos (40.229 en 1982, 34.661 en 2010), el número de graduados femeninos se multiplicaba casi veinte veces, de 1.534 en 1970 a 30.289 en 2010”.

Un sector de esta capa social nueva rica e independiente apetece más y ambiciona desplazar a sus rivales varones que se encuentran en mejores situaciones, cuando necesario con métodos despiadados y subrepticios. Este combate feroz entre los sectores adinerados de la clase media, cuyo objetivo es barrer con los del otro sexo, irrumpe en los titulares sobre el movimiento #MeToo y sobre toda la campaña de utilizar acusaciones de mala conducta sexual, muchas veces exageradas o inventadas, para despedir a personalidades académicas o de los medios de difusión.

Clara Zetkin, socialista alemana, indicó en 1896 la “demanda de mujeres burguesas por la igualdad entre los sexos en los oficios… ni más ni menos representa la realización de la libre empresa y la libre competencia entre hombres y mujeres. La realización de esta demanda engendra conflictos de intereses entre mujeres y hombres intelectuales y de la clase media”. En contraste, “es imposible que la lucha de liberación de las mujeres proletarias sea una lucha contra los hombres de su propia clase, como lo es para las mujeres burguesas”. Éstas luchan “hombro con hombro con los hombres de su propia clase”.

Las feministas de #MeToo intentan imponer su propio código moral, para justificar y facilitar su campaña contra los supuestos machos predatorios y bestiales. No tiene nada que ver con la protección de las mujeres en general y en los lugares de trabajo. Su impacto ha sido nulo en los lugares de trabajo de Estados Unidos, donde dominan condiciones tiránicas, cada vez más parecidas a las de los siglos XIX y comienzos del siglo XX.

Uno de los aspectos más dañinos de la caza de brujas sexual ha sido el estigmatizar toda una gama de actividades sexuales, “incluyendo muchas que son reflejo de las ambigüedades y complejidades de las interacciones humanas”, como hemos señalado anteriormente.

En esta reactivación infeliz y sórdida del puritanismo victoriano estadounidense, hombres renombrados han sido repudiados por su promiscuidad (“citas en serie”, por ejemplo) y adulterio; incluso en un caso revelado nacionalmente, “coqueteo que de pronto invade el territorio de propuestas sexuales no deseadas y de relaciones consensuales que acaban de pronto” (léase, “¡romper una relación sin suficiente preaviso!”).

Congruente con esos intentos antidemocráticos y falsos de criminalizar experiencias sexuales de la “zona gris” (por ejemplo, cuando ciertos individuos consienten a tener relaciones sexuales, pero uno de ellos cambia de opinión), algo que ocurrió con ese inmundo ataque al cómico Aziz Ansari por una mujer decepcionada de su cita con él y que presentó su queja a una periodista; lo que resultó en “tres mil palabras de pornografía de venganza”, según Caitlin Flanagan, columnista de la revista Atlantic. “Los detalles clínicos de todo ese cuento no fueron para comprobar su relato, sino para dañar y humillar a Ansari”, dice Flanagan. “Las dos mujeres (incluyendo la periodista) posiblemente han destrozado la carrera de Ansari, el actual castigo contra todo tipo de mal comportamiento sexual masculino, desde lo monstruoso hasta la mera decepción”.

En ese mismo espíritu destructivo, Julianne Escobedo Shepherd escribió un artículo deplorable en Jezebel que nos deja saber que la “nueva campaña de #MeToo consiste en examinar más profundamente las experiencias más comunes y más difíciles de categorizar, con el fin de crear un mundo más equitativo donde las mujeres y otros géneros marginalizados puedan vivir con menos temor, esculcando la zonas grises y educando a todos sobre el mal que perpetúan… ¿Cómo discutir comportamientos que son dañinos e injustos que están al margen de la ley? ¿Cómo hablamos con las mujeres afectadas por esos comportamientos? ¿Qué pasa cuando los acusados de esos comportamientos son nuestros supuestos aliados?”.

Esta es la “frontera sin ley”, que describe el WSWS, donde “los castigos serán la humillación pública y el ridículo”, donde “lo subjetivo, personal y arbitrario se transformarán en una alternativa a presentar evidencias de criminalidad”.

Seguramente esa “zona gris” incluye diferentes tropezones sexuales y males entendidos, como propuestas “mal venidas” o “no deseadas”, que, de ser prohibidas, en verdad acabarían con todas las relaciones sexuales por venir.

Categorizar de abuso todo titubeo o tropezón verbal es inhumano y una tontería reaccionaria, que, si se toma en serio, causará daños psíquicos a muchísimos hombres y mujeres jóvenes.

Mientras tanto, la gran mayoría de la clase obrera, tanto los hombres como las mujeres, vive preocupada con la lucha diaria de ganarse el pan, comprar ropa y dar un techo a sus familias dentro de un entorno social y político cada vez más inestable. Encima de todo eso, más y más gente se comienza a dar cuenta que lo que se necesita es todo un nuevo orden social.

Los cazadores de brujas de #MeToo repudian esa lucha con la que nada tienen que ver.

(Artículo publicado originalmente el 19 de octubre de 2018)

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